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Juramentación del Gabinete Ejecutivo Caracas, 2 de febrero de 1999
Muy breves estas palabras ante este grupo de amigos, de familiares, de gente venida de varias latitudes, amigos de varias épocas, de varios caminos. Cuando uno pasea la mirada ve tantos rostros y aquí hay unos que quiero resaltar, porque está con nosotros un expresidente de una hermana República, como lo es hermana y querida República de Nicaragua, me refiero a Daniel Ortega. Hombres y mujeres de la Patria, civiles, militares. Uno ve hombres como el Capitán de Navío Víctor Hugo Morales, de aquella gente del Porteñazo, por ejemplo. Uno ve hombres y mujeres, compañeros, gente tan querida de muchos años y qué mejor que este evento para inaugurarnos en esta casa llena de misterios, llena de historias, llena de angustias, llena de pesares, de dolores, de esperanza. Qué mejor evento que estar en familia con gente conocida la mayor parte de ustedes, en un acto tan importante, el primero que me corresponde dirigir como Presidente de la República: designar y juramentar un grupo de hombres y mujeres que han aceptado una tarea gigantesca, una inmensa tarea. Yo recuerdo algo que voy a decirle a ustedes, señores Ministros, Gobernador, Jefe de la Casa Militar, recién designados y juramentados. Aquí en esta sala hay un hombre al que tenía yo mucho tiempo que no veía, quien fue uno de los jefes que tuve y recuerdo que un día cuando llegué yo a un Batallón, me llamó y me dijo: Subteniente, pase y le leo la cartilla. La cartilla del jefe al recién llegado y recuerdo que una de las máximas de la Cartilla del entonces Mayor Richard Salazar Rodríguez , hermano de Raúl, el ministro de la Defensa, quién está por allá con su esposa. Era él Segundo Comandante del Batallón Blindado «Bravos de Apure» y yo un imberbe Subteniente. Decía la cartilla (una de las máximas bolivarianas, nunca lo olvido, Richard) «De los hombres hay que exigir mucho para que den un poco». Mucho, muchísimo. Y este grupo de hombres y mujeres a quienes, después de un proceso de análisis, de reflexión, de conversaciones, de opciones diversas, ¡cuánta gente valiosa hay en Venezuela que quiere trabajar, colaborar, sin ninguna exigencia, tal como ellos! Yo les deseo a este grupo de hombres y mujeres que conmigo hemos entrado a la cabina de mando de la nave, donde esta el timón, de esta inmensa, hermosa y adolorida nave que es Venezuela, primero, primero que nada, que Dios nos proporcione y nos siga proporcionando el coraje, la decisión, la valentía, las luces para mirar entre tanta borrasca, entre tanto torbellino, entre tantos nubarrones, entre tanta oscuridad para mirar, como los viejos lobos del mar, que miran más allá de la tormenta para conducir sus naves, que nos dé ese instinto, esa sabiduría, para que todos hermanos, apoyados por un pueblo, por ustedes, por los más queridos, los más cercanos que son ustedes y por ese pueblo tan querido que está en la calle clamando lleno de amor, lleno de sudor, de lágrimas, lleno de esperanza con el pecho abierto, que podamos conducir esta nave. Y seguro estoy que podremos hacerlo, sé que lo haremos. Voy a repetir una frase que dije un día por allá, no sé dónde. «Aquí se prohibe fallar». Está prohibido fallar, nosotros no podemos fallar, porque no es que seamos la última esperanza, no, nunca hay una última esperanza y menos en un grupo de hombres y mujeres como nosotros. No, los pueblos tienen dentro de sí la semilla del coraje que siempre será su propia esperanza, pero ciertamente, esa confianza de un pueblo se ha depositado en nosotros de manera abrumadora, clamorosa, hermosa, bella y ese pueblo y este barco está agujereado, haciendo agua. Tenemos la responsabilidad de sacarlo rápido a flote, lo más rápido que podamos. Para ello «Moral y Luces», los polos de esta República nueva. Sean ustedes portadores de esas dos antorchas: en una la moral y en la otra, las luces. El talento y la probidad. Y a ustedes, familiares, esposas, esposos, hijos, hermanos, madres, padres, recuerden aquello que Bolívar le escribía a las madres en alguna carta: «Cuando el clarín de la Patria llama, hasta el llanto de la madre calla». O aquello que le escribía al capitán Chamberlain después de la muerte de su hijo en Barcelona, en la Casa Fuerte, Bolívar le manda una carta al viejo capitán dándole su pesar por la muerte de su hijo aquí, en Venezuela, y le dijo: «Y tú, padre, que exhalas suspiros al perder el objeto más tierno, el hijo, interrumpe tu llanto y recuerda que el amor a la Patria es primero». Digo esto porque muchas horas de trabajo nos esperan, largos días de trabajo, largas horas, de día, de noche, en verano, en invierno, de madrugada, sábados, domingos, Carnaval, Semana Santa, diciembre, 31, 1° de enero. Largos días nos quedan, porque ciertamente estamos en emergencia, nos declaramos nosotros en emergencia y tenemos que aplicar la máxima potencia a nuestros motores: a los del alma, a los del espíritu, a los del cuerpo. Ni siquiera con Luis Miquilena habrá clemencia, él nunca la pide, ese es el primero siempre que va adelante. Pudiéramos llamarlo Luis, el primero. Así que con todo mi fervor, con todo mi espíritu, con todo este sentimiento que uno carga y que no puede en estos momentos explicar, pero es hermoso, yo hago votos a Dios y a nosotros mismos para que lo hagamos. Lo haremos, estoy seguro, junto a todos ustedes, junto a nuestro pueblo, junto a los hermanos del Continente, junto a los hermanos del mundo. Estoy seguro que hoy, no es mera palabrería, hoy está comenzando una nueva Venezuela, una nueva historia, una nueva Patria. Encendamos pues, los motores al máximo. Encendamos, pues, las antorchas de la Moral y de las Luces y sigamos la máxima bolivariana: «Trabajo y más trabajo. Paciencia y más paciencia. Constancia y más constancia para que tengamos Patria». Que así sea..
Hugo Chávez en La BitBlioteca |
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