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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR La bronca no es con Fidel El Nacional, 28 de octubre de 2000
Es invierno y es un parque y, por supuesto, todo discurre en el crepitante blanco y negro de los documentales. En especial tu barba negrísima, que destaca en la blancura de la nieve. Los hombres que te agasajan en aquel encuentro invernal al aire libre, en un parque moscovita que igual puede ser el Sokólniki que el Gorki, han muerto hace largo tiempo: Kruscvhev, Gromiko, Mikoyan... En el grano grueso del noticiario se puede ver brindar con vodka a aquellos rubicundos gorditos abrigados, a la salud de la paz y la amistad entre los pueblos, de acuerdo a la convención internacionalista de la era soviética. Los paneslavos rusos blancos te tratan con regocijo y pasmo: una reacción colectiva semejante la que se produciría al dar de manos a boca con un oso polar a rayas verdes en la plaza de Marianao. «¿Quién es este hombre que, sin aguardar la prescripción de los acuerdos de Yalta, pretende construir el socialismo en las narices de los Estados Unidos? Tratémoslo bien, por las dudas». En el documental te chanceas con Kruschev y hablas mientras fumas habanos y brindas y compartes blinis y por más que miro y miro no alcanzo a ver dónde está el intérprete. Como es muy corto el trocito de filme que te muestra sentado a la mesa con unos jerarcas soviéticos en un helado parque moscovita, el editor del documental ha dispuesto repetir varias veces el gesto con que empina cada quien una minúscula copita de vodka, luego de un insonoro brindis tuyo. En los documentales suele pasar que el pietaje de película es explotado al máximo, y es así como de pronto se te puede ver en otro clima, más templado, uno o dos años antes de la celebración en el parque nevado. Tienes puesta una boina y unos absurdos lentes -«espejuelos» dirían en tu país- de montura gruesa. Gesticulas frenético mientras gritas órdenes en un radioteléfono de campaña. Y de nuevo, repiten y empalman y vuelven a empalmar con otras escenas esa breve toma de un día cualquiera de las 72 horas de Playa Girón. Es fama que Steven Spielberg, al justificar porqué rodó La lista de Schindler en blanco y negro, declaró que la era del nazismo es cosa con la que siempre hubo de relacionarse en blanco y negro, y que no podía concebir el Holocausto en technicolor. Algo parecido llegó a pasarme contigo en el 89, cuando al fin alcancé a verte en color Sony Trinitron de 42 pulgadas, con motivo de la coronación de Carlos Andrés Pérez. Me pareció una aberración cromática. ¿Fidel Castro en colores? Recordarás sin duda a Rómulo Betancourt, tu Némesis. Bueno, pues en blanco y negro está el único registro de tu entrevista con Betancourt, en tu primera visita oficial a Caracas. En ocasiones he importunado sin éxito a muchos adecos meritorios y memoriosos, gente como Manuel Alfredo Rodríguez, tratando de saber dónde fue captada esa foto. En casa de quién, quiero saber. Más de una vez César Miguel Rondón y yo hemos ponderado la carga significante que esa foto entraña para muchos venezolanos de mi generación. Allí estás, en el 59 y en uniforme de campaña. Te inclinas hacia adelante en la foto, con una expresión en la cara que no es del todo risueña pero que tampoco es del todo hosca o desafiante. Betancourt viste un traje claro, de corte tan austero como la corbata. Luce erguido en su asiento, y él sí está más serio que un revólver. Lo que nos intriga superlativamente a César Miguel y a mí es qué rayos pudieron ustedes dos decirse en aquellos breves minutos a solas, qué alcanzaste a decirle, qué replicó Rómulo, quién hizo callar a quién. Ciertamente, había que estar hecho de una cierta pasta la pasta de Rómulo Betancourt para no caer hechizado ante Fidel Castro en 1959. Guardando las distancias, sólo la entrevista entre Bolívar y San Martín no exagero pudo ser tan breve y tan definidora para el continente. La historia, por lo visto, viene en blanco y negro; lo que no se decide todavía viene en colores, en vivo y en directo. En blanco y negro la crisis de octubre, en blanco y negro la primera y segunda declaraciones de La Habana, en blanco y negro la lectura de la carta del Che, en blanco y negro su cadáver expuesto en una escuelita boliviana, en blanco y negro tu visita de un mes a Chile, en blanco y negro el terno y el pullover ajedrezado, el casco y el fusil AK 47 de Salvador Allende, en blanco y negro Brezhnev y las guerras de Eritrea y Angola. Como decía, te vi en color por primera vez en ocasión de la toma de posesión de un presidente electo. Llegó a ser parte del ritual republicano continental de los años 80 eso de invitarte a las tomas de posesión: el modo más cortés y menos costoso que han tenido los gobernantes de América Latina de hacer ante Washington amagos de autonomía y de afirmación nacionalista. Invitarte a una toma de posesión sin increparte acerca de los derechos humanos en Cuba y sin urgirte a convocar a elecciones era como el desplante que, sólo por una noche, hace un joven bohemio y burgués al invitar a cenar en casa a sus amigos pobres, negros y comunistas. Como contrapartida, ocurría con frecuencia que el presidente electo, tan luego se despedía de ti en el aeropuerto, aplicaba con energía el plan de ajuste formulado por el Fondo Monetario Internacional. Ya en la era del color y del video satelital, se te vio estrenar un traje azul cobalto para tu entrevista con el Papa, en El Vaticano. Coloridas fueron también la corbata de Aznar en Chile y todas las cumbres iberoamericanas en las que ya es de rigor retratarse contigo y exhortarte, sin demasiado empeño, a ir al encuentro de la democratización y la pluralidad y abrirte al mundo globalizado y toda esa muela. En blanco y negro he visto el malecón prevenido y artillado de la crisis de octubre, en el 62. Y en colores las manifestaciones airadas de agosto del 95 que protestaban el hundimiento de un trasbordador repleto de inmigrantes ilegales, y las que en junio del 2000 exigían el regreso de Elián. En colores la casa que ocupó Elián González en Bethesda, Maryland y su escuela en Cárdenas. En colores Marysleisys y el tío Lázaro, ¡qué clase de gentuza analfabeta en dos idiomas! En colores los reportajes desde La Habana y Miami. La calle Ocho del South West y la Quinta Avenida de Miramar, yuxtapuestas en tiempo real y en cuestión de segundos, gracias a la edición digital. Quizá ha sido mejor así: cuanto menos blanco y negro, menos leyenda. Cuanto más color en vivo y en directo, menos idealización de parte y parte. Como tantos, yo también pensé que el año 89, año del la caída del muro de Berlín, iba a ser «la segunda del noveno» para ti y la revolución. Hoy, una década más tarde, los tecnócratas de los 80 están fuera de juego, justo cuando llegas al país de América que quizá haya sido el más renuente a dejarse electrocutar con las prescripciones del consenso de Washington. En el modo de afligir a la mayoría venezolana, las secuelas de los años vividos desde 1983 se parecen bastante, en su efecto neto, a los de un embargo económico, con la diferencia de que, a diferencia de Cuba, además de la pobreza, nos agobia también la insolidaridad. Si yo fuera un aguafiestas me daría por hablar de violaciones a los derechos humanos y de presos políticos allá, y de paros convocados por la CTV aquí. Pero de ningún modo pienso engordarle el caldo a las mismas vejanconas de la «high» que en el 89 te encontraban tan conservado y tan charmant y opinaban que te veías regio en tu traje hecho a la medida, pero que hoy chillan que tu visita es un prolegómeno infernal al totalitarismo y la dictadura burocrática de masas. Cuando te invitaba Carlos Andrés Pérez poca gente la tomaba contigo con tanto frenesí. Te preguntarás sin duda qué rayos les pasa ahora: también había presos políticos y campos de concentración en Cuba cuando viniste en el 89, y pese a ello, se colaban con todas sus venevisiones en tu suite del Eurobuilding, daban un brazo por obtener una entrevista tuya, un souvenir, así fuese un Partagás a medio consumir. El problema no eres tú, Fidel; en realidad la bronca no es contigo: la bronca de toda esa gente horrorizada por tu visita es con el anfitrión.
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