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La virtud de Pequi Carolina Espada Viernes, 14 de junio de 2002
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Evodio Pérez Quintana había llegado al llegadero. Evodio había perdido la fe. Era la hora de ponerle fin a tanta angustia y a tanto sufrimiento. Viviendo en un país intolerante y arruinado; sin empleo y sin real; desesperanzado y sin nadie en quien creer, Evodio supo que debía resolver su situación. El suicidio era la decisión más acertada. Pero Evodio era un perfeccionista y si se iba a matar, pues lo iba a hacer de la manera más contundente y acertada. Tras una semana de preparativos, Evodio se encerró en el baño de su casa. La bañera estaba llena y media docena de pirañas famélicas mascaban el agua sin encontrar qué comer. En una mesita cercana estaba un plato de sopa repleto de pastillas para dormir. También había un vaso de jugo de parchita con un par de cucharadas copetonas de veneno matarratas. Junto al jabón, una hojilla nuevecita garantizaba un corte profundo a ambas muñecas. Colgando de la regadera, un secador de pelo encendido para que, entre piraña y piraña, todos se electrocutaran bien. Y, al lado del shampoo, una pistola bien cargada. Además, como Evodio era tan ingenioso, había diseñado un dispositivo que, al él entrar en la bañera y el agua subir apenas un centímetro de nivel… ¡PUM! ¡Todo estallaba! Sí. Allí había suficiente dinamita como para volar un centenar de metros cuadrados. Y entonces… ya todo estaba listo. La cosa era «simultaneizarse». Evodio lo meditó un instante. ¿Cómo hacer para tragarse las pastillas, tomarse el jugo, cercenarse las venas, saltar al agua con el secador, caer sobre los pececitos mordelones y pegarse un balazo en la sien al mismo tiempo? ¡¿Y todo eso en medio de una descomunal explosión?! —Mmm… está difícil…—, cavilaba Evodio cuando oyó la voz… su voz… —¿Qué haces, Pequi? A Evodio lo recorrió un escalofrío. Le estaba hablando la voz de su conciencia. Era la voz de su conciencia, porque ella era la única que lo llamaba «Pequi». Evodio se volvió y allí, del otro lado del espejo, estaba ella. —¿Qué?… ¿Nos vamos a suicidar? Pero Evodio no contestó. No hay nada más absurdo y terrible que un suicida, desnudo, avergonzándose frente a su conciencia. —Haz memoria, Pequi. Acuérdate de todo lo que te has reído en estos últimos años: del gordito que decía: «el 28, el 28, el 28…»; de Aristóbulo intentando explicar que el PPT sí estaba con Chávez y se querían, pero que no estaba con Chávez, cuando él se fumaba una lumpia y se ponía así, pero que su cariño era enorme; de Adina hablando de microsol y de los guapppsss; del atormentadito cubano que, poseso, vociferaba: «¡¡¡La Internet es un invento del demonio!!!». Pequi, te reíste de Fidel en el dugout disfrazado de pelotero; de José Vicente cada vez que interpretó, tradujo y acomodó las palabras del primer mandatario; del desfile militar aquel con carrozas, tanques con vírgenes giratorias, y unas misses —en carro perezjimenista descapotable— como «digna representación de la mujer venezolana». Piensa en el General Pantaleta y en lo que dijiste en aquel entonces: Çno hay nada más cómico que alguien sin sentido del humorÈ. Lloraste de la risa con Hugo, el gobernante chino y Julio Iglesias cantando O Sole Mio; con la gallinita de Arias Cárdenas y en el cochinito de Primero Justicia; con el pipote de Ballesta; con Carreño explicando cómo fue que mataron a Montesinos. Te carcajeaste de lo lindo ante el huevazo que le metieron al diputado Vivas y la veloz intervención Tarek, diciendo que eso no había sido obra de los Círculos, sino que el asambleísta se había autohueviado ¡y que había un testigo! ¿Y dónde me dejas el «disulidar» de Roque Davies? ¿Y el anodino que habla con puras esdrújulas: méndigos, áustero, hóstil? ¿No te dio risita al ver a Bandera Roja marchando con las Damas Rosadas? ¿Y la Escuálida # 1? ¿Y los kits bolivarianos? Y nuestro presidente, Pequi, la noche antes de la masacre de Miraflores, cuando salió en pantalla dividida: él en la mitad izquierda del televisor, vestidito de bandera y, en la mitad derecha, ahí pegadita, Shakira, meneando las caderas y el ombligo, y cantando desatada: «mi vida, tu vida, quiero vivir la vida». Reconócelo, Pequi. Te has reído… Era verdad. Su conciencia tenía razón. Y mientras Evodio apagaba el secador, ponía a las pirañas en la pecera, vaciaba la tina, cortaba el cablecito de los explosivos, descargaba la pistola, colocaba la hojilla en la afeitadora y botaba el pastillero y el jugo envenenado en la poceta, la voz de su conciencia le susurraba amorosa: —Recuerda, Pequi… la fe es lo penúltimo que se pierde… Lo último-ultimito, es el sentido del humor. Y nosotros, a Dios gracias, estamos llenos de risa por dentro.
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