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Malos consejos
Carolina Espada

Jueves, 26 de abril de 2001

Carolina Espada

—¿Y tú les dijiste que sí querías ser jurado de lo de «Las Siete Palabras»?

—Sí...

—Tú sí que tienes b... ¡eso es lo peor del mundo! Ese tigre no te lo van a pagar; y no hay tigre que su raya no traiga; y tú a punta de raya ya pareces una cebra. Ese trabajo no se le desea a nadie. Cuidao y ni te dan las gracias. Pero tranquila, que te voy a dar unos tips. Si fuera un concurso de cuentos, solo te lees el primer párrafo. Si no te atrapan las líneas iniciales, das eso por leído. Si fuera de piezas de teatro, con leerte los parlamentos de entrada ya sabes si la obra funciona o no. El diálogo te suena de inmediato o te hace un ruido horrible. Otra cosa que puedes hacer es ver el número de cédula del participante y su dirección. Si es un muchacho como de 17 años, vive en Chuao y está escribiendo una tragedia de dos viejitos en el páramo... tú te dices: ¿¡qué va a saber este niño de tragedias en el páramo!? En cambio, si su escrito es sobre una noche extasiada en un rave... ni modo, te sale leértelo. Pero el asunto es que no te lo tienes que leer todo. No trabajes de más.

Pésimas recomendaciones que, por supuesto, no seguí. Me leí cuatro veces las siete palabras de cada uno de los concursantes. Alrededor de 1400 propuestas x 4. A: lectura general para apreciar el conjunto. B: leída minuciosa check-marqueando a los mejores. C: repaso meticuloso para preselección de 19 competidores y selección de 8. D: última revisión para escoger la mejor definición de cada uno —sí: de cada uno— de los participantes.

Había conceptos largos, mínimos, ácidos, cómicos, dolorosos, insólitos. Y había que leérselos todos porque, de repente, la primera palabra de un concursante no era tan buena, pero la sexta era de una genialidad boquiabierta.

Además, había que seguir leyendo, hubo unos que mandaron expresiones de más, poemas y hasta mensajes de humor no intencional: «De NO recibir este fax, favor llamar a este teléfono». También, advertencias, como la de Arnoldo García: «Queda rigurosamente prohibida la utilización de estas páginas en la limpieza de parabrisas...». Leí y releí porque el material era mucho y demasiado bueno. Muy difícil a la hora de juzgar. Fue un alivio terapéutico que no todo girara en torno a la política, como el «Beato» de José Ramón Fernández, en donde explica la devoción por Betty la Fea y ese fenómeno que consiste en el cese de toda actividad para ver la novela; y el final de la definición de «Madre» de Beatriz Aifill: «...se entrega a terapias alternativas una vez que comienza a confundir la crema suavizante de Pond’s con el Soflán Suavitel».

Para mí hoy es lunes 23 y ya tengo que mandar esto a Tal Cual para su publicación el jueves 26. Aún no ha habido ni cónclave, ni veredicto (que yo sepa). Fue muy gratificante encontrar, en una sola carpeta, tanto humor e inteligencia. Eso es lo único que nos salva en la vida.

Mis siete palabras: ¡Mayúsculas felicitaciones a todos los que participaron!


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