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La barajita de Escovar Salom El Nacional, domingo 2 de mayo de 1999 La humanística y la historiografía de los siglos venideros reserva un lugar para las «barajitas» del beisbol. Sólo un prejuicio elitista contra los indiscutibles logros de la cultura de masas ha impedido que su uso se extienda a otra vertientes del quehacer humano, como la filosofía, la ciencia, las artes y, muy especialmente, la gerencia pública y privada. Considérese la utilidad que un mazo de cromos de la vida pública criolla de los últimos tiempos tendría a la hora de normar el juicio elector, de cara a la Constituyente. Consigno aquí una modesta proposición que ojalá el CNE haga suya sin melindres: la impresión y distribución, a través de los canales convencionales de mercadeo, de barajitas que sumaricen las biografías y las ejecutorias de los aspirantes. Puestos a imaginar, se me ocurre también que la Cámara de Televisión podría complementar el esfuerzo emitiendo «micros» a la manera de los que difunden el nombre, rasgos y figura de las candidatas al Miss Venezuela: «Me llamo Paulina Gamus, represento al Estado Cojedes, soy adeca ¿y qué?». No se trata, sea dicho de una vez, de una idea ajena a nuestras tradiciones: los chocolates La India ya patrocinaban estampitas del beisbol tan temprano como 1918. Pero, sin duda, el formato canónico que guarda mi memoria de cuarentón, es el de las barajitas que, durante los tardíos años cincuenta y precoces años sesenta, patrocinó la Topps Bubble Gum Co. Séame lícito un elogio de la eficiente compacidad de su ingenio informativo: la barajita Topps se reducía a una cartulina rectangular de unos 8 centímetros de largo por cinco de ancho. Y ceñidos a ese reducidísimo espacio se podía hallar a) una efigie del jugador en el anverso y b) en el reverso, una estadística de todo su accionar profesional: divisas para las que había jugado, posiciones desempeñadas, average de bateo, lances aceptados sin error, efectividad en el pitcheo, impulsadas, ponches, jonrones, bases robadas, outs sin asistencias, índices de efectividad y promedio de slugging, series mundiales jugadas y distinciones recibidas. El cuadro incluía, en ocasiones, «numeritos» de su paso por las menores. Todo sugestivamente comentado, en al ángulo izquierdo inferior, por una caricatura que celebraba un momento estelar de la carrera del héroe. Recuerdo con nostálgica fruición que el «sistema de la barajita» -así quizá lo habría llamado Roland Barthes- proponía deliberadamente la procura de estampitas sumamente difíciles de obtener, no importaba cuánto chicle-bomba uno mascase. Recíproca y diabólicamente, el sistema inundaba el mercado con estampas «supernumerarias», barajitas excedentarias hasta la exasperación, como aquella de Al Kaline, legendario slugger de los Tigres de Detroit, o la de Octavio «Cookie» Rojas, camarero cubano de los Phillies de Filadelfia, cuyas imágenes trufaban casi todos los tríos de barajitas que acompañaban el adictivo chicle bomba. El sistema que hoy propongo se ilustra cabalmente con la estampita excedentaria por excelencia, candidata a «la más frecuentemente vista» del último medio siglo: la barajita Topps Bubble Gum del doctor Ramón Escovar Salom. En el anverso, la vera efigie del egregio, irreductible demócrata que, apenas el pasado viernes 23, nos exhortaba a votar «no y dos veces no» en el referéndum totalitario del domingo pasado y que, amanecido ya el lunes 26, anunciaba su disposición a darlo todo por salvarnos de la barbarie reeleccionista de extrema izquierda, al precio de postularse a la fragorosa manigua de la Constituyente. El sistema político venezolano agoniza de puro caduco y perverso nos advierte, palabra más o menos, el Lutero larense. ¿Y en el anverso de la estampita?
La caricatura del ángulo inferior izquierdo ilustra una conseja adeca, nunca desmentida, y de la que Jorge Dáger fue el mejor y más indignado trovador, de viva voz y por escrito: cautivo de los golpistas del 48, Escovar Salom pidió clemencia a sus esbirros. Se singularizaba característicamente al hacerlo: adecos eran los otros; él no. Soberbia negadora, propia del agonizante establishment político criollo: el caduco nunca soy yo; el perverso siempre es «el otro». Compre y llene su álbum de la Constituyente.
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