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De doctores y plebeyos El Nacional, sábado 8 de enero de 2000 1.Estaba yo el domingo 2 de enero de este año dos mil en la población de Tabay, estado Mérida, como a las cinco de la tarde, haciendo una llamada a Caracas desde el teléfono público que está justo en la esquina sureste de la plaza Bolívar. El día estuvo despejado y desde donde me hallaba podía ver la sierra y también a un compatriota que, recargado contra una Cherokee modelo 92, bastante baqueteada por el uso, esperaba a que yo desocupara la cabina. El fenotipo perfecto del «amanecido» que anda por ahí de su cuenta, todavía bien «jalado» y en atuendo como de andar por casa: mono de trotar, pancita y koala. Barba de dos días, chancletas marca Speedo, una gorra de los Bravos de Atlanta y un vasito plástico con algo que de lejos lucía a mis ojos expertos como tres onzas de Ballantines seis años sobre las rocas. Y me miraba con marcada arrechera. En sus ojos rebrillaba el ánimo de saldar cuentas, de ponerme en mi sitio. Me resulta ya familiar esa mirada que anuncia increpación y mentada de madre: me la he buscado durante demasiado tiempo como para no reconocerla a tiempo. La reconozco como el epiléptico reconoce el aura que precede al ataque. Conozco a los dueños de esa mirada recriminatoria. Me da la impresión de que todavía no saben qué idea hacerse de mí. En un tiempo solía apenarme ese desencuentro, creía que la insuficiencia en la comunicación era todo culpa mía. Pero, visto en retrospectiva, creo que no ha podido ser de otro modo. Supongo que esperaban de mí una defensa de la democracia, tal como ellos la venían comprendiendo. Y de la economía de mercado tal como la vierte la cartilla del Cedice. En lugar de eso les he impuesto ¿o debo decir mejor «propuesto»? una relación de vaivén, de flip-flop: los irrito, los entusiasmo, los interpreto, los defraudo, los desconcierto, los irrito, y luego una vez más los interpreto y los entusiasmo y los defraudo y así nos va en la vida. Aprueban, por ejemplo, que haya manifestado mi desacuerdo con parte del articulado de la Constitución vigente en ocasión del referéndum. Lo interpretan como una «vuelta en mí», como el fin de una infatuación con Chávez. Y en ese caso soy un gran tipo y llueven los e-mails congratuladores. Pero cuando salgo y me descargo a los voceros del supremacismo racista y clasista que habla de Chávez como de un Idi Amin Dada barinés (como si Chávez no hubiese ganado legítimamente unas elecciones), cuando advierten que no ha mermado mi simpatía por todo lo que viene ocurriendo en mi país desde el 4 de febrero del 92, me llaman «irresponsable», «tonto útil», qué sé yo. Todo es buena cosecha, es lo que me digo. Al fin, son los mismos que despachan, con suprema ligereza y sin mayor examen, las observaciones ¡de Janet Kelly! insospechable de radicalismo resentido y naïf cuando dice que la constitución bolivariana es viable y cuando acierta en la diana al caracterizar la basculante musculatura moral de buena parte de nuestro empresariado: «La profesora del Iesa anda buscando un cargo en el gobierno». Al fin tuve que colgar, pero ni siquiera pretendí hacerme el loco porque en estos casos hacerse el loco es perfectamente inútil. ¿Eres chavista, Martínez? ¿O eres de la banda de los cuatro? ¿Por fin qué vaina eres tú? me espetó sin moverse de su sitio. Me conozco y puedo afirmar que si el tipo hubiese tenido cinco whiskies menos en el torrente sanguíneo me habrían dado las doce de la noche sentado en un banco de la plaza, tratando de hacerle inteligible mi posición respecto de lo que hoy día pasa en Venezuela. Pero el elemento estaba muy «enfogonado» conmigo; demasiado «jumo». Yo tenía el último ejemplar de este matutino de los que llegaron a Tabay. Así que por toda respuesta se lo entregué, desplegado en la página donde apareció mi gentil nota sobre el profesor Carrera Damas, mi opinión sobre sus opiniones y en general sobre quienes bauticé «damnificados de la IV República». Soy un jodedor clarividente. Y eso no tiene cura le dije, antes de desearle de todo corazón un próspero año nuevo. 2.De vuelta en Caracas, me zambullo en la prensa diaria y me someto a una dosis masiva de lo que algunos de los analistas más esclarecidos tienen que decir sobre lo que nos acontece desde hace una década. La mayoría pertenece a un estamento que en su ocasión llamé «gesticuladores del cambio»: esa parvada de doctores que, so capa de criticar al bipartidismo excluyente, en realidad aspiraba a heredarlo. Uno de ellos nos dice que el chavismo no es más que un desarreglo, una pataleta, mera sicología del resentimiento bajo el influjo de un sátrapa manipulador. Otro, como cabe esperar, nos pone a la Inglatera de la señora Thatcher como ejemplo y de paso me fulmina como «voluble»; según él soy un resentido drop out universitario. Otro quisiera que la lucha de clases no fuese ni siquiera mentada porque eso es como tentar al diablo. Según él, tal vez deberíamos repartir el «diamante de Porter» entre los prescolares. Diego Urbaneja toma turno para dictaminar que Chávez es apenas un buen agitador, pero en modo alguno un estadista. Oxonienses platitudes de sobremesa que escamotean una pregunta que él mismo debería responderse (ni siquiera respondernos, a estas alturas ): ¿Es Irene Sáez, su «refrescante» candidata a conducirnos al siglo XXI, esa ocasional hechura de AD y Copei que terminó, como cabía esperar, durmiendo con el enemigo y postulándose por Polo Patriótico, una «estadista»? Todos parecen contar con que al chavismo lo espera a la vuelta de la esquina un 27 de febrero. Con la ilusión de un súbito descenso de popularidad. Se consuelan, cada vez con más frecuencia, con el tópico de que es el nuestro un pueblo todavía ignorante, incapaz de discernir las verdades eternas del mercado, sujeto al embeleco de cualquier demagogo populista, etcétera, etcétera Se conducen como si el actual gobierno no fuese legítima emanación de unas elecciones. ¡Ah!, y todos se conduelen de que no exista una oposición que merezca llamarse oposición. Sin advertir que mientras persistan en subestimar a Chávez, en tenerlo meramente por un pasajero e inepto parvenu ávido de poder, mientras hurten el cuerpo a la noción de que las cosas graves de la vida tienen nombres sencillos nombres como «pobres», «ricos», «ladrones», «rabia», «caciques», «cogollos» y también «lucha de clases», de que está en marcha el desalojo de un elenco por otro y que esto no puede dejar de ser fragoroso y áspero, que la palabra «consenso» proferida en Venezuela suena demasiado a Copre, a Alfaro y Caldera jugando dominó en la trastienda no tendrán ni el espectro de una posibilidad de hacer oposición digna de tal nombre. En especial si no despiertan del desvarío narcisista y mediático de predicar entre conversos, si no comprenden que discurren todos los días en el vacío de sus columnas de prensa, de su entrevistadera endogámica, de sus programas de opinión donde todos opinan lo mismo, de sus foros que más bien parecen terapias de grupo, de sus listas de correo electrónico. El logro más señalado de Acción Democrática fue justamente franquear a los plebeyos ¡hermosa palabra! la entrada a la vida pública. Deberían ser ellos, los plebeyos, y no la comunidad internacional, los primordiales interlocutores de quien aspire a hacer oposición.
Roberto Hernández Montoya, Se solicita oposición competente |
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