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Los Comandantes Veinte Por Ciento

Ibsen Martínez

El Nacional, sábado 14 de enero de 2001

1.

—Búscate un ex jefe guerrillero, manita.¿No conoces a ningún ex jefe guerrillero?

—¿Un ex jefe guerrillero?

Según la empleada de la alcaldía, un jefe guerrillero era la mejor palanca para aligerar el trámite.

—Así sí que te sale tu cheque ligerito, manita. Un jefe guerrillero es tremenda palanca aquí.

—Pero ven acá, espérate: esto no es un favor que Uds. me están haciendo: me deben esa plata hace veintisiete meses, desde antes de que cambiara de manos la alcaldía. Estoy en el registro de contratistas y proveedores, ya entregué la obra, ¿qué más quieren? ¿Qué vaina es esa de «búscate un ex jefe guerrillero» como gestor? Yo nací en 1971: ¡no conozco a ningún jefe guerrillero!

—Tienes razón, pero aquí la movida es así ahora: no creen en más nadie, no les paran sino a los ex jefes guerrilleros

—¿De dónde voy a sacar yo un ex jefe guerrillero hoy, a veinte de diciembre?

Amanda, mi amiga la contratista, es como tanta gente de la clase media venezolana: arquitecto, divorciada con dos chamos, un «Lancer» del 93 y un apartamento adquirido con la modalidad usurera conocida como «crédito mexicano».

En buena hora se le ocurrió trabajar por su cuenta, «abrirse» de la chambita quince y último que tenía en el Inavi y hacer un curso básico de gerencia en el IESA que la habilita para ser su propio jefe y poder trabajar como un enano nibelungo pues aunque ya no tiene el esclavizante quince y último le quedan los dos chamos.

Y debe además producir lo suficiente para cubrir una nómina de tres empleados, sin incluir a la cachifa intermitente ni contabilizar los préstamos «blandos» que con frecuencia le hace su viejo.

Resignada a tener que conseguir a toda costa un subversivo de los sesenta que la avale para poder cobrar lo que le adeudan, inició una ronda de llamadas telefónicas a todos sus amigos que concebiblemente pudiesen conocer a un antiguo jefe guerrillero, alguien que obrase de palanca. En esa ronda de llamadas dio conmigo.

¿Un antiguo jefe guerrillero ? A ver, a ver, a ver, conozco a Américo Martín, a Teodoro Petkoff, a Pompeyo Márquez, pero no creo que ninguno te sirva en este caso.

¿Y Moleiro? ¿Ese no es amigo tuyo? ¿No fue guerrillero o son ideas mías?

Moisés Moleiro sigue siendo guerrillero, él sigue en la brecha. Pero lo que te piden esos martillos es un antiguo jefe guerrillero, digamos un guerrillero en situación de retiro. Y que sea chavista, claro.

Me apenó no poder ayudarla pero el trance me sirvió para enterarme de cuán bien se cotizan hoy los antiguos guerrilleros, cuán enchufados están especialmente en el Ministerio de Educación, muchos de ellos sin haber siquiera disparado un tiro el 4 de febrero.

Mi amiga no ha logrado cobrar todavía lo que desde tiempos de la IV República le deben en la alcaldía «liberada», pero sus apremios no le permiten echarse a morir por ello, y por eso ha seguido «moviendo las pailas» en el duro mundo del pequeño contratista de construcción.

Perseverante como es ella, con el nuevo año concurrió a la licitación de un contrato en una de esas fundaciones que se ocupan de construir y refaccionar escuelas y liceos. Como ya estaba advertida, se apalabró primero con un antiguo jefe guerrillero, papá de una de sus colegas.

La idea era que el papá de su amiga le presentara al ex jefe guerrillero que está al frente de la fundación. La ocasión ideal sería un foro sobre los cambios y el proceso y la vaina en el que participaría el directivo bolivariano.

Amanda pasó puntualmente a recogerlo. El hombre anda algo cegatón pues sufre de una retinopatía asociada a la diabetes y al ron Cacique 500. La hija del guevarista se negó a dejarlo salir a la calle sin afeitarse y en su facha habitual de flux marrón con franelita de la Polar debajo y zapatos se goma Keds negros.

Entre acicalarlo y buscarle los lentes extraviados a última hora, salieron con cuarenta minutos de retraso. Amanda acababa apenas de conocer al ex guerrillero y en el trayecto trató de romper el hielo:

—Abuelo, ¿y en qué frente guerrillero estuvo Ud.?

—¿Ah?

—Que en cuál frente guerrillero…

—¿Qué si traje el dinero? ¿Cuál dinero?

—No, yo hablo es del frente guerrillero.

—Si, es verdad: pega más frío en enero.

2.

Se sentaron en las filas del fondo del auditorio. El mesón de ponentes parecía el presidium de una convención de reencuentro de antiguos combatientes. Sólo que esta vez cada ex combatiente representaba a un organismo distinto de la administración estatal.

Amanda notó el disgusto creciente del abuelo que resoplaba indignado al paso que hablaban los ponentes. Chistaba incrédulo a cada rato y se removía inquieto en su asiento hasta que en una de esas se volvió hacia ella con expresión de no aguanto más:

—Lo lamento el alma, Amanda, pero yo me voy de esta vaina.

Sin comprender todavía qué había pasado, Amanda pudo darle alcance en la calle y le costó lo suyo convencerlo de que la dejara llevarlo a su casa. No entendía la actitud del abuelo y se lo dijo mientras esperaban el guiño verde de un semáforo.

—Es que no puedo estar en el mismo sitio donde esté ese farsante, ese blandengue, ese revisionista, ese cobarde del Comandante Poca Prisa .

—¿Y quién es el Comandante Poca Prisa ?

—¿Qué? ¿Cómo dices?

—Que quién es el Comandante Poca Prisa.

—El que estaba sentado de segundo, de izquierda a derecha, al lado del que fue delator y que no nombro porque me da asco. Poca Prisa es un claudicante, un aliado objetivo del enemigo de clase. En 1962 tiramos juntos una ación de expropiación revolucionaria y él...

—¿Expropiación revolucionaria? —y esta vez Amanda alzó la voz para hacerse oír del abuelo sordito.

—Sí: asaltamos un sellado del cinco y seis por allá por Los Dos Caminos. Poca Prisa comandaba la acción y cargaba una tartamuda calibre 7,63 de fabricación checa, pero era él un cagueta y con los nervios se le fue una ráfaga y un portugués que estaba sellando cogió unos tiros en las canillas pero al que agarraron fue a mí. Saca la cuenta que yo me fui con el «fraccio» estando todavía preso en Ciudad Bolívar por culpa del coño de su madre de Poca Prisa .

—¿El «fraccio»? ¿Y qué rayos es el fraccio?

—Ni Elías Jaua ni tú seguramente habrían nacido cuando eso, carajita: nos fuimos con Douglas Bravo en el 66 los que no estábamos con ese antifidelista pequeñoburgués de Teodoro Petkoff que ahora toda la burguesía adora. Nos acusaron de fraccionalistas; por eso lo de «fraccio». ¡Míralo ahora a Poca Prisa! ¡Quien lo ha visto y quien lo ve: de una Unidad Táctica de Combate a director de un instituto descentralizado.

—Pero todo eso que me cuenta pasó hace casi cuarenta años, abuelo.

—Pero yo no olvido. ¿Revolucionarios esos inconsecuentes? ¡Ja! ¿Sabes cómo los llaman ahora? «Comandantes Veinte Por Ciento»: eso es lo que están pidiendo de comisión. Eso es lo que te van a pedir para darte el contratico de remodelación de una escuelita en la carretera vieja de La Guaira. Y eso si sales con bien. Los adecos pedían el diez; estos quieren recuperar el tiempo perdido y piden el veinte. Claro, te dirán que no es para ellos sino para la revolución bolivariana, para las etnias en extinción, para los niños desplazados por el Plan Colombia, qué sé yo. Los conozco a todos, mi amor: empezaron por alquilarle los hierros y el modus operandi a los malandros asaltantes de bancos para ir a medias con ellos. ¡Ahora otorgan contratos! ¡La derecha sifrina se alarma sin motivos creyendo que lo que viene es La Habana en el 61. Domingo Alberto Rangel y Paco Vera la razón cada uno por su lado: esto no es revolución ni es un carajo. Perdona lo malo y déjame por ahí tirado. Si es por La Hoyada me sirve.


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