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Crónica analfabeta y alarmada

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 12 de febrero de 2000

I

Hace varias semanas y en el transcurso de una entrevista concedida a este matutino, pedí al presidente Chávez que, para beneficio de nuestros lectores, discurriese en voz alta en torno a la aprensión que entre nosotros, los civiles, suscita la nutrida representación militar en el Gabinete, en el resto del aparato del Estado, en Pdvsa, en la gerencia alta y media de los planes sociales, en los planes de desarrollo del país, y ahora hasta en el primer plano de la disputa interna del principal partido de gobierno.

Al parecer, según el Presidente, esos prejuicios y aprensiones fueron instilados maliciosamente en el ánimo del común de la gente en fecha muy cercana: durante dictadura gomecista.

Castro y Gómez —siempre según la visión del Presidente— fundaron una academia militar y le hicieron adoptar un diseño curricular prusiano, acorde con su visión autoritaria de la vida.

Allí comenzó, afirma el Presidente, la divergencia entre civiles y militares. Según él, fue entonces cuando se echaron a rodar en el ámbito castrense los tópicos del descrédito del mundo civil, su minusvalía respecto de lo militar, la conseja acerca del bochinche, el desorden, la corrupción y, en general, la deplorable condición moral de los civiles, por oposición a la disciplina, eficiencia, patriotismo, rectitud y transparencia administrativas que, como virtudes teologales infusas, adquieren los cadetes cuando se hacen subtenientes.

Esto no siempre había sido así, gusta de ilustrar el Presidente. En un pasado no tan remoto, que para los fines de su elaboración, él sitúa en los inicios de la República —y lo cito—, «pueblo y ejército eran una misma cosa».

La imagen, de cariz decididamente maoísta, que utilizó el Presidente —«el ejército se movía en el seno del pueblo como el pez en el agua»— no dejó de chocar con lo que siempre tuve por cierto; esto es: que los próceres de 1811 y, en general, el mantuanaje radicalizado de la Sociedad Patriótica, encabezados por Bolívar, Ribas y un buen contingente de la jeunesse dorée caraqueña, no habían podido contar con el apoyo de los «patenelsuelo», quienes no sólo se mostraron renuentes a seguirlos en el proyecto independentista, sino que, llegado el momento, se pusieron artera y entusiastamente, como magallaneros dirigidos por Phil Reagan, bajo las banderas leales al rey y a las órdenes del tremebundo Boves.

El soberano se portó entonces tan idiosincráticamente antiparabólico en materia independentista que puso al Libertador en el trance malhadado de tener que decretar la «Guerra a Muerte» para hacerles ver de dónde son los cantantes y de qué lado convenía estar.

Lo de la guerra a muerte —en rigor, lo de que el pueblo no quiso ser ejército libertador— no es precisamente una elaboración académica «puntofijista»: es cosa tan tenida por cierta que el episodio inspiró lecturas obligatorias del bachillerato, anteriores a la célebre resolución 259, tales como Las lanzas coloradas, del insumergible Úslar Pietri y el bestseller venezolano Boves el Urogallo, del inolvidable Pancho Herrera Luque.

Así que lo de que pueblo y ejército nacieron el mismo día, ¿de dónde habrá salido? ¿Del programa básico de la Resolución 259?

II

Durante el trecho de vida del siglo XIX que convencionalmente se da en llamar «republicano», desmembrados ya de la Gran Colombia, prosperó entre nosotros un volátil y pendenciero tipo de ciudadano que era al mismo tiempo «doctor y general», protagonista de casi cincuenta años de inestabilidad institucional y de violencia pandémica.

En este hecho igualmente incontrovertible —que hubo alguna vez «doctores-generales» jefes de montoneras y figuras primordiales de la anomia y la anarquía—, la soltura interpretativa del Presidente encuentra una continuidad de lo mismo que afirma que hubo en los días fundacionales de la nación: pueblo y ejército fundidos en una misma cosa: «Se era doctor y general, campesino y soldado; Zamora usaba sobre el sombrero de cogollo el quepis de militar».

El Presidente invoca esa imagen y le da una torsión esencialista y, sin duda, especiosa: la de que el ejército entre nosotros fue en sus orígenes una emanación del pueblo y no un constructo organizativo de una élite, el brazo armado del designio independentista de algunas fracciones mantuanas y que llegó, con el tiempo, a hacerse estamento político, cerrado y hegemónico.

Por el contrario, él logra «estirar un punto de vista», como diría un anglosajón, hasta el punto de atribuir raigambre y parentesco mitológicos al hecho de que el ministro Genatios, investido de autoridad única para la reconstrucción del estado Vargas, trabaje, ¿en pie de igualdad?, con el jefe militar de la zona de desastre.

Dicho de otro modo, la presencia militar en todos los ámbitos de la vida pública, no debería alarmarnos, sino más bien regocijarnos, porque entraña una vuelta a los orígenes, la reinstauración de un orden natural perdido.

El Presidente entiende la alarma que la preponderancia de lo militar sobre lo civil agita en muchos civiles venezolanos, como un resabio de la desnaturalización de lo que, en sus inicios, había sido una armoniosa conjunción, un «monopalpitar de corazones», como dice la gaita.

III

Yo, en cambio, persisto en creer —modestamente y con la visión convencional que de este asunto prevalece— que la desconfianza, y en muchos casos vergonzosos pero explicables, el culillo amarillo que infunde lo militar en los civiles, tendrían más bien que ver con acontecimientos cuya enumeración en esta crónica sería morosa y prolongada, pero que groseramente hablando, comienzan con la Guerra de Independencia, un tiempo en que las destrezas jurídicas, contables y ministriles de los civiles se cotizaban poco.

Se convendrá además en que después la gesta emancipadora (de cuyas glorias todo el que porta uniforme se siente, no digas tú heredero, sino detentador), en este continente ha pasado cada cosilla en los últimos doscientos años como para por lo menos «tenerles idea» a los militares.

Bastaría volver boca abajo cualquier diccionario histórico latinoamericano y sacudirlo un poco para ver caer de él todo tipo de desmesura, de atropello e infamia, siempre en nombre de la patria y la salvación nacional, en la que han sido siempre los civiles las víctimas: Velasco Alvarado que insurge contra la corrupción e ineptitud y termina por quebrar la economía de un país; los genocidas de Centroamérica y del Cono Sur.

En la versión que da Chávez de las relaciones entre militares y civiles en Venezuela hasta la aparición del MBR200 y el MVR, el problema se ve resuelto con una fabulización acerca de una singularísima edad de oro —pueblo y ejército fueron la una y la misma cosa— a la que el proyecto revolucionario chavista procura que volvamos algún día.

Característicamente, Chávez refiere que el cambio de actitud de los militares venezolanos hacia el mundo civil se debió entre otras cosas, al diseño curricular que en la Academia Militar comenzó a regir en tiempos del primer gobierno del doctor Caldera. Tiene palabras de afecto para el director de entonces, general Osorio, y construye un relato según el cual la generación de oficiales a la que pertenece es ilustrada, demócrata y que por ello se obligó a liquidar en su ánimo todo prejuicio, toda aversión por el mundo civil.

Pero adviértase que se trata de una condescendencia: son ellos quienes nos juzgan más benévolamente. Quizá tengan razón: luego de haberles otorgado un fuero estamental en la Constitución del año 99, no deberían guardar para los civiles de la coalición ninguna animosidad militarista.

IV

La más reciente manifestación que nos ofrece el militarismo criollo ha sido la declaración de tres de los comandantes del 4 de Febrero.

En la superficie, se trata de denuncias de corrupción de los más caracterizados personeros civiles del alto gobierno. Mi amigo Javier Elechiguerra vive ahora los momentos para los que se ha venido preparando toda su vida y todos contamos con que la independencia del Poder Moral respecto de Miraflores prevalecerá.

Lo que se denuncia no son conchas de ajo y políticamente está cargado de riesgos para el presidente Chávez, quien anda en plan de procurar su «relegitimación»: una acusación de este calibre a comienzos de su mandato, proveniente de tres de los más caracterizados conjurados del 4 de Febrero difícilmente puede despacharse con el consabido «las águilas no cazan moscas» o como una insidia desestabilizadora de la irreductible Marta Colomina.

Para no hablar de la imponderable reacción del soberano ante el desencanto que ella traería consigo, si es que llega a establecerse la verdad de las acusaciones.

Pero, al margen de ello, resulta sugestivo el que hasta ahora Chávez había deslindado interesadamente los campos entre cúpulas corruptas «puntofijistas» y bravo pueblo expoliado y decente y que los comandantes deslinden ahora el campo a «la gente que estuvo metida en la vaina el 4 de Febrero» y toda la demás gente, lo que vimos todo por televisión.

¿A qué viene esa invocación permanente del juramento de una logia militar conspiradora?, ¿a qué la distinción recurrente que hacen Arias Cárdenas y los suyos entre los que estuvieron y los que no estuvimos?

Tengo para mí que el propósito ulterior de estas denuncias de corrupción, hechas por los integérrimos comandantes, de uno de los cuales se afirma que se ha hecho construir una casa de 700 millones de bolívares —¿con los salarios caídos durante su retiro forzoso del Ejército?— es la exclusión de los civiles del Gobierno. De cualquier civil y de cualquier gobierno.

La oposición, todavía dispersa y confundida, haría bien en alcanzar un acuerdo y pronunciarse en el sentido de exigir, enérgicamente y en bloque, en representación de los vastos sectores de la sociedad civil que ciertamente representan, que se suspenda de modo perentorio e indefinidamente la orden de reincorporación de los oficiales insurrectos el 4 de Febrero.

Al menos hasta que sepamos (Chávez, que es parte particularmente interesada, y todos los civiles inermes que no participamos en el glorioso 4 de Febrero) de qué rama del Samán de Güere se constituirían en brazo armado si regresasen a los cuarteles y sus candidatos saliesen con las tablas en la cabeza el día de la megaelección.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca



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