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Lynch Spray Carolina Espada Jueves, 9 de noviembre de 2000 ![]() «Ya lo saben, que no corra ni una sola gota de sangre... Pintura, goma de pegar, miel, talco, plumitas de gallina y escarcha sí, pero ni una sola gota de sangre». La estrategia había sido maquiavélicamente diseñada. Llevaban meses planificando cada detalle y, al fin, había llegado la hora de la justicia... de la venganza. Eran las 11:00 p.m. de un sábado febril... y una extraña calma reinaba en las callecitas de Santa Eduvigis y Sebucán. Los vecinos, miembros de AsoSE y AsoSebu, ya habían ocupado sus puestos de ataque. Los recién casados del edificio «El Tamarindo» fingían amapucharse dentro de su carro, ahí mal parado en la esquina. La italiana de la quinta «O Sole Mío» paseaba a su perro y le susurraba impaciente: «¡Ma, cagnolino, è troppo tardi, fá la cacchina, ti prego! (pero, en realidad, ella y su mascota estaban viendo de reojito y esperando la señal). El dramaturgo de los altos de la casita rosada, con una botella medio llena de té (pues él anda en lo de «Alcohólicos Anónimos»), se abrazaba a un farol, actuaba una borrachera y cantaba: «¡Me caiií dela nubenquiandabaaa, comuá veintemil metros dialturaaa!» El ex presidente, desde la penumbra de su balcón, oteaba el perímetro con sus binoculares y comía chocolaticos. El coronel de la calle ciega, con su uniforme de mata camuflada y unas cayenas en el casco (apenas si se veía entre los arbustos) pensaba: ¡Gran reto este operativo cívico-militar! Y debajo de los automóviles había mucha gente agazapada esperando la voz de acción. ¡Y por fin aparecieron! ¡Eran tres los grafiteros adolescentes! Llevaban un año pinturetiando el sector. Todo había empezado con un corazoncito inofensivo y una frasecita: «Andrea, chica urbe». Pero después se desataron. Rayaron aceras, paredes, puertas de garaje, buzoncitos y todos los carteles de señalización. ¿Mire, dónde me queda la calle «El León»?... Siga bajando y cuando vea un letrero en donde pintaron como una K con un asterisco, allí es. ¡Y ahí estaban esos tres haciendo un megagraffiti en un muro de ladrillos cuando se oyó un disparo, se prendieron todas las luces y un centenar de vengadores los rodearon! No pudieron escapar. Los agarraron, desnudaron, empatucaron y estaponaron contra una reja. Los amarraron, espolvorearon, emplumaron y escarcharon. Y entonces, los rociaron con pintura fosforescente. De amarillo, azul y rojo les pintaron el pipí y las bolitas. No por patriotismo, sino porque los colores primarios resaltan en las fotografías. Ah... ¡porque medio mundo se retrató con ellos esa noche!
Corrió la voz y vino gente de Altamira y de Los Chorros. Hubo fiesta, desquite y humillación. Como siempre, la policía llegó de última y liberó a los muchachos traumatizados de por vida. «¿¡¡¡Quién hizo esto!!!?»
«¡Fuenteovejuna, señor!», respondió el dramaturgo. «¡Fuenteovejuna en aerosol!»
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