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Es3 Carolina Espada Sábado, 10 de marzo de 2001
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«Si algo puede salir mal, saldrá mal». Eso es lo que afirma la Ley de Murphy. Una extensión de dicha ley asegura: «Cuando todo sale mal, luego se pone mucho peor». Afortunadamente, siempre hay un optimista que garantiza: «Una vez que las cosas se ponen negritas-pésimas-de-terror, entonces todo se arregla rapidiiito». En estos tiempos que corren y lo atropellan a uno, cada cual maneja la angustia como mejor puede. Algunos se revientan haciendo spinning y otros engordan sus penas con chocolate. Hay quien va al psiquiatra y se desahoga, o quien busca asilo y cree encontrar consuelo en un bar. Se puede comprar pabilo y empezar a hacer nuditos y más nuditos y, al final, eso se llama macramé y juran que es muy relajante. También ahí están las nubes para verlas. Esa y que es una experiencia hipnotizante. El té de lechuga ayuda a dormir, al igual que el aroma que expelen las matas de guanábana por la noche. La fe en algún Dios (o en varios de ellos) también es un buen soporte técnico. Las inyecciones de vitamina B son de lo más antidepresivas y revitalizantes. Tenemos opciones. Hay mucho que se puede hacer. Lo peligroso es cuando se cae en la drogadicción y se le empiezan a fundir a la gente las neuronitas. Todos los jueves por la noche nos reunimos en el apartamento de Horacio, que es el único vecino que tiene Direct TV. Allí hemos aprendido a vivir y a disfrutar de una realidad paralela y feliz, una que está llena de documentales de osos pandas y pingüinos; biografías de grandes estadistas y de estrellas de Hollywood; torneos de golf y competencias de equitación; clases de cocina full colesterol y contorsiones de yoga en el filito de un acantilado. Vimos un programa científico sobre las drogas prohibidas y sus efectos destructivos y letales en el ser humano. Interesantísimo el final: resulta que lo último en alucinógenos es una sustancia que exuda la piel de un sapo. Sí: un sapo. Pero no cualquier sapo. Es un sapote gordo, marrón, horrible, siempre mojado, lleno de tuturitos y rugosidades y protuberancias bastante repulsivas a la vista y al tacto. Este ser tan poco agraciado pesa como un kilo, o cuidado si más, y atestiguan que es muy tímido. (Yo nunca he entendido cómo se pueden hacer ese tipo de aseveraciones, pero está bien, asumamos que estamos frente a un anfibio introvertido). El sapodependiente o sapoadicto lo único que tiene que hacer es agarrar al animalito (pesado, húmedo, mofletudo y corrugado) y lamerlo. Pasarle la lengua completica desde el final de la espalda hasta la cabeza. Tres o cuatro veces y tragar. El viaje galáctico, la mega trona y el tripeo psicodélico, inmediato e incontrolable y que es colosal; algo que deja a una pastillita de LSD al nivel de un taquito de Fruna de pera. En el programa advirtieron que: «No trate de hacer esto en casa, esta sustancia alucinógena, no a la larga, sino a la corta, es mortífera». A mí lo único que me gustaría saber es qué piensa el sapo.
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