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Sección: Bitblioteca
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Segundo justiciaCarolina EspadaJueves, 28 de diciembre de 2000
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Un infanticida redimido, con leves recaídas de pedofía, dueño de una
guardería con miras a kinder y a preescolar. Un coprófago insaciable y
con severos ataques de acidez y de reflujo esofágico, por no hablar de
la halitosis. Un tierno abuelito, ex convicto y con prostatitis,
manager de sus nietas trillizas y «actrices» de películas
pornográficas. Esos son algunos de los... «seres vivos» (por llamarlos
de alguna manera) que aparecen diariamente en los reality &
talk shows gringos ventilando sus vergüenzas. Y espepitan su
curriculum con un desparpajo y una naturalidad como quien va y dice:
«Yo estudiaba en la Sorbona, pero mi papá se enfermó y yo me tuve que
regresar al país y terminé graduándome en Letras y con honores...». Así,
suavecito: clepto-ninfómanas compulsivas; homosexuales que deciden
desclosetarse delante de la teleaudiciencia (incluyendo a sus
respectivas esposas y a todos sus hijos); despampanantes viudas
acaudaladas que explican cómo matar a un marido viejete: quedarse china
en pelota, guindarse del ventilador de aspas y hacer la bicicleta
voladora con un tocado de Batichica, mientas se canta la musiquita:
«¡¡¡Nana nana nana nana nana nana nana nana Batmaaan!!!»
Aquí se han hecho esfuerzos por copiar todo eso, pero no nos sale...
Será cosa de falta de imaginación o de escaso glamour, pero a lo más que hemos llegado es a transmisiones como: «Mi marido anda con otra»; «Me enamoré de la novia de mi papá»; «Estoy empatada con un tipo menor que yo... ¿y qué?»; «Me quiero pintar el pelo, pero mi esposa me dice que eso es una falta de seriedad». Por favor... ¡Pero entonces llegó Julio Borges con su espectáculo legal: «Justicia para todos»! Bueno, en realidad él ya había llegado, pero yo nunca lo había visto, pues no me agrada recrearme con la miseria humana (ante ese tipo de programas, prefiero ser chimpancé). Pero entonces me puse de telenovelera a ver «Mis Tres Hermanas» y tuve que calarme los finales de unos cuantos mega-jurídico-súper-chous. Oprobio, humillación, indignidad y demás sinónimos. Cualquier cosa puede pasar... algo como que una buhonera le saque un ojo —con un gancho de ropa— a un recogelatas, porque el infeliz se tropezó con su stand y le tumbó todas las pantaletas amarillas meta-la-mano-llévese-una-pa-navidá. Y allí está Julio Borges —estrella del prometedor partido Primero Justicia— inamovible, inalterable, recio, justo y salomónico, pues. Y él dice con aplomo: «Por favor, Señor, guarde silencio». Y el recogelatas sigue hablando: «Esssa bicha miagarró y me patió por las bo...» Y Julio insiste severo y cejijunto: «Señor, le exigí que se callara». Y el recogelatas sigue siguiendo: «Perués quesa me patió y cuando yo me doblé así palante...» Y Julio ordena sin paciencia: «Que cierre la boca. ¿Oquei?». Y ahí sí enmudece el tuerto, pues nada como que le hablen golpiao. Entonces el «Paladín de la Justicia» sentencia. Y su dictamen es algo justísimo y de lo más moraliluces y democráticamente esperanzador. Y a uno le entra un fresquito sueco por dentro: ¡Hay alguien que ponga orden en este caos! ¡No todo está perdido en este marasmo y en esta barbarie! ¡Julio Borges está aquí para conducir a todo un pueblo por el camino del bien y la ley y la razón! Y todo sería perfecto si allí se terminara la función. Pero no. Julio retoma la palabra: «Usted, Señor, salga por acá y cuidado con el escalón... y usted, Señora vendedora informal, salga por allá». El latero del parche se va por un lado, mientras que la «Destripadora de la Baralt» sale por otro. Pero una cámara los espera en el pasillo o en la parte trasera del edificio... y ahí, agresora y agredido, se entran a golpes bueno y sabroso. Él la muele a palos con su bastón de rolito de escoba. Ella lo araña y lo hace sangrar. Alguien la tiempla por las greñas mal oxigenadas y le arranca un mechón. Otro lanza al miserable contra una pared y ahí queda estaponado y sin respiración. Y mientras esto sucede, corren los créditos: sonido, producción, dirección, etc... Full amarillismo y degradación infrahumana para asegurar un cierre con rating. Como Julio Andrés no tiene a una Érika de la Vega o a una Ana Vacarella que lo asesoren con amor en lo que se refiere a su imagen televisiva, aquí va, mi corazón: ¿cuál es el mensaje que le llega al televidente soberano? Este: el doctor Borges puede decir lo que le dé la gana, todo lo que él dictamine sabe a batido de chayota, pues al final las vainas se arreglan con una buena kñaza, njda. Y uno suuufre, porque Julito no se da cuenta de que los editores del programa son sus peores enemigos y mayores detractores. Porque no es su perfil televisivo, sino su perfil político el que se nos desmorona... Uno se lo imagina clarito, allá en el congreso, intentando defender la nueva constitución, y uno sabe que, por más que él se esfuerce, no podrá hacer nada por «La Ultrajada».
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