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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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El mundo según la Dirección General Sectorial

El Nacional, sábado 22 de enero de 2000

Considere el lector las siguientes frases o proposiciones: «Participación en conversaciones acerca de lo dañino del control partidocrático de instituciones del Estado que asumen determinados líderes políticos a partir del pacto de Punto Fijo», «elaboración de textos escritos sobre el Gobierno del presidente Hugo Chávez Frías», «emite juicios críticos sobre las ventajas de la caída del régimen del pacto de Punto Fijo», «actitud reflexiva ante la revolución pacífica y democrática iniciada en el Gobierno del presidente Hugo Chávez Frías», «valoración de la importancia de las Sociedades Bolivarianas Estudiantiles».

Suenan como parte de un instructivo para algún retiro espiritual organizado el MVR, ¿no es cierto? Algo así como las actividades en torno a la fogata prescritas en el «manual de los cortapalos» de alguna tropa «boy scout», de «lobatos» del Polo Patriótico.

Nadie podría culpar a quienes imaginan siempre lo más funesto si llegan a figurarse que las frases citadas describen las metas a cumplir en un campo de reeducación de disidentes.

Pues bien, ni lo uno ni lo otro, sino algo que reclama sin embargo toda nuestra atención porque las frases citadas son fragmentos del programa del sexto grado de educación básica vigente desde el día 14 de diciembre del año pasado, fecha en que fue publicada en Gaceta Oficial de la República la resolución Nº 259 del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes.

Entre los considerandos de la resolución, firmada por el ministro Navarro Díaz el 1º de diciembre del mismo año, está el de que el Ministerio a su cargo es «el rector del sistema educativo y por lo tanto debe diseñar y ajustar los planes de estudio según la realidad nacional».

El articulado de la resolución establece que «a partir del año escolar 1999-2000, en la educación básica, segunda etapa, se impartirá un nuevo diseño curricular en el área de Ciencias Sociales que está integrada por los programas de Historia de Venezuela, Geografía de Venezuela, Ética Ciudadana e Identidad Nacional».

La resolución «deroga los programas de estudios en el área de Ciencias Sociales administrados hasta el año escolar 1998-1999», los cuales seguramente el lector, igual que yo, creía aún vigentes. La administración y ejecución de los nuevos programas de estudios del área de Ciencias Sociales son, como cabe esperar de una resolución ministerial, «de carácter obligatorio para todos los planteles oficiales y privados que administran educación básica, segunda etapa».

Formulada en términos dramáticamente gráficos, esta información significa, por ejemplo, que para ayudar a sus hijos cursantes de sexto grado a hacer la tarea cualquier miércoles en la noche, un honrado ciudadano venezolano que no sea afecto al Gobierno del presidente Chávez, que no haya votado por él, que discrepe del rumbo que toman los asuntos públicos en Venezuela, que no esté —como es su derecho inalienable— particularmente ganado por el fervor bolivariano,, o que juzgue, por ejemplo, y como lo hace tanta gente sin necesidad de pertenecer al CEN, que Acción Democrática legó al país unas cuantas cosas que no están del todo mal, se verá ante una disyuntiva inhumana: tragarse un sapo vivo al tratar de sacar razones de su propio magín sobre «las ventajas de la caída del pacto de Punto Fijo» o apartar a sus hijos del sistema de educación formal.

Es ostensible, chambonamente ostensible la intención adoctrinadora que entraña esta preceptiva escolar cuya lectura remite sin remedio a la España falangista y a las organizaciones de pioneritos de la Cuba de Castro.

II

La prosa y la fraseología del nuevo Programa Básico —farragosa, maximalista, sin respiración, sin esos entresuelos tan útiles que son las comas y los puntos seguidos— dejan ver que quienes lo elaboraron están imbuidos de una de las más dañinas puerilidades que nos dejaron las ideologías del siglo XX, de uno u otro signo: la idea de que se puede actuar transitivamente para influir de modo direccional en el misterio que rige la formación de las convicciones y los pareceres humanos.

De ahí la «ingeniería social», la modelación de actitudes, la acción sobre el espíritu incontaminado de niños y jóvenes que mueven, muchas veces de buena fe, a tanto educador o planificador económico o sanitarista «revolucionario» de esos que piensan que, antes de su llegada a la administración pública venezolana, nada hubo, nada se hizo, todo sin excepción fue perfidia, mentira, corrupción, robo y vagabundería «puntofijista».

Se percibe también a ratos en el programa un «tumbaíto» de incalificable adulación que bordea el culto a la personalidad.

Pero, sin duda, entre lo más inquietante se cuenta ese calculado trastear con la verdad histórica que traspasa al Programa Básico y lo lleva a calificar, por ejemplo, las acciones del 18 de octubre de 1945 de «golpe de Estado que derrocó al gobierno de Isaías Medina Angarita», mientras que las intentonas del 4 de febrero y del 27 de noviembre del 92, son descritas, perifrásticamente, como hitos o síntomas de la «crisis del Pacto de Punto Fijo».

De torsiones instrumentales hechas a la medida y de usos políticos de lo histórico estuvo plagado el siglo pasado en toda latitud y régimen político; no es un achaque exclusivamente totalitario. Confiamos en que habrá «analfabetas» que sabrán poner de bulto las mezquindades y desatinos del Programa Básico.

Lo verdaderamente inadmisible es que se trate de inducir tesis políticas, siempre respetables para un demócrata, pero indudablemente debatibles, en lo que no debe ser más que un programa de estudios para chamos cuya edad ronda los 12 años.

III

Sectario y excluyente fue el gobierno adeco entre 1945 y 1948. Y sin embargo, tuvo aciertos irreversibles que marcaron el modo venezolano de entender el juego democrático y sus virtudes: no pueden despacharse esos tres años, importante trecho de nuestra historia contemporánea, con la ligereza con que lo hace el programa básico.

El moderno sistema educativo público venezolano, que llegó a alcanzar cotas de excelencia hoy perdidas, no fue por lo demás, hechura exclusiva de los adecos: fue también hechura de López Contreras, y de patricios medinistas como el doctor Vegas, y de comunistas y de socialcristianos.

IV

Estudié sexto grado y comencé la secundaria durante los mil ochocientos veinticinco trepidantes días de Betancourt, días tan fundacionales y republicanos como se pretenden los actuales.

No bien el sol se ocultaba, comenzaba el intercambio de regalos entre las Unidades Tácticas de Combate de las FALN y las fuerzas policiales del Gobierno en las barriadas de Caracas cercanas a mi casa: era lo más espeso de la lucha entre los ahora llamados «puntofijistas» y los por entonces llamados «extremistas». Adecos y «ñángaras» se jugaban el todo por el todo.

Y aun así, el ciertamente soporífero manual de historia de Venezuela de Siso Martínez y Humberto Bártoli jamás me propuso entre sus ejercicios hacer distinciones ni tomar partido entre el «padre de la democracia» y los protervos agentes del castrocomunismo.

Ni a Rafael Pizani ni a Reinaldo Leandro Mora les dio por poner al parvulario a parir temas de composición, periódicos murales, actividades extracurriculares, manualidades ni figuras de plastilina acerca de las bondades del pacto de Punto Fijo puestas en comparación con Pérez Jiménez o con las directrices emanadas del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de Venezuela.

A buen seguro esa contención en la formulación de los planes de estudio no venía dictada por ninguna ontológica superioridad adeca en materia educativa. Adviértase al respecto que lo que nos dejó sin sistema educativo público digno de ese nombre fue la desmesurada masificación demagógica y el sindicalerismo adeco, pero no precisamente lo curricular.

He nombrado a Pizani, el inolvidable ministro Pizani: no es casual que el volteriano maestro Luis Beltrán Prieto, factor indiscutible de todo lo mejor y de todo lo democrático y antielistesco del magisterio venezolano de antier, no fuese ministro de educación en el gobierno Betancourt del 58.

Habían aprendido los adecos, a raíz de derrocamiento de Gallegos y el exilio que le siguió, una lección que ojalá, para su bien y el de todos, sepa ahorrarse el chavismo: nada hay más movilizador de la capacidad de resistencia de sectores de la sociedad, los cuales de otro modo no se resolverían a hacerse beligerantes, que la intrusión del Estado o el gobierno en el modo en que libérrimamente los padres conciben la educación de los muchachos.

La resolución 259 del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes bien puede traer sobre el chavismo consecuencias similares a las que atrajo sobre sí Acción Democrática con su torpemente sectario y tristemente célebre Decreto 321.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca


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