|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
Cubanos El Nacional, sábado 17 de junio de 2000 «Ni engaño vil, ni mentiroso adulo» José Martí 1. Hallábame un día en La Habana (¿porqué las anécdotas suelen comenzar con esa transposición del reflexivo?: «hallábame», «encontrábame», etc.), hace unos pocos años, y un buen amigo mío, que por entonces trabajaba en el Ministerio del Interior, fue a rescatarme del «ambientico» del Festival de Cine. Este amigo puede jactarse de que conoce bien a Venezuela. Pero me conoce mucho mejor a mí. Y por eso sabía que yo lo iba a pasar mucho mejor lejos del Hotel Nacional y de la nube de insufribles cineastas y actrices de toda latitud. Mi único deber era leer guiones, como jurado que era de ese rubro. Chico, no te ocupes: esos guiones los puedes leer en cualquier parte opuso mi amigo, de lo más persuasivo, invitándome a abordar su vetusto y traqueteante cuatro cilindros polaco. Con su concurso pude entrevistar a alguien que me interesaba más que los pareceres de Senel Paz, Alfredo Guevara, Ambrosio Fornet o Abel Prieto: a la responsable del avanzadísimo centro de biotecnología cubano: una joven científica de excepcional talento que sólo recientemente había ingresado al Buró Político o como lo llamen allá. Pasé una tarde escuchándola hablar de las contorsiones que Cuba debe hacer para burlar las crudelísimas condiciones internacionales del negocio de los fármacos. De los derechos de propiedad intelectual, de las sórdidas e inenarrables maniobras con que el «rey mercado» busca apoderarse de esos derechos y de esas patentes sin pagar a Cuba lo debido. De las extorsiones propias de un mercado colosal: tremendo reportaje; Ud. me entiende. Reportaje sobre la biotecnología cubana que me costó colocar porque, aunque por entonces ya trabajaba más o menos free lance para El Nuevo Herald de Miami, no estaban allí interesados en lo que un venezolano políticamente inclasificable como yo tuviera que decir sobre el criminal embargo de que Cuba es objeto desde hace cuarenta años. Pa que Ud. vea lo que son las cosas, comai: terminé vendiendo el reportaje a un matutino gringo, el San José Mercury News, manejado por californianos, yuppies catiritos y de ojos azules. 2. Mi vieja fue maestra de escuela. Y de las buenas. Tenía ella mala opinión de los Versos sencillos de José Martí. Pensaba que lo mejor de Martí estaba en La Edad de Oro, en su último diario de campaña; le gustaba mucho Dos patrias. Pero yo sigo pensando que la vieja era injusta con sus Versos sencillos. Fue ella quien un día de mi infancia, pasando por la cuadra que baja de Jesuitas a Veroes, se detuvo para señalar una casa y me dijo que allí había dictado clases José Martí para ganarse la vida durante su estancia en Caracas. Y que ya entonces lo apodaban «Pepito Ginebra» y que había embarcado al buenazo de Cecilio Acosta, un gran venezolano sin duda, pero probablemente el tipo más pánfilo para los negocios que podía hallarse en la Venezuela de Guzmán Blanco. Pepito Ginebra le propuso a Cecilio hacer una revista de la que apenas alcanzó a ver la luz el primer número. ¡Pero qué clase de revista, señores! Llegado el momento, el «autócrata civilizador» expulsó al cubano de Venezuela. Con todo, hay una cuarteta martiana que mi vieja distinguía y que aprendí de ella. Es esa que reza: «Tiene el leopardo un abrigo/en su monte seco y pardo/yo tengo más que el leopardo/porque tengo un buen amigo». Fue con los dos primeros versos de la cuarteta que quise hacer un brindis con mi amigo, el curtido funcionario del Ministerio del Interior cubano. Habíamos ido a un «paladar», o restorán regentado por particulares eran legales por entonces; no sé cómo será la cosa ahora, en una casita que estaba por allí, por Santos Suárez, sector habanero que en mucho me recuerda a Propatria y a lo que fue en un tiempo mi natal Prado de María. Alcé mi copa y declamé, cursilón y ya bastante achispado: «¡Tiene el leopardo un abrigo/ en su monte seco y pardo!». Y justo cuando esperaba que mi amigo completara la cuarteta, me brindó él una llamarada de cubano humor a costa propia y preguntó: «¿Es jinetero el leopardo?/¿De dónde sacó el abrigo?» Una salida de esprit que habla de que existe vida inteligente más allá de las fronteras ideológicas. 3. Disfruto mucho al anticipar que este es el tipo de artículo que saca de quicio a muchos lectores de esos que quisieran que el mismo tipo (yo mismo, Ibsen Martínez) que hace poco satirizó sangrientamente el proyecto chavista de empeñar los recursos de Pdvsa en reactivar la refinería de Cienfuegos, se sumase a la «denuncia» de que hay «Rambos» cubanos en Venezuela. Con ellos en mente escribo esta efusión «martiana», sugerida por el ridículo protagonizado por el Frente Institucional Militar que ayer nomás tuvo una explicación con el Ministro de la Defensa. Salieron del encuentro tartajeando que todo había sido un malentendido, tratando de minimizar el grotesco papelón de andar denunciando comandos castristas sin evidencia digna de ese nombre. El video que muestra un avión comercial cubano carreteando en una pista no sería aceptado como evidencia de intervención extranjera ni en el Consejo de Seguridad de la ONU en los más espeso de la Guerra Fría. Con todo, yo quiero denunciar que sí, que es cierto, que sí hay cubanos en territorio nacional. Mis suegros son testigos: viven en Caruao, en una pequeña propiedad campestre cercana al mar. Allí los lugareños hablan de «El Cubano». Te tomas una cerveza en el malecón y oyes decir cosas como: «El cubano me dijo, el cubano estuvo, el cubano hizo, el cubano fue, el cubano vio a la niña, el cubano recomendó». El tenebroso y ubicuo cubano es el médico que los asiste desde diciembre pasado. Llegó allí formando parte de un equipo de dos cubanos. Pero dos cubanos en Caruao eran como Kirk Douglas y Burt Lancaster en un mismo western, así que uno de los dos tuvo que irse del pueblo. Pero el que queda hace prodigios con los menguados recursos de la medicatura, desierta esta última de titular desde que, hace ya bastante tiempo, la doctora encargada de ella terminó su período rural reglamentario. Comentan los guasones de Caruao, comandados por mi suegro, que el cubano ha ganado peso desde que llegó a Venezuela. Se ha sabido que suele discutir con Josefa Ugueto, la dueña de la más antigua y afamada posada del pago, pero no sobre cuestiones ideológicas, sino sobre la sazón en los fogones. El cubano es, en definitiva, un vecino más de Caruao que paga un venezolano diezmo igualitario por vivir allí: es el médico, pero nadie lo llama «doctor» sino, simplemente, «El Cubano». En La Sabana, un poco más al oeste, la densidad de perversos milicianos exportadores de la Revolución es mayor: se han avistado hasta ¡catorce! peligrosísimos comandos. Arteramente todos usan la misma cobertura y se hacen pasar por médicos y por personal sanitarista. Se me hace que a los organismos de seguridad del estado les va a ser difícil reconocerlos. Resultan indistinguibles de la población local porque algunos de ellos han tenido la perversidad de ser negros, igual que la mayoría de los lugareños. Y andan por ahí, con esa cualidad infectocontagiosa que tiene el habla cubana, de modo que los jóvenes de La Sabana ya dicen «comemiedda», «¡mira para eso!» y hasta solicitan el «paro médico» para justificar inasistencias a la escuela. Pronto no se sabrá en La Sabana quién es quién y no creo que al cabo importe mucho porque se trata de cubanos, apreciados generales del Frente Institucional Militar, no de monstruos. En toco caso, ni más ni menos monstruosos que el habanero aquel, sin patria pero sin amo, pequeñajo, aficionado a la ginebra y a los lances de amor, que un buen día buscó a nuestro Cecilio Acosta para juntos poner en la calle una revista y a quien Guzmán Blanco hizo expulsar de Venezuela, país donde sólo había venido a servir y a iluminar.
|
|||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|