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El último día de clases
Carolina Espada

Jueves, 9 de noviembre de 2000

Cuando el policía le disparó, no le dolió nada. Sintió como... como un golpe... un empujón en la barriga... Se estaba desangrando y no le dolía. Era como... como un frío que lo quemaba.


«Jimmy Carademoco» en kindergarden y preparatorio. «Jimmy, la lombriz albina» en primero, segundo y tercer grados. «Jimmy, gusano hervido» en cuarto, quinto y sexto. Ahora en séptimo, «El Siniestro».

Doce años. Casi trece. Y toda una vida de nombres, sobrenombres, burlas y risitas.

Mike, el bromista de la clase, era quien lo había bautizado y rebautizado desde que entraron al kinder B. Mike era igualito a un mono y nadie parecía darse cuenta. Todos se reían con las cosas de Mike.

Pero ese día supo que mataría a Mike...

Mike...

Estaba preparado: llevaba meses y meses practicando, matando a todos en los video juegos. Hoy los mataba. 100, 200 muertos, hasta más. Y mañana los mataba otra vez.

No tenía que hacer deporte como Rob. El futbolista, el de la vocesota. No tenía que sudar, jadear y cansarse cada tarde. Era mucho más fácil penetrar en la realidad virtual. En su realidad personal. ¿Qué más realismo se requiere? Rob y sus músculos... El también tenía que morir.

Rob y Mike...

Estaba listo y no se había metido ninguna droga. Sólo una vez se drogó, pero vomitó tanto, tanto, que juró no volverse a drogar en la vida.

Esto era en serio. Mucho más serio que David, «la mente» del salón. David y su seriedad, David y sus acertados consejos, David y su madurez. ¿Pero dónde estaba David el día en que lo cargaron y lo lanzaron... a la una, a las dos y a las tres... en el pipote industrial de basura que estaba en la parte de atrás de la cafetería? David pasó por allí. Apenas negó con la cabeza, suspiró, se encogió de hombros y siguió de largo. Lo ha podido defender. Ha podido ser su amigo. Pero David siguió su camino y ahora lo pagaría con su vida.

David, Rob y Mike...

Su papá no escondía las armas. Estaban ahí, al alcance de la mano. Una, en la gaveta de la mesita de noche y tres, en el closet del baño. Su papá no lo regañaba. Su papá nunca hablaba con él. Su papá siempre le había dado total libertad.

Por eso se inscribió en una organización nazi en la Internet, porque era libre y podía hacer lo que quería. El poder de la raza blanca. La raza suprema.

Sergio era latino. Se sentaba en la primera fila y era latino. Las muchachas decían que era muy guapo. Dawn estaba enamorada de él. Dawn, la más bella de la clase, con su pelo rojo, sus pecas y sus ojos azules... estaba enamorada del latino. Sergio era marrón y debía morir. Y Dawn también. Ella nunca lo había visto a la cara. Pasaba frente a él y era como si no existiera. Pero era ella la que iba a dejar de existir.

Dawn, Sergio, David, Rob y Mike...

Su mamá nunca estaba en la casa. Tenis, francés, masajes, peluquería, club y compras con su amiga, mrs. Perry. Mrs. Perry era la mamá de Christine, la gorda de la escuela. Era gorda y comía chicle. Tenía mucho dinero. Nadie se metía con ella. Christine regalaba chicle. A él nunca le dio uno. Una vez muerta la enterrarían con el chicle atracado en la garganta.

Christine, Dawn, Sergio, David, Rob y Mike...

Y también tendría que matar a Tyler... porque sí. Porque Tyler era simpático, atractivo, popular, buen estudiante, sabía bailar y, los sábados, jugaba beisbol con su papá y con sus hermanos. Tyler no iba a jugar más.

Tyler, Christine, Dawn, Sergio, David, Rob y Mike...

Fue muy fácil. Todos estaban en la biblioteca. Se quedaron después de clases. Iban a escribir un periódico. Una publicación mensual. Era su primera reunión y estaban discutiendo la noticia de la primera página. Unos querían poner lo de la construcción del nuevo gimnasio. Otros querían destacar lo de la necesidad de colocar detectores de metales en las entradas del colegio.

No llegaron a ninguna conclusión.

Jimmy entró y los mató.

Mike, Rob, David, Sergio, Dawn, Christine y Tyler...


Cuando el policía le disparó, no le dolió nada. Sintió como... como un golpe... un empujón en la barriga... Se estaba desangrando y no le dolía. Era como... como un frío que lo quemaba. Entonces todo se volvió borroso y fue... fue como cuando se apaga un televisor.


También: Roberto Hernández Montoya, Adolescentes: ¡temblad! y Pequeños asesinatos Carolina Espada en La BitBlioteca

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