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Conversación en Bogotá

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 7 de agosto de 1999

I

Una amiga muy querida se resiente de mi artículo «Los gesticuladores» (El Nacional, martes 27 de julio, 1999): lo encuentra cruel, desconsiderado, resentido.

Releo este primer párrafo y me asalta el temor de estar proponiendo a mis lectores algo impúdico y fatuo, algo fachendoso y vano. Citarse a sí mismo, ¡por favor! Sólo algo puede ser peor y más descortés, y es la suprema inferioridad de pretender tener siempre la razón.

Pero, bien vista la cosa, creo que valdrá la pena volver sobre las ideas de aquel artículo, porque ayer tarde, no bien llegaba yo a Bogotá, un amigo de aquí, me recibió celebrando haberlo leído.

No tema el lector que la estatura de mi ego alcance por eso cotas similares a las que remonta el ego de Manuel Caballero, por ejemplo, cuando asiste al bautizo de un libro ajeno.

Me halaga, desde luego: si he estado desde hace 20 años en el «racket» de los columnistas no es precisamente por la honra y el provecho, sino por la recompensa de tener lectores.

Pero ocurre, y es algo de lo que me lisonjeo, que mi amigo no es un desprevenido —me apresuro a decir que mi amiga, la quejosa, tampoco lo es.

Mi pana es un perspicaz antioqueño, que ha logrado endurecerse sin hacerse cínico, muy baqueteado en asuntos de política y de prensa, y es hombre tan enterado de nuestras cosas como yo intento desde hace años estar al corriente de las de Colombia.

Un tema favorito del deporte conversacional que cultivamos él y yo desde hace años, es el de nuestras respectivas «élites» y su estudio comparado. Mi artículo se dolía de la suerte corrida por una fracción importante de la élite política e intelectual venezolana.

Lo que me lleva a hacer una interpolación. Ojalá ella haga más inteligible a mis lectores lo que pueda haber de útil en nuestra conversación bogotana, a la hora de entender lo que nos pasa.

Así, hagamos una pausa, cortesía del «Portón de la Cabrera», carrera 9 con 84. Y del rico y aromático café «Oma».

II

El artículo de marras, titulado bajo el notorio influjo de V.S. Naipaul, igual pudo titularse «Ni liderazgo ni visión», sin sorna alguna de mi parte.

Palabra más o menos, anotaba yo en él que una de las cosas, si no trágicas, al menos supremamente problematizadora del momento actual venezolano, está en el hecho de que toda una generación que se creyó —y ciertamente estuvo— llamada a liderar los cambios, ha sido por completo desplazada del puente de mando.

Estudiosos, sólidamente formados, prohijados por el mandarinato y las instituciones del Pacto de Punto Fijo, muchos de quienes durante años tuvimos por the best and the brightest, están ahora alojados en el tendido de sol de los programas matutinos de opinión, mirando cómo la insurgencia del 4 de febrero del 92, liderada por un estricto contemporáneo suyo, los ha rebasado, ha sabido maniobrar con más audacia, con más tino y provecho. La composición de la Constituyente lo deja ver a las claras: vivimos el grado cero de la oposición ilustrada.

¿Cómo pudo ser esto posible?

Sostenía yo que ello ha ocurrido porque la «generación de relevo», en un cierto momento que alguna vez será bueno fijar, dejó de hacer distinciones entre su destino propio y el de sus mayores, y asumió, tanto en el nivel retórico como en el de la política contingente, una defensa de la democracia, que, en rigor, hizo de ella una generación indistinguible de lo peorcito del antiguo régimen.

Su visión y su accionar político ante la insurgencia y lo que ella expresaba, anduvieron revueltos con los de Morales Bello, Rafael Caldera, Luis Alfaro Ucero, Luis Herrera y la CTV.

Y concluía yo que, más que prepararse para tomar el poder, su talante se pareció al de quien se sienta a esperar una herencia. Y en esa espera, educadita y prudente, cuando no miserablemente cortesana y obsecuente, les llovió Chávez, el insurgente con genuina vocación de amarrar los caballos en Miraflores sin esperar a que los derrelictos del 58 lo invitaran a entrar.

III

¿Pudo haber sido diferente?

Es aquí donde mi amigo antioqueño trae agua a mi molino, entablando un paralelo que sólo quiere llamar la atención acerca de dos modos diferentes de afrontar el «relevo».

Se recordará que la constituyente colombiana del 91 fue promovida activamente por un factor insurgente, violento, armado, magmático y aluvional, y por cierto, también vagarosamente bolivariano, como lo fue el M-19.

El dispositivo político y retórico del establecimiento colombiano, liberales y conservadores por igual, rechazaron anafilácticamente toda idea de una constituyente.

Pero los young turks, los jóvenes del Nuevo Liberalismo, seguidores del brillantísimo Luis Carlos Galán, en muchas aspectos homologables a lo más granado de la generación venezolana de que hablaba en «Los gesticuladores», no vio en esa propuesta constituyente sino a) una oportunidad para destrabar la sucesión política, sin legitimidad alguna hacía ya tiempo y b) la ocasión «parricida» que toda generación que respete su futuro debe afrontar alguna vez, llegado el momento: al apoyar la noción de una constituyente, el Nuevo Liberalismo se desmarcaba limpiamente de sus prohijadores.

En Venezuela, en cambio, no hubo quien quisiera ser de los young turks: casi todo el saber y el músculo de la élite nacida del lado acá del 18 de octubre, se puso al servicio de las desmañadas maniobras de contención que el sistema quiso desplegar tardíamente.

Hay que anotar una vicisitud del proceso constituyente colombiano que pudo afectar y afectó seriamente al M-19, y fue el asesinato, en la segunda del noveno, de su candidato presidencial.

Pero aún así, es cosa muy de notar que Gaviria y sus pares salieron al encuentro de la propuesta constituyente sin satanizarla ni disminuirla en razón de su origen insurgente, como se hizo aquí. Aceptaron, ciertamente, mucho riesgo, porque ambicionaban poder normar la constituyente y conducirla.

Para juzgar si lo lograron, échese un vistazo retrospectivo a la suerte de la presidencia de aquella constituyente colombiana: Alvaro Gómez Hurtado, César Gaviria y Navarro Wolff.

A Alvaro Gómez lo asesinó eso que, con negrísimo humor llaman acá «el brazo armado del Ejército». César Gaviria consolidó al Nuevo Liberalismo y de modo tal que terminó integrando al mismo a buena parte del otrora amenazador M-19. Una de las provisiones aprobadas por esa constituyente —la doble vuelta electoral—, aseguró la elección de Samper. Hoy, Gaviria está en la Secretaría General de la OEA. Navarro Wolff, el guerrillero bolivariano, el del bando promotor de la constituyente, el bando que gozaba de todo el glamour que las masas atribuyen a los alzados, terminó siendo alcalde de Pasto e invitado honorario de cuanto congreso de derecho comparado se lleva a cabo en el planeta.

Aquí no cabe ya hacer distingos entre «nuevos liberales» y «novísimos conservadores»: hablo de una de generación de demócratas colombianos, de diestros operadores políticos y convencidos modernizadores que han de nutrir el elenco político colombiano y por mucho tiempo, gústele o no a las FARC y al ELN.

Una generación que supo ser parricida, al riesgo de ser barrida por el M-19 y por la anomia. Que se decidió a ser ella, y no la de sus padres, la generación interlocutora de la insurgencia, logrando imponerle al adversario sus premisas y asimilarlo a sus modos de entender y practicar la democracia.

La visión de un político, mucho se ha repetido desde que lo dijo Ortega, está en saber discernir lo que ya ha muerto y lo que sigue vivo y digno de ser preservado. Y su pertinencia está en saber correr riesgos.

Los contemporáneos «venecos» de Gaviria y su kindergarten, en cambio, prefirieron esposar su destino político a la propela del «Titanic» que eran Caldera, Luis Herrera, Irene Sáez y Alfaro Ucero.

Son cosas que se pagan con pena de expulsión del terreno de juego, y por un largo tiempo. De esa exclusión me condolía yo en mi artículo. ¿Será preciso repetir que no hallo ningún gozo en constatarla?

Sí; habrá que repetirlo. Conociendo a los míos, seguramente volverá a ser preciso repetirlo.


Los gesticuladores
Ibsen Martínez en La BitBlioteca



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