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Lo mejor de un siglo
El Nacional, sábado 6 de enero de 2001 1.¿Porqué los venezolanos hemos tratado las reglas del beisbol mejor, con más respeto, que a nuestra veintena de constituciones? He ahí un tema retador y frondoso, sin duda. Hicimos nuestro el beisbol hacia 1895, lo que significa que nos hemos atenido a sus reglas durante más de un siglo, sin recusarlas, sin que a nadie se le haya ocurrido proponer cambiarlas. Y un siglo venezolano es muchísimo más de lo que haya podido perdurar, entre nosotros, cualquier otro cuerpo de convenciones, de derecho público o privado. Más de la mitad de nuestra vida «republicana», de apenas ciento noventa y tantos años. ¿Qué hay en esas reglas de un juego entre equipos que han logrado armonizar tan bien con el talante nacional, de suyo descontentadizo, levantisco y arbitrario? ¿Qué hay de civilización y de venezolano en el beisbol? Hugo Chávez ha admitido, fascinado por su propia biografía, que su móvil primigenio para ingresar en la Academia Militar fue el de hacerse lanzador zurdo. A primera vista, luce incongruente que un nacionalista de la izquierda radical no haya abominado del beisbol como de una novelería extranjerizante: más consistente con el Ezequiel Zamora, y con el «Ana Karina Rote» de su ideario telurista, habría sido exaltar otros pasatiempos, otros fastos del músculo y los reflejos, como podrían serlo los toros coleados o la caza del tigre mariposo con horqueta y lanza. Pero lo cierto es que en su devoción por el beisbol, Chávez no traiciona en absoluto su antimperialismo, por la sencilla razón de que no se trata de un juego originario de los EE.UU. Así como se lee: el beisbol no es, hablando estrictamente, un juego estadounidense. Y esto lo sabemos gracias a que, en 1939, al aproximarse el pretendido primer centenario de la invención del beisbol, atribuida a Abner Doubleday, un héroe de la Guerra de Secesión, el presidente Roosevelt solicitó a una comisión bicameral que estableciese con precisión y sin lugar a dudas el sitio, la fecha y las circunstancias en que el beisbol vino a añadirse a las contadas maravillas que puede mostrar el mundo posmoderno. La comisión hizo su trabajo escrupulosamente y no se fió de leyenda alguna, ni mucho menos de los bien urdidos «aportes» de más de un cronista deportivo. La investigación, a su vez encomendada a un equipo de historiadores, tomó en cuenta fuentes hasta entonces tan poco atendidas como podrían ser la correspondencia femenina entre Estados Unidos e Inglaterra durante las primeras décadas del siglo XIX, o las anotaciones del diario íntimo de un gran neoyorquino: Walt Whitman. A la hora de emitir su veredicto, la comisión no se embozó en patrioterismos de conveniencia para congraciarse con el público: dictaminaron de modo tajante que el embrión de lo que para 1839 y en el estado de Nueva York dio en llamarse «base ball» o «baseball» era un juego muy practicado a fines del XVIII en el sur de Inglaterra, llamado «rounders». El «rounders», por cierto, no fue nunca un desprendimiento del «cricket», y probablemente se trate del mismo juego que de Trinidad pasó a nuestra península de Paria, el mismo quizá que en Güiria llegaron los muchachos a llamar «rondá», quién sabe si en remedo de la entonación que los trinitarios darían a la palabra «rounders»; algo que fonéticamente podría escribirse «raundah». Hoy se admite que la Guerra de Secesión, con la movilización de grandes contingentes humanos que la caracterizó, contribuyó enormemente a popularizar y difundir en todo el territorio de la Unión Americana la práctica de una variante neoyorquina de un juego inglés en vías de extinción. Fue así que hacia 1890, un puñado de venezolanos, la mayoría de ellos vinculados a casas comerciales de lo que laxamente hoy llamaríamos «oligarquía» caraqueña, se trajo de Baltimore o de la mismísima Nueva York, no sólo los aperos para jugar «pelota base» en las vegas de El Paraíso. Tuvieron además la precaución de no fiarse de su memoria y trajeron también una copia del libro de reglas. 2.Una versión autorizada atribuye la primera versión al castellano de las reglas del beisbol impresa en Venezuela a un insuficiente traductor caraqueño que no alcanzó a iluminar para sus contemporáneos la intrincada operación jurídica en virtud de la cual las reglas del juego toleran el robo de bases como táctica ofensiva. Esto vendría a explicar porqué los venezolanos jugaron pelota sin robarse jamás una base hasta que, ya en 1918, durante un partido entre una novena criolla semi-profesional y un itinerante equipo de estrellas boricuas, uno de los visitantes pegó de repente una carrerita y se paró en la segunda almohadilla. Ardió Troya porque los criollos no concebían semejante acción «al-borde-pero-dentro-de-las-reglas» y hubo que suspender el partido, aplacar los ánimos, «pelar» por un libro de reglas nuevecito y someterlo a un ardua operación de traducción y exégesis simultáneas que sólo al cabo de mucho argumentar logró zanjar la discusión, dejando de paso deslumbrados a los criollos con la nueva de que era perfectamente lícito robarle tiempo al pitcher y correr hacia segunda sin aguardar lo que buenamente pudiese hacer el bateador. Quizá para resarcirnos del tiempo perdido produjimos durante el resto del siglo pasado tantos y tan reincidentes estafadores de bases, como Aparicio y Concepción. Hasta aquella tarde de 1918 habíamos sido concienzudos e inflexibles ortodoxos en materia de reglas de juego, y aunque haya sido por equivocación, eso no deja de ser una singularidad histórica en un país que se pasó casi un siglo alzado, produciendo desde 1810 una nueva constitución esto es, un nuevo libro de reglas a razón promedio de una cada siete años. Algo cívico se cifra para los venezolanos en los mitemas de un diamante de noventa pies por lado, algo que a su manera se impuso y supo cultivarnos hasta el punto de que, entre tanto infructuoso y frustrante «inventar o errar», no nos sedujo nunca el disparate de ensayar variantes cimarronas del beisbol a partir, por ejemplo, de la caimanera «de cinco pa cinco», ni pretender cambiar al árbitro cada dos outs. A despecho de su apasionada y estrepitosa calidad banderiza que enfrenta cada año a varias facciones de venezolanos que se fingen irreconciliables, el beisbol es casi el único lugar, en todo nuestro roturado paisaje público, donde no nos crispa la convivencia con el del «otro» bando. Del siglo que termina es quizá uno de los mejores legados civilizatorios. Y a pesar de no saber responder a la pregunta con que comencé a escribirla, brindo por él y por los venezolanos que lo han hecho posible, en esta mi primera entega sabatina del siglo que comienza.
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