Caracas, Jueves, 17 de abril de 2014

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Miranda y los Mantuanos

Inés Quintero

Martes, 2 de agosto de 2011

En 1806, Francisco de Miranda desembarcó en la costa de Coro al mando de una expedición cuyo propósito era dar inicio a la lucha por la Independencia. Los mantuanos se pronunciaron en contra de la iniciativa







   Foto: Google

Los desencuentros entre Francisco de Miranda y los mantuanos de Caracas tienen una larga historia. Mucho antes de que empezara la Independencia, en 1769, ocurrió el primer enfretamiento. El 16 de abril el Capitán General de Venezuela convocó a un acto en la Plaza Mayor para nombrar a los oficiales de las milicias de blancos de la capital. En la ceremonia designó a Sebastián Miranda, el papá de Miranda, capitán de un batallón. Inmediatamente los mantuanos reaccionaron contra el nombramiento. El marqués del Toro, el conde de Tovar, el marqués de Mijares, los Ponte, los Ibarra, los Bolívar y otros blancos distinguidos de la ciudad se negaron rotundamente a ingresar como oficiales de las milicias de blancos si se aceptaba la incorporación de Sebastián Miranda, un mercader, sin blasones ni hidalguía y que, además, estaba casado con una panadera. El pleito fue un escándalo total. Si bien el Rey sancionó una Real Cédula en la cual le dio la razón al padre de Miranda, este incidente fue determinante en la biografía de Francisco de Miranda, muy poco tiempo después abandonó Venezuela. No regresó sino 35 años después, en 1806, para enfrentarse por segunda vez con los mantuanos de Caracas, en su mayoría descendientes directos de los mismos hombres que habían afrentado a su padre en 1769.

En 1806, Francisco de Miranda desembarcó en la costa de Coro al mando de una expedición cuyo propósito era dar inicio a la lucha por la Independencia. Los mantuanos se pronunciaron en contra de la iniciativa. Desde el Cabildo, incluso antes de que Miranda tocara tierra venezolana, los mantuanos lo declararon traidor, promovieron la quema de sus proclamas y propuestas libertarias y organizaron una colecta pública para ponerle precio a la cabeza de aquel “monstruo abominable”. La invasión fue un fracaso total y a Miranda no le quedó más remedio que abandonar Coro y refugiarse en Trinidad para regresar, un tiempo después, a Inglaterra, lugar donde tenía su residencia.

Cuatro años después, en diciembre de 1810, Miranda regresó a Venezuela a unirse al proyecto independentista. Una vez más se hicieron patentes los desencuentros entre Miranda y los mantuanos de Caracas.

A su llegada fue recibido con honores y los miembros del Cabildo, otrora detractores del precursor, ordenaron borrar de sus actas todos los denuestos e insultos proferidos contra Miranda cuando la invasión de 1806. Miranda, por su parte, estaba de lo más entusiasmado. Su propósito era incorporarse activamente a la lucha por la Independencia. Además, venía persuadido de que, en Venezuela, nadie contaba con una trayectoria política y militar como la suya. Tenía 60 años, había formado parte del ejército español y combatido en Europa, Africa y los Estados Unidos, había participado en la revolución francesa, conocía a los más importantes políticos del mundo y durante tres décadas no había hecho otra cosa que promover la Indepedencia del continente americano. Esperaba, por tanto, un lugar prominente en la conducción de los destinos de su patria. Los mantuanos no eran del mismo parecer. Miranda tenía cuarenta años fuera de Venezuela, se desconfiaba de sus relaciones políticas con los ingleses y no era bien vista su participación en la revolución de los franceses.

De manera pues que, desde que Miranda llegó a Venezuela, la relación con los mantuanos fue problemática. La Junta Suprema, compuesta en su mayoría por mantuanos, no le otorgó el máximo grado militar al Precursor; no estuvo Miranda entre los primeros diputados electos para formar el Congreso General de Venezuela, su elección fue tardía de manera que no estuvo presente el día de la instalación; tampoco el nombre de Miranda fue contemplado para formar parte del primer triunvirato Ejecutivo. En estos primeros meses fueron frecuentes las críticas a Miranda por sus ideas políticas demasiado radicales y por sus abusos en la conducción de las campañas militares que estuvieron bajo su mando. Varios oficiales mantuanos se quejaron ante el Congreso por los excesos de Miranda y éste fue interpelado a fin de que disipara las quejas que había en su contra. El episodio lo molestó visiblemente.

A pesar de todos estos desencuentros y de la animadversión mutua que existía entre Miranda y los mantuanos, en abril de 1812 Miranda fue nombrado dictador y se dejó en sus manos la dirección absoluta de la guerra. La situación era crítica: las tropas realistas avanzaban indetenibles hacia el centro y la causa de la Independencia iba perdiendo apoyo, incluso entre muchos de los que inicialmente se habían involucrado directamente en el proyecto.

También el nombramiento de Miranda como director supremo de la guerra suscitó reacciones encontradas entre los mantuanos de Caracas, renuentes a aceptar que se le entregara toda la autoridad a un solo individuo y disgustados frente al hecho de que ese individuo fuese, precisamente, Francisco de Miranda.

Miranda tampoco se sentía cómodo entre los mantuanos. Resentía que desde el primer momento no se le hubiese reconocido su trayectoria y experiencia; se quejaba de la indisciplina e insubordinación que caracterizaba a las tropas y no le agradaba la oficialidad mantuana, en su mayoría arrogante e inexperta.

Fue en este ambiente de mutuos recelos y de recurrentes desencuentros que tuvo lugar la decisión de Miranda de capitular ante el jefe de las tropas realistas, Domingo de Monteverde, convencido de que no había manera de salvar a la República. La capitulación se firmó en San Mateo el 25 de julio de 1812. Las críticas no se hicieron esperar. Los enemigos de Miranda y de la capitulación, consideraron que había sido una decisión apresurada y que Miranda había traicionado a la República.

Miranda, derrotado y en medio del mayor desencanto, se dirigió a la La Guaira con la intención de abandonar Venezuela..

El 30 de julio en la noche, un grupo en el cual se encontraba Simón Bolívar y Tomás Montilla, ambos mantuanos, tomó prisionero a Miranda y lo entregó a las autoridades españolas.

A partir de este día las vidas de Bolívar y Miranda tomaron rumbos totalmente diferentes. En el caso de Bolívar se inició el largo y exitoso camino que concluyó finalmente en la derrota del imperio español en América. En el caso de Miranda, ese día se inició el corto y tortuoso camino que lo condujo a su fin. El 16 de julio de 1816 murió prisionero de España en La Carraca, cerca de Cádiz.

El episodio del 30 de julio de 1812, constituye uno de los más polémicos sucesos de nuestra historia republicana y todavía hoy divide a “mirandistas” y “bolivaristas”.

Los primeros lo consideran un acto imperdonable e indigno del futuro Libertador quien fue capaz de vender a Miranda a cambio de un pasaporte. Los segundos defienden a Bolívar y justifican su proceder frente a quien había claudicado y traicionado a la patria. No hay términos medios.

Cuando han transcurrido casi doscientos años del controversial suceso valdría la pena, más bien, empezar a considerarlo como el último y fatal desencuentro de lo que fue la larga historia de intrigas, rechazos y animadversiones que caracterizaron la relación entre Miranda y los mantuanos de Caracas.

ines.quintero@analitica.com

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