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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR De cómo se desarrollaba la vida en la época de mi infancia Hilda Montoya Mujica 12 de mayo de 1998
Era una casa grande pero modesta, con paredes de adobes frisados y techo de tejas. Todos los años por el mes de diciembre era pintada, tanto por dentro como por fuera al igual que los muebles. Los de la sala eran barnizados y constaban de confidente, dos poltronas, dos mecedores y seis sillas, todos con asiento de esterilla. Cuando esta se rompía mi papá se las llevaba a su barbería y en sus ratos libres les tejía el asiento de nuevo. Esa era una de sus habilidades de artesano, además de este juego de muebles había dos cónsolas de mármol. Sobre una de ellas colgaba un espejo bastante grande, en el centro había una mesa ovalada también de mármol, sobre la que colgaba del techo una lámpara, una especie de quinqué muy bonito. En los rincones había unas mesitas redondas a las que llamaban veladores. La madera de todos esos muebles era bastante elaborada. La sala era bastante grande, como se verá, con tantos muebles. Tenía una ventana que daba a la calle, sus hojas permanecían cerradas, menos los postigos, aquellas se abrían en ocasiones especiales, fiestas, visitas o cuando las señoritas de la casa se asomaban por las tardes. Recuerdo que cuando yo era muy chiquita a veces por las noches me quedaba dormida en el plan de esa ventana y bajo la vigilancia de mi papá, quien después me llevaba para la cuna. Me gustaba acostarme allí porque había una brisa muy grata y la presencia de mi papá me hacía sentir su afecto y protección. La casa tenía zaguán, que constaba del portón que daba a la calle y sus dos hojas permanecían abiertas durante el día, como era la costumbre de aquellos tiempos, luego venía el entreportón. Este era una puerta que permanecía cerrada y tenía un postiguito para ver quién tocaba y así poder abrirle. La gente golpeaba la puerta con los nudillos de la mano y de adentro preguntaban «¿quién es?» y de afuera contestaban «gente de paz». Si la persona era de mucha confianza o de la familia y de paso guasona decía «la vieja Inés». Del zaguán se pasaba a la salita o antesala, allí los muebles eran de Viena, no los recuerdo mucho. Después seguía un corredor largo y ancho con muebles de madera rústica, sillas, mecedores, los cuales eran pintados con pintura de aceite color azul. En diciembre había en la casa un grato olor a pintura, cuando estuve grandecita colaboraba en esa labor, de la cual se ocupaban mi papá y mis hermanos. Así la casa quedaba renovada. Al costado derecho del corredor había varias habitaciones y al costado izquierdo un patio bastante grande que llegaba más allá del comedor, hasta la cocina. Este patio estaba sembrado de helechos y plantas de flores. La abuela Mercedes cultivaba con gran devoción y celo todas esas plantas y hacía unas vereditas delimitadas con lajitas y omoplatos de res que previamente blanqueaba con lejía y de esta manera lograba un efecto bastante decorativo. Para esta labor se sentaba en un banquito bastante bajo, pues como ya era bastante vieja no podía estar agachada. Hasta una mata de parcha había. Esta fruta era muy deliciosa ya no existe, hasta donde sé. También había una de uvas, pero estas resultaron ácidas. Ese patio era como su reino y era respetado. Cuando queríamos algunas flores se las pedíamos y ella nos las daba, pero solo las cortaba a la hora apropiada. Conocía los secretos de la jardinería, cuándo debía podarlas, removerles la tierra, etc. La otra abuela, o sea la jacarandosa Cacán, tenía un pequeño pedazo de ese jardín, hacia los lados de la cocina, pero esto la verdad era un caos, solo recuerdo algunas matas pequeñas y una de trinitaria. Para ella no era importante el cultivo de plantas. Ella cultivaba nietos, a quienes nos demostraba su cariño y dedicación en diferentes formas. Las primeras letras las aprendí con ella en el libro Mantilla y por las noches cuando terminaba de ayudar a mi mamá en las labores de la casa, se sentaba en su silla de cuero en el corredor a narrarles cuentos a sus nietos y a niños vecinos. ¡Qué recuerdos tan felices los de esas noches de cuentos de la abuelita Cacán y el perfume de las flores del jardín de la abuelita Mercedes! A veces veíamos una especie de cine con un proyector que inventó mi hermano Julio Manuel, quien era muy ingenioso y sigue siéndolo. La casa tenía cinco habitaciones y dos enormes solares sembrados de árboles frutales cuyos frutos eran el deleite de toda la familia. A mí me gustaba ir al último solar y sentarme en una piedra debajo de la mata de mango. Hasta allí llegaban con la brisa sonidos y voces lejanos. Oía el canto de los pájaros y contemplaba cómo se deshacían las nubes blancas sobre el cielo azul, hasta que la voz de la abuela Cacán me sacaba de mi contemplación. Ella me buscaba preocupada de no verme por la casa.
Todas bailábamos con jovencitos o niños, entre los que se encontraban mis hermanos Julio Manuel, Ventura y Rafael Alberto. Era una época de costumbres muy sencillas. Por lo general jugaba sola, en el corredor iba sacando de un baúl muñecas y todos mis juguetes y armaba la casa con muebles de madera que me había hecho mi papá: juego de comedor, mesa con sus sillas y una alacena. El dormitorio tenía cama y un escaparatico con ganchitos para colgar los vestidos de las muñecas. Estas eran de trapo. Me las regalaban mi mamá y las abuelas. Haciendo esos vestidos me inicié como modista, mi primera profesión. Me copiaba de figurines que tenía mi hermana Mercedes. Ella me conseguía retazos con la costurera que le hacía sus trajes. Estos eran muy elegantes y como ella era bastante alta le lucían mucho. Además de la casa armaba un teatro, sobre el escenario colocaba un muñeco y yo cantaba por él los tangos de Gardel. El que más me gustaba era El día que me quieras. Ahora me da tristeza oírlo. Tenía también un automóvil de madera. Mi papá lo hizo imitando los de capota baja y en él paseaba a las muñecas. A veces las llevaba dando tumbos por el patio. Si se salían no les ocurría nada porque eran de trapo. Las de porcelana, que tenían unas pestañotas y ojos que se abrían y cerraban, mi mamá las guardaba y que para no las rompiera. Cuando crecí se las di a mis sobrinas para que las disfrutaran, ya que yo no había podido hacerlo. No duraron ni dos días. Las hicieron añicos. Una lástima porque eran preciosas. Con el que sí me dejaban jugar fue con un bebé peloncito con una carita de porcelana con ojos que se abrían y cerraban. A ese le hicimos mis amiguitas y yo un bautizo. La mamá de la madrina le mandó a hacer el faldellín y el gorrito y las otras mamás prepararon dulces. También podía jugar con un muñeco bellísimo, así como un muchachito de un año, con sus piernitas torneadas y gorditas y su cara de porcelana con ojos que abrían y cerraban y cabellos negros encrespados. Yo soñaba con tener un niñito así de bonito cuando fuera mujer y mi sueño se cumplió. La casa estaba situada en la calle Colombia, llamada también la Calle Real, al lado quedaba La Glorieta, una plaza en forma de óvalo a la cual le pasaba la calle por todo el centro. De un lado estaba colocada una estatua que representaba la maternidad: una señora con dos niños y al otro lado un kiosco con un cañón a cada lado, de la época de la Colonia. Fueron desenterrados en el patio de una casa vecina. Ese óvalo estaba circundado por un banco de cemento y detrás de él había varias casas. Delante del banco había una acera por la cual corríamos en patines, había muchos árboles. La casa tenía una ventana pequeña que daba hacia la plaza y yo me subía a una silla para contemplarlos. Los vecinos sembraron matas y se puso más bonita. La abuela Cacán sembró una de palmas y muchos años más tarde era alta y hermosa. Debajo de esa palma me tomó una foto una bisnieta de ella. Esa plaza era sitio de reunión de los mayores y los niños jugábamos los juegos infantiles de esa época: La Sortija Vaya y Venga, doña Ana y La Candelita. Para mí La Glorieta y la casa eran algo indivisible. En los carnavales las familias sacaban sillas para esa plaza para ver desfilar las carrozas. Para esa época la gente organizaba comparsas. Estas se componían de parejas de jóvenes y niños con disfraces muy bonitos, a la de nosotros la llevaban a bailar cada noche a una casa distinta previamente avisada. Allí nos obsequiaban dulces, caramelos y bebidas sin alcohol. Éramos acompañados por personas mayores como representantes.
La abuela Cacán su nombre era Socorro, este sí era un personaje especial y pintoresco. Su abuela, María Carmona de Mujica era hermana del prócer de la Independencia, general de Brigada Francisco Carmona. Ella era de estatura pequeña, delgada y sus cabellos con pocas canas, recogido en moño. En la casa vestía en forma sencilla y de colores claros, largos y anchos debajo de los cuales se ponía unos refajos blancos adornados con tiras bordadas y almidonados que al caminar sonaban juas juas juas. Cuando salía a la calle a la misa de la Catedral o a visitar a sus amigas en la parroquia La Pastora, parroquia donde vivió estando joven, con el padre de sus cinco hijos y su mamá Marcelina. Se vestía con ropa que conservaba con mucho cuidado, conservaba con mucho cuidado, combinaba una falda negra de raso con encajes, ancha y larga hasta los tobillos. Blusa blanca de mangas largas y cuello alto. Se cubría la cabeza con una sevillana o andaluza de encajes color negro y se la sujetaba en el pecho con un prendedor. A veces usaba también otros trajes bonitos como ese. Llevaba cartera colgando de su brazo y zapatos negros trenzados y tacón grueso y mediano. No se pintaba la cara. Solo se empolvaba un poquito exagerado. Usaba medias de algodón color carne y debajo de sus faldas los refajos con su característico sonido juas juas juas. Casi siempre iba con ella. En su habitación no había nada ordenado, así es que yo podía curiosear las cosas y no lo notaba, eso no podía hacerlo en el de la abuela Mercedes, que era estrictamente ordenada, cuando curioseaba de preferencia un baúl lleno de libros y cuentos de Callejas. Debía hacerlos con mucho cuidado para que no se notara. La abuela Cacán a veces cantaba unas canciones muy antiguas. Había una muy triste, de la cual solo recuerdo el final: «Rota la lira, muerto el cantor». También le gustaba mucho hablar. De ella debo haberlo heredado yo. Además en esa época había mucha comunicación entre las personas. Se reunían para charlar. No sé cómo la abuela Cacán era tan alegre, pues sufrió la triste experiencia de perder por muerte a un hijo adolescente y dos ya mayores. El cuarto se fue a Colombia a probar suerte y no se supo más de él. Ella todas las tardes oía un programa radial por el que daban noticias de personas desaparecidas, solo le quedó mi mamá, quien vivió cien años, y posiblemente se consolaba con los nietos. Por las noches, como ya dije, se dedicaba a contarnos cuentos a nosotros y a los niños vecinos, y apenas terminaba uno le pedíamos otro, otro, abuelita y ella nos complacía. Era muy afectuosa, pero nos regañaba cuando tenía que corregirnos. Cuando íbamos a las misas de aguinaldo en el mes de diciembre, ella llevaba un chal de lana con el cual nos cubríamos las dos. Me abrazaba para que no me diera frío. Esas misas las celebraban en las madrugadas y eran muy alegres. Había un coro que cantaba aguinaldos, acompañado con instrumentos de percusión: furrucos, maracas, panderetas y uno que construían con una tableta con mango, llena de chapitas de metal. Eran algo así como las parrandas que pasaban por las calles. La iglesia estaba siempre muy iluminada. A esa misa iba toda la familia menos la abuela Mercedes. Ella salía muy poco y cuando lo hacía se vestía de negro por su viudez y se cubría la cabeza con un manto, negro también. Al finalizar la misa salíamos a la plaza y allí comíamos arepitas dulces calienticas y esponjadas. Las vendedoras las hacían en unos anafres. Tomábamos café para entrar en calor. Mis hermanos, que eran mayores que yo, se iban a patinar. Cuando crecí un poco también lo hice, pero acompañada por ellos. La vida era dulce y amable. Antes a las Navidades se les decía Las Pascuas y se celebraban de un modo diferente a como se hace ahora. En casa se hacía un nacimiento muy grande. Para hacerlo participaban además de la familia algunos vecinos. Los muchachos hacían las casas con cajas de zapatos. Estas tenían ventanas con papel celofán de colores y un bombillo por dentro. Cada casa con un color distinto. La iglesia también de cartón era bastante grande, con sus torres y un muñeco en la puerta vestido de cura. Hacia ella caminaba un par de novios, seguidos de las damas de honor, los padrinos, etc. Había de todo como en una ciudad. Todos los personajes eran hechos de trapo. Estos los hacían mi mamá, las abuelas y las vecinas. La instalación eléctrica la hacía mi papá. Todo el mes de diciembre por las noches salíamos a visitar nacimientos de otras casas, el de unas holandesas era con movimiento, igualmente el de la casa parroquial de San Blas, parroquia donde vivimos durante muchos años. Este último era inmenso, había trenes que corrían, barcos que se balanceaban con las olas, una viejita que se mecía con un mecedor, mientras tejía. Era todo un mundo de fantasía. La Noche Buena de Pascua, el día de Pascua y Año Nuevo, pasaban los parranderos por las calles, vestidos de dril o kaki blanco con un pañuelo grande en el cuello. La parranda roja lo llevaba rojo, la verde lo llevaba verde y así sucesivamente, y enarbolaban una bandera del color del pañuelo. En la punta de una vara alta llevaban una estrella de varios colores con una vela encendida adentro semejando un farol. Sobre otra vara otra cosas que llamaban chineco o chinesco, hecho de metal en forma de media luna, de la cual colgaban pedacitos también de metal pintados en diversos colores, al que cuando golpeaban con el piso sonaba muy bonito. Ese era uno de los instrumentos musicales, además del furruco, cuatro, maracas, violín, etc. Estos grupos competían entre sí porque querían ser admirados como los mejores. Entraban a las casas a cantar al Niño Jesús y a los habitantes de las mismas, improvisando versos. La comida de esos días eran hallacas, cochino frito adobado era algo delicioso y nadie tiene la receta, pues solo el dueño de la pulpería donde lo vendían sabía el secreto, pan de jamón de verdad, nada que ver con los de ahora. Había panaderías con fama de hacer el mejor. Había también dulce de lechosa, vino, chicha de maíz, endulzada con papelón, ponche crema, etc. La noche de pascua íbamos a la misa de gallo (no sé por qué la llamaban así), la iglesia era el sitio de reunión, además de la plaza. En la misa había cantos de aguinaldos como en las misas de aguinaldo. Después se hacían algunas visitas y más tarde comíamos hallacas en la casa. Esa noche los parranderos se esmeraban en cantar. La Noche de Año Nuevo al dar las 12 las gentes se abrazaban y hasta los que pasaban por las calles lo hacían, aunque no se conocieran. Para esas dos ocasiones la gente se vestía con ropa nueva, aunque fuera modestamente. No había intercambio de regalos, sino que las amas de casa se enviaban mutuamente una bandeja con dulce de lechosa, pan de jamón, hallacas, o un poco de todo lo que se comía durante esas festividades. Los regalos eran para los niños la Noche de Reyes. A la mañana siguiente amanecíamos en calles y plazas mostrándonos lo que nos habían traído. Recuerdo como si fuera hoy los sonidos de pianitos, zarandas musicales, sinfonías de boca, tambores, etc., y las voces infantiles demostrando su alegría. Hasta el niño más pobre tenía su juguete. No se veía competencia porque el status económico de nuestros padres era más o menos el mismo. Esa noche cuando estuve más grandecita participaba en un acto de los Reyes Magos en un enorme patio de la casa parroquial. Íbamos hacia un escenario (donde ya estaban el Niño Jesús, la Virgen, San José y las pastoras), cantando y danzando al compás de Espléndida noche radiante de luz. Las dos de adelante llevábamos un cofre dorado. Éramos seis con cada Rey, ataviadas con vestidos de organdí, unas de azul, otras de rosado y otras de verde. Las faldas eran muy armaditas y a media pierna, sandalias doradas y en la cabeza una diadema de piedrecitas de colores. Antecedíamos al Rey y lo esperábamos en los escalones. Él se bajaba de un caballo al que un paje llevaba de las bridas, subía por el centro, tomaba el cofre, se lo ofrendaba al Niño y se quedaba arrodillado. Nosotras subíamos al escenario, unas por la izquierda, las otras por la derecha, siempre cantando. Después que llegaban los tres reyes estos cantos iban siendo más quedos hasta quedar en un murmullo. Todas nos quedábamos inmóviles como en un cuadro vivo iluminado solo con luces de Bengala de diversos colores. Era un espectáculo entre religioso y pagano, pero muy bonito y acudían a verlo personas de toda la ciudad. En ese mismo terreno los curas proyectaban cine mudo. Allí vi películas de Chaplin y otras. Contaban en casa que una noche los curas se llevaron un chasco, pues se les coló una donde salían unas mujeres medio desnudas y bailando, supongo que sería el cancán y la cortaron inmediatamente. Ahora pienso que a lo mejor eso era lo que ellos veían en privado. Además del cine presentaban teatro. Los artistas eran jóvenes y muchachas de la parroquia. De esa forma y con bazares atraían a la gente a la casa parroquial. Todavía en la ciudad no había cine ni otras diversiones. Las fiestas eclesiásticas eran muy vistosas. En el mes de mayo por las noches le hacían fiesta a la Virgen María y al final de mes la coronaban en una gran ceremonia. A mí me vistieron de ángel muchos años, me subían a lo alto del altar para que la coronara. Esto llenaba de orgullo y alegría a mi mamá. Ella era muy religiosa y trató de inclinarnos en su mismo fervor, pero al crecer dos de mis hermanos y yo nos sentimos atraídos por las luchas sociales, lo que nos trajo satisfacciones y sinsabores, pero de ello no estamos arrepentidos.
Otro paseo era de tarde por Camoruco Viejo. Allí había unos árboles llenos de flores anaranjadas que llamaban gallitos. En el piso había muchas, lo cual daba un aspecto muy bonito a la calle, con las copas de los árboles floreadas y el piso coloreado por ellas. Me llevaba también a la casa de sus primos maternos, ubicada en la parroquia San José. La casa era muy bonita. Allí había unos corredores y un patio cercado con tela metálica y dentro había árboles pequeños y muchos pájaros. En uno de esos corredores había un cuadro que siempre me llamó la atención. No sé si era una foto o una pintura. Representaba a unas personas muy austeras con trajes oscuros, creo haber captado en alguna conversación que eran los antepasados de esos primos. Había también un sótano al cual bajaba a curiosear. Entre los muebles viejos había un viejo piano que llamaba mucho mi atención, mientras yo jugaba y recorría la casa, mi papá conversaba con Wenceslao y Rosalía. Tenía además largas charlas con otro de los primos. El padre Alfonzo entre ellos. Vestía una sotana blanca y se sentaba frente a mi papá en un mecedor. Era rosadito con cara gordita y bondadosa. Él era el párroco de la Iglesia de San José y en la casa parroquial daba clases gratuitas de música. No le importaba salir a dar los últimos sacramentos a los moribundos a la hora que fuera. Murió a consecuencias de una hernia que le salió por ponerse a trabajar con los obreros en la reconstrucción de la iglesia. También me llevaba a visitar a unos amigos que tenían unos niños de mi edad y allí jugábamos en una especie de coche-triciclo un poco raro. A mí me encantaba pasear en él. Íbamos también a la casa de Pancho, hijo de él en su primer matrimonio (mi papá era viudo cuando se casó con mi mamá). Allí yo jugaba con mis sobrinos que prácticamente eran de mi misma edad. A veces salía también con mi mamá y Mercedes mi hermana mayor. Íbamos a las casas de sus amigas o a la de la tía Nerea, esposa de su hermano Luis. De las amigas de mi mamá recuerdo a misia Socorro, una señora muy bondadosa. Allí comíamos un dulce en almíbar con natillas muy delicioso. Cuando esta señora estaba viejecita le llevé a mi hijo, que tendría unos tres añitos y ellas se conmovió tanto de que yo me acordara de ella que se puso a llorar de emoción. Por lo general en esa época las gentes eran muy sensibles y lo expresaban.
Así de sencilla era la vida en la época de mi infancia. Hoy a los 72 años viviendo en un mundo bastante complicado, me reconforta recordarla.
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