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El compañero Eudomar Santos

Ibsen Martínez

El Nacional, sábado 9 de diciembre de 2000

Mono
Ibsen Martínez, El mono aullador
de los manglares
, Caracas:
Grijalbo-Mondadori, 2000.
Tuve un amigo de quien perdí la pista hace años.

Había sido durante muchos años tramoyista en Teatro Nacional, y por el tiempo en que trabamos amistad, estaba don Tomás todavía en los mismos menesteres, pero esta vez en el Teatro Alberto de Paz y Mateos.

Solía sentarse el señor Tomás en las escalinatas del Paz y Mateos, a la espera de que hubiese suficiente «quorum», bien para los ensayos, bien para las funciones, y allí iba yo a reunirme con él, a fumar un cigarrito y echar un párrafo sobre «la situación».

Don Tomás había sido «adeco octubrista», como él mismo solía definirse, para diferenciarse de Carmelo Lauría a quien sencillamente él no podía tragar.

Tenía la mar de cuentos sobre el trienio adeco, vivido como pudo vivirlo un venezolano de ese pueblo llano que irrumpió en el horizonte político del país el 18 de octubre del 45.

A propósito del 24 de noviembre del 48 contaba don Tomás una anécdota que nunca me cansé de hacerle repetir.

Don Tomás había entrado a militar en Acción Democrática a instancias de un compadre suyo, sindicalista de la fábrica de bombillos que alguna vez hubo en Maiquetía.

Ocurrió que en noviembre del 48 derrocaron al maestro Gallegos. Durante la crisis que precedió al golpe frío, y en el anticipo del mismo, la dirigencia de Acción Democrática instruyó a su militancia a aprestarse para la defensa a toda costa del gobierno popular.

En consecuencia, se desplegaron planes de contingencia que incluyeron el reparto de armas de guerra y la asignación de tareas de agitación y sabotaje.

A Tomás y a su compadre les entregaron sendos y vetustos fusiles Mauser, les dieron alguna munición y les asignaron un sitio para la defensa del primer gobierno que el pueblo venezolano se daba a través del voto universal y secreto.

Las instrucciones no eran muy precisas, pero tenían como premisa el éxito inicial del golpe reaccionario, e implicaban poder asestar un contragolpe, confiados los adecos en poder organizar la resistencia que habría de devolverle el poder al pueblo en corto plazo.

En efecto, durante unas horas, luego de la partida del derrocado novelista, un puñado de irreductibles se manifestó radiofónicamente desde Maracay, proclamando ser la legítima prolongación constitucional del gobierno depuesto arteramente.

A don Tomás y a su compadre les tocaba aguardar la reconquista del Palacio Blanco por fuerzas motoblindadas que, así se les aseguró, permanecían leales al autor de Doña Bárbara.

Les asignaron la colina de El Calvario como apostadero y allí transcurrió su vela de armas. No podían saber que a la resistencia radiofónica la habían silenciado y que los irreducitbles estaban ya presos.

Hasta que amaneció el 25 de noviembre y desde su observatorio pudieron ver cómo despertaba la ciudad de Caracas al primer día sin Rómulo Gallegos en la presidencia.

Los ventorrillos de café y de arepitas dulces abrían uno tras otro con rutinaria regularidad, a la iglesia de Pagüita acudían los fieles de siempre a su misa de seis, el tráfico automotor se reanudaba sin tropiezos desde Catia hacia el centro, y viceversa. La ferretería Restrepo abría puntualmente, así como puntualmente acudían a clases los liceístas del Fermín Toro.

En vano esperaron ver aparecer la columna de tanques leales al gobierno de Gallegos que, según les habían dicho sus dirigentes, restituirían la constitucionalidad interrumpida.

Tomás salió al paso a la confusión, inquietud y vergüenza de su compadre, que al fin y al cabo, era quien los había metido en aquel brete:

—Compadre, ya van a ser las ocho de la mañana, no se ven tanques por ninguna parte y nosotros sin siquiera un guayoyito en la caja’el pan. Y acostados en el piso, con estos chopos, ¿no estaremos haciendo más bien el papel de pendejos?

Eso bastó. Sin más, les quitaron las agujas percutoras a sus fusiles para inutilizarlos, los ocultaron detrás de un espeso seto de «lengua-de-suegra» y silbandito iguanas se alejaron del sitio, cada quien a lo suyo, como el resto de la gente.

Contaba el señor Tomás que en ningún momento se sintió ni fraudulento ni inadecuado. Ni siquiera burlado por sus líderes y sus mitológicos tanques leales: los dirigentes habían hecho lo que tocaba —dar unos gritos antes de correr a asilarse en alguna embajada— y, por su parte, él y su compadre también habían cumplido; ahí quedaba el gesto de una noche en vela con las armas en la mano.

El cuento de los héroes de la colina de El Calvario revivió en mi memoria en estos días, al ver a un insumiso y tonante Ramírez León prometer que de la CTV lo sacarían como a Salvador Allende del palacio de La Moneda, y vaticinar que bastaría una llamada de la OIT para que un embargo más impenetrable que el que la marina yanqui impuso a Cuba durante la crisis de los misiles del 62 cerraría un cerco en torno Venezuela si los «camisas pardas» del sindicalismo chavista osaban llevar adelante el referéndum sindical.

Según el Ramírez León de hace dos semanas, si se pretendía eliminar a la CTV por vía de un referéndum, a Venezuela no le quedaría más recurso de abastecimiento que un puente aéreo Bagdad-Trípoli-La Habana-Caracas.

Todo se sabe en esta villa, y no es una conseja el hecho de que, horas después de formuladas todas las declaraciones desafiantes, la directiva de la CTV, en el mejor estilo trapisondista de la IV República, tomaba discreto contacto con el más alto nivel de la cúpula política —que no sindical— del MRV y esbozaba el ofrecimiento de renunciar motu proprio una vez realizado el referéndum, dizque para facilitar unas elecciones por la base.

La numantina gesticulación combativa y la retórica impugnadora del referéndum ya había sido consignada, igual que Tomás y su compadre la noche de El Calvario, acataron el ritual de la resistencia.

Tocaba ahora entenderse con las realidades políticas que, en rigor, no les son del todo adversas, visto el «momento sicológico» que con seguridad atraviesan hasta los más intransigentes líderes del emerrevismo, luego de ese parto de los montes que ha resultado ser el referéndum sindical.

A los bolivarianos, a su vez, les ha pasado lo que a don Tomás y su compadre: el día siguiente del referéndum ha amanecido como otro cualquiera para los venezolanos, sindicalizados o no.

En cuanto al laborismo bolivariano, llamado a barrer de la faz de la tierra a los cetevistas, es un hecho que a menudo los periodistas que cubren la fuente no logran dar con un dirigente obrero bolivariano distinto a Nicolás Maduro para entrevistarlo.

Pero miento: una vez encontraron a dos de ellos. Y los tipos se pronunciaron por el regreso al régimen de prestaciones sociales de modo tan vehemente que el propio Maduro hubo de desmentirlos de la manera más enfática.

¿De dónde han de sacar los bolivarianos las dos mil y pico de vacantes que dejarían las federaciones objeto de su campaña de profilaxis moral?

No es inconcebible que en las mentadas elecciones por la base, el oficialismo deba compartir muchas directivas con curtidos sindicalistas de la IV República.

Teniendo todo esto presente, y a cambio de la caballerosa renuncia de los directivos de la CTV, se abriría un período de consultas y conversaciones que en sí mismas serían la negación de la hegemónica «limpieza ética» que prescribía el plan político original.

El episodio todo debería ser muy ilustrador para la contra sifrina y apocalíptica, esa que todavía cree que el guión de lo que está pasando en Venezuela lo escribe Ceresole y cuya ignorancia no le permite atender a ciertas constantes con que el «reacomodo» se ha manifestado una y otra vez a lo largo de nuestra historia republicana.

Más que Ceresole y Mussolini, el mentor del proceso que vivimos, por lo que toca a adecos y chavistas, parece ser más bien el epicúreo y pragmático politólogo Eudomar Santos, autor del célebre apotegma «como vaya viniendo, vamos viendo».

Tome nota el incrédulo de que, al fin y al cabo, ha sido el insumergible Henry Ramos Allup, quien ha logrado colarse en la selecta comisión postuladora de candidatos al poder ciudadano, en lugar de ninguna de las numerosas advocaciones de la sociedad civil, hoy acérrimas rivales entre sí.


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