Caracas, Jueves, 24 de abril de 2014

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El petardista

Francisco de Sales Pérez

Vamos a pasar un rato a costa de este ciudadano. ¿No pasa él su vida entera a costa de los demás?

Pero es preciso hacerlo con precaución, porque el petardista muerde a quien le pasa cerca.

No voy a mortificar al padre de familia arruinado, ni al joven desvalido que necesitan el amparo de sus amigos; para ellos tango yo la mitad de mi pan y todo mi corazón.

El petardista es natural de Caracas; aquí nace, aquí viva, muere en el hospital.

Si nace en otro pueblo, por una equivocación de su madre, busca la capital en cuanto tiene alas; su propio instinto le dice que sólo en esta atmósfera puede existir.

De aquí se deduce que el petardista nace petardista; su manera de vivir no es una profesión estudiada, sino una vocación a que obedece por secreto impulso.

El petardista nace pobre y no enriquece jamás, porque, como buen cristiano, sólo "pide lo necesario para el día, a fin de quedar necesitado a pedir lo mismo mañana".

Si heredara, si ganara en el juego una suma considerable, la derrocharía en una semana.

Él no podría acostumbrarse a tener con qué comer dos días seguidos.

Si se acostara sabiendo que va a amanecer con el desayuno en el bolsillo, no podría dormir; tanta seguridad lo desvelaría.

El petardista duerme a pierna suelta cuando exclama al acostarse: ¿En qué faltriquera estará el almuerzo de mañana?

Él tiene su casa, como todo ser viviente, pero nadie la conoce: su verdadera casa es la calle, donde se le puede encontrar a todas horas, aunque sería mejor no encontrarle a ninguna.

Si puede hallársele en alguna casa, debe ser de juego.

Él tiene sus puntos de ojeo, como los cazadores, donde se sitúa según la hora.

Regularmente amanece a la puerta de un café, con el cigarro en la boca, para inspirar confianza a los parroquianos. ¿Quién que lo vea fumando puede pensar que está en ayunas? ¡Ay del que penetre!

Meserón, que tiene mucho talento para calcular lo que le conviene, transige con él cuando le mira a las puertas del "Ávila".

-Pepe -dice-, ¿por qué no entras? ¿Has tomado café?

-No, querido, es muy temprano -le contesta-. El petardista nunca ha tomado nada.

-Garçon -grita Meserón afrancesando al mozo-, sírvele a Pepe un café confortable; apura, pronto, que tiene que marcharse.

Meserón sabe por experiencia que aquel hombre en la puerta de su restaurante le ahuyenta cien parroquianos, que lo arruinaría en una semana, y se liberta de su presencia a costa de una taza de café.

A mediodía pone su ojeo cerca del palacio de Gobierno.

¡Qué peligroso es un petardista, entre once y doce de la mañana situado en ese punto!

El mismo Presidente de la Unión no está libre de su ataque directo.

Su actitud revela la disposición resuelta de su ánimo.

Oculta la mano izquierda en el bolsillo, como para palpar constantemente su miseria.

Blande el bastón con la diestra de un modo casi amenazante.

La mirada inquieta domina las avenidas a una milla de distancia.

El hambre se expresa en sus facciones con la severidad de la ira

Al divisar a un forastero, exclama como el corsario: "Buena presa". Y se dispone al ataque con una arenga adecuada y un apretón de manos.

-General, ¿cuándo ha llegado usted? (el forastero debe ser General), ¿y cómo ha quedado el Estado Apure? Ya sabemos que salió usted diputado por una mayoría lujosísima

-¿Yo? -dice el General abriendo un palmo de boca-. Sin duda habría salido, a no ser las picardías...

-¡Ah!..., perdone usted-le interrumpe el petardista-; ¡eso es, eso es!, si aquí estamos indignados. ¡Qué pillos, contrariar así la voluntad del pueblo! Lo reclamaremos en el Congreso. Asistiré a las barras. Cuente conmigo.

Siguiendo el diálogo, resulta que el General no es de Apure, sino de Barcelona, lo cual no le saca del apuro en que está de pagar una libra por el saludo del petardista

El petardista es tertuliante diario de las cantinas.

¡Qué buen marchante! Nadie se refresca más que él; y, ¡cosa rara!, se refresca con lo que irrita a los demás.

El toma con todo el que tome. ¿Quién será tan descortés para no brindarle? Y él, ¿cómo se atreverá a desairar a nadie? Su educación no se lo permite. El hábito de halagar le ha dado una perspicacia especial para conocer lo que puede agradar al que piensa morder.

El hace como el murciélago, que adormece con las alas antes de clavar el diente.

El petardista no se mezcla en política; no precisamente porque no quiere, sino porque ningún partido lo emplea.

De ahí viene que no tenga opinión, lo cual le presenta la ventaja de estar identificado con todo el mundo.

Con el liberal, es liberal, y le cuenta que debe su ruina a los oligarcas; y con éstos, es oligarca, y les refiere cómo le han perseguido los liberales.

¡En tanto que él es perseguidor eterno de los partidos!

En las noches de ópera se sitúa cerca de la entrada del teatro. Cualquiera lo tomaría por un agente de policía, destinado a tomar nota de los que van entrando.

El petardista no tiene papeleta, ni la tuvo nunca, ni la comprará jamás; pero él entra primero que los abonados.

A un amigo le dice que se le olvidó el portamonedas y que... Pero el otro le dice que viene tasado.

A otro le da la enhorabuena por la ganancia que hizo en el juego... Pero resulta que viene tronado y le desaira bruscamente.

Al tercero, le promete una noticia que le importa mucho, pero que... le cuesta la entrada. Este quiere saberla, pero el petardista lo emplaza para el parterre. En la duda de qué será, qué no será, sacrifica los doce reales y... adentro. Después resulta que la noticia es vieja.

Otras veces suplica que le presten una papeleta para entrar un instante a hablar con un médico; y como ha elegido bien al que ha de burlar, recibe la papeleta y lo deja esperando.

Rompe la música y entra la desesperación de oír el canto que va a comenzar, y entra la duda de que vuelva Pepe, y, para salir de tanta inquietud, se compra otra papeleta.

Cuántas escenas al encontrarse adentro. -Pero, en fin, ya que dudaste de mí... veremos la ópera juntos-. Y por si le queda algún rencor le hace pagar también la cena en El Gato Negro al terminar la función.

Tal es la vida y milagros de este ser nacido para vivir de los demás, que divierte a quien le estudia, irrita al que le sufre y fatiga a mis lectores.

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