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Sección: Bitblioteca
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La Fundación El Nacional, sábado 29 de julio de 2000
Dulces Guerreros Cubanos, una producción reciente del escritor cubano Norberto Fuentes, da cuenta de uno de los productos de esos años: el superagente cubano de «acción profunda». Patricio De La Guardia, sin buscar muy lejos, vendría a ser uno de sus arquetipos obrando en el Chile de los 70, en el Ogaden, en Nicaragua. Cuba, durante muchas décadas una pieza del Gran Juego, hubo de desplegar destrezas infrecuentes en un país latinoamericano: debió esmerarse en aprender los primores y triquiñuelas más sofisticados de la inteligencia y la contrainteligencia, de la infiltración y el engaño. Sus servicios de acción encubierta, tutelados por los de la extinta Alemania del Este, concitaron el respeto de sus adversarios. Considérese, además, que entre los atributos que singularizan a Fidel Castro está esa capacidad de optimizar su desempeño cuanto más cerca se encuentre del abismo. Brinkmanship, llaman los gringos a esa destreza infusa. Infiltrar las organizaciones más virulentas y paranoicas del anticastrismo en Miami fue siempre una insoslayable tarea de la contrainteligencia cubana. Se afirma que hubo momentos en que todo el tren de camareros del restaurant Versailles, obligado legendario rendezvous del exilio histórico en la Calle 8, eran ficha del espionaje castrista. De modo recíproco, una de las más exitosas organizaciones del exilio cubano, ha sido la Fundación Cubano Americana: a diferencia de la miríada de grupúsculos bajo contrato de la CIA que proliferaron en los primeros años 60, la Fundación prefirió actuar sobre la especificidad misma de la política doméstica estadounidense. Sus modelo fueron el lobby judío y la American Rifle Association, dos poderosísimo grupos de intereses. Así, con Jorge Mas Canosa a la cabeza, la Fundación logró en muy poco tiempo que la política gringa respecto de Cuba fuese en gran medida una política electoral de los partidos Demócrata y Republicano en función de los votos del sur de la Florida. La provisión legal que durante 38 años hace que a diferencia de un haitiano o un salvadoreño, todo cubano que pise suelo americano un «asilado» político forma parte del trato diferencial que la Fundación logró para la cuestión cubana. Pero si en Washington la Fundación conducía sus asuntos contratando firmas de expertos cabildeadores, en Miami ejercía un «represión ideológica» sobre la comunidad hispánica tan totalitaria como la que se le atribuye a Castro, al tiempo que absorbió las tareas de financiamiento y apoyo logístico que otrora afrontaba la CIA. No es una exageración de Granma asociar los sabotajes dinamiteros en Cuba a la Fundación. Rehenes de la Fundación, los factores el exilio moderado y democrático, y hasta los disidentes dentro de Cuba, han sido objeto de las descalificaciones de sus voceros radiales y de prensa escrita. Ese clima de intolerancia que alguna vez se asoció a Miami, se debió en gran parte a la prevalencia de la Fundación en el trazado de la política del exilio cubano hacia la isla. Pocos factores del exilio se han atrevido a desafiarla y cuando ello ha ocurrido lo han pagado muy caro. Al respecto, una incisiva editorialista de The Washington Post, al comentar el episodio de Elián González, opinó que el niño no debería ser obligado a regresar a una sociedad sin libertad de expresión: se refería a Miami al saludar la reunión del chamo con su papá en Washington. Esa proterva prevalencia de la Fundación comenzó a revenirse cuando a) Clinton ganó su primer período presidencial prescindiendo de los votos del sur de la Florida y b) cuando Castro elevó su brinkmanship hasta punto de lograr quebrantar la política inmigratoria de Estados Unidos con la llamada «crisis de los balseros»: Cuba no sería ya más el guardacostas de los gringos y tendrían que ser ellos mismos los encargados de detener en altamar y deportar a Cuba a los inmigrantes ilegales. Y avenirse a firmar un acuerdo de inmigración que contemplase cuotas de visado, etcétera. Todos los esfuerzos de Mas Canosa durante cuatro décadas se vieron derrotados en toda la línea. Fue en esa sazón que ocurrió el derribo de los aviones de Hermanos al Rescate, una de las organizaciones provocadoras financiadas por la Fundación. El suceso forzó a Clinton a revertir su política de independencia frente a los designios de la Fundación y lo levó a firmar la Ley Helms-Burton. El contexto jurídico no había cambiado cuando Elián González fue rescatado en aguas del estrecho de la Florida. Los usos non sanctos de la Fundación se desplegaron de nuevo, pero sin la pericia y el liderazgo de Mas Canosa, quien falleció en 1997, mientras esperaba que una misión de sicarios infiltrados asesinara a Fidel Castro en Margarita. Los sicarios literalmente tuvieron que ser rescatados de ellos mismos pues su avanzada edad y la impericia en altamar pusieron seriamente en riesgo sus vidas. Cuba ya no es, ciertamente, un factor de desestabilización en Occidente. Al contrario, desde hace mucho tiempo se muestra como «componedora» allí donde puede ejercer influencia política: Centroamérica es un ejemplo a la mano. Cuba, sin la guerra fría, ya no es el musculado brazo militar de la política exterior de Brezhnev. Pero la Fundación, sin Jorge Mas Canosa, se ha visto reducida a un gang de nostálgicos de la confrontación Este-Oeste y de la «acción directa» de grupos de infiltrados de los años 60. El desenlace del episodio de Elián González fue precipitado por el torpe manejo que de él hizo la Fundación. Y ha estimulado la decisión de la Cámara de Representantes en lo que atañe al embargo: ¡la Cámara de Representantes, que en punto a Cuba antes hacía lo que la Fundación dictara, se pronuncia por un alivio del embargo! Menudo fracaso. Imposibilitada de actuar en Cuba, pues cada remesa de saboteadores que ha enviado últimamente ha sido capturada y fusilada, busca consuelo al flexionar sus falangetas en países «más fáciles», como Venezuela. No tengo la menor duda de que la charada de los 1.500 agentes de la inteligencia cubana, descritos como instigadores de «guerra ideológica», y cuyo ejemplo visible es el payaso que nos mostraron hace unos días, como si de Tony o Patricio De La Guardia se tratara, se originó en los laboratorios de la muy venida a menos Fundación y no en los de un candidato presidencial criollo. Tiene marca de fábrica esa retórica de confrontación final entre el Este y el Oeste. Hay mucho de supremacismo arrogante en la premisa misma de que un cubanazo «bembetero» puede torcer la voluntad electoral de un venezolano, implícita en el concepto de «lavado cerebral», tan cara a la paranoia anticomunista de los años 50. Eso no se le ocurre sino a un subsidiado de la Fundación, de esos que arrastran su chochera en el Versailles de la Calle 8 y que siempre encuentran símiles en la historia de Cuba, antes de enero del 59, a todo lo que viene ocurriendo en la Venezuela del 2000.
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