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La Celestina
Fernando de Rojas Tragicomedia de Calisto y Melibea nuevamente revista y emendada con addición de los argumentos de cada un auto en principio. La qual contiene demás de su agradable y dulce estilo muchas sentencias filosofales y avisos muy necessarios para mancebos mostrándoles los engaños que están encerrados en sirvientes y alcahuetas. El autor a un su amigo Suelen los que de sus tierras absentes se fallan considerar de qué cosa aquel lugar donde parten mayor inopia o falta padezca para con la tal servir a los conterráneos, de quien en algún tiempo beneficio recebido tienen; y viendo que legítima obligación a investigar lo semijante me compelía para pagar las muchas mercedes de vuestra libre liberalidad recebidas, asaz vezes retraído en mi cámara, acostado sobre mi propia mano, echando mis sentidos por ventores y my juyzio a bolar, me venía a la memoria no sólo la necessidad que nuestra común patria tiene de la presente obra por la muchedumbre de galanes y enamorados mancebos que posee, pero aun en particular vuestra mesma persona, cuya juventud de amor ser presa se me representa aver visto y dél cruelmente lastimada, a causa de le faltar defensivas armas para resistir sus fuegos, las quales hallé esculpidas en estos papeles, no fabricadas en las grandes herrerías de Milán, mas en los claros ingenios de doctos varones castellanos formadas. Y como mirasse su primor, su sotil artificio, su fuerte y claro metal, su modo y manera de lavor, su estilo elegante, jamás en nuestra castellana lengua visto ni oído, leílo tres o quatro vezes, y tantas quantas más lo leía, tanta más necessidad me ponía de releerlo y tanto más me agradava, y en su processo nuevas sentencias sentía. Vi no sólo ser dulce en su principal ystoria o fición toda junta, pero aun de algunas sus particularidades salían delectables fontezicas de filosophía, de otros agradables donayres, de otros avisos y consejos contra lisongeros y malos sirvientes y falsas mugeres hechizeras. Vi que no tenía su firma del autor, el qual, según algunos dizen, fue Juan de Mena, e según otros, Rodrigo Cota, pero quienquier que fuese, es digno de recordable memoria por la sotil invención, por la gran copia de sentencias entrexeridas que so color de donayres tiene. Gran filósofo era. Y pues él con temor de detractores y nocibles lenguas más aparejadas a reprehender que a saber inventar, quiso celar e encubrir su nombre, no me culpéys si en el fin baxo que le pongo, no espresare el mío. Mayormente que, siendo jurista yo, aunque obra discreta, es agena de mi facultad, y quien lo supiese diría que no por recreación de mi principal estudio, del qual yo más me precio, como es la verdad, lo fiziesse, antes distraído de los derechos, en esta nueva lavor me entremetiesse. Pero aunque no acierten, sería pago de mi osadía. Asimismo pensarían que no quinze días de unas vacaciones, mientra mis socios en sus tierras, en acabarlo me detoviesse, como es lo cierto; pero aun más tiempo y menos accepto. Para desculpa de lo qual todo, no sólo a vos, pero a quantos lo leyeren, offrezco los siguientes metros. E por que conoscáys donde comiençan mis maldoladas razones [y acaban las de antiguo auctor], acordé que todo lo del antiguo auctor fuesse sin división en un aucto o cena incluso, hasta el segundo aucto, donde dize: «Hermanos míos», etc. Vale. El autor, escusándose de su yerro en esta obra que escrivió, contra sí arguye y compara 1. El silencio escuda y suele encobrir Prosigue 2. El ayre gozando ageno y estraño, Prosigue 3. Donde ésta gozar pensaba volando, Prosigue 4. Si bien queréys ver mi limpio motivo, Comparación 5. Como el doliente que píldora amarga Buelve a su propósito 6. Estando cercado de dubdas y antojos, Prosigue dando razones por qué se movió a acabar esta obra 7. Yo vi en Salamanca la obra presente; 8. Y así que esta obra en e1 proceder 9. Jamás [yo] no vide en lengua romana, Amonesta a los que aman que sirvan a Dios y dexen las malas cogitaciones y vicios de amor 10. Vosotros, los que amáys, tomad este enxemplo, Fin 11. [Olvidemos los vicios que así nos prendieron; 12. 0 damas, matronas, mancebos, casados, [Prólogo] Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla, dize aquel gran sabio Eráclito en este modo: «Omnia secundum litem fiunt». Sentencia a mi ver digna de perpetua y recordable memoria. Y como sea cierto que toda palabra del hombre sciente esté preñada, desta se puede dezir que de muy hinchada y llena quiere rebentar, echando de sí tan crescidos ramos y hojas, que del menor pimpollo se sacaría harto fruto entre personas discreta. Pero como mi pobre saber no baste a más de roer sus secas cortezas de los dichos de aquellos que por claror de sus ingenios merescieron ser aprovados, con lo poco que de allí alcançare, satisfaré al propósito deste perbreve (pró)logo. Hallé esta sentencia corroborada por aquel gran orador y poeta laureado, Francisco Petrarcha, diziendo: «Sine lite atque offensione ni(hi)l genuit natura parens»: Sin lid y offensión ninguna cosa engendró la natura, madre de todo. Dize más adelante: «Sic est enim, et sic propemodum universa testantur: rapido stelle obviant firmamento; contraria invicem elementa confligunt; terrae tremunt; maria fluctuant; aer quatitur; crepant flamme; bellum immortale venti gerunt; tempora temporibus concertant; secum singula nobiscum omnia.» Que quiere decir: «En verdad assí es, y assí todas las cosas desto dan testimonio: las estrellas se encuentran en el arrebatado firmamento del cielo, los adversos elementos unos con otros rompen pelea, tremen las tierras, ondean los mares, el ayre se sacude, suenan las llamas, los vientos entre sí traen perpetua guerra, los tiempos con tiempos contienden y litigan entre sí, uno a uno y todos contra nosotros.» El verano vemos que nos aquexa con calor demasiado, el invierno con frío y aspereza, assí que este nos paresce revolución temporal, esto con que nos sostenemos, esto con que nos criamos y bevimos, si comiença a ensobervecerse más de lo acostumbrado, no es sino guerra. Y quanto se ha de temer, manifiéstase por los grandes terremotos y torvellinos, por los naufragios y encendios, assí celestiales como terrenales, por la fuerça de los aguaduchos, por aquel bramar de truenos, por aquel temeroso ímpetu de rayos, aquellos cursos y recursos de las nuves, de cuyos abiertos movimientos, para saber la secreta causa de que proceden, no es menor la dissención de los filósofos en las escuelas, que de las ondas en la mar. Pues entre los animales ningún género carece de guerra: pesces, fieras, aves, serpientes, de lo qual todo una especie a otra persigue. El león al lobo, el lobo la cabra, el perro la liebre y, si no paresciese conseja de tras el fuego, yo llegaría más al cabo esta cuenta. El elefante, animal tan poderoso y fuerte, se espanta y huye de la vista de un suziuelo ratón, y aun de sólo oírle toma gran temor. Entre las serpientes el vajarisco crió la natura tan ponçoñoso y conquistador de todas las otras, que con su silvo las asombra y con su venida las ahuyenta y disparze, con su vista las mata. La bívora, reptilia o serpiente enconada, al tiempo del concebir, por la boca de la hembra metida la cabeça del macho y ella con el gran dulçor apriétale tanto que le mata, y quedando preñada, el primer hijo rompe las yjares de la madre, por do todos salen y ella muerta queda; él quasi como vengador de la paterna muerte. ¿Qué mayor lid, qué mayor conquista ni guerra que engendrar en su cuerpo quien coma sus entrañas? Pues no menos dissensiones naturales creemos haver en los pescados, pues es cosa cierta gozar la mar de tantas formas de pesces, quantas la tierra y el ayre cría de aves y animalias y muchas más. Aristóteles y Plinio cuentan maravillas de un pequeño pece llamado Echeneis, quanto sea apta su propriedad para diversos géneros de lides. Especialmente tiene una que si allega a una nao o carraca, la detiene, que no se puede menear aunque vaya muy rezio por las aguas, de lo cual haze Lucano mención, diziendo; «Non pupim retinens, Euro tendente rudientes,/ In mediis Echeneis aquis.» «No falta allí el pece dicho Echeneis, que detiene las fustas, quando el viento Euro estiende las cuerdas en medio de la mar.» ¡Oh natural contienda, digna de admiración, poder más un pequeño pece que un gran navío con toda su fuerça de los vientos! Pues si discurrimos por las aves y por sus menudas enemistades, bien affirmaremos ser todas las cosas criadas a manera de contienda. Las más biven de rapina, como halcones y águilas y gavilanes. Hasta los grosseros milanos insultan dentro en nuestras moradas los domésticos pollos y debaxo las alas de sus madres los vienen a caçar. De una ave llamada Rocho, que nace en el índico mar de oriente, se dize ser de grandeza jamás oída y que lleva sobre su pico fasta las nuves no sólo un hombre o diez, pero un navío cargado de todas sus xarcías y gente. Y como los míseros navegantes estén assí suspensos en el ayre, con el meneo de su buelo caen y reciben crueles muertes. ¿Pues qué diremos entre los hombres a quien todo lo sobredicho es subjeto? ¿Quién explanará sus guerras, sus enemistades, sus embidias, sus aceleramientos y movimientos y descontentamientos? ¿Aquel mudar de trajes, aquel derribar y renovar edificios y otros muchos affectos diversos y variedades que desta nuestra flaca humanidad nos provienen? Y pues es antigua querella y visitada de largos tiempos, no quiero maravillarme si esta presente obra ha seído instrumento de lid o contienda a sus lectores para ponerlos en differencias, dando cada uno sentencia sobre ella a sabor de su voluntad. Unos dezían que era prolixa, otros breve, otros agradable, otros escura; de manera que cortarla a medida de tantas y tan differentes condiciones a solo Dios pertenesce. Mayormente pues ella con toda las otras cosas que al mundo son, van debaxo de la vandera desta notable sentencia, «que aun la mesma vida de los hombres, si bien lo miramos, desde la primera edad hasta que blanquean las casas, es batalla». Los niños con los juegos, los moços con las letras, los mancebos con los deleytes, los viejos con mill especies de enfermedades pelean y estos papeles con todas las edades. La primera los borra y rompe, la segunda no los sabe bien leer, la tercera, que es la alegre juventud y mancebía, discorda. Unos les roen los huessos que no tienen virtud, que es la hystoria toda junta, no aprovechándose de las particularidades, haziéndola cuento de camino; otros pican los donayres y refranes comunes, loándolos con toda atención, dexando passar por alto lo que haze más al caso y utilidad suya. Pero aquellos para cuyo verdadero plazer es todo, desechan el cuento de la hystoria para contar, coligen la suma para su provecho, ríen lo donoso, las sentencias y dichos de philósophos guardan en su memoria para trasponer en lugares convenibles a sus autos y propósitos. Assí que quando diez personas se juntaren a oír esta comedia en quien quepa esta differencia de condiciones, como suele acaescer, ¿quién negará que aya contienda en cosa que de tantas maneras se entienda? Que aun los impressores han dado sus punturas, poniendo rúbricas o sumarios al principio de cada auto, narrando en breve lo que dentro contenía; una cosa bien escusada según lo que los antiguos escriptores usaron. Otros han litigado sobre el nombre, diziendo que no se avía de llamar comedia, pues acabava en tristeza, sino que se llamase tragedia. El primer autor quiso darle denominación del principio, que fue plazer, y llamóla comedia. Yo viendo estas discordias, entre estos estremos partí agora por medio la porfía y llaméla tragicomedia. Assí que viendo estas contiendas, estos díssonos y varios juyzios, miré a donde la mayor parte acostava y hallé que querían que alargasse en el proceso de su deleyte destos amantes sobre lo qual fuy muy importunado, de manera que acordé, aunque contra mi voluntad, meter segunda vez la pluma en tan estraña lavor y tan agena de mi facultad, hurtando algunos ratos a mi principal estudio, con otras horas destinadas para recreación, puesto que no han de faltar nuevos detractores a la nueva adición. Síguese la Comedia o Tragicomedia de Calisto y Melibea, compuesta en reprehensión de los locos enamorados que, vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dizen ser su dios. Assimismo hecho en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes. Argumento Calisto fue de noble linage, de claro ingenio, de gentil disposición, de linda criança dotado de muchas gracias, de stado mediano. Fue preso en el amor de Melibea, muger moça muy generosa, de alta y sereníssima sangre, sublimada en próspero estado, una sola heredera a su padre Pleberio, y de su madre Alisa muy amada. Por solicitud de pungido Calisto, vencido el casto propósito della, enterveniendo Celestina, mala y astuta mujer, con dos servientes del vencido Calisto, engañados y por ésta tornados desleales, presa su fidelidad con anzuelo de codicia y de deleyte, vinieron los amantes y los que les ministraron en amargo y desastrado fin. Para comienço de lo qual dispuso el adversa Fortuna lugar oportuno donde a la presencia de Calisto se presentó la deseada Melibea. Argumento del primer auto desta comedia Entrando CALISTO una huerta empos dun falcon suyo, halló í a MELIBEA, de cuyo amor preso, començóle de hablar; de la qual rigorosamente despedido, fue para su casa muy sangustiado. Habló con un criado suyo llamado SEMPRONIO, el qual, después de muchas razones, le endereçó a una vieja llamada Celestina, en cuya casa tenía el mesmo criado una enamorada llamada ELICIA, la qual, viniendo SEMPRONIO a casa de CELESTINA con el negocio de su amo, tenía a otro consigo llamado CRITO, al qual escondieron. Entretanto que SEMPRONIO estava negociando con CELESTINA, CALISTO stava razonando con otro criado suyo, por nombre PÁRMENO; el qual razonamiento dura hasta que llega SEMPRONIO y CELESTINA a casa de CALISTO. PÁRMENO fue conoscido de CELESTINA, la qual mucho le dize de los fechos y conoscimiento de su madre, induziéndole a amor y concordia de SEMPRONIO. CALISTO, MELIBEA, SEMPRONIO, CELESTINA, ELICIA, CRITO, PÁRMENO CALISTO. En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios. MELIBEA. ¿En qué, Calisto? CALISTO. En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotasse, y hazer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcançasse, y en tan conveniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte pudiesse. Sin duda, incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar alcançar yo tengo a Dios offrecido [ni otro poder mi voluntad humana puede cumplir]. ¿Quién vido en esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre como agora el mío? Por cierto, los gloriosos santos que se deleytan en la visión divina no gozan más que yo agora en el acatamiento tuyo. Mas, o triste, que en esto deferimos, que ellos puramente se glorifican sin temor de caer de tal bienaventurança, y yo, misto, me alegro con recelo del esquivo tormento que tu absencia me ha de causar. MELIBEA. ¿Por gran premio tienes éste, Calisto? CALISTO. Téngolo por tanto, en verdad, que si Dios me diesse en el cielo la silla sobre sus santos, no lo ternía por tanta felicidad. MELIBEA. Pues, ¡aún más ygual galardón te daré yo, si perseveras! CALISTO. ¡O bienaventuradas orejas mías que indignamente tan gran palabra avéys oído! MELIBEA. Más desventuradas de que me acabes de oír, porque la paga será tan fiera qual [la] meresce tu loco atrevimiento, y el intento de tus palabras [Calisto] ha seído como de ingenio de tal hombre como tú aver de salir para se perder en la virtud de tal mujer como yo. ¡Vete, vete de aí, torpe! que no puede mi paciencia tolerar que haya subido en coraçón humano conmigo el ilícito amor comunicar su deleyte. CALISTO. Yré como aquel contra quien solamente la adversa Fortuna pone su studio con odio cruel. ¡Sempronio, Sempronio, Sempronio! ¿Dónde está este maldicto? SEMPRONIO. Aquí stoy, señor, curando destos cavallos. CALISTO. Pues, ¿cómo sales de la sala? SEMPRONIO. Abatióse el girifalte y vínele a endereçar en el alcándara. CALISTO. ¡Ansí los diablos te ganen!, ansí por infortunio arrebatado perezcas, o perpetuo intolerable tormento consigas, el qual en grado inconparablemente a la penosa y desastrada muerte que spero traspassa. ¡Anda, anda, malvado!, abre la cámara y endereça la cama. SEMPRONIO. Señor, luego hecho es. CALISTO. Cierra la ventana y dexa la tiniebla acompañar al triste y al desdichado la ceguedad. Mis pensamientos tristes no son dignos de luz. ¡O bienaventurada muerte aquella que desseada a los afligidos viene! ¡O si viniéssedes agora, Crato y Galieno, médicos, sentiríades mi mal. ¡O piedad celestial, inspira en el plebérico coraçón, por que sin esperança de salud no embíe el spíritu perdido con el desastrado Píramo y de la desdichada Tisbe! SEMPRONIO. ¿Qué cosa es? CALISTO. ¡Vete de aí! No me hables, si no quiçá, ante del tiempo de mi raviosa muerte, mis manos causarán tu arrebatado fin. SEMPRONIO. Yré, pues solo quieres padecer tu mal. CALISTO. ¡Ve con el diablo! SEMPRONIO. No creo según pienso, yr conmigo el que contigo queda. (¡O desventura, o súbito mal! ¿Quál fue tan contrario acontescimiento que ansí tan presto robó el alegría deste hombre, y lo que peor es, junto con ella el seso? ¿Dexarle he solo, o entraré allá? Si le dexo matarse ha; si entro allá, matarme ha. Quédese, no me curo. Más vale que muera aquél a quien es enojosa la vida, que no yo, que huelgo con ella. Aunque por ál no desseasse bivir sino por ver [a] mi Elicia, me devería guardar de peligros. Pero si se mata sin otro testigo, yo quedo obligado a dar cuenta de su vida. Quiero entrar. Mas puesto que entre, no quiere consolación ni consejo. Assaz es señal mortal no querer sanar. Con todo quiérole dexar un poco desbrave, madure, que oído he dezir que es peligro abrir o apremiar las postemas duras, porque más se enconan. Esté un poco, dexemos llorar al que dolor tiene, que las lágrimas y sospiros mucho desenconan el coraçón dolorido. Y aun si delante me tiene, más conmigo se encenderá, que el sol más arde donde puede reverberar. La vista a quien objecto no se antepone cansa, y quando aquél es cerca, agúzase. Por esso quiérome soffrir un poco, si entretanto se matare, muera. Quiçá con algo me quedaré que otro no [lo] sabe, con que mude el pelo malo. Aunque malo es esperar salud en muerte ajena. Y quiçá me engaña el diablo, y si muere, matarme han, y yrán alla la soga y el calderón. Por otra parte, dizen los sabios que es grande descanso a los afligidos tener con quien puedan sus cuytas llorar, y que la llaga interior más empece. Pues en estos extremos en que stoy perplexo, lo más sano es entrar y sofrirle y consolarle, porque si possible es sanar sin arte ni aparejo, más ligero es guarecer por arte y por cura.) CALISTO. ¡Sempronio! SEMPRONIO. ¿Señor? CALISTO. Dame acá el laúd. SEMPRONIO. Señor, vesle aquí. CALISTO. ¿Quál dolor puede ser tal, que se yguale con mi mal? SEMPRONIO. Destemplado está esse laúd. CALISTO. ¿Cómo templará el destemplado? ¿Cómo sentirá el armonía aquel que consigo está tan discorde, aquel en quien la voluntad a la razón no obedece? Quien tiene dentro del pecho aguijones, paz, guerra, tregua, amor, enemistad, injurias, peccados, sospechas, todo a una causa. Pero tañe y canta la más triste canción que sepas. SEMPRONIO. Mira Nero de Tarpeya a Roma cómo se ardía; gritos dan niños y viejos y él de nada se dolía. CALISTO. Mayor es mi fuego, y menor la piedad de quien yo agora digo. SEMPRONIO. (No me engaño yo, que loco está este mi amo.) CALISTO. ¿Qué estás murmurando, Sempronio? SEMPRONIO. No digo nada. CALISTO. Di lo que dizes; no temas. SEMPRONIO. Digo que ¿cómo puede ser mayor el fuego que atormenta un bivo que el que quemó tal ciudad y tanta multitud de gente? CALISTO. ¿Cómo? Yo te lo diré; mayor es la llama que dura ochenta años que la que en un día passa, y mayor la que mata un ánima que la que quemó cient mil cuerpos. Como de la aparencia a la existencia, como de lo bivo a lo pintado, como de la sombra a lo real, tanta diferencia ay del fuego que dizes al que me quema. Por cierto si el de purgatorio es tal, más querría que mi spíritu fuesse con los de los brutos animales que por medio de aquél yr a la gloria de los santos. SEMPRONIO. (Algo es lo que digo; a más ha de yr este hecho. No basta loco, sino herege.) CALISTO. ¿No te digo que hables alto quando hablares? ¿Qué dizes? SEMPRONIO. Digo que nunca Dios quiera tal, que es especie de heregía lo que agora dixiste. CALISTO. ¿Por qué? SEMPRONIO. Porque lo que dizes contradize la christiana religión. CALISTO. ¿Qué a mí? SEMPRONIO. ¿Tú no eres christiano? CALISTO. ¿Yo? Melibeo só, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, y a Melibea amo. SEMPRONIO. Tú te lo dirás. Como Melibea es grande, no cabe en el corazón de mi amo, que por la boca le sale a borbollones. No es más menester; bien sé de qué pie coxqueas; yo te sanaré. CALISTO. Increíble cosa prometes. SEMPRONIO. Antes fácil. Que el comienço de la salud es conocer hombre la dolencia del enfermo. CALISTO. ¿Quál consejo puede regir lo que en sí no tiene orden ni consejo? SEMPRONIO. (¡Ha, ha, ha! ¿Éste es el fuego de Calisto: éstas son sus congoxas? Como si solamente el amor contra él assestara sus tiros. ¡O soberano Dios, quán altos son tus misterios, quánta premia pusiste en el amor, que es necessaria turbación en el amante! Su límite pusiste por maravilla. Paresce al amante que atrás queda; todos passan, todos rompen, pungidos y esgarrochados como ligeros toros, sin freno saltan por las barreras. Mandaste al hombre por la mujer dexar el padre y la madre. Agora no sólo aquello, mas a ti y a tu ley desamparan, como agora Calisto. Del qual no me maravillo, pues los sabios, los santos, los profetas por él te olvidaron.) CALISTO. ¡Sempronio! SEMPRONIO. ¿Señor? CALISTO. No me dexes. SEMPRONIO. (De otra temple está esta gayta.) CALISTO. ¿Qué te paresce de mi mal? SEMPRONIO. Que amas a Melibea. CALISTO. ¿Y no otra cosa? SEMPRONIO. Harto mal es tener la voluntad en un solo lugar cativa. CALISTO. Poco sabes de firmeza. SEMPRONIO. La perseverancia en el mal no es constancia mas dureza o pertinacia la llaman en mi tierra. Vosotros los filósophos de Cupido llamalda como quisiéredes. CALISTO. Torpe cosa es mentir el que enseña a otro, pues que tú te precias de loar a tu amiga Elicia. SEMPRONIO. Haz tú lo que bien digo y no lo que mal hago. CALISTO. ¿Qué me repruevas? SEMPRONIO. Que sometes la dignidad del hombre a la imperfeción de la flaca mujer. CALISTO. ¿Mujer? ¡O grossero! ¡Dios, Dios! SEMPRONIO. ¿Y assí lo crees, o burlas? CALISTO. ¿Que burlo? Por dios la creo, por dios la confesso, y no creo que hay otro soberano en el cielo aunque entre nosotros mora. SEMPRONIO. (¡Ha, ha, ha! ¿Oístes qué blasfemia? ¿Vistes qué ceguedad?) CALISTO. ¿De qué te ríes? SEMPRONIO. Ríome, que no pensava que havía peor invención de peccado que en Sodoma. CALISTO. ¿Cómo? SEMPRONIO. Porque aquéllos procuraron abbominable uso con los ángeles no conoscidos, y tú con el que confiessas ser Dios. CALISTO. ¡Maldito seas! Que hecho me has reír, lo que no pensé ogaño. SEMPRONIO. ¿Pues qué? ¿Toda tu vida avías de llorar? CALISTO. Sí. SEMPRONIO. ¿Por qué? CALISTO. Porque amo a aquélla ante quien tan indigno me hallo, que no la espero alcançar. SEMPRONIO. (¡O pusillánime, o fi de puta! ¡Qué Nembrot, que magno Alexandre; los quales no sólo del señorío del mundo, mas del cielo se juzgaron ser dignos!). CALISTO. No te oí bien esso que dixiste. Torna, dilo, no procedas. SEMPRONIO. Dixe que tú, que tienes más coraçón que Nembrot ni Alexandre, desesperas de alcançar una mujer, muchas de las quales en grandes estados constituídas se sometieron a los pechos y resollos de viles azemileros, y otras a brutos animales. ¿No has leído de Pasife con el toro, de Minerva con el can? CALISTO. No lo creo, hablillas son. SEMPRONIO. Lo de tu abuela con el ximio, ¿hablilla fue? Testigo es el cuchillo de tu abuelo. CALISTO. ¡Maldito sea este necio, y qué porradas dize! SEMPRONIO. ¿Escozióte? Lee los yestoriales, estudia los filósofos, mira los poetas. Llenos están los libros de sus viles y malos enxemplos, y de las caídas que levaron los que en algo, como tú, las reputaron. Oye a Salomón do dize que las mujeres y el vino hazen a los hombres renegar. Conséjate con Séneca y verás en qué las tiene. Escucha al Aristóteles, mira a Bernardo. Gentiles, judíos, christianos y moros, todos en esta concordia están. Pero lo dicho y lo que dellas dixiere no te contezca error de tomarlo en común; que muchas ovo y ay santas, virtuosas y notables cuya resplandesciente corona quita el general vituperio. Pero destas otras, ¿quién te contaría sus mentiras, sus tráfagos, sus cambios, su liviandad, sus lagrimillas, sus alteraciones, sus osadías? Que todo lo que piensan osan sin deliberar: sus dessimulaciones, su lengua, su engaño, su olvido, su desamor, su ingratitud, su inconstancia, su testimoniar, su negar, su rebolver, su presunción, su vanagloria, su abatimiento, su locura, su desdén, su sobervia, su subjeción, su parlería, su golosina, su luxuria y suziedad, su miedo, su atrevimiento, sus hechizerías, sus enbaymientos, sus escarnios, su desienguamiento, su desvergüença, su alcahuetería. Considera qué sesito está debaxo de aquellas grandes y delgadas tocas, qué pensamientos so aquellas gorgueras, so aquel fausto, so aquellas largas y autorizantes ropas, qué imperfición, qué alvañares debaxo de templos pintados. Por ellas es dicho: arma del diablo, cabeça de peccado, destrución de paraíso. ¿No has rezado en la festividad de San Juan, do dize: [las mugeres y el vino hazen (a) los hombres renegar do dize:] ésta es la mujer, antigua malicia que a Adam echó de los deleytes de parayso, ésta el linaje humano metió en el infierno; a ésta menospreció Helías propheta, etc.? CALISTO. Di pues, esse Adam, esse Salomón, esse David, esse Aristóteles, esse Vergilio, essos que dizes, como se sometieron a ellas, ¿soy más que ellos? SEMPRONIO. A los que las vencieron querría que remedasses, que no a los que dellas fueron vencidos. Huye de sus engaños. ¿Sabes qué hazen? Cosas, que es diffícil entenderlas. No tienen modo, no razón, no intención. Por rigor encomiençan el ofrecimiento que de sí quieren hazer. A los que meten por los agujeros, denuestan en la calle; conbidan, despiden, llaman, niegan, señalan amor, pronuncian enemiga, ensáñanse presto, apazíguanse luego, quieren que adevinen lo que quieren. ¡O qué plaga, o qué enojo, o qué fastío es conferir con ellas, más de aquel breve tiempo, que aparejadas son a deleyte! CALISTO. ¿Vees? Mientras más me dizes y más inconvenientes me pones, más las quiero. No sé qué se es. SEMPRONIO. No es este juyzio para moços, según veo, que no se saben a razón someter; no se saben administrar. Miserable cosa es pensar ser maestro el que nunca fue discípulo. CALISTO. Y tú, ¿qué sabes? ¿Quién te mostró esto? SEMPRONIO. ¿Quién? Ellas, que desque se descubren, ansí pierden la vergüença, que todo esto y aún más a los hombres manifiestan. Ponte pues en la medida de honrra; piensa ser más digno de lo que te reputas. Que cierto, peor estremo es dexarse hombre caer de su merescimiento, que ponerse en más alto lugar que deve. CALISTO. Pues ¿quién yo para esso? SEMPRONIO. ¿Quién? Lo primero eres hombre y de claro ingenio, y más, a quien la natura dotó de los mejores bienes que tuvo, conviene a saber: hermosura, gracia, grandeza de miembros, fuerça, ligereza, y allende desto, fortuna medianamente partió contigo lo suyo en tal quantidad que los bienes que tienes de dentro con los de fuera resplandecen. Porque sin los bienes de fuera, de los quales la fortuna es señora, a ninguno acaesse en esta vida ser bienaventurado, y más, a constellación de todos eres amado. CALISTO. Pero no de Melibea, y en todo lo que me has gloriado, Sempronio, sin proporción ni comparación se aventaja Melibea. Miras la nobleza y antigüedad de su linaje, el grandíssimo patrimonio, el excelentíssimo ingenio, las resplandecientes virtudes, la altitud y ineffable gracia, la soberana hermosura, de la qual te ruego me dexes hablar un poco, por que aya algún refrigerio. Y lo que te dixere será de lo descobierto, que si de lo occulto yo hablarte sopiera, no nos fuera necessario altercar tan miserablemente estas razones. SEMPRONIO. (¡Qué mentiras y qué locuras dirá agora este cativo de mi amo!) CALISTO. ¿Cómo es esso? SEMPRONIO. Dixe que digas, que muy gran plazer avré de lo oír. (¡Assí te medre Dios, como me será agradable esse sermón!). CALISTO. ¿Qué? SEMPRONIO. Que assí me medre Dios, como me será gracioso de oír. CALISTO. Pues porque ayas plazer, yo lo figuraré por partes mucho por estenso. SEMPRONIO. (¡Duelos tenemos! Esto es tras lo que yo andava. De passarse avrá ya esta importunidad.) CALISTO. Comienço por los cabellos. ¿Vees tú las madexas del oro delgado que hilan en Aravia? Más lindas son y no replandeçen menos; su longura hasta el postrero assiento de sus pies; después crinados y atados con la delgada cuerda, como ella se los pone, no ha más menester para convertir los hombres en piedras. SEMPRONIO. (¡Más en asnos!) CALISTO. ¿Qué dizes? SEMPRONIO. Dixe que essos tales no serían cerdas de asno. CALISTO. ¡Veed qué torpe y qué comparación! SEMPRONIO. (¿Tú cuerdo?) CALISTO. Los ojos verdes, rasgados, las pestañas luengas, las cejas delgadas y alçadas, la nariz mediana, la boca pequeña, los dientes menudos y blancos, los labrios colorados y grossezuelos, el torno del rostro poco más luengo que redondo, el pecho alto, la redondeza y forma de las pequeñas tetas, ¿quién te la podría figurar? Que se despereza el hombre quando las mira. La tez lisa, lustroza, el cuero suyo escureçe la nieve, la color mezclada, qual ella la escogió para sí. SEMPRONIO. (¡En sus treze está este necio!). CALISTO. Las manos pequeñas en mediana manera, de dulce carne acompañadas, los dedos luengos, las uñas en ellos largas y coloradas, que pareçen rubíes entre perlas. Aquella proporción que veer yo no pude, no sin dubda por el bulto de fuera juzgo incomparablemente ser mejor que la que Paris juzgó entre las tres diesas. SEMPRONIO. ¿Has dicho? CALISTO. Quan brevemente pude. SEMPRONIO. Puesto que sea todo esso verdad, por ser tú hombre, eres más digno. CALISTO. ¿En qué? SEMPRONIO. En que ella es imperfecta, por el qual defeto dessea y apetece a ti y a otro menor que tú. ¿No as leído el filósofo do dize: ansí como la materia apetece a la forma, ansí la mujer al varón? CALISTO. O triste, ¿y quándo veré yo esso entre mí y Melibea? SEMPRONIO. Possible es, y aún que la aborrezcas quanto agora la amas; podrá ser alcançándola, y viéndola con otros ojos, libres del engaño en que agora estás. CALISTO. ¿Con qué ojos? SEMPRONIO. Con ojos claros. CALISTO. Y agora, ¿con qué la veo? SEMPRONIO. Con ojos de allinde, con que lo poco pareçe mucho y lo pequeño grande. Y por que no te desesperes, yo quiero tomar esta empresa de complir tu desseo. CALISTO. ¡O, Dios te dé lo que desseas! Que glorioso me es oírte, aunque no espero que lo as de hazer. SEMPRONIO. Antes lo haré cierto. CALISTO. Dios te consuele. El jubón de brocado que ayer vestí, Sempronio, vístelo tú. SEMPRONIO. Prospérete Dios por éste (y por muchos más que me darás. De la burla yo me llevo lo mejor; con todo, si destos aguijones me da, traérgela he hasta la cama. Bueno ando; házelo esto que me dio mi amo, que sin merced, imposible es obrarse bien ninguna cosa.) CALISTO. No seas agora negligente. SEMPRONIO. No lo seas tú, que impossible es hazer siervo diligente el amo perezoso. CALISTO. ¿Cómo as pensado de hazer esta piedad? SEMPRONIO. Yo te lo diré. Días ha grandes que conozco en fin desta vezindad una vieja barbuda que se dize Celestina, hechizera, astuta, sagaz en quantas maldades hay. Entiendo que passan de cinco mil virgos los que se han hecho y desecho por su autoridad en esta cibdad. A las duras peñas promeverá y provocará a luxuria, si quiere. CALISTO. ¿Podríala yo hablar? SEMPRONIO. Yo te la traeré hasta acá; por esso, aparéjate. Seyle gracioso, seyle franco; estudia, mientras voy yo, a le dezir tu pena, tan bien como ella te dará el remedio. CALISTO. ¿Y tardas? SEMPRONIO. Ya voy; quede Dios contigo. CALISTO. Y contigo vaya. ¡O todopoderoso, perdurable Dios, tú que guías los perdidos, y los reyes orientales por el estrella precedente a Bethleén truxiste y en su patria los reduxiste, húmilmente te ruego que guíes a mi Sempronio, en manera que convierta mi pena y tristeza en gozo, y yo indigno meresca venir en el desseado fin. CELESTINA. ¡Albricias, albricias, Elicia: Sempronio, Sempronio! ELICIA. (¡Ce, ce, ce! CELESTINA. ¿Por qué? ELICIA. Porque está aquí Crito. CELESTINA. ¡Mételo en la camarilla de las escobas, presto: dile que viene tu primo y mi familiar! ELICIA. Crito, ¡retráhete aí; mi primo viene, perdida soy! CRITO. Plázeme; no te congoxes). SEMPRONIO. Madre bendita, qué desseo traygo! Gracias a Dios que te me dexo ver. CELESTINA. Hijo mío, rey mío, turbado me as; no te puedo hablar. Torna y dame otro abraço. ¿Y tres días podiste estar sin vernos? ¡Elicia, Elicia, cátale aquí! ELICIA. ¿A quién, madre? CELESTINA. A Sempronio. ELICIA. Ay, triste, ¡qué saltos me da el coraçón! ¿Y qué es dél? CELESTINA. Vesle aquí, vesle; yo me le abraçaré, que no tú. ELICIA. ¡Ay, maldito seas, traydor! Postema y landre te mate y a manos de tus enemigos mueras y por crímenes dignos de cruel muerte en poder de rigurosa justicia te veas, ¡ay, ay! SEMPRONIO. ¡Hy, hy, hy! ¿Qué as, mi Elicia? ¿De qué te congoxas? ELICIA. Tres días ha que no me ves. ¡Nunca Dios te vea; nunca Dios te consuele ni visite! ¡Guay de la triste que en ti tiene su esperança y el fin de todo su bien! SEMPRONIO. Calla, señora mía; ¿tú piensas que la distancia del lugar es poderosa de apartar el entrañable amor, el fuego que está en mi coraçón? Do yo vo, conmigo vas, conmigo estás; no te aflijas, ni me atormentes más de lo que yo he padecido. Mas di, ¿qué passos suenan arriba? ELICIA. ¿Quién? Un mi enamorado. SEMPRONIO. Pues créolo. ELICIA. ¡Alahé, verdad es! Sube allá y verlo has. SEMPRONIO. Voy. CELESTINA. ¡Andacá, dexa essa loca, que [ella] es liviana y turbada de tu absencia! Sácasla agora de seso; dirá mil locuras. Ven y hablemos; no dexemos passar el tiempo en balde. SEMPRONIO. Pues, ¿quién está arriba? CELESTINA. ¿Quiéreslo saber? SEMPRONIO. Quiero. CELESTINA. Una moça, que me encomendó un frayle. SEMPRONIO. ¿Qué frayle? CELESTINA. No lo procures. SEMPRONIO. Por mi vida, madre, ¿qué frayle? CELESTINA. ¿Porfías? El ministro, el gordo. SEMPRONIO. ¡O desventurada, y qué carga espera! CELESTINA. Todo lo levamos; pocas mataduras has tú visto en la barriga. SEMPRONIO. Mataduras no, mas petreras, sí. CELESTINA. ¡Ay, burlador! SEMPRONIO. Dexa si soy burlador; muéstramela. ELICIA. ¡Ha, don malvado! ¿Verla quieres? ¡Los ojos se te salten, que no basta a ti una ni otra! ¡Anda, véela, y dexa a mí para siempre! SEMPRONIO. Calla, Dios mío; ¿y enójaste? Que no la quiero ver a ella ni a mujer nascida. A mi madre quiero hablar, y quédate a Dios. ELICIA. ¡Anda, anda, vete, desconoscido, y está otros tres años que no me buelvas a ver! SEMPRONIO. Madre mía, bien ternás confiança y creerás que no te burlo. Toma el manto y vamos, que por el camino sabrás lo que si aquí me tardasse en dezir[te], impidiría tu provecho y el mío. CELESTINA. Vamos. Elicia, quédate a Dios; cierra la puerta. ¡Adiós, paredes! SEMPRONIO. ¡O madre mía! Todas cosas dexadas aparte, solamente sey attenta y ymagina en lo que te dixere, y no derrames tu pensamiento en muchas partes, que quien junto en diversos lugares le pone, en ninguno lo tiene, sino por caso determina lo cierto. [Y] quiero que sepas de mí lo que no has oído, y es que jamás pude, después que mi fe contigo puse, dessear bien de que no te cupiesse parte. CELESTINA. Parta Dios, hijo, del suyo contigo, que no sin causa lo hará, siquiera porque has piedad desta pecadora de vieja. Pero di, no te detengas, que la amistad que entre ti y mí se affirma no ha menester preámbulos ni correlarios ni aparejos para ganar voluntad. Abrevia y ven al hecho, que vanamente se dize por muchas palabras lo que por pocas se puede entender. SEMPRONIO. Assí es. Calisto arde en amores de Melibea; de ti y de mí tiene necessidad. Pues juntos nos ha menester, juntos nos aprovechamos, que conoscer el tiempo y usar el hombre de la oportunidad haze los hombres prósperos. CELESTINA. Bien has dicho; al cabo estoy; basta para mí mecer el ojo. Digo que me alegro destas nuevas, como los cirurjanos de los descalabrados; y como aquéllos dañan en los principios las llagas, y encarescen el prometimiento de la salud, ansí entiendo yo hazer a Calisto. Alargarle he la certinidad del remedio, porque como dizen, el esperança luenga aflige el coraçón, y quanto él la perdiere, tanto gela promete. ¡Bien me entiendes! SEMPRONIO. Callemos, que a la puerta estamos, y como dizen, las paredes han oídos. CELESTINA. Llama. SEMPRONIO. Tha, tha, tha. CALISTO. ¡Pármeno! PÁRMENO. ¿Señor? CALISTO. ¿No oyes, maldito sordo? PÁRMENO. ¿Qué es, señor? CALISTO. A la puerta llaman; corre. PÁRMENO. ¿Quién es? SEMPRONIO. Abre a mí y a esta dueña. PÁRMENO. Señor, Sempronio y una puta vieja alcoholada davan aquellas portadas. CALISTO. ¡Calla, calla, malvado, que es mi tía; corre, corre, abre! Siempre lo vi que por fuyr hombre de un peligro, cae en otro mayor. Por encubrir yo este hecho de Pármeno, a quien amor o fidelidad o temor pusieran freno, caí en indignación désta, que no tiene menor poderío en mi vida que Dios. PÁRMENO. ¿Por qué, señor, te matas? ¿Por qué, señor, te congoxas? ¿Y tú piensas que es vituperio en las orejas désta el nombre que la llamé? No lo creas, que ansí se glorifica en lo oír, como tú quando dizen: «Diestro cavallero es Calisto.» Y demás, desto es nombrada, y por tal título conoscida. Si entre cient mugeres va y alguno dize «¡Puta vieja!», sin ningún empacho luego buelve la cabeça y responde con alegre cara. En los combites, en las fiestas, en las bodas, en las confradías, en los mortuorios, en todos los ayuntamientos de gentes, con ella passan tiempo. Si passa por los perros, aquello suena su ladrido; si está cerca las aves, otra cosa no cantan; si cerca los ganados, balando lo pregonan; si cerca las bestias, rebuznando dizen: «¡Puta vieja!»; las ranas de los charcos otra cosa no suelen mentar. Si va entre los herreros, aquello dizen sus martillos; carpinteros y armeros, herradores, caldereros, arcadores, todo officio de instrumento forma en el ayre su nombre. Cántanla los carpinteros, péynanla los peynadores, texedores; labradores en las huertas, en las aradas, en las viñas, en las segadas con ella passan el afán cotidiano; al perder en los tableros, luego suenan sus loores. Todas cosas que son hazen, a doquiera que ella está, el tal nombre representan. ¡O qué comedor de huevos assados era su marido! Qué quieres más, sino que, si una piedra topa con otra, luego suena «¡Puta vieja!» CALISTO. Y tú, ¿cómo lo sabes y la conosces? PÁRMENO. Saberlo has. Días grandes son passados que mi madre, mujer pobre, morava en su vezindad, la qual rogada por esta Celestina, me dio a ella por serviente, aunque ella no me conosce, por lo poco que la serví y por la mudança que la edad ha hecho. CALISTO. ¿De qué la sirvías? PÁRMENO. Señor, yva a la plaça y traíale de comer y acompañávala; suplía en aquellos menesteres que mi tierna fuera bastava. Pero de aquel poco tiempo que la serví, recogía la nueva memoria lo que la vieja no ha podido quitar. Tiene esta buena dueña al cabo de la cibdad, allá cerca de las tenerías, en la cuesta del río, una casa apartada, medio caída, poco compuesta y menos abastada. Ella tenía seys officios, conviene [a] saber: labrandera, perfumera, maestra de hazer afeytes y de hazer virgos, alcahueta y un poquito hechizera. Era el primero officio cobertura de los otros, so color del qual muchas moças destas sirvientes entravan en su casa a labrarse y a labrar camisas y gorgueras y otras muchas cosas. Ninguna venía sin torrezno, trigo, harina, o jarro de vino y de las otras provisiones que podían a sus amas hurtar; y aún otros hurtillos de más qualidad allí se encubrían. Assaz era amiga de studiantes y despenseros y moços de abades. A éstos vendía ella aquella sangre innocente de las cuytadillas, la qual ligeramente aventuravan en esfuerço de la restitución que ella les prometía. Subió su hecho a más: que por medio de aquellas, comunicava con las más encerradas, hasta traer a execución su propósito, y aquestas en tiempo honesto, como estaciones, processiones de noche, missas del gallo, missas del alva, y otras secretas devociones. Muchas encubiertas vi entrar en su casa; tras ellas hombres descalços, contritos, y reboçados, desatacados, que entravan allí a llorar sus peccados. ¡Qué tráfagos, si piensas, traía! Hazíase física de niños; tomaba estambre de unas casas; dávalo a hilar en otras, por achaque de entrar en todas. Las unas, «¡Madre acá!», las otras, «¡Madre acullá! ¡Cata la vieja! ¡Ya viene el ama!» de todas muy conoscida. Con todos estos affanes, nunca passava sin missa ni bispras ni dexava monasterios de frayles ni de monjas; esto porque allí hazía ella sus aleluyas y conciertos. Y en su casa hazía perfumes, falsava estoraques, menjuí, ánimes, ámbar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes. Tenía una cámara llena de alambiques, de redomillas, de barrilejos de barro, de vidrio, de arambre, de estaño, hechos de mil faciones; hazía solimán, afeyte cosido, argentadas, bujelladas, cerillas, llanillas, unturillas, lustres, lucentores, ciarimientes, alvalines y otras aguas de rostro, de rassuras de gamones, de corteza, de spantalobos, de taraguntia, de hieles, de agraz, de mosto, destillados y açucarados. Adelgasava los cueros con çumos de limones, con turvino, con tuétano de corço y de garça, y otras confaciones. Sacaba agua[s] para oler, de rosas, de azaar, de jasmín, de trébol, de madreselvia y clavellinas, mosquatadas y almizcladas, polvorizadas con vino. Hazía lexías para enruviar, de sarmientos, de carrasca, de centeno, de maurrubios, con salitre, con alumbre y millifolia y otras diversas cosas. Y los untes y mantecas que tenía, es fastío de dezir: de vaca, de osso, de cavallos y de camellos, de culebra y de conejo, de vallena de garça, y de alcaraván, y de gamo, y de gato montés, y de texón, de harda, de herizo, de nutria. Aparejos para baños, esto es una maravilla; de las yervas y raízes que tenía en el techo de su casa colgadas; mançanilla y romero, malvaviscos, culantrillo, coronillas, flor de saúco y de mostaza, spliego y laurel blanco, tortarosa y gramonilla, flor salvaje y higueruela, pico de oro y hojatinta. Los azeytes que sacava para el rostro no es cosa de creer: de storaque, y de jazmín, de limón, de pepitas, de violetas, de benjuy, de alfócigos, de piñones, de granillo, de açufayfes, de neguilla, de altramuces, de arvejas, y de carillas, y de yerva paxarera; y un poquillo de bálsamo tenía ella en una redomilla que guardava para aquel rascuño que tiene por las narizes. Esto de los virgos, unos hazía de bexiga y otros curava de punto. Tenía en un tabladillo, en una caxuela pintada, unas agujas delgadas y peligeros, y hilos de seda encerados, y colgadas allí raízes de hojaplasma y fuste sanguino, cebolla albarrana y cepacavallo. Hazía con esto maravillas: que, quando vino por aquí el embaxador francés, tres vezes vendió por virgen una criada que tenía. CALISTO. ¡Assí pudiera ciento! PÁRMENO. ¡Sí, santo Dios! Y remediava por caridad muchas huérfanas y erradas que se encomendavan a ella. Y en otro apartado tenía para remediar amores y para se querer bien: tenía huessos de corçón de ciervo, lengua de bívora, cabeças de codornizes, sesos de asno, tela de cavallo, mantillo de niño, hava morisca, guija marina, soga de ahorcado, flor de yedra, spina de erizo, pie de texón, granos de helecho; la piedra del nido del águila, y otras mil cosas. Venían a ella muchos hombres y mujeres, y a unos demandava el pan do mordían, a otros, de su ropa; a otros, de sus cabellos, a otros, pintava en la palma letras con açafrán; a otros, con bermellón, a otros dava unos coraçones de cera, llenos de agujas quebradas, y a otras cosas en barro y en plomo fechas, muy espantables a ver. Pintava figuras, dezía palabras en tierra. ¿Quién te podrá dezir lo que esta vieja hazía? Y todo era burla y mentira. CALISTO. Bien está, Pármeno; déxalo para más oportunidad. Assaz soy de ti avisado; téngotelo en gracia. No nos detengamos, que la necessidad deshecha la tardança. Oye, aquélla viene rogada; spera más que deve. Vamos, no se indigne. Yo temo y el temor reduze la memoria y a la providencia despierta. ¡Sus! vamos, proveamos; pero ruégote, Pármeno, la embidia de Sempronio, que en esto me sirve y complaze; no ponga impedimiento en el remedio de mi vida; que si para él hovo jubón, para ti no faltará sayo. No pienses que tengo en menos tu consejo y aviso que su trabajo y obra, como lo spiritual sepa yo que precede a lo corporal. Y [que] puesto que las bestias corporalmente trabajen más que los hombres, por esso son pensadas y curadas, pero no amigas de ellos. En [la] tal diferencia serás conmigo en respecto de Sempronio, y so secreto sello, postpuesto el dominio, por tal amigo a ti me concede. PÁRMENO. Quéxome, señor [Calisto], de la dubda de mi fidelidad y servicio, por los prometimientos y amonestaciones tuyas. ¿Quándo me viste, señor, embidiar, o por ningún interesse ni resabio tu provecho estorcer? CALISTO. No te escandalizes, que sin dubda tus costumbres y gentil criança en mis ojos ante todos los que me sirven están. Mas como en caso tan arduo, do todo mi bien y vida pende, es necessario prover, proveo a los contescimientos, comoquiera que creo que tus buenas costumbres sobre buen natural florescen, como el buen natural sea principio del artificio. Y no más, sino vamos a ver la salud. CELESTINA. (Passos oygo; acá descienden; haz, Sempronio, que no lo oyes. Escucha y déxame hablar lo que a ti y a mí me conviene. SEMPRONIO. Habla.) CELESTINA. No me congoxes, ni me importunes, que sobrecargar el cuydado es aguijar al animal congoxoso. Ansí sientes la pena de tu amo Calisto, que paresce que tú eres él y él tú, y que los tormentos son en un mismo subjecto. Pues cree que yo no vine acá por dexar este pleyto indeciso o morir en la demanda. CALISTO. Pármeno, detente. ¡Ce!, escucha qué hablan éstos; veamos en qué bivimos. ¡O notable mujer, o bienes mundanos, indignos de ser posseídos de tan alto coraçón. ¡O fiel y verdadero Sempronio! ¿Has visto, mi Pármeno? ¿Oíste? ¿Tengo razón? ¿Qué me dizes, rincón de mi secreto y consejo y alma mía? PÁRMENO. Protestando mi innocencia en la primera sospecha, y cumpliendo con la fidelidad, porque te me concediste, hablaré; óyeme, y el affecto no te ensorde, ni la esperança del deleyte te ciegue. Tiémplate y no te apressures, que muchos con cobdicia de dar en el fiel, yerran el blanco. Aunque soy moço, cosas he visto assaz, y el seso y la vista de las muchas cosas demuestran la esperiencia. De verte o de oírte descender por la escalera, parlan lo que éstos fingidamente han dicho, en cuyas falsas palabras pones el fin de tu desseo. SEMPRONIO. (Celestina, ruynmente suena lo que Pármeno dize. CELESTINA. Calla, que para la mi santiguada, do vino el asno vendrá el albarda; déxame tú a Pármeno, que yo te le haré uno de nos, y de lo que oviéremos, démosle parte: que los bienes, si no son communicados no son bienes. Ganemos todos, partamos todos, holguemos todos. Yo te le traeré manso y benigno a picar el pan en el puño, y seremos dos a dos y, como dizen, tres al mohíno). CALISTO. ¡Sempronio! SEMPRONIO. ¿Señor? CALISTO. ¿Qué hazes, llave de mi vida? Abre. ¡O Pármeno, ya la veo; sano soy, bivo soy! ¡Mira[s] qué reverenda persona, qué acatamiento! Por la mayor parte, por la filosomía es conoscida la virtud interior. ¡O vejez virtuosa, o virtud envejecida! ¡O gloriosa esperança de mi desseado fin! ¡O fin de mi deleytosa esperança! ¡O salud de mi passión, reparo de mi tormento, regeneración mía, vivificación de mi vida, resurreción de mi muerte! Desseo llegar a ti, cobdicio besar essas manos llenas de remedio. La indignidad de mi persona lo enbarga. Dende aquí adoro la tierra que huellas y en reverencia tuya la beso. CELESTINA. (Sempronio, ¡de aquéllas bivo yo! Los huessos que yo roí, piensa este necio de tu amo de darme a comer! Pues ál le sueño; al freír lo verá; dile que cierre la boca y comence abrir la bolsa; que de las obras dubdo, quanto más de las palabras. Xo, que te striego, asna coxa. Más avías de madrugar. PÁRMENO. ¡Guay de orejas que tal oyen! Perdido es quien tras perdido andas. ¡O Calisto desventurado, abatido, ciego! Y en tierra está adorando a la más antigua [y] puta tierra, que fregaron sus espaldas en todos los burdeles. Deshecho es, vencido es, caído es; no es capaz de ninguna redención ni consejo ni esfuerço). CALISTO. ¿Qué dezía la madre? Parésceme que pensava que le ofrescía palabras por escusar gualardón. SEMPRONIO. Assí lo sentí. CALISTO. Pues ven conmigo; trae las llaves, que yo sanaré su dubda. SEMPRONIO. Bien harás, y luego vamos, que no se deve dexar crescer la yerva entre los panes, ni la sospecha en los coraçones de los amigos, sino limpiarla luego con el escardilla de las buenas obras. CALISTO. Astuto hablas. Vamos y no tardemos. CELESTINA. Plázeme, Pármeno, que avemos avido oportunidad para que conozcas el amor mío contigo, y la parte que en mí, inmérito, tienes. Y digo inmérito por lo que te he oído dezir, de que no hago caso; porque virtud nos amonesta sufrir las tentaciones y no dar mal por mal. Y especial quando somos tentados por moços y no bien instrutos en lo mundano, en que con necia lealdad pierdan a sí y a sus amos, como agora tú a Calisto. Bien te oí, y no pienses que el oír con los otros exteriores sesos mi vejez aya perdido. Que no sólo lo que veo, oyo y cognozco, mas aun lo intrínsico con los intellectuales ojos penetro. Has de saber Pármeno, que Calisto anda de amor quexoso; y no lo juzgues por esso por flaco, que el amor impervio todas las cosas vence. Y sabe, si no sabes, que dos conclusiones son verdaderas. La primera, que es forçoso el hombre amar a la mujer y la mujer al hombre. La segunda, que el que verdaderamente ama es necessario que se turbe con la dulçura del soberano deleyte, que por el hazedor de las cosas fue puesto, porque el linaje de los hombres se perpetuasse sin lo qual perescería. Y no sólo en la humana especie, mas en los pesces, en las bestias, en las aves, en las reptilias y en lo vegetativo, algunas plantas han este respecto, si sin interposición de otra cosa en poca distancia de tierra están puestas, en que ay determinación de hervolarios y agricultores, ser machos y hembras. ¿Qué dirás a esto, Pármeno? ¡Neciuelo, loquito, angelico, perlica, simplezico! ¿Lobitos en tal gestico? Llégate acá, putico, que no sabes nada del mundo ni de sus deleytes. ¡Mas rabia mala me mate, si te llego a mí, aunque vieja! Que la boz tienes ronca, las barvas te apuntan; mal sosegadilla deves tener la punta de la barriga. PÁRMENO. ¡Como cola de alacrán! CELESTINA. Y aún peor, que la otra muerde sin hinchar, y la tuya hincha por nueve meses. PÁRMENO. ¡Hy, hy, hy! CELESTINA. ¿Ríeste, landrezilla, hijo? PÁRMENO. Calla, madre, no me culpes, ni me tengas, aunque moço, por insipiente. Amo a Calisto porque le devo fidelidad por criança, por beneficios, por ser dél honrrado y bien tratado, que es la mayor cadena que el amor del servidor al servicio del señor prende, quanto lo contrario aparta. Véole perdido y no ay cosa peor que yr tras desseo sin esperança de buen fin; y especial, pensando remediar su hecho tan arduo y defícil con vanos consejos y necias razones de aquel bruto Sempronio, que es pensar sacar aradores a pala de açadón. No lo puedo soffrir; ¡dígolo y lloro! CELESTINA. Pármeno, ¿tú no vees que es necedad o simpleza llorar por lo que con llorar no se puede remediar? PÁRMENO. Por esso lloro, que si con llorar fuesse possible traer a mi amo el remedio, tan grande sería el plazer de la tal esperança, que de gozo no podría llorar. Pero assí, perdida ya toda la esperanza, pierdo el alegría y lloro. CELESTINA. Llora[ra]s sin provecho, por lo que llorando estorvar no podrás, ni sanar lo presumas. ¿A otros no ha acontescido esto, Pármeno? PÁRMENO. Sí, pero a mi amo no le querría doliente. CELESTINA. No lo es, mas aunque fuesse doliente, podría sanar. PÁRMENO. No curo de lo que dizes, porque en los bienes mejor es el acto que la potencia, y en los males mejor la potencia que el acto. Assí que mejor es ser sano que poderlo ser, y mejor es poder ser doliente que ser enfermo por acto; y por tanto es mejor tener la potencia en el mal que el acto. CELESTINA. ¡O malvado, como que no se te entiende! ¿Tú no sientes su enfermedad? ¿Qué has dicho hasta agora; de qué te quexas? Pues burla o di por verdad lo falso, y cree lo que quisieres, que él es enfermo por acto, y el poder ser sano es en mano desta flaca vieja. PÁRMENO. ¡Mas, desta flaca puta vieja! CELESTINA. ¡Putos días vivas, vellaquillo! ¿Y cómo te atreves? PÁRMENO. ¡Cómo te conozco! CELESTINA. ¿Quién eres tú? PÁRMENO. ¿Quién? Pármeno, hijo de Alberto tu compadre; que estuve contigo un poco tiempo que te me dio mi madre, quando moravas a la cuesta del río cerca de las tenerías. CELESTINA. ¡Jesú, Jesú, Jesú! ¿Y tú eres Pármeno, hijo de la Claudina? PÁRMENO. ¡Alahé, yo! CELESTINA. ¡Pues fuego malo te queme, que tan puta vieja era tu madre como yo! ¿Por qué me persigues, Parmenico? ¡Él, es, él es, por los santos de Dios!; allégate a mí, ven acá, que mil açotes y puñadas te di en este mundo y otros tantos besos. ¿Acuérdaste quando dormías a mis pies, loquito? PÁRMENO. Sí, en buena fe; y algunas vezes aunque era niño, me subías a la cabecera y me apretavas contigo, y porque olías a vieja, me huía de ti. CELESTINA. ¡Mala landre te mate; y cómo lo dize el desvergüençado! Dexadas burlas y passatiempos, oye agora, mi hijo, y escucha, que aunque a un fin soy llamada, a otro soy venida, y maguera que contigo me haya hecho de nuevas, tú eres la causa. Hijo, bien sabes cómo tu madre, que Dios haya, te me dio biviendo tu padre, el qual, como de mí te fuiste, con otra ansia no murió sino con la incertedumbre de tu vida y persona, por la cual absencia algunos años de su vejez suffrió angustiosa y cuydadosa vida. Y al tiempo que della passó, embió por mí y en su secreto te me encargó y me dixo sin otro testigo, sino Aquel que es testigo de todas las obras y pensamientos y los coraçones y entrañas escudriña, al qual puso entre él y mí, que te buscasse y llegasse y abrigasse, y quando de complida edad fuesses, tal que en tu bivir supiesses tener manera y forma, te descubriesse adónde dexó encerrada tal copia de oro y plata que basta más que la renta de tu amo Calisto. Y porque gelo prometí y con mi promessa levó descanso, y la fe es de guardar, más que a los bivos, a los muertos, que no pueden hazer por sí, en pesquisa y siguimiento tuyo yo he gastado assaz tiempo y quantías, hasta agora que ha plazido a Aquel que todos los cuytados tiene y remedia las justas peticiones y las piadosas obras endereça, que te hallasse aquí donde solos ha tres días que sé que moras. Sin dubda dolor he sentido, porque has por tantas partes vagado y peregrinado que ni has avido provecho ni ganado debdo ni amistad. Que como Séneca dize, los peregrinos tienen muchas posadas y pocas amistades, porque en breve tiempo con ninguno [no] pueden firmar amistad. Y el que está en muchos cabos [no] está en ninguno. Ni puede aprovechar el manjar a los cuerpos que en comiendo se lança, ni hay cosa que más la sanidad impida, que la diversidad y mudança y variación de los manjares. Y nunca la llaga viene a cicatrizar en la qual muchas melez:inas se tientan, ni convalesce la planta que muchas vezes es traspuesta, y no ay cosa tan provechosa que en llegando aproveche. Por tanto, mi hijo, dexa los ímpetus de la juventud y tórnate con la dotrina de tus mayores a la razón. Reposa en alguna parte. ¿Y dónde mejor que en mi voluntad, en mi ánimo, en mi consejo, a quien tus padres te remetieron? Y yo ansí como verdadera madre tuya, te digo, so las malediciones, que tus padres te pusieron si me fuesses inobediente, que por el presente sufras y sirvas a éste tu amo que procuraste, hasta en ello aver otro consejo mío. Pero no con necia lealdad, proponiendo firmeza sobre lo movible, como son estos señores deste tiempo. Y tú gana amigos que es cosa durable; ten con ellos constancia; no bives en flores; dexa los vanos prometimientos de los señores, los quales deshechan la sustancia de sus sirvientes con huecos y vanos prometimientos. Como la sanguijuela saca la sangre, desagradescen, injurian, olvidan servicios, niegan galardón. ¡Guay de quien en palacio envejece!, como se scrive de la probática piscina, que de ciento que entravan sanava uno. Estos señores deste tiempo más aman assí que a los suyos, y no yerran; los suyos ygualmente lo deven hazer. Perdidas son las mercedes, las manificencias, los actos nobles. Cada uno destos cativan y mezquinamente procuran su interesse con los suyos. Pues aquéllos no deven menos hazer, como sean en facultades menores, sino vivir a su ley. Dígolo, hijo Pármeno, porque éste tu amo, como dizen, me paresce rompenecios. De todos se quiere servir sin merced. Mira bien, créeme. En su casa cobra amigos, que es el mayor precio mundano; que con él no pienses tener amistad, como por la diferencia de los estados o condiciones pocas vezes contezca. Caso es offrecido, como sabes, en que todos medremos, y tú por el presente te remedies. Que lo ál que te he dicho, guardado te está a su tiempo. Y mucho te aprovecharás siendo amigo de Sempronio. PÁRMENO. Celestina, todo tremo en oírte; no sé qué haga; perplexo estó. Por una parte, téngote por madre; por otra a Calisto por amo. Riqueza desseo, pero quien torpemente sube a lo alto, más aína cae que subió. No querría bienes mal ganados. CELESTINA. Yo sí. A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo. PÁRMENO. Pues yo con ellos no biviría contento y tengo por honesta cosa la pobreza alegre. Y aún más te digo, que no los que poco tienen son pobres, mas los que mucho desean. Y por esto, aunque más digas, no te creo en esta parte. Querría passar la vida sin embidia, los yermos y aspereza sin temor, el sueño sin sobresaltos, las injurias con respuesta, las fuerças sin denuesto, las premias con resistencia. CELESTINA. ¡O hijo!, bien dizen que la prudencia no puede ser sino en los viejos; y tú mucho moço eres. PÁRMENO. Mucho segura es la mansa pobreza. CELESTINA. Mas di, como mayor <Marón>, que la fortuna ayuda a los osados y demás desto, ¿quién es que tenga bienes en la república que escoja bivir sin amigos? Pues, loado Dios, bienes tienes ¿y no sabes que has menester amigos para los conservar? Y no pienses que tu privança con este señor te haze seguro, que quanto mayor es la fortuna, tanto es menos segura. Y por tanto en los infortunios el remedio es a los amigos. ¿Y a dónde puedes ganar mejor este debdo, que donde las tres maneras de amistad concurren, conviene a saber, por bien y provecho y deleyte? Por bien: mira la voluntad de Sempronio conforme a la tuya, y la gran similitud que tú y él en la virtud tenéys. Por provecho: en la mano está, si soys concordes. Por deleyte: semejable es, como seáys en edad dispuestos para todo linaje de plazer, en que más los moços que los viejos se juntan, assí como para jugar, para vestir, para burlar, para comer y bever, para negociar amores junctos de compaña. ¡O, si quisiesses, Pármeno, qué vida gozaríamos! Sempronio ama a Elicia, prima de Areúsa. PÁRMENO. ¿De Areúsa? CELESTINA. De Areúsa. PÁRMENO. ¿De Areúsa, hija de Eliso? CELESTINA. De Areúsa, hija de Eliso. PÁRMENO. ¿Cierto? CELESTINA. Cierto. PÁRMENO. Maravillosa cosa es. CELESTINA. ¿Pero bien te paresce? PÁRMENO. No cosa mejor. CELESTINA. Pues tu buena dicha quiere, aquí está quien te la dará. PÁRMENO. Mi fe, madre, no creo a nadie. CELESTINA. Estremo es creer a todos y yerro no creer a ninguno. PÁRMENO. Digo que te creo pero no me atrevo; déxame. CELESTINA. O mezquino, de enfermo coraçón es no poder sofrir el bien. Da Dios havas a quien no tiene quixadas. ¡O simple!, dirás que adonde ay mayor entendimiento ay menor fortuna y donde más discreción, allí es menor la fortuna; dichas son. PÁRMENO. O Celestina, oído he a mis mayores que un enxemplo de luxuria o avaricia mucho mal haze, y que con aquellos deve hombre conversar que le hagan mejor, y aquellos dexar a quien él mejores piensa hazer. Y Sempronio, en su enxemplo, no me hará mejor, ni yo a él sanaré su vicio. Y puesto que yo a lo que dizes me incline, sólo yo querría saberlo, porque a lo menos por el enxemplo fuesse oculto el pecado. Y si hombre vencido del deleyte va contra la virtud, no se atreva a la honestad. CELESTINA. Sin prudencia hablas que de ninguna cosa es alegre possessión sin compañía; no te retrayas ni amargues, que la natura huye lo triste y apetece lo delectable. El deleyte es con los amigos en las cosas sensuales, y especial en te contar las cosas de amores y comunicarlas. «Esto hize, esto otro me dixo; tal donayre passamos, de tal manera la tomé, assí la besé, assí me mordió, assí la abracé, assí se allegó. ¡O qué habla, o qué gracia, o qué juegos, o qué besos! Vamos allá, bolvamos acá, ande la música, pintemos los motes, cantemos canciones, invenciones, justemos; ¿qué cimera sacaremos o qué letra? Ya va a la missa, mañana saldrá, rondemos su calle, mira su carta, vamos de noche, tenme el escala, aguarda a la puerta. ¿Cómo te fue? Cata el cornudo; sola la dexa. Dale otra buelta, tornemos allá». Y para esto Pármeno ¿ay deleyte sin compañía? Alahé, alahé, la que las sabe las tañe. Este es el deleyte, que lo ál, mejor lo hazen los asnos en el prado. PÁRMENO. No querría, madre, me combidasses a consejo con amonestación de deleyte, como hizieron los que, caresciendo de razonable fundamiento, opinando hizieron sectas embueltas en dulce veneno para captar y tomar las voluntades de los flacos y con polvos de sabroso affecto cegaron los ojos de la razón. CELESTINA. ¿Qué es razón, loco? ¿Qué es affecto, asnillo? La discreción, que no tienes, lo determina, y de la discreción, mayor es la prudencia. Y la prudencia no puede ser sin esperimiento, y la esperiencia no puede ser más que en los viejos. Y los ancianos somos llamados padres, y los buenos padres bien aconsejan a sus hijos, y especial yo a ti, cuya vida y honra más que la mía desseo. ¿Y quándo me pagarás tú esto? Nunca, pues a los padres y a los maestros no puede ser hecho servicio ygualmente. PÁRMENO. Todo me recelo, madre, de recebir dudoso consejo. CELESTINA. ¿No quieres? Pues dezirte he lo que dize el sabio. Al varón que con dura cerviz al que le castiga menosprecia, arrebatado quebrantamiento le verná, y sanidad ninguna le conseguirá. Y assí, Pármeno, me despido de ti y deste negocio. PÁRMENO. (Ensañada está mi madre; dubda tengo en su consejo; yerro es no creer y culpa creerlo todo. Más humano es confiar, mayormente en esta que interesse promete, a do provecho no pueda allende de amor conseguir. Oído he que deve hombre a sus mayores creer. Ésta, ¿qué me aconseja? Paz con Sempronio. La paz no se deve negar, que bienaventurados son los pacíficos, que hijos de Dios serán llamados. Amor no se deve rehuyr. Caridad a los hermanos; interesse pocos le apartan. Pues quiérola complazer y oír.) Madre, no se deve ensañar el maestro de la ignorancia del discípulo, sino raras vezes por la sciencia, que es de su natural comunicable, y en pocos lugares se podría infundir. Por esso perdóname, háblame; que no sólo quiero oírte y creerte, mas en singular merced recebir tu consejo. Y no me lo agradescas, pues el loor y las gracias de la ación más al dante que no al recibiente se deven dar. Por esso, manda, que a tu mandado mi consentimiento se humilla. CELESTINA. De los hombres es errar, y bestial es la porfía; por ende, gózome, Pármeno, que ayas limpiado las turbias telas de tus ojos y respondido al reconoscimiento, discreción y ingenio sotil de tu padre, cuya persona, agora representada en mi memoria, enternezce los ojos piadosos, por do tan abundantes lágrimas vees derramar. Algunas vezes duros propósitos, como tú, defendía, pero luego tornava a lo cierto. En Dios y en mi ánima, que en veer agora lo que as porfiado y como a la verdad eres reduzido, no paresce sino que bivo le tengo delante. ¡O qué persona, o qué hartura, o qué cara tan venerable! Pero callemos, que se acerca Calisto, y tu nuevo amigo Sempronio, con quien tu conformidad para más oportunidad dexo. Que dos en un coraçón biviendo son más poderosos de hazer y de entender. CALISTO. Dubda traygo, madre, según mis infortunios, de hallarte biva. Pero más es maravilla, según el deseo, de cómo llego bivo. Recibe la dádiva pobre de aquel que con ella la vida te ofrece. CELESTINA. Como en el oro muy fino labrado por la mano del sotil artífice la obra sobrepuja a la material, assí se aventaja a tu magnífico dar la gracia y forma de tu dulce liberalidad. Y sin dubda la presta dádiva su effecto ha doblado, porque la que tarda el prometimiento muestra negar y arrepentirse del don prometido. PÁRMENO. (¿Qué le dio, Sempronio? SEMPRONIO. Cient monedas en oro... PÁRMENO. ¡Hy, hy, hy! SEMPRONIO. ¿Habló contigo la madre? PÁRMENO. Calla, que sí. SEMPRONIO. Pues, ¿cómo estamos? PÁRMENO. Como quisieres, aunque estoy espantado. SEMPRONIO. Pues calla, que yo te haré espantar dos tanto. PÁRMENO. ¡O Dios, no hay pestilencia más efficaz que el enemigo de casa para empecer!) CALISTO. Ve agora, madre, y consuela tu casa; y después ven y consuela la mía, y luego. CELESTINA. Quede Dios contigo. CALISTO. Y él te me guarde. Argumento del segundo auto Partida CELESTINA de CALISTO para su casa, queda CALISTO hablando con SEMPRONIO, criado suyo, al qual, como quien en alguna esperença puesto está, todo aguijar le paresce tardança. Embía de sí a SEMPRONIO a solicitar a CELESTINA para el concebido negocio. Quedan entretanto CALISTO y PÁRMENO juntos razonando. CALISTO, SEMPRONIO, PÁRMENO CALISTO. Hermanos míos, cient monedas di a la madre; ¿hize bien? SEMPRONIO. ¡Ay, si hizieste bien! Allende de remediar tu vida, ganaste muy gran honrra. ¿Y para qué es la fortuna favorable y próspera sino para servir a la honrra, que es el mayor de los mundanos bienes? Que esto es premio y galardón de la virtud. Y por esso la damos a Dios, porque no tenemos mayor cosa que le dar; la mayor parte de la qual consiste en la liberalidad y franqueza. A ésta los duros tesoros comunicables la escurecen y pierden, y la magnificencia y liberalidad la ganan y subliman. ¿Qué aprovecha tener lo que se niega aprovechar? Sin dubda te digo que es mejor el uso de las riquezas que la possessión dellas. ¡O qué glorioso es el dar! ¡O qué miserable es el recebir! Quanto es mejor el acto que la possessión, tanto es más noble el dante que el recibiente. Entre los elementos el fuego, por ser más activo es más noble, y en las speras puesto en más noble lugar. Y dizen algunos que la nobleza es una alabança que proviene de los merescimientos y antigüedad de los padres. Yo digo que la agena luz nunca te hará claro si la propria no tienes. Y por tanto no te estimes en la claridad de tu padre, que tan magnífico fue, sino en la tuya; y ansí se gana la honrra, que es el mayor bien de los que son fuera de hombre. De lo qual no el malo, mas el bueno, como tú, es digno que tenga perfecta virtud. Y aun [más] te digo que la virtud perfecta no pone que sea hecho con digno honor. Por ende goza de aver seído ansí magnífico y liberal, y de mi consejo tórnate a la cámara y reposa, pues que tu negocio en tales manos está depositado. De donde ten por cierto, pues el comienço llevo bueno, el fin será muy mejor. Y vamos luego, porque sobre este negocio quiero hablar contigo más largo. CALISTO. Sempronio, no me paresce buen consejo quedar yo acompañado, y que vaya sola aquella que busca el remedio de mi mal; mejor será que vayas con ella y la aquexes; pues sabes que de su diligencia pende mi salud, de su tardança mi pena, de su olvido mi desesperança. Sabido eres; fiel te siento; por buen criado te tengo; haz de manera que en sólo verte ella a ti, juzgue la pena que a mí queda y fuego que me atormenta, cuyo ardor me causó no poder mostrarle la tercia parte desta mi secreta enfermedad, según tiene mi lengua y sentido ocupados y consumidos. Tú, como hombre libre de tal passión, hablarla has a rienda suelta. SEMPRONIO. Señor, querría yr por complir tu mandado; querría quedar por aliviar tu cuytado, tu temor me aquexa, tu soledad me detiene. Quiero tomar consejo con la obediencia, que es yr y dar priessa a la vieja. ¿Mas cómo yré?, que en viéndote solo, dizes desvaríos de hombre sin seso, sospirando, gemiendo, maltrobando, holgando con lo escuro, desseando soledad, buscando nuevos modos de pensativo tormento, donde, si perseveras, o de muerto o loco no podrás escapar, si siempre no te acompaña quien te allegue plazeres, diga donayres, tanga canciones alegres, cante romances, cuente ystorias, pinte motes, finja cuentos, juegue a naypes, arme mates, finalmente que sepa buscar todo género de dulce passatiempo para no dexar trasponer tu pensamiento en aquellos crueles desvíos que recebiste de aquella señora en el primer trance de tus amores. CALISTO. ¿Cómo, simple, no sabes que alivia la pena llorar la causa? ¿Quánto es dulce a los tristes quexar su passión? ¿Quánto descanso traen consigo los quebrantados sospiros? ¿Quánto relievan y disminuyen los lagrimosos gemidos el dolor? Quantos scrivieron consuelos no dizen otra cosa. SEMPRONIO. Lee más adelante. Buelve la hoja. Hallarás que dizen que fiar en lo temporal y buscar materia de tristeza que es ygual género de locura. Y aquel Macías, ídolo de los amantes, del olvido porque le olvidava se quexa. En el contemplar ésta es la pena de amor; en el olvidar el descanso. Huye de tirar coces al aguijón; finge alegría y consuelo y serlo ha; que muchas veces la opinión trae las cosas donde quiere, no para que mude la verdad, pero para moderar nuestro sentido y regir nuestro juyzio. CALISTO. Sempronio, amigo, pues tanto sientes mi soledad, llama a Pármeno y quedará conmigo, y daquí adelante sey como sueles leal. Que en el servicio del criado está el galardón del señor. PÁRMENO. Aquí estoy, señor. CALISTO. Yo no, pues no te veía. No te partas della, Sempronio, ni me olvides a mí, y ve con Dios. Tú, Pármeno, ¿qué te parece de lo que oy ha passado? Mi pena es grande, Melibea alta, Celestina sabia y buena maestra de estos negocios. No podemos errar. Tú me la as aprovado con toda tu enemistad. Yo te creo, que tanta es la fuerça de la verdad que las lenguas de los enemigos trae a su mandar; assí que, pues ella es tal, más quiero dar a ésta cient monedas que a otra cinco. PÁRMENO. (¿Ya [las] lloras? Duelos tenemos. En casa se avrán de ayunar estas franquezas.) CALISTO. Pues pido tu parecer, seyme agradable, Pármeno; no abaxes la cabeça al responder. Mas como la embidia es triste, la tristeza sin lengua, puede más contigo su voluntad que mi temor. ¿Qué dixiste, enojoso? PÁRMENO. Digo, señor, que yrían mejor empleadas tus franquezas en presentes y servicios a Melibea, que no dar dineros a aquella que yo conozco, y lo que peor es, hazerte su cativo. CALISTO. ¿Cómo, loco, su cativo? PÁRMENO. Porque a quien dizes el secreto, das tu libertad. CALISTO. Algo dize el necio; pero quiero que sepas que quando hay mucha distancia del que ruega al rogado, o por gravedad de obediencia, o por señorío de estado, o esquividad de género, como entre esta mi señora y mí, es necessario intercessor o medianero que suba de mano en mano mi mensaje hasta los oídos de aquella a quien yo segunda vez hablar tengo por impossible, y pues que assí es, dime si lo hecho apruevas. PÁRMENO. (¡Apruévelo el diablo!) CALISTO. ¿Qué dizes? PÁRMENO. Digo, señor, que nunca yerro vino desacompañado, y que un inconveniente es causa y puerta de muchos. CALISTO. El dicho yo le apruevo; el propósito no entiendo. PÁRMENO. Señor, porque perderse el otro día el neblí fue causa de tu entrada en la huerta de Melibea a le buscar, la entrada causa de la veer y hablar, la habla engendró amor, el amor parió tu pena; la pena causará perder tu cuerpo y el alma y hazienda. Y lo que más dello siento es venir a manos de aquella trotaconventos, después de tres vezes emplumada. CALISTO. ¡Assí, Pármeno, di más desso, que me agrada! Pues mejor me parece quanto más la desalavas; cumpla conmigo y emplúmenla la quarta; dessentido eres; sin pena hablas; no te duele donde a mí, Pármeno. PÁRMENO. Señor, más quiero que ayrado me reprehendas porque te do enojo, que arrepentido me condenes porque no te di consejo, pues perdiste el nombre de libre quando cativaste la voluntad. CALISTO. ¡Palos querrá este vellaco! Di, mal criado, ¿por qué dizes mal de lo que yo adoro? Y tú ¿qué sabes de honrra? Dime, ¿qué es amor? ¿En qué consiste buena criança? Que te me vendes por discreto, ¿no sabes que el primer escalón de locura es creerse ser sciente? Si tú sintiesses mi dolor, con otra agua rociarías aquella ardiente llaga que la cruel frecha de Cupido me ha causado. Quanto remedio Sempronio acarrea con sus pies, tanto apartas tú con tu lengua, con tus vanas palabras; fingiéndote fiel, eres un terrón de lisonja, bote de malicias, el mismo mesón y aposentamiento de la embidia; que por disfamar la vieja a tuerto o a derecho, pones en mis amores desconfiança, sabiendo que esta mi pena y flutuoso dolor no se rige por razón, no quiere avisos, caresce de consejo; y si alguno se le diere, tal que no aparte ni desgozne lo que sin las entrañas no podrá despegarse. Sempronio temió su yda y tu quedada; yo quíselo todo, y assí me padezco el trabajo de su absencia y tu presencia; valiera más solo que mal acompañado. PÁRMENO. Señor, flaca es la fidelidad que temor de pena la convierte en lisonja, mayormente con señor a quien dolor y affición priva y tiene ajeno de su natural juyzio; quitarse ha el velo de la ceguedad; passarán estos momentáneos fuegos; conozcerás mis agras palabras ser mejores para matar este fuerte cançre que las blandas de Sempronio que lo cevan, atizan tu fuego, abivan tu amor, encienden tu llama, añaden astillas que tenga que gastar, hasta ponerte en la sepoltura. CALISTO. ¡Calla, calla, perdido! Estó yo penando y tú filosofando; no te spero más. Saquen un cavallo; límpienle mucho; aprieten bien la cincha, por que si passare por casa de mi señora y mi Dios. PÁRMENO. iMoços! No ay moço en casa; yo me lo avré de hazer, que a peor vernemos desta vez que ser moços despuelas. ¡Andar, passe! Mal me quieren mis comadres, etc. ¿Rehincháys, don cavallo? ¿No basta un celoso en casa, o baruntas a Melibea? CALISTO. ¿Viene esse cavallo? ¿qué hazes, Pármeno? PÁRMENO. Señor, vesle aquí, que no está Sosia en casa. CALISTO. Pues ten esse estribo; abre más essa puerta; y si viniere Sempronio con aquella señora, di que esperen, que presto será mi buelta. PÁRMENO. Mas nunca sea; ¡allá yrás con el diablo! A estos locos decildes lo que les cumple, no os podrán ver. Por mi ánima, que si agora le diessen una lançada en el calcañal que saliessen más sesos que de la cabeça. Pues anda, que a mi cargo, que Celestina y Sempronio te espulguen. ¡O desdichado de mí!; por ser leal padezco mal. Otros se ganan por malos, yo me pierdo por bueno. El mundo es tal; quiero yrme al hilo de la gente, pues a los traydores llaman discretos, a los fieles necios. Si [yo] creyera a Celestina con sus seys dozenas de años acuestas, no me maltratara Calisto. Mas esto me porná escarmiento daquí adelante con él. Que si dixere comamos, yo tanbién; si quisiere derrocar la casa, aprovarlo; si quemar su hazienda, yr por huego. Destruya, rompa, quiebre, dañe; dé a alcahuetas lo suyo, que mi parte me cabrá. Pues dizen, a río buelto ganancia de pescadores. ¡Nunca más perro a[l] molino! Argumento del tercero auto SEMPRONIO vase a casa de CELESTINA, a la qual reprende por la tardança. Pónense a buscar qué manera tomen en el negocio de CALISTO con MELIBEA. En fin sobreviene ELICIA. Vase CELESTINA a casa de PLEBERIO. Queda SEMPRONIO y ELICIA en casa. SEMPRONIO, CELESTINA, ELICIA SEMPRONIO. ¡Qué spacio lleva la barbuda; menos sosiego traían sus pies a la venida! A dineros pagados, braços quebrados. ¡Ce, señora Celestina, poco as aguijado! CELESTINA. ¿A qué vienes, hijo? SEMPRONIO. Este nuestro enfermo no sabe qué pedir; de sus manos no se contenta; no se le cueze el pan. Teme tu negligencia; maldize su avaricia y cortedad porque te dio tan poco dinero. CELESTINA. No es cosa más propia del que ama que la impaciencia; toda tardança les es tormento; ninguna dilación les agrada. En un momento querrían poner en effecto sus cogitaciones; antes las querrían ver concluídas que empeçadas. Mayormente estos novicios amantes, que contra qualquiera señuelo buelan sin deliberación, sin pensar el daño quel cevo de su desseo trae mezclado en su exercicio y negociación para sus personas y sirvientes. SEMPRONIO. ¿Qué dizes de sirvientes? Parece por tu razón que nos puede venir a nosotros daño deste negocio y quemarnos con las centellas que resultan deste fuego de Calisto. ¡Aun al diablo daría yo sus amores! Al primer desconcierto que vea en este negocio no como más su pan; más vale perder lo servido, que la vida por cobrallo; el tiempo me dirá qué haga; que primero que cayga del todo dará señal, como casa que se acuesta. Si te pareçe, madre, guardemos nuestras personas de peligro. Hágase lo que se hiziere. Si la oviere, ogaño, si no, a otro año, si no, nunca. Que no ay cosa tan difícile de sufrir en sus principios que el tiempo no la ablande y haga comportable. Ninguna llaga tanto se sintió que por luengo tiempo no afloxasse su tormento, ni plazer tan alegre fue que no le amengüe su antigüedad. El mal y el bien, la prosperidad y adversidad, la gloria y pena, todo pierde con el tiempo la fuerça de su acelerado principio. Pues los casos de admiración, y venidos con gran desseo, tan presto como passados, olvidados. Cada día vemos novedades y las oímos y las passamos y dexamos atrás. Diminúyelas el tiempo; házelas contingibles. ¿Qué tanto te maravillarías si dixiessen: la tierra tembló, a otra semejante cosa que no olvidasses luego? Assí como: elado está el río, el ciego vee ya, muerto es tu padre, un rayo cayó, ganada es Granad, el rey entra hoy, el turco es vencido, eclipse ay mañana, la puente es llevada, aquél es ya obispo, a Pedro robaron, Ynés se ahorcó, [Cristóval fue borracho]. ¿Qué me dirás, sino que a tres días passados o a la segunda vista no ay quien dello se maraville? Todo es assí, todo passa desta manera, todo se olvida, todo queda atrás. Pues assí será este amor de mi amo: quanto más fuerte andando, tanto más diminuyendo. Que la costumbre luenga amansa los dolores, afloxa y deshaze los deleytes, desmengua las maravillas. Procuremos provecho mientra pendiere la contienda; y si a pie enxuto le pudiéremos remediar, lo mejor mejor es; y si no, poco a poco le soldaremos el reproche o menosprecio de Melibea contra él. Donde no, más vale que pene el amo que no que peligre el moço. CELESTINA. Bien as dicho; contigo stoy. Agradado me as; no podemos errar. Pero todavía hijo, es necessario que el buen procurador ponga de su casa algún trabajo, algunas fingidas razones, algunos sofísticos actos; yr y venir a juyzio, aunque reciba malas palabras del juez. Siquiera por los presentes que lo vieren no digan que se gana holgando el salario. Y assí verná cada una a él con [su] pleyto, y a Celestina con sus amores. SEMPRONIO. Haz a tu voluntad, que no será este el primero negocio que as tomado a cargo. CELESTINA. ¿El primero, hijo? Pocas virgines, a Dios gracias, has tu visto en esta ciudad que hayan abierto tienda a vender, de quien yo no haya sido corredora de su primer hilado. En nasciendo la mochacha, la hago scrivir en mi registro, y esto para que yo sepa quántas se me salen de la red. ¿Qué pensavas, Sempronio? ¿Havíame de mantener del viento? ¿Heredé otra herencia? ¿Tengo otra casa o viña? Conóscesme otra hazienda, más deste officio de que como y bevo, de que visto y calço? En esta ciudad nascida, en ella criada, manteniendo honrra, como todo el mundo sabe, ¿conoçida, pues, no soy? Quien no supiere mi nombre y mi casa, tenle por estrangero. SEMPRONIO. Dime, madre ¿qué passaste con mi compañero Pármeno quando sobí con Calisto por el dinero? CELESTINA. Díxele el sueño y la soltura, y cómo ganaría más con nuestra compañía que con las lisonjas que dize a su amo, cómo biviría siempre pobre y baldonado si no mudava el consejo; que no se hiziesse santo a tal perra vieja como yo. Acordéle quién era su madre, por que no menospreciasse mi officio; porque queriendo de mí dezir mal, tropeçasse primero en ella. SEMPRONIO. ¿Tantos días ha que le conosces, madre? CELESTINA. Aquí está Celestina que le vido nascer y le ayudó a criar. Su madre y yo, uña y carne. Della aprendí todo lo mejor que sé de mi officio. Juntas comiémos, juntas durmiémos, juntas aviémos nuestros solazes, nuestros plazeres, nuestros consejos y conciertos. En casa y fuera, como dos hermanas. Nunca blanca gané en que no toviesse su mitad. Pero no bivía yo engañada, si mi fortuna quisiera que ella me durara. ¡O muerte, muerte, a quántos privas de agradable compañía, a quántos desconsuela tu enojosa visitación! Por uno que comes con tiempo, cortas mil en agraz. Que siendo ella biva, no fueran estos mis passos desacompañados. Buen siglo aya, que leal amiga y buena compañera me fue. Que jamás me dexó hazer cosa en mi cabo, estando ella presente. Si yo traía el pan, ella la carne; si yo ponía la mesa, ella los manteles. No loca, no fantástica, ni presumptuosa como las de agora En mi ánima, descubierta se yva hasta el cabo de la cibdad con su jarro en la mano, que en todo el camino no oyé peor de: Señora Claudina. Y aosadas que otra conoscié peor el vino y qualquier mercaduría. Quando pensava que no era llegada, era de buelta. Allá la conbidavan según el amor todos la tenían. Que jamás volvía sin ocho o diez gustaduras, un açumbre en el jarro y otro en el cuerpo. Assí la fiavan dos o tres arrobas en vezes, como sobre una taça de plata. Su palabra era prenda de oro en quantos bodegones avía. Si ívamos por la calle dondequiera que ovíssemos sed, entrávamos en la primera taverna. Luego mandava echar medio açumbre para mojar la boca. Mas a mi cargo que no le quitaron la toca por ello, sino quanto la rayavan en su taja, y andar adelante. Si tal fuesse agora su hijo, a mi cargo que tu amo quedasse sin pluma y nosotros sin quexa. Pero yo le haré de mi hierro, si bivo; yo le contaré en el número de los míos. SEMPRONIO. ¿Cómo has pensado hacerlo, que es un traydor? CELESTINA. A esse tal dos alevosos. Haréle aver a Areúsa; será de los nuestros. Darnos ha lugar a tender las redes sin enbaraço por aquellas doblas de Calisto. SEMPRONIO. ¿Pues crees que podrás alcançar algo de Melibea? ¿Ay algún buen ramo? CELESTINA. No ay çurujano que a la primera cura juzgue la herida. Lo que yo al presente veo te diré. Melibea es hermosa, Calisto loco y franco; ni a él penará gastar, ni a mí andar. Bulla moneda y dure el pleyto, lo que durare. Todo lo puede el dinero: las peñas quebranta, los ríos passa en seco; no ay lugar tan alto que un asno cargado de oro no le suba. Su desatino y ardor bastar perder a sí y ganar, a nosotros. Esto he sentido; esto he calado; esto sé dél y della; esto es lo que nos á de aprovechar. A casa voy de Pleberio; quédate a Dios. Que aunque esté brava Melibea, no es ésta, si a Dios ha plazido, la primera a quien yo he hecho perder el cacarrear. Coxquillosicas son todas, mas después que una vez consienten la silla en el envés del lomo, nunca querrían holgar: por ellas queda el campo; muertas sí, cansadas, no. Si de noche caminan, nunca querrían que amanesciesse; maldizen los gallos porque anuncian el día, y el relox porque da tan apriessa. Requieren las cabrillas y el norte, haziéndose strelleras; ya quando ven salir el luzero del alva, quiéreseles salir el alma. Su claridad les escurece el coraçón. Camino es, hijo, que nunca me harté de andar; nunca me vi cansada, y aun assí vieja como soy. Sabe Dios mi buen desseo; quánto más éstas que hirven sin fuego. Catívanse del primer abraço; ruegan a quien rogó; penan por el penado; házense siervas de quien eran señoras; dexan el mando y son mandadas. Rompen paredes, abren ventanas, fingen enfermedades. A los cherriaderos quiçios de las puertas hazen con azeytes usar su officio sin ruido. No te sabré dezir lo mucho que obra en ellas aquel dulçor que les queda de los primeros besos de quien aman. Son enemigas [todas] del medio, contino están posadas en los estremos. SEMPRONIO. No te entiendo essos términos, madre. CELESTINA. Digo que la mujer o ama mucho a aquel de quien es requerida, o le tiene grande odio. Assí que si al querer despiden, no pueden tener las riendas al desamor. Y con esto que sé cierto, voy más consolada a casa de Melibea que si en la mano la toviesse. Porque sé que aunque al presente la ruege, al fin me ha de rogar; aunque al principio me amenaze, al cabo me ha de halagar. Aquí llevo un poco de hilado en esta mi faltriquera, con otros aparejos que conmigo siempre traygo para tener causa de entrar donde mucho no só conoscida la primera vez: assí como gorgueras, garvines, franjas, rodeos, tinazuelas, alcohol, alvayalde y solimán, [hasta] agujas y alfileres; que tal ay, que tal quiere, por que donde me tomare la boz me alle apercebida para les echar cevo o requerir de la primera vista. SEMPRONIO. Madre, mira bien lo que hazes, porque quando el principio se yerra, no puede seguirse buen fin. Piensa en su padre; que es noble y esforçado, su madre celosa y brava, tú la misma sospecha. Melibea es única a ellos; faltándoles ella, fáltales todo el bien; en pensallo tiemblo; no vayas por lana y vengas sin pluma. CELESTINA. ¿Sin pluma, hijo? SEMPRONIO. O emplumada, madre, que es peor. CELESTINA. ¡Alahé, en mal hora a ti he yo menester para compañero, aun si quisieses avisar a Celestina en su officio! Pues quando tú naçiste ya comía yo pan con corteza; para adalid eres bueno, cargado de agüeros y recelo. SEMPRONIO. No te maravilles, madre, de mi temor, pues es común condición humana que lo que mucho se dessea jamás se piensa ver concluído, mayormente que en este caso temo tu pena y mía. Desseo provecho; querría que este negocio oviesse buen fin, no por que saliesse mi amo de pena, mas por salir yo de lazería. Y assí miro más inconvenientes con mi poca esperiencia que no tú como maestra vieja. ELICIA. ¡Santiguarme quiero, Sempronio; quiero hazer una raya en el agua! ¿Qué novedad es ésta, venir oy acá dos vezes? CELESTINA. Calla, bova, déxale, que otro pensamiento traemos en que más nos va. Dime, ¿está desocupada la casa? ¿Fuése la moça que esperava al ministro? ELICIA. Y aun después vino otra y se fue. CELESTINA. ¿Sí, que no embalde? ELICIA. No, en buena fe, ni Dios lo quiera, que aunque vino tarde, más vale a quien Dios ayuda, etc. CELESTINA. Pues sube presto al sobrado alto de la solana y baxa acá el bote del azeyte serpentino que hallarás colgado del pedaço de la soga que traxe del campo la otra noche quando llovía y hazía escuro, y abre el arca de los lizos, y hazia la mano derecha hallarás un papel scrito con sangre de murciélago debaxo de aquel ala de drago a que sacamos ayer las uñas. Mira no derrames el agua de mayo que me traxieron a confacionar. ELICIA. Madre, no está donde dizes; jamás te acordas a cosa que guardes. CELESTINA. No me castigues, por Dios, a mi vejez; no me maltrates, Elicia. No enfinjas porque stá aquí Sempronio, ni te sobervezcas, que más me quiere a mí por consejera que a ti por amiga, aunque tú le ames mucho. Entra en la cámara de los ungüentos y en la pelleja del gato negro donde te mandé meter los ojos de la loba, le hallarás, y baxa la sangre del cabrón, y unas poquitas de las barvas que tú le cortaste. ELICIA. Toma, madre, veslo aquí. Yo me subo, y Sempronio, arriba. CELESTINA. Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la corte dañada, capitán sobervio de los condenados ángeles, señor de los súlfuros fuegos que los hervientes étnicos montes manan, governador y veedor de los tormentos y atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las tres furias, Tesífone, Megera, y Aleto, administrador de todas las cosas negras del regno de Stige y Dite, con todas sus lagunas y sombras infernales y litigioso caos, mantenedor de las bolantes harpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas ydras. Yo, Celestina, tu más conoscida cliéntula, te conjuro por la virtud y fuerça destas bermejas letras, por la sangre de aquella noturna ave con que están scritas, por la gravedad de aquestos nombres y signos que en este papel se contienen, por la áspera ponçoña de las bívoras de que este azeyte fue hecho, con el qual unto este hilado; vengas sin tardança a obedeçer mi voluntad y en ello te embolvas, y con ello estés sin un momento te partir, hasta que Melibea con aparejada oportunidad que haya lo compre, y con ello de tal manera quede enredada que quanto más lo mirare, tanto más su coraçón se ablande a conceder mi petición. Y se le abras y lastimes del crudo y fuerte amor de Calisto, tanto que despedida toda honestidad, se descubra a mí y me galardone mis passos y mensaje; y esto hecho pide y demanda de mí a tu voluntad. Si no lo hazes con presto movimiento, ternásme por capital enemiga; heriré con luz tus cárceres tristes y escuras; acusaré cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas palabras tu horrible nombre, y otra y otra vez te conjuro [y], assí confiando en mi mucho poder, me parto para allá con mi hilado, donde creo te llevo ya embuelto. Argumento del quarto auto CELESTINA, andando por el camino, habla consigo misma fasta llegar a la puerta de PLEBERIO, onde halló a LUCRECIA, criada de PLEBERIO. Pónese con ella en razones. Sentidas por ALISA, madre de MELIBEA, y sabido que es CELESTINA, fázela entrar en casa. Viene un mensajero a llamar a ALISA. Vase. Queda CELESTINA en casa con MELIBEA y le descubre la causa de su venida. CELESTINA, LUCRECIA, ALISA, MELIBEA CELESTINA. Agora que voy sola, quiero mirar bien lo que Sempronio ha temido deste mi camino, porque aquellas cosas que bien no son pensadas, aunque algunas veces hayan buen fin, comúnmente crían desvariados effectos. Assí que la mucha speculación nunca carece de buen fruto. Que, aunque yo he dissimulado con él, podría ser que, si me sintiessen en estos passos de parte de Melibea, que no pagasse con pena que menor fuesse que la vida; o muy amenguada quedasse, quando matar no me quisiessen, manteándome o açotándome cruelmente. Pues amargas cient monedas serían éstas. ¡Ay, cuytada de mí, en qué lazo me he metido! que por me mostrar solícita y esforçada pongo mi persona al tablero. ¿Qué haré, cuytada, mezquina de mí, que ni el salir afuera es provechoso, ni la perseverancia careçe de peligro? ¿Pues yré, o tornarme he? ¡O dubdosa y dura perplexidad! no sé quál escoja por más sano. En el osar, manifiesto peligro, en la covardía, denostada pérdida. ¿Adónde yrá el buey que no are? Cada camino descubre sus dañosos y hondos barrancos. Si con el hurto soy tomada, nunca de muerta o encoroçada falto, a bien librar. Si no voy, ¿qué dirá Sempronio? ¿Que todas éstas eran mis fuerças, a saber y esfuerço, ardid y ofrescimiento, astucia y solicitud? Y su amo Calisto, ¿qué dirá? ¿qué hará, qué pensará? sino que ay nuevo engaño en mis pisadas, y que yo he descubierto la celada por haver más provecho desta otra parte, como sofística prevaricadora. O si no se le ofrece pensamiento tan odioso, dará bozes como loco, diráme en mi cara denuestos raviosos; proporná mil inconvenientes que mi deliberación presta le puso, diziendo: Tú, puta vieja, ¿por qué acrecentaste mis passiones con tus promesas? Alcahueta falsa, para todo el mundo tienes pies, para mí, lengua; para todos obra, para mí palabras; para todos remedio; para mí, pena; para todos esfuerço, para mí te faltó; para todos luz, para mí tiniebla; pues, vieja traydora, ¿por qué te me offreciste? que tu offrecimiento me puso esperança; la esperança dilató mi muerte; sostuvo mi bivir; púsome título de hombre alegre; pues no aviendo effecto, ni tú careçerás de pena, ni yo de triste desesperación. ¡Pues triste yo, mal acá, mal acullá, pena en ambas partes! Quando a los estremos falta el medio, arrimarse el hombre al más sano es discreción. Más quiero offender a Pleberio que enojar a Calisto. Yr quiero, que mayor es la vergüença de quedar por covarde que la pena cumpliendo como osada lo que prometí. Pues jamás al esfuerço desayuda la fortuna. Ya veo su puerta; en mayores afrentas me he visto. ¡Esfuerça, esfuerça, Celestina! no desmayes, que nunca faltan rogadores para mitigar las penas. Todos los agüeros se adereçan favorables, o yo no sé nada desta arte: quatro hombres que he topado, a los tres llaman Juanes y los dos son cornudos. La primera palabra que oí por la calle fue de achaque de amores; nunca he tropeçado como otras vezes. Las piedras parece que se apartan y me hazen lugar que passe, ni me estorvan las haldas, ni siento cansación en andar; todos me saludan. Ni perro me ha ladrado, ni ave negra he visto, tordo ni cuervo ni otras noturnas. Y lo mejor de todo es que veo a Lucrecia a la puerta de Melibea. Prima es de Elicia; no me será contraria. LUCRECIA. ¿Quién es esta vieja que viene haldeando? CELESTINA. Paz sea en esta casa. LUCRECIA. Celestina, madre, seas bienvenida: ¿quál Dios te traxo por estos barrios no acostumbrados? CELESTINA. Hija, mi amor, desseo de todos vosotros traerte encomiendas de Elicia, y aun ver a tus señoras, vieja y moça. Que después que me mudé al otro barrio, no han sido de mí visitadas. LUCRECIA. ¿A esso sólo saliste de tu casa? Maravíllome de ti, que no es éssa tu costumbre, ni sueles dar passo sin provecho. CELESTINA. ¿Más provecho quieres, bova, que complir hombre sus desseos? Y tanbién, como a las viejas nunca nos fallecen necessidades, mayormente a mí, que tengo de mantener hijas ajenas, ando a vender un poco de hilado. LUCRECIA. Algo es lo que yo digo; en mi seso estoy, que nunca metes aguja sin sacar reja. Pero mi señora la vieja urdió una tela; tiene necessidad dello, tú de venderlo. Entra y spera aquí, que no os desabenirés. ALISA. ¿Con quién hablas, Lucrecia? LUCRECIA. Señora, con aquella vieja de la cuchillada que solía bivir aquí en las tenerías a la cuesta del río. ALISA. Agora lo conozco menos. Si tú me das a entender lo incógnito por lo menos conozcido, es coger agua en cesto. LUCRECIA. ¡Jesú, señora, más conoscida es esta vieja que la ruda!, no sé cómo no tienes memoria de la que empicotaron por hechizera, que vendía las moças a los abades y descasava mil casados. ALISA. ¿Qué officio tiene? Quiçá por aquí la conoceré mejor. LUCRECIA. Señora, perfuma tocas, haze solimán, y otros treynta officios; conosce mucho en | |||||||||||||||||||||||||