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Internet a mano armada Carolina Espada Jueves, 9 de noviembre de 2000 Robo, fraude, sabotaje, clonación o caíste-por-inocente... llámelo como quiera, pero prepárese porque le puede suceder. Usted se afilió a un proveedor de servicios de internet» y se subscribió al tiempo mínimo de conexión: el plan supereconómico de cinco horas. Serio y consciente —para no descalabrar su presupuesto— hace lo posible por no excederse. A veces se rueda un poco, pero no llega a las siete horitas ni a palos. Pues cuídese, porque en la próxima factura (directamente cargada a su tarjeta de crédito bajo el lema de: «pague primero y reclame después») le podrían cobrar no cinco, sino veintidós horas con cuarenta minutos. «¡Pero si yo no me conecté esa barbaridad! ¡Soy egoísta y avaro, vivo solo, no presto mi computadora y nadie se sabe mi contraseña! ¡Por mi madre adorada y que me pise un tren si es embuste!»
Veintidós horas y cuarenta minutos... «¿¡Cómo es posible que alguien haya invadido mi privacidad, averiguado mi clave ultrasecreta y se esté dando el gustazo del siglo a mis expensas?!»
Bueno... eso es profundísimo: que sí es una cosa «interna»; le está pasando a un gentío; hay unos intrusos llamados «hackers» que descubren, usan y venden su santo y seña, y si ellos se meten en los archivos del FBI, no le quiero contar en la pelusa de su computadora... Todo muy informático e insondable y como lleno de cablecitos. Pero en síntesis, esta acción fraudulenta es igualita que el SIDA: le puede ocurrir a cualquiera. Si somos activos, estamos expuestos. ¿¡Y qué hacer para no convertirse en otra víctima de este hurto descarado?!
¡Veintidós horas y cuarenta minutos! ¡Qué angustia! Continuará...
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