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Expertos

Ibsen Martínez

El Nacional, sábado 30 de setiembre 2000

A pesar de los pájaros, los expertos, comenzando por Aristóteles, dictaminaron que nada más pesado que el aire podía volar. Felizmente, los hermanos Wright no eran expertos: apenas tenían un taller de reparación de bicicletas en Kansas. De haber sabido lo que sentenciaban los expertos y Aristóteles, quizá nunca habrían intentado fabricar un aeroplano.

Atribuido a Henry Ford

1.

¿Qué nombramos cuando decimos que alguien es un «experto petrolero»? ¿Hablamos acaso de un geólogo de yacimientos?

Propongo al lector detenernos en esa profesión incomparable y rara, tan característica de la civilización del petróleo como el tejedor de cota de malla lo fue de la era de las Cruzadas: el geólogo de yacimientos es un tipo que debe imaginar con puntería la historia subterránea de una provincia petrolera.

Dicho de otro modo, el geólogo de yacimiento es en gran medida un ocultista; alguien que discurre, como un nibelungo, sobre lo que subyace en lo hondo y oscuro, y trata de hacerlo inteligible a quienes deben perforar y extraer el crudo.

La exégesis que logre hacer el geólogo de yacimientos sobre algo que, en rigor, nadie puede ver desde la superficie, orienta la eficiencia de los ingenieros de producción.

Y esto, pese a los cañones de aire, la sismografía digitalizada y los mapas satelitales que los asisten en la actualidad: en la exploración petrolera, lo que se busca no se deja ver: hallarlo es un «arte», en el sentido aristotélico del término.

La escapadiza condición del crudo cuando todavía está allá abajo, es sujeto de una locución propia de los curtidos perforadores gringos, venidos en los tardíos años treinta, en procura del Potosí que han sido desde entonces los yacimientos del oriente venezolano: «Oil is where you find it»; esto es, ‘el petróleo está donde das con él’.

Con ello satirizaban los drillers a los geólogos, del mismo modo que el fogonero satiriza al maquinista. Aludían al riesgo de que, una vez localizado el yacimiento, una vez que alguien con la debida autoridad ordena levantar un derrick de perforación, quizá llegue a estarse taladrando durante miles y miles de pies en el lugar menos dispuesto a dejar fluir eficientemente el crudo hasta la superficie.

El geólogo de yacimientos, si conoce bien su arte (pues, insisto, se trata de un arte), es quien desagrega los datos exploratorios y los vuelve a integrar para componer una especie de «petrografía dinámica» de lo que se halla bajos sus pies, rastreando la huella de esa historia invisible del subsuelo tan lejos hacia el pasado como le sea posible, hasta poder figurarse el mejor modo de liberar el crudo de su cautiverio de placas tectónicas.

El plan de cómo atacar la perforación desde el sitio y del modo más provechoso debe, pues, ponerse bajo el control de una imaginación, nutrida de saberes, pero imaginación al fin.

Un imaginario creativo que debe saber prescindir de convenciones que rara vez ponemos en cuestión, tales como la división política de un país.

Pues puede ocurrir que un mismo campo —así llaman los petroleros no a la superficie, sino a «lo que está debajo»— resulte ser tan vasto como para extenderse bajo el piso de varios estados o naciones, bajo paisajes marcadamente contrastantes.

Así, el campo Maturín se explaya bajo la superficie de parte de Guárico, Anzoátegui, Monagas, y un trozo de los territorios deltanos. Así, Campo Bolívar, se difunde él solo bajo el Lago de Maracaibo, bajo la costa oriental, bajo parte del pie de monte andino.

El minucioso registro catastral que por razones de diversa índole (tributarias, inmobiliarias, operacionales) Pdvsa se vio forzada a acometer por cuenta propia, a mediados de su historia corporativa, tiene mucho que ver con este inescapable hecho geológico.

Tal vez sea el único registro catastral confiable con que podamos contar en Venezuela, para cualquier propósito. Y no lo condujo el Ministerio del Interior, sino esos pocos conocidos y muy denostados compatriotas que trabajan en el petróleo.

Menciono estas «bagatelas» —la del geólogo de yacimiento, la del registro catastral— solamente para poner de bulto que para esta empresa de explorar, producir, refinar y vender petróleo no existe ningún recetario prodigioso como el sin duda prodigioso libro de don Armando Scannone, que al ser seguido paso a paso, nos conduce con soltura al de otro modo inabordable pastel de polvorosa.

En la industria del petróleo no hay lugar para un infalible libro de Scannone: todo, y no es un modo decir, ocurre y se hace casi siempre por primera vez.

No hace mucho, en el cuartel general de Citgo, en Tulsa, Oklahoma, haciendo de mirón, como es ya mi costumbre, me pasmó la destreza y el dominio que sobre sus subalternos estadounidenses infunde un joven venezolano todavía en su treintena.

¿Su oficio? Regir telemáticamente el flujo de la más grande y compleja red de oleoductos estadounidenses, un sistema de tuberías que atraviesa desde el Golfo de México hasta la Nueva Inglaterra, desde Texas Occidental y Oklahoma hasta Nueva York, ¡más de 17 estados americanos!, y de la que somos los venezolanos o bien propietarios o bien arrendatarios principales.

Las decisiones que en cuestión de segundos debe tomar, así como las órdenes que debe impartir este admirable muchacho venezolano, se desprenden del juicio instantáneo que sepa hacerse de la fluctuación de los precios de la gasolina, un rubro del llamado «mercado de futuros» que, como se sabe, es un hiperespacio tan despiadado y vertiginoso como un juego de vídeo para adolescentes.

En ese competido mundo virtual, cuya interfaz es el compatriota de quien hablo, los volúmenes se expresan, ya no en centenas de miles de barriles, sino en millardos de galones; los diferenciales de precio, ya no en centavos de dólar, sino en «puntos» o décimas de centavos.

Y todo en centelleantes, súbitas fluctuaciones, expresables en minutos y segundos que al final de día hacen significativas diferencias entre los ganadores y los perdedores.

Con todo, nadie llamará «expertos petroleros» ni al geólogo de yacimientos en Monagas, ni al paleógrafo catastral, ni a los gerentes de suministros de la refinería de Lake Charles o de Isla, ni al joven que está al frente del cerebro de flujo de gasolina en Tulsa.

¿Qué cosa, pues, nombramos cuando decimos «experto petrolero»?

2.

En un breve, pero ya insoslayable clásico moderno del pensamiento petrolero venezolano, Asdrúbal Baptista y Bernard Mommer han destacado el hecho singular de que los mejores «políticos del petróleo» hayan sido amateurs.

Amateurs, no porque que «tocasen de oído», sino porque no provenían de las filas de la industria, porque eran hombres imbuidos de motivos sociales, que pusieron en tensión sus saberes, sus instintos justicieros y sus intuiciones políticas, muy distintos de los del geólogo de yacimientos.

Rómulo Betancourt y Juan Pablo Pérez Alfonzo se cuentan entre ellos: el uno político; el otro un humanista.

Es en relación a ellos dos que puede decirse que la OPEP, valga lo que valiere en la historia del siglo petrolero, es una invención venezolana.

En los años sesenta, el momento más fragoroso de la descolonización del Tercer Mundo que siguió a la II Guerra Mundial, Betancourt y Pérez Alfonzo obraron en una dirección que contemplaba la inequidad del sistema económico y el deber de inversión social de los gobiernos democráticos del llamado Tercer Mundo.

Chávez retoma esa dirección, y lo ha hecho en gran forma, contra el escepticismo de «expertos» que todavía le mezquinan inteligencia, diligencia, liderazgo y congruencia de propósitos.

Una cumbre de la OPEP, convocada por el país cuyo pueblo ha probado, con un «Caracazo» y con la liquidación de la democracia pactada «por arriba», ser uno de los más indóciles del planeta ante las fórmulas del llamado «consenso de Washington».

Una cumbre de la OPEP convocada en vísperas de «la batalla de Praga», en la amanecida de la crisis más grande que haya conocido el orden económico instaurado en Bretton Woods en 1945.

Una cumbre que, en lo que atañe a política exterior, ha logrado sacar del tranquillo al G8: los gringos van ahora por un lado; la UE por otro. Ya hablar de lograr condonar la deuda externa de los países pobres no es cosa de radicales.

La OPEP, obrando con prudente firmeza; las premisas del FMI en crisis; el G8 traspasado por lo que dicta la lógica de los bloques.

Y todo en una constelación en la que nadie, ni siquiera los que invocan el pensamiento único, tiene el arma absoluta.

Yo mismo pensé que lo de la cumbre era una bravuconada. Pero parece que sí se puede empatar el juego, señores. Menos mal que Hugo Chávez no es un «experto»: de haberlo sido, ni siquiera lo hubiera intentado.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca



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