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Harry Potter
Carolina Espada

Viernes, 16 de febrero de 2001

A Arnoldo Gabaldón
(gracias por prestarme tus libros)

Darth Vader, el malvado de La Guerra de las Galaxias, es un pandita de peluche, un dulcito de mazapán, un capullito de alhelí, al lado del maligno, malévolo, maléfico y sanguinario Lord Voldemort. Pero Harry Potter en La Piedra Filosofal, La cámara secreta y El prisionero de Azkaban tendrá que enfrentarse a mucho más que al asesino de sus padres. Existen otros peligros: la envidia de Draco Malfoy y sus dos secuaces; la inquina del Profesor Snape; el mal genio del sauce boxeador; los libros monstruosos que muerden si no se sabe cómo tratarlos; la serpiente descomunal, las arañas hambrientas, el Grim escalofriante, el basilisco feroz y el cancerbero Fluffy. También están Peeves (un poltergeist pesado y guasón), los más diversos fantasmas, las criaturas perversas del bosque y los Boggarts, que pueden paralizar a la gente de puro miedo si se desconoce el conjuro correcto: hay que invocar al Expecto Patronus y decirle al Boggart con desprecio: «¡Riddíkulo!». ¡¡¡¿Y los Dementores?!!! Ellos son los más horribles y mortíferos de todos: traen consigo el frío, el dolor y la tristeza y, con un solo beso, son capaces de succionarle el alma a cualquiera.

Es enfrentarse a eso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería o tener que vivir con el desprecio de su aburrida familia muggle: su tío Vernon, su tía Petunia y su primo Dudley cara-de-cochino. Unos seres grises y anodinos que no saben de encantamientos ni de fantasía, ni quieren saber.

Y claro, no todo es tan terrible en el internado: están las escobas voladoras (desde la Nimbus 2000 hasta la Saeta de Fuego) para jugar al «Quidditch» y atrapar la «Snitch»; los autobuses, carros y trenes hechizados; las varitas mágicas que eligen a su propietario; las ranas de chocolate y otros dulces que venden en el Callejón Diagon y en el pueblo embrujado de Hogsmade; la posibilidad de hablar el idioma «pársel» con las culebras; el sombrero seleccionador y las casas de Gryffindor, Hufflepuff y Rawenclaw (la de Slytherin, no); los mapas y pergaminos encantados que revelan los siete pasadizos secretos y advierten todos los riesgos; los desayunos en El Caldero Chorreante; la fiel lechuza Hedwig; la profesora McGonagall, el guardabosques Hagrid y el director Dumbledore, y los grandes amigos: la sabelotodo Hermione Granger, que tiene tanto juicio como noble corazón, y Ron Weasley, con quien se puede contar en la buenas y en las malas, porque alguien más leal no se puede encontrar.

Mientras Joanne Kathleen Rowling, con su Harry Potter, exalta el valor, la justicia, la honestidad y la bondad; y millones niños ya disfrutan el cuarto libro, The Goblet of Fire; y Chris Columbus (director de Home Alone y Mrs. Doubtfire) logra el casting perfecto para la primera película; el merchandizing se desata. Es la «Harry Potter manía».

¿Algo que criticar? Lo de siempre, que la traducción de vez en cuando se encabrita. ¡Pero ya saldrán las tesis de grado en las escuelas de letras!: «La influencia de la narrativa de Enid Blyton en la obra de J.K.Rowling: Torres de Malory y St.Clare’s en la Escuela Hogwarts»; «Clive Staples Lewis: The Lion, the Witch and the Wardrobe (The Narnia Chronicles) como antecedente de Harry Potter». Y siempre habrá un trabajo de grado un poco pasticho de mango y con bastantes imprecisiones: «Julio Verne, el Mago Merlín, Kásperle, Lewis Carroll y la nueva literatura infantil sajona». Y otro, sumamente pretencioso: «La presencia del latín clásico, del latín vulgar y de las lenguas romances en la novelística de Rowling: un estudio fonológico».

Los pequeños lectores describen a Harry como «lo máximo»; los grandes, encontramos consejos maravillosos como sacados de Alicia a través del espejo, que nos hacen sonreír y meditar: «Nunca confíes en algo que piensa, si no sabes bien dónde tiene la cabeza».

 

 

Peras y Higuitos

Un alud de emails me ha llegado a raíz de la reseña que apareció en Metrópoli (Todo en domingo, El Nacional , 7 de enero del 2001) a propósito del libro La mágica aventura de Óscar, escrito por la arriba firmante y basado en la película de Diana Sánchez. Lectores habituales de esta página me preguntan el por qué de ese comentario tan poco alentador: «Un libro que no es más que una versión light de las travesías de Óscar y sus amigos».

Ciertamente, así no provoca leerse el librito...

La autora del filme me dio total libertad a la hora de escribir el cuento: omití, agregué, modifiqué e impuse mi estilo. Fue una delicia haber trabajado con Diana y con Laura Liberatore, la ilustradora fantástica, sin tener que explicar, regatear y negociar.

Ajá, pero... ¿que por qué ese comentario?...

Bueno, esa es la opinión del crítico de cine y literatura de la revista dominical. También existen otras opiniones que sí invitan a la lectura, a la relectura y al regalo. No hay necesidad de estarse batiendo.

 

 

 


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