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Chávez y los ricos

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 31 de octubre de 1999

I.

¿Cómo ayudar a un rico? ¿Cómo confortarlo en las horas difíciles, cómo brindarle apoyo, un apoyo que resulte algo más que moral?

La pregunta no es del todo ociosa: lejos de lo que desde hace ya casi dos milenios viene sugiriendo cierta mala prensa que comenzó con la parábola del camello y el ojo de la aguja, el hecho es que «los ricos también lloran», como atinadamente advirtió la inmortal filósofa de la historia, doña Inés Rodena, autora de una insoslayable telenovela protagonizada por Verónica Castro y Rogelio Guerra y que debería ingresar como material didáctico complementario a la videoteca del Cedice.

Tengo amigos ricos. Algunos de ellos entran cabalmente en la categoría de los llamados filthy rich, esto es, de los inmensurable y fétidamente ricos. Y confieso que cuando, en trance de confidencia, alguno de ellos me ha impuesto de una cuita económica, me ha invadido una inefable sensación de futilidad existencial.

Se trata de un malestar que emana de la consciencia de no poder ayudarlo, aunque vendiera el carro y las acciones tipo «D» de la CANTV que como un idiota compré de contado en el 97. Esa impotencia es algo que puede resultar verdaderamente aniquilador.

Esto no quiere decir que socorrer al menesteroso sea cosa fácil. Los pobres se las traen. Basta recordar al respecto la anécdota que Voltaire atribuye a un viajero en tierras de España.

Un mendigo se le acercó en procura de unas monedas y el viajero, al verlo joven y robusto, le dio por hablarle como si fuera un activista de Venezuela Competitiva:

—¿Porqué no sacas provecho de tus ventajas comparativas y haces de ti un empresario en lugar de andar mendigando? —le increpó el viajero, por supuesto, en clave del siglo XVIII.

A lo que el mendigo respondió, dándole hispánicamente la espalda:

—Ando pidiendo limosna, caballero, no consejo.

Con todo, felizmente hay gente como Bernardo Kliksberg, o como Amartya Sen, Premio Nobel de Economía del año pasado, que ha fundado una reputación abordando desde hace décadas ese y no otro problema: el de la pobreza. Tranquiliza saber que hay personal competente ocupándose del asunto.

Pero, sin duda, el problema recíproco, el de cómo confortar al rico en su tribulación sigue siendo una de las solicitaciones que la vida en los trópicos, tan fértil en apreturas morales, puede depararnos todavía.

Por un extraño tropismo que merecería la atención de los antropólogos, los ricos criollos, a diferencia del mendigo de la anécdota de Voltaire, procuran la cercanía, el trato, y en más de una ocasión, el consejo de gente como un amigo mío, que igual que yo admite pertenecer a la canalla ilustrada y sin patrimonio.

Mi amigo ha sacado enorme provecho a esta propensión de los ricos de hacerse aconsejar, en tiempos difíciles por quienes juzgan más malandros, por quienes creen mejor dotados de eso que el poeta William Osuna llamaría «sabiduría de la mala calle».

De hecho, mi amigo está sólidamente establecido como asesor en «administración comunicacional de crisis». Se ha hecho un experto en issues management, y otras zarandajas corporativas. ¿Por qué piensan en él cuando el mundo los desconcierta y no en empresas como Burson-Marsteller?

—Porque tienen miedo, pana —es la respuesta tajante que da mi amigo, entre regüeldos de vodka & tonic—. En su fuero íntimo valoran en mí eso que Petkoff le reclamaba en tiempos del «Caracazo» a los «niños prodigio» del Iesa: la efebocracia tecnócrata que integró el gabinete de Carlos Andrés Pérez Parte II no tenía el burdel que a mí me sobra.

Esa valoración vergonzante de lo que sabe el pardo, de la sapiencia casi infusa que por selección natural alcanza todo el que viene de abajo y logra descollar en nuestro medio —llámese José Antonio Páez o Rómulo Betancourt—, es la otra cara del supremacismo del Country Club, la faz oculta de la prepotencia de muchos mantuanos, genuinos o no.

Claro, lo escuchan sin atenderlo, e igual hacen los que les da la gana. Pero eso es sólo al principio.

II.

Es un patrón, casi inconmovible: al principio, el supremacismo y la arrogancia los lleva a pretender ponerse al frente de los procesos.

Un par de innings más tarde, el juego comienza a complicarse y al Marqués del Toro, por poner un caso famoso por lo desternillante, le dan tres vueltas los realistas de Coro, y hay que contratar a un manager importado, el hijo de un isleño orillero y tapa amarilla llamado Francisco de Miranda.

Es decir, proclaman la Independencia, pero como al partir los balurdos no los acompañan, entonces decretan la Guerra a Muerte, sólo para terminar quince años más tarde diezmados y en la ruina, y resignados a meter en el refrigerador el supremacismo y la vocación excluyente.

Les da entonces, sólo entonces, por entenderse con tipos como Páez, a quien sí le rompía la curva de dedos separados.

Fue así como, para echar andar su plan económico manchesteriano, «cuadraron» con el catire Páez, alguien a quien habían hecho objeto de toda una chistología clasista y descalificadora. Una chistología que todavía pervive y en la que Bolívar es el «dandy» salonnard atento a los modales y Páez el paleto groncho y chaborro.

Hace justamente un siglo, un banquero caraqueño se entrevistó, por cuenta del asediado desgobierno central de Ignacio Andrade, con Cipriano Castro, novato del año que venía cortando rabo y oreja. Al rendir cuenta de su gestión, confió a sus pares caraqueños que dejar llegar a la capital a ese «loco de atar» sería precipitarnos al abismo, etcétera, etcétera: cuando Manuel Antonio Matos hablaba de Castro parecía un programa radial de Marta Colomina.

Financiaron una revolución para tumbar a Castro —con todas las de la ley, ¿eh?: se gastaron unos buenos cobres en ella— y una vez más, se pudo ver que, al menos en esta liga de invierno, mantuano no le gana a pardo ni en bajada.

Lo ilustrativo del episodio está en que Manuel Antonio Matos, de generalísimo de la insurrección contra los andinos pasó a ser canciller del régimen instaurado por Cipriano Castro. Y el ex presidente Andrade aceptó, pocos años más tarde, un cargo en la renta de licores del Distrito Federal.

Concluyeron, digo yo en mi ignorancia, que era mejor ofrecerle un frasco magnum de Taittinger Brut que amenazarlo con una ametralladora Hottchkiss.

Lo dicho: es un patrón de conducta política que comienza con la figuración de una «gran esperanza blanca» que logrará contener a los díscolos balurdos, que asegurará a la élite la conducción del proceso.

La gran esperanza blanca se puede llamar Manuel Felipe Tovar, Arturo Úslar Pietri, Irene Sáez o Salas Römer. Y todo ello viene dictado por las más descaminadoras infatuaciones.

La operación termina, fatalmente, en un «¿tú no tienes manera de llegarle al hombre, chico?».

Es como si desde siempre, y en cada época, desde los tiempos de la Sociedad Patriótica hasta el crepúsculo del Proyecto Venezuela, nuestros patricios hubiesen siempre contado con un Gil Yépez que, con todo y retroproyector, les ha tranquilizado perversamente demostrándoles, con encuestas y «curvas que se cruzan», que Boves no pasará de Villa de Cura, que Antonio Leocadio Guzmán es un loquito hablador de pendejadas, que Cipriano Castro es un badulaque, que Betancourt no tiene la menor oportunidad, etcétera.

Ya va siendo monótono que todo se resuelva en la misma constatación que compartieron los mantuanos de la oligarquía conservadora: « chico, Páez no es tan bruto ni tan basto después de todo: el tipo aprende, el elemento es tratable». Según esta macabra fe de erratas que es nuestra historia, donde dice Páez, puede decir Chávez.

La apuesta de que ocurriría un 27 de Febrero contra Chávez tan luego quedase atrás la Constituyente no se compadece con las cifras de popularidad, aceptación, aprobación, o como queráis llamarle, que exhibe todavía el barinés. Deben ser sin duda exasperantes para quienes no advierten que se trata de algo de mayor entidad, algo más impertérrito que una simple categoría sociométrica: se llama fervor.

Los analistas dominicales despliegan sus pronósticos y aseguran que, por razones que no vienen aquí al caso, es inminente un desprendimiento de la «izquierda del chavismo» indiferenciado. Acaso acierten al vaticinar una división del bloque chavista.

Pero yo, que me dejo guiar por la socarronería de la mala calle, tengo para mí que primero se dividirán los ricos a propósito de Chávez. Y que lo harán al grito de «yo lo vi primero».

Total, diez meses después de la noche triste de Salas Römer, no han comenzado los tiros de la guerra civil que nos prometiera Manuel Caballero.

Ya va siendo más barato entenderse con el pardo, buscarle la vuelta al hombre, identificar dónde está su Joaquín Crespo o su Llovera Páez. Más barato, sin duda, que comprarle un partido nuevo a Alberto Franceschi.


Sobre el «Caracazo»:
Ignacio Betancourt,
El caracazo
Carlos Andrés Pérez,
Dramática jornada
Roberto Hernández Montoya,
¿Nos queda grande una guerra civil?
Ibsen Martínez en La BitBlioteca



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