//2 level Horizontal Tab Menu- by JavaScript Kit (www.javascriptkit.com), This notice must stay intact for usage, Visit JavaScript Kit at http://www.javascriptkit.com/ for full source code
|
|
|
|
|
Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR
Macuro banana showCarolina EspadaJueves, 9 de noviembre de 2000
«¡Tierra! ¡Indios! ¡Mandad buscar los espejitos, almirante!» fue lo que le gritó Rodrigo de Triana a Colón, quien, ya acostumbrado a estos menesteres, al instante asintió. Felipe de Borbón, príncipe de Asturias, estuvo de paso por Venezuela a propósito de los quinientos años de la llegada de don Cristóbal a nuestra tierra firme (entrándole por Macuro). Pero a su majestad no lo llevaron a Oriente, sino que lo hicieron tomar rumbo a Occidente para que presenciara la ceremonia de apertura de los no-sé-cuántos Juegos Centroamericanos y del Caribe. La cómica inaugural la pusimos en Maracaibo. Momento apropiado para recordar que Felipe el Buen Mozo fue el abanderado de la delegación española en los Juegos Olímpicos de Barcelona y que el espectáculo catalán ha sido el mejor en la historia de este evento deportivo. Toda la música, cantantes de ópera, baile flamenco, muñequitos inspirados en las pinturas de Miró, grupos de teatro (Els Joglars, fue uno de ellos), mitología regional, el color, el mar, la emoción colectiva, el llanto de la infanta al ver a su hermano, tan guapo, con el pabellón de España... y el broche de oro: el arquero que lanzó la flecha en llamas y encendió el pebetero. Algo nunca visto, difícil de superar, imposible de olvidar. Entonces aquí viene el príncipe y lo zampan en nuestra inauguración local. Poca luz, fallas en el sonido, todo el mundo desincronizado (cosa que debe resultar dificilísima: centenares de personas moviéndose a destiempo todo el tiempo), danzarinas-mariposas a lo Yolanda Moreno, tipos en liquiliqui sobrezapateando un joropo, unas ahí forradas de rumberas y otros, en zancos, con las banderas de todos los países... (por cierto... ¿¡de dónde salió tanto país y tanta isla!?). Patético. (Pero, eso sí, y hay que reconocerlo, aquello estaba lleno de muchísimo esfuerzo, la más amorosa voluntad y la más noble intención. Mucha buena fe, mucho sentimiento patrio, muchas ganas de «ponerle todo y de corazón y que nos quede bien bonito, vale»). Pero daba pena. Y uno pensando en Felipe, allí, junto al excelentísimo señor Presidente, doctor Rafael Caldera, quien, según dijo la gente, se quedó un poquito dormido. Hombre inteligente. Entonces hubo una «fantasía» goajira. Una danza moderna y tal. Eran unas bailarinas, con unas batas aborígenes de tul, que correteaban por la poca grama que había en el lugar. (Hay que decir que una de ellas estaba bien gorda para tales transparencias y piruetas). Y aparecieron unos nativos en guayuco haciendo esfuerzos sobrehumanos para cargar a las indias danzantes. Pló. Una que se cayó. Y en algún momento de todo aquel acto cultural comenzaron a desfilar las delegaciones. Adelante venía una señorita con una torre de petróleo de cartón negro en donde se destacaba el nombre del país. ¡Ay, torrecita petrolera! ¡Qué de terror!
Detrás, los deportistas apelotonados y puro bochinche-bochinche. (Bueno, es el Caribe, no es el mar Báltico). ¡Ah, y la Reina de los Juegos, con un batolón goajiro desplegado con un redondel de lentejuelas bordadas! El locutor bilingüe (yes) dijo que ese círculo brillante se trataba del calendario. ¿¡Del azteca!? ¿¡Será que ahora los goajiros descienden de Tlahuiscalpantecutli!?
Yo que canto con pasión eso de: «Viva Venezuela mi Patria querida», no resistí más ese horror y me fui a dormir pensando en el príncipe. «Qué pena con ese señor». Al día siguiente me enteré de que al muchacho se lo volvieron a traer a Caracas para los actos protocolares. Ofrenda floral al Libertador en el Panteón. Otra ofrenda y con discurso al pie de la estatua del genovés alucinado, allá en la puntica de grama de la Plaza Venezuela. Ah, y también develó un busto chucuto de Carlos... ¿¡III?!, bueno, de algún Carlos. Felipe II es el del licor... Luis XV es el de los muebles... Carlos III será el develado. Da igual... Pero faltaba lo peor. ¡Oh, Príncipe, agarraos de las amarras! ¡Vive Dios! ¡Lo llevaron al Parque del Este! ¡A la lagunetica! ¡Y lo encaramaron en la réplica de la «Santa María»! Y aquel niño, tan bello y tan distinguido, como si lo estuvieran montando en el Challenger. (Es que hay que tener sangre azulísima para calarse semejante bochorno con tanta clase). Él, de lo más seriecito, fue y firmó un libro que tenían al ladito del timón y sonrió para ¡Hola!. ¡Ay, «qué pena con ese señor»!
(Y van dos...). Después lo condujeron a La Casona, para que almorzara rico y se recuperara de tanto acto bananero. A su regreso a España, el príncipe llegó a su palacio y fue a saludar a los Reyes, que eran su papá y su mamá. «Y a los quinientos años del descubrimiento de la Tierra de Gracia de Venezzzuela, hijo mío, ¿cómo habéis encontrado aquellas partes que llaman Indias?» «Igualitas, papá».
|
Buscador Bitblioteca
|
|
| ||||||||||||||||||||
|
Copyright © 1996 - 2011 por
Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado
de fuentes externas. |