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De la importancia del rímel
Carolina Espada

Jueves, 2 de agosto de 2001

Lulú se hincó de rodillas en pleno vagón del Metro. Allí, entre Bellas Artes y Colegio de Ingenieros, cayó postrada e imploró perdón.

—¡Es mi culpa; yo sé que es mi culpa; yo soy la única culpable y ustedes no tienen nada que ver!

Todos los hombres que la rodeaban, la vieron como quien ve a un cachicamo albino jipiando en medio de un arrebato de locura. Es más, los que estaban de pie hasta dieron un pasito para atrás y todo.

Y Lulú sollozaba ahogada por la vergüenza:

—No son ustedes... soy yo...

Ella se había subido al Metro por allá por Capitolio y en hora pico. Pese a que llevaba su cartera terciada, un maletín lleno de papeles, una bolsa repleta de mangos, la guía telefónica y las páginas amarillas que le había encargado su mamá, y un paraguas mojado con el que no sabía qué hacer, nadie —absolutamente nadie— se levantó y le cedió el asiento.

—No importa... —murmuró—. No será ni la primera ni la última vez que no me den el puesto.

Lo malo es que todos aquellos individuos continuaron indiferentes con sus respectivas conversaciones. El calvito entusiasta le comentaba al de la corbata chorreada que ya se había agenciado sendos culos para esa noche. Lulú pensó gramaticalmente: «El todo por la parte y la parte por el todo»... ¿cómo era que se llamaba eso?... Metonimia no era... ¡Sinécdoque! Resolverse la velada a punta de un par de traseros era una sinécdoque. Al tipo con la braga de paracaidista lo único que le salía por la boca eran groserías: un sustantivo, tres malas palabras; un artículo, cuatro cochinadotas. No decía más, porque el chicle se le atravesaba y la próxima vulgaridad se le quedaba a medio camino. Su interlocutor apenas si secundaba: «Sí guón; asssié guón». El del bigotico como de película mexicana, que hablaba con el recién vestido con tufo a cerveza, mantenía su discurso fluido e inalterable; es que no permitía que sus flatulencias lo interrumpieran ni un instante. Y algo muy grave le tenía que estar sucediendo al señor del pantalón de rayitas. Ese intentaba acomodarse los testículos, pero, por más que hacía malabarismos, no lograba encontrarles una posición satisfactoria.

Fue ahí cuando Lulú —toda rubor— se tiró al piso y rogó ser perdonada.

—¡Obviamente yo no he hecho nada para que ustedes se den cuenta de que no están en una gallera, sino en presencia de una dama! Discúlpenme. Prometo que, a partir de mañana, me vuelvo a poner coloretico y un ganchito de pelo. Tacones, no les aseguro, pero pueden contar con un ganchito rosado.


Carolina Espada en La BitBlioteca
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