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El sentido de la vida (de una zebra) Carolina Espada Jueves, 9 de noviembre de 2000 ![]() «Con esta chaqueta parezco un canguro... un peluche... un peluche de camello acangurado. Yo me quiero poner mi blazer rojo finísimo y no esta cosa peluchosa del departamento de vestuario de este canal». «Pero la vas a tener que usar. La otra actriz que está en tu escena, también tiene puesto un blazer rojo, y aunque el personaje de ella es mucho más importante que el tuyo, ella tiene menos ropa. Así que te cambias tú». La otra, bellísima, y yo, de color dromedario deshidratado. Ni modo... uno se resigna como la zorra aquella de las uvas que estaban verdes, al menos el chaquetón horroroso es bien calientico. «¡Esta vez no vas a poder conmigo, aire acondicionado glacial!»
4:00 p.m. Peinado, perfecto. Maquillaje, impecable. Parlamentos, memorizados. Ahora lo que falta es que lo llamen a ensayar. «Mira, tú, la del saco mullidito, vente conmigo para la terraza, que hoy se están tomando todas las fotos del talento de la empresa». «Y eso de talento... ¿soy yo?». Sí. «Pero si yo no estoy contratada... yo aquí lo que estoy es matando un tigre de bengala...». «Te sale foto igual». A medida que el ascensor va llegando a la terraza, pasamos de una temperatura de 15°C a una de 30. Al salir, aquel solazo: 33 grados a la sombra (que no hay). Cielo nubladísimo y calorón pre-pluvial. Y uno siente que se le chorrea la laca, se le derrite el panqué y se le suda hasta la vergüenza. («¡Y yo con este foquin peluche encima, njda!»). «¿Y pa dónde vamos?»
La sesión fotográfica es sobre una especie de tanque de agua (¿o será la casetica del cuarto de máquinas del elevador?), allá arriba, entre unas antenas parabólicas. «¿¡Pero por qué hay que encaramase ahí!?». Que si la pared del fondo... y la textura... y la luz... y el rebote de no sé que... «¿Y por dónde me subo?». ¡Por una escalerita de tubitos de metal en donde se resbalarían un bombero, un acróbata y un gimnasta olímpico, uno detrás del otro!
«¿¡Pero esto es en serio o es una broma de esas de la cámara indiscreta!? ¡Me rindo! ¿En dónde está la cámara escondida?». «Ninguna cámara... Por ahí han subido los más grandes actores de este país. Sube...». Pues, ni modo. Ni modo una vez más y uno se empuja para allá arriba. La suela nuevecita de los zapaticos de tacón patina en aquellos rolitos metálicos... (¿¡no podían atacuñar aquí una escalera de madera!?) La media panty se engarza y se va completica... (menos mal que las piernas casi no salen en las telenovelas, puros primeros planos y ya está). La minifalda... cada vez más mini y aquel poco de actores allá abajo mirando... (¡ay, San Toribio, que no me haya puesto hoy las pantaleticas de patodonald que son súper cómodas, pero de un ridículo subido!). Y finalmente uno llega allá al copito. «Espérate, mi amor, que estamos cambiando el rollo...». Y uno suuudaaa... y se acuerda de aquella vez en el colegio, en primer grado, cuando hicieron el acto cultural y uno quería que le dieran el papel de la Virgen María... o, al menos, el de una pastorcita... pero no, a uno le tocó hacer de oveja... una oveja enfundada en un mono como de alfombra acolchadita y sintética que picaba. Y mi mamá y mi papá ahí, en primera fila, y yo con aquel calor, las ganas de hacer pipí y aquellos deseos de ponerme a llorar. La foto: que si ponte para acá, que si mira para allá. Y uno posa su vista en algún lugar indefinido del espacio y recuerda, uno a uno, todos los papelones que ha hecho desde la oveja navideña hasta el sol de la tarde de hoy... Y entonces uno piensa en la Madre María de San José. Esa sí que tenía un propósito en la vida. Y cuando uno se va a conflictuar, a deprimir y a ponerse densa, intensa y hasta filosófica (¿¡de dónde venimos, qué somos, hacia dónde vamos, Gauguin!?)... llega Pablo Vivas, el coordinador de estudio, y le dice con templadito respeto: «Mire, señorita fotogénica, tiene a todo el estudio parado, la estamos esperando para grabar».
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