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Los hijos de una «Generación Boba» Caracas, lunes 21 de octubre de 2002 Quizás el mayor escándalo que marcó el año 1984 estuvo signado por las declaraciones del recién electo Rector de la Universidad Central de Venezuela, Edmundo Chirinos, dadas a la periodista Elizabeth Fuentes del diario El Nacional. En la entrevista la periodista desnudó al provocador, condición que lo caracteriza en grado supino, que hay en Chirinos. Y como de provocaciones se trataba el Rector se abrió de capa. Por un lado se declaró un inveterado Don Juan, para quien una relación sentimental tenía una vigencia que oscilaba entre una semana, como mínimo, y tres meses, como máximo. Esa confesión, en un país como Venezuela en el que la fidelidad masculina causa tanta extrañeza como conseguir pingüinos en el Polo Norte, no era tan esperpéntica como para armar el revuelo que armó. Y por el otro, se aventuró a sentenciar que los jóvenes que ingresaban a la Universidad debían ser tenidos como pertenecientes a la «Generación Boba». Lo que tampoco hubiese debido causar mayor revuelo, ya que ello saltaba a la vista. El real trasfondo del asunto estuvo en que adicionalmente señalaba a la televisión como la responsable del embrutecimiento de los jóvenes que conformaban esa Generación Boba. Y allí ardió Troya, con un Marcel Granier al frente de las huestes que pedían la cabeza del Ilustre Rector. Aunque mucho más ocultos estaban los verdaderos motivos de la caza al Rector. Los que no eran otros que los planes que él tenía para autofinanciar a la Universidad Central de Venezuela, desarrollando proyectos de fabricación de medicinas a bajo costo, elaboración de diversos proyectos de urbanismo y de ingeniería, desarrollo de nuevas técnicas constructivas, etcétera, todo ello aprovechando los ingentes recursos, humanos y técnicos, de los que dispone nuestra máxima casa de estudios. Pero allí estaba pisando muchos callos a la vez. Por lo que se fue a por él tildándole de frívolo, machista (dígame eso, ¡machista en Venezuela!), depravado, misógino y enemigo de la juventud. De aquello han transcurrido 18 años, por lo que a quienes se tildara de generación boba son hoy muy honorables ciudadanos y ciudadanas que deben andar entre los 36 y los 40 años. Hombres y mujeres que ya pueden ser padres de jóvenes con edades cercanas a las que ellos y ellas tenían cuando Chirinos los estigmatizó. Y los que en la década de los 80 del siglo pasado eran bobos y bobas, hoy no hay razón para que hayan dejado de serlo, tanto más que la televisión de hoy en día es aun peor que la de entonces, y no creo que hayan sustituido la «droga que se enchufa» por el hábito de la lectura. Todo esto se me vino a la mente, minutos después de que el muy carismático presidente de la CTV le ordenase al pueblo, ¡perdón!, a la muy honorable Sociedad Civil que procediera a dar un cacerolazo. Eran las siete y media del lunes 21 de octubre, día y hora en que se esperaba que el líder sindical anunciaría una huelga general indefinida. A falta de ella, ¡señoras y señores!, pelen por su cacerolas y a darse duro, ¡señoras y señores!, aplaquen su frustración, ¡señoras y señores!, que ni hay huelga general indefinida ni el hombre se ha ido de Miraflores, ¡señoras y señores! Después de tan contundente anuncio las televisoras, como debe ser, lanzaron sus periodistas a la calle para que le dieran cobertura a tan original propuesta. Por lo que en menos de media hora la «generación boba» comenzó a copar la pantalla. Por los predios de la Plaza Francia la generación boba berreaba. En el distribuidor de Altamira la generación boba armaba una tarima con la que pretendían trancar la autopista del Este, mientras que uno de los «tarimeros» decía que hacían aquello ya que estaban cansados de paros que de nada servían, por lo que ellos iban a trancar la autopista hasta que Chávez se fuera. Detrás de él no más de cuarenta personas trataban de robar cámara, entre las cuales cuatro o cinco adolescentes. La periodista dio el pase a los estudios y desde ellos el locutor anunciaba que el próximo pase sería desde la plaza de la «Meritocracia de Chuao». Pero en lugar de ello las cámaras empezaron a mostrar a muy atildadas, rollizas, fundilludas y exaltadas damas que manifestaban en Prados del Este. Una de las cuales decía que participaba en la manifestación ya que no podía aceptar que Chávez estuviese matando a la gente de hambre. De lo que no me quedó la menor duda es que ella no puede ser tenida por gente, dada la cantidad de kilos de más que exhibía ante las cámaras. Y de Chuao...¡Nada! Cansado de esperar las tomas desde Chuao y aturdido por el «lugarcomunismo» de locutores y opinadores de oficio me fui al balcón de la sala, desde donde se domina el cruce del Bulevar de El Cafetal con la entrada a Santa Paula. Allí se había montado una rumba antichavista. Pitos, cornetas, cacerolas (las únicas que sonaban ya que los convocados por Ortega dejaron de sonar las suyas a los 15 minutos de iniciado el concierto), megáfonos y un equipo de sonido colocado en la batea de una camioneta desde donde se arengaba a la masa y reproducía una lastimera «changa» titulada El cacerolazo. ¿Cortesía de la Alcaldía de Baruta? Quien no hubiese tenido una visual directa sobre el sitio, podría haber creído que allí estaban reunidas unas cuantas miles de personas, cuando escasamente llegaban a cien. ¡Pero qué ruido metían! Creo que esto es lo que mejor significa a la oposición. No son tantos como creen ser, pero qué ruido meten. Haciendo gala de un ejemplar civismo y de un acendrado espíritu democrático, atravesaron sus vehículos en la avenida y ocuparon la calzada. Y por considerar que son «Toda Venezuela», y por creer que todos deben pensar igual que ellos, atormentaban por igual a antichavistas y a chavistas, que los hay en El Cafetal. Aquello devino en un caos, habiendo dejado solo dos canales para la circulación de vehículos, de los seis que tiene el Bulevar. ¡Qué importa eso! ¿Después de todo no lo están haciendo para salir del arbitrario de Chávez? Lo menos que esperan que es que se les agradezca tan efectiva acción de calle. En medio de la tranca, tratando infructuosamente de abrirse paso, una ambulancia de Rescarven. Total qué importa, si se muere el paciente que espera ser auxiliado, la culpa habrá de ser de Chávez. Al poco rato llegaron dos patrullas de Polibaruta, no para restablecer el tránsito automotor, sino para proteger a los niños que allí manifestaban. Porque se trataba de una rumba de adolescentes. Lo que contribuyó, gracias a las luces de emergencia de las patrullas, para que aquello se convirtiera en una discoteca a cielo abierto. A las nueve y media todo se había acabado. No dudo que los padres les conminaron (a través de los celulares, no faltaba más) para que regresaran a casa, ya que por cuanto no pudieron tumbar a Chávez, mañana hay que ir a clase. A mí no me quedó más que preguntarme si realmente están convencidos de que esa es la forma de acabar con Chávez. Si creen que con esa forma de hacer política habrán de entusiasmar al pueblo. Si el pueblo puede ver en ellos una alternativa viable y seria. Si se habrán de acostar satisfechos por la gran jornada en la que participaron. Y la respuesta que me di fue que sí. ¿Acaso no son ellos los mismos bobos y bobas de 1984? Pero crecieron y se multiplicaron por lo que, por herencia genética y condicionamiento social, sus hijos van en camino de ser las versiones mejoradas de los que ellos son. El lunes 21 de octubre de 2002 Venezuela fue testigo, una vez más, de lo que es capaz la «Generación Boba» y sus hijos. |
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