Caracas, Jueves, 17 de abril de 2014

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Dios se lo pague

El Nacional, lunes 6 de agosto de 2001

1.

La clase media venezolana se ha provisto últimamente de un ojo para los indigentes.

Quizá lo justo sea decir «la clase automotriz venezolana se ha provisto últimamente de un ojo para los indigentes» porque es difícil discernir hoy día qué desdibujada cosa podrá ser la clase media venezolana y porque el fenómeno que entretiene esta crónica abulta más en los semáforos.

¿Qué me dice Ud. de esa levísima crispación, ese mínimo hormigueo de alerta que riega la trastienda mental de la conversación mientras viajamos en carro por la ciudad justo cuando se avista a un indigente apostado junto al semáforo?

Ud. ya habrá notado que la clase automotriz hace punto de honor en no interrumpir la parrafada con exclamaciones del tipo «mírame esta vaina». Al contrario, la conversación no se interrumpe ni pierde pie: del mismo modo que el vidrio ahumado tiene por función opacar la cabina y no dejar ver desde el exterior a los viajantes, la conversación de los viajantes se densifica hasta velar todo contacto visual con el malviviente escrofuloso que acecha la mirada del conductor.

Los hay muy taimados que, advertidos de esa feble estrategia del chofer, se plantan frente al carro y despliegan sin recato una rutina taladrante y vieja de siglos que consiste de extorsionar de los viajantes una emulsión de asco y piedad mostrando úlceras y magulladuras y feroces muecas de mugroso desamparo.

Las idealizaciones literarias del mendigo gustan pensar que serenamente decidió excluirse del sistema, y que arrostra con galana entereza todas las consecuencias. Que un desengaño amoroso, un desvío de la fortuna mal encajado lo llevó a ese apartamiento, por otra parte convencional y respetuoso de las convenciones.

Así, el clochard parisino infundió filosofía a más de una figuración novelesca. Cortázar veía en el clochard una advocación del cronopio, arquetipal negación de lo adocenado y lo burgués, un embajador de lo Otro viviendo bajo los puentes del Sena.

Hace muchos años, Salvador Garmendia me propuso escribir a cuatro manos una paráfrasis de Dios se lo pague para el canal de televisión en el que, según su expresión, él y yo éramos compañeros de ergástula.

2.

Dios se lo pague había sido uno de los más indiscutibles éxitos de la cinematografía argentina, en un tiempo en el cual nuestro propio cine nutría las representaciones que de sí mismos hacían nuestros pueblos.

Basada en una pieza teatral original de Joracy Camargo, la película, dirigida por Luis César Amadori, estaba protagonizada por Zully Moreno (una carismática actriz porteña y rubia) y por el impasible Arturo de Córdova, encarnando algo que debería haber sido un doble personaje y no alcanzó a serlo.

Rodada por completo en estudios en 1948, y a pesar de un guión demencialmente complicado, Dios se lo pague tocaba misteriosamente un acorde cuya dominante era el melodrama social y cuya tónica era una especiosa trama de resentimiento, de amores contrariados y de venganza.

Su enrevesada estrategia narrativa mostraba, sin embargo, más de un acierto. Uno de ellos era que Dios se lo pague discurría todo el tiempo sobre los pobres, sobre la inequidad y la pobreza, pero confinaba el argumento lo menos posible a un mundo de pobres y, en cambio, se adentraba en un mundo distinguido y selecto, un mundo de ricos rutilantes o de aspirantes a ricos rutilantes.

Cuando Garmendia me lo propuso acepté, confesando de paso que casi no la recordaba. El VHS no había aparecido todavía, así que para refrescar la memoria tuvimos que ir a verla en la sala de proyección privada que Pelimex tenía en un edificio de la Avenida Las Palmas.

3.

Arturo de Córdova es un mendigo que ha desarrollado un penetrante método socioantropológico que le permite redondear diariamente una bonita suma. Al tiempo que mendiga, el enigmático Juca (que es como se llama el protagonista) filosofa lúgubres verdades sobre la injusticia social que dejan boquiabiertos a sus colegas mendigos, menos asertivos.

En realidad, durante toda la película, Juca no hace sino filosofar lúgubres verdades sobre la injusticia social: mendiga y filosofa lúgubres verdades, rescata de una redada a una bella cortesana (Zully Moreno) y filosofa lúgubres verdades, mientras la oculta de los policías que han venido a allanar el garito frente al cual mendiga.

Filosofa mientras la corteja, filosofa al hacerle el amor, filosofa cuando riñen. Y los temas de su filosofar son siempre los mismos: la hipocresía de la sociedad de conveniencias, la sencillez de los pobres, la alambicada hipocresía de los ricos, la candidez solidaria del pobre, la mala conciencia del rico, etcétera.

Sin duda, fue ese goteo de máximas sobre los ricos y los pobres, que durante 117 minutos empapa una alucinante sucesión de escenarios distinguidos (mejor dicho, la ilustración cinematográfica de la idea que se hace el común de los que son los ambientes de los ricos), lo que sedujo decididamente a los espectadores de todo el continente.

Al paso que trabajosamente progresa la trama, nos enteramos de que, sin dejar de mendigar ni de filosofar, Juca ha llegado a juntar suficiente dinero ¡para adquirir un paquete accionario en una exitosa corporación!

Tanto stock accionario ha adquirido que ahora le toca un puesto en la mesa directiva. Los directivos de la corporación ignoran quién pueda ser su socio aunque lo conocen. O casi lo conocen: el mendigo que es Juca es también el anfitrión, siempre ausente, de rumbosas recepciones ofrecidas en una despampanante mansión del vecindario más distinguido de la ciudad.

Pero Juca nunca está —este uno de los gimmicks del suspenso en Dios se lo pague— porque está mendigando. Quien lo excusa y atiende a los ricachones es la bella Zully, a quien Juca ha rescatado para entonces de la perdición.

Un momento inolvidable de Dios se lo pague, un paraje antológico del cine hispanoamericano, ocurre cuando, apenas comienza el filme, Zully recibe la invitación de un anónimo benefactor que ha cancelado su cuenta del hotel, justo cuando se disponían a poner en la calle a la bella cortesana en desgracia. El anónimo protector no es otro que Juca, el mendigo que la rescató de la redada.

Juca llega al palco de la ópera, pero como ahora no lleva puesta la barba postiza ni el traje hecho jirones de diario, sino que viene de riguroso tuxedo y con un coqueto bigotillo, Zully no lo reconoce y lo toma por un millonario excéntrico que quiere levantársela.

Juca interroga discretamente a Zully sobre sus relaciones con el bajo mundo y ella responde con evasivas de muñeca brava. Todo esto mientras en el escenario se desarrolla una ópera de Wagner.

Justo cuando comienza el «coro de los peregrinos», Zully dice «basta de hablar de mí; hablemos de Ud. ¿Quién es Ud.?»

La cámara cierra el foco lentamente sobre el semblante de Juca que se nubla de lúgubre verdades sobre los pobres y los ricos, quien responde, inescrutable:

—Hablar de mí con música de Wagner de fondo me parece una pedantería.

El mendigo culto e irónico: el epítome de la idealización del mendigo.

4.

Imposible idealizar de modo parecido al mendigo caraqueño del siglo XXI, y para el caso, al mendigo de la megalópolis latinoamericana del siglo XXI.

Está en el grado cero de la exclusión: es impecune, es nómada, es drogadicto, no ha asistido a la escuela, no está expuesto al dispositivo social de circulación de mensajes, noticias e ideas, no se beneficia ni siquiera del aparato clientelar del estado de beneficencia, más bien lo espantan de los hospitales al avistarlo, no protesta, no participa, no filosofa. En rigor, no es un mendigo: es un indigente de alta performance cuya aparición siempre tiene un aire de asalto a mano armada. Su nueve milímetros es su sola pavorosa y lancinante presencia.

Lo peor que en todo esto va notando la clase automotriz es que los encuentros con él van dejando de ser del «cercano segundo tipo», según la clasificación que propone la escala de Spielberg: avistamiento alarmante sin interacción.

Cada día se aventura el mendigo más y más lejos de los semáforos y de las vías de paso forzoso para internarse en urbanizaciones, centros comerciales, edificios de oficinas, plazas abiertas. Cada vez más se advierte cruda competencia por esos espacios. Cada día más se ven rostros femeninos en esa bárbara indigencia. Crece cada día más esta goyesca demografía de recogelatas, jíbaros del mercado más ínfimo, el de los ripios del bazuko, de dementes que se avienen a vivir a cielo abierto en inhumanas comunas.

En la escena primordial del semáforo en rojo y el indigente aterrador, la clase automotriz cuenta al menos con el velo de su conversación sobre las desmesuras de Chávez, el descaro de Chávez, lo caradura de Chávez, la incompetencia de Chávez, el resentimiento social estimulado por Chávez y todos los etcéteras de Chávez, para no ver al prójimo que desde hace por lo menos un cuarto de siglo le hace muecas de demanda al otro lado del vidrio.

El es sin duda el caso extremo, pero no por ello deja de ser una avanzada oficiosa, un vesánico adelantado de la anchurosa humanidad de pobreza y exclusión que nos rodea y que se ha tornado inexplicable y enigmática a los ojos de una elite que se quedó sola con sus programas de opinión, sus politólogos y sus encuestadores.

Sola. Sin partidos, sin ejército, sin militar que dé un golpe ni adeco que arrastre al populacho, y sin poder contar a ciencia cierta con los gringos. Sin decidirse a contemplar la posibilidad de que su problema tal vez no sea Chávez sino, ni más menos, la pobreza.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca

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