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Los gesticuladores

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, martes 27 de julio de 1999

1.

A uno de esos guasones involuntarios que entre nosotros llamamos a veces «analistas políticos», les dio la madrugada del lunes por enviar, urbi et orbi, y por correo electrónico, sus primeras impresiones ante el cataclismo de baja intensidad ocurrido el domingo. Lo hizo como quien arroja una botella al mar de la irrisión, y de la carcajada.

Si traigo a colación su desternillante «consolación por la aritmética», es porque es un bello ejemplo del modo de discurrir que ha mostrado una fracción cardinal de nuestras élites, desde que las conozco.

El buen hombre, luego de trastear con porcentajes de abstención, y de pontificar sobre la perversidad metódica que él juzga implícita en el concepto de «circunscripción nacional», termina concluyendo que es justamente ahora cuando Chávez y el chavismo comienzan a perder pie.

Argumenta además que sólo la voluntad y la firmeza de apenas nueve hombres, ¡nueve solamente!, nos separan del fascismo, del holocausto y de la degollina.

Que si se suman las abstenciones y todos los votos uninominales adversos al Polo Patriótico, resulta que hay nueve delegados electos a la Constituyente que representan la voluntad del ¡75% por ciento! de los venezolanos en condición de votar, mientras que el contingente de ciento ventitantos delegados que adhieren al llamado Polo Patriótico sólo expresa al doce por ciento de nosotros.

Fraseado de otro modo, los resultados del domingo son el principio del fin de Chávez y la Quinta República.

Es sabido que a los charlatanes les sienta muy bien argumentar mediante paradojas: ese, precisamente, es el peor defecto que Flaubert hallaba en cierto periodismo, si es que no en todo periodismo: la tentación de singularizarse como minoristas de paradojas suele hacer presa en los vanidosos comentaristas y los hace huir del sentido común.

Los lleva a rehusar todo trato con la evidencia y a urdir mistificaciones y sofismas. ¡Que nadie se equivoque con ellos; ellos ven lo que nadie más puede ver!

Escuchar a algunos de ellos, en trance tan sísmico como el del domingo pasado, me trajo a la memoria la ocasión en que, gracias a los buenos oficios de don Fausto Miranda, ese gran cronista deportivo cubano, a un grupo de colegas del Miami Herald y a este servidor, nos fue dado ver un partido de entrenamiento primaveral, a sólo unas sillas de distancia, como quien dice within earshot, «a tiro de oreja», del gran Preston Gómez, egregio entre los egregios scouts de talentos de las Grandes Ligas.

De todo lo que comentaba aquel patriarca del sistema granjero de La Gran Carpa —y hablaba poco—, se desprendía que el partido que él miraba no era el que mirábamos los demás mortales, en aquel parque de Scottsdale, Arizona.

En el novato que «flumbeaba» en cada lance, en el que lucía remiso, cojo o manco al «cortar» y devolver la bola al cuadro, Preston Gómez adivinaba un talento. El modo de poncharse los nerviosos le indicaba bajo cuál uniforme se hallaba un potencial jonronero de 40 vuelacercas por temporada.

Muchos de nuestros analistas políticos afectan poseer ese don, el don de discernir en lo nebuloso y lo inconsútil que desplegaba Preston Gómez, para justificar sus despechadas martingalas. Sólo que —¡ay!— rara vez aciertan.

Por las razones que sean —porque han hecho del cinismo un método de aproximación a la realidad, olvidando que el cinismo bien puede brillar en la tertulia, pero que a menudo trae consigo una fatal ceguera para lo esencial, o bien porque malviven del «palangre», y es sabido que el palangre obliga; en fin, hasta por ceñirse presuntuosamente a la idea que se han hecho de sí mismos—, de casi todos puede decirse, torciendo la frase de James Joyce, que la historia de Venezuela se ha convertido para ellos en una pesadilla de la que prefieren NO despertar.

2.

Lo que me lleva esta mañana, de modo natural, a pensar en las mejores cabezas de mi generación y en que pocas, por no decir ninguna de ellas, lucen en condiciones de tomar las riendas que pudo algún día ofrecerles el «auriga de su estrella».

No me gozo en ese fracaso, que ojalá no sea vitalicio; lo consigno como una de las singularidades del momento presente. Miro los resultados de esta elección y echo de menos a los tipos que deberían estar allí y no están.

Es difícil citar una élite política más desatinada que la que desde comienzos de los años ochenta llegó a infatuarse con la idea de que podía relevar a los adecos y su otra advocación, los copeyanos, en la conducción del país.

Más de uno pensó que el dispositivo bipartidista, plagado de todos los vicios que puede atraer sobre un país un sistema populista y clientelar, estaba a punto de fenecer hace más de quince años, y quiso obrar en consecuencia.

Así pues, a comienzos de los años ochenta, proliferaron grupos de discusión cuyos anfitriones solían ser gente sifrinaza ella, con ambiciones de desplazar a la vieja política. Muchos cedieron al mismo embeleco que propalaban los sifrinos en sus diarios y a través de sus emisoras radiales y plantas de TV: el de que de ciertos centros de investigación académica saldría «la generación de relevo», capaz de enfrentar al «estado omnipotente», populista, dispendioso e ineficaz. ¡Ah, esas toponimias!: «Roraima», «Santa Lucía»…

En aquel tiempo remoto se produjo un diagnóstico titulado Venezuela: una ilusión de armonía, que llegó a ser algo así como la Vulgata de los reformadores. Otros dejaron de ocuparse de la inconducente «teoría de la dependencia y el neocolonialismo», y se hicieron fuertes en la llamada «gerencia social»: «políticas públicas» era el nombre del juego.

De aun otra vertiente, de la política dominante, advinieron los ingenieros sociales de la «Copre», una comisión presidencial auspiciada en sus inicios por el tristemente célebre Jaime Lusinchi, y que debía entregar una propuesta de modernización del estado antes de que terminase el quinquenio de Blanca Ibáñez. Nunca lo hizo.

En lugar de ello, se convirtió a lo largo de más de tres lustros en cosa digna de un libro de superlativos latinoamericanos que habría hecho la delicia de Carlos Alberto Montaner y Plino Apuleyo Mendoza: un Ministerio de la Extinción del Estado, una burocracia para estudiar los males que trae consigo la burocracia.

Ansiaban las reformas, propugnaban los cambios, fustigaban las prácticas excluyentes de los partidos, al tiempo que organizaban leninistamene a los vecinos, se arrogaban la representación de la sociedad civil, denunciaban las miserias del populismo…

A algunos les dio por una especie de «entrismo ilustrado», y seguramente se justificaban a sí mismos pensando que «colonizaban» a los partidos del Pacto de Punto Fijo, sólo porque se les ofrecía un puesto en fundaciones que, característicamente, eran epónimas del procerato adecopeyano.

Asesoraron comisiones, redactaron anteproyectos, dictaron conferencias, organizaron jornadas, congresos, simposios, hicieron parte de todas las comisiones de todos los bicentenarios, y como consecuencia de todo ello, llegaron a tutear al mandarinato del antiguo régimen, y así, decían «Ramón Jota», decían «Simón Alberto», decían «Gonzalo» donde los demás mortales dijimos siempre « Velásquez» o «Barrios» o «Consalvi».

Fundaban grupos de opinión, de discusión, de confrontación. Prevalecía en ellos, mal de su grado, la noción de que el todo estaba en hacer un juego de espera, en hacer méritos para relevar, en denigrar sin odio, en exaltar sin amor; en fin, en gesticular una vocación de cambio. No está claro si pensaron en una fecha inexorable para el mismo.

En algún momento, entre los treinta y ocho y los cuarenta y cuatro, dejaron de tener motivos para patear el tablero, y llegaron a creer —o fingieron creer— que se exageraba con lo de la corrupción, que denunciar era cosa de moralistas, porque más daño hacía el Estado interventor y el cepalismo.

En esa temporada de prudentes herederos, tenía que llover alguna vez, y llovió Chávez: un musculado animal político con una conexión natural con el pueblo llano del que proviene y un prodigioso don comunicador.

No es un giro retórico decir que cuarenta segundos de «rendición» teledifundida bastaron para que los de abajo aprendieran el nombre de un caudillo que tenía, por sobre todos los demás remisos, prudentes y calculadores «reformadores» venezolanos, la ventaja de haberse mostrado de modo inequívoco —las armas, la rebelión— como enemigo jurado de todo lo existente.

No «gesticulaba» una vocación cambios, no era «una manera fresca de hacer política», como quiso Diego Bautista Urbaneja creer y hacernos pensar que era Irene Sáez —esa maquina de rezonificar terrenos municipales—, ni el delfín de un secretario general. Chávez insurgía , cuando los demás, muchos de su misma generación, apenas aspiraban a heredar.

Pero no es cosa para ponerse como Olavarría: se trata de un cataclismo de baja intensidad: no deberíamos dejarnos devastar por el apocalipsis de AD y sus comensales. Hay en el chavismo suficientes vasos comunicantes con el resto de la tribu, no sólo con los descamisados del «balcón del pueblo».

Apuesto a que funcionarán, más temprano que tarde. Total, este es el país donde Joaquín Crespo se hizo matar en 1898 para que en 1907 el ex presidente Ignacio Andrade terminase siendo Superintendente de la Renta de Licores del Distrito Federal, a las órdenes de Cipriano Castro, su defenestrador. Y donde Manuel Antonio Matos, supo hacerse ¡Canciller! de Juan Vicente Gómez, su Chávez particular, que a la vuelta del siglo lo revolcó en la batalla de La Victoria. Y lo logró justo a tiempo de presidir el primer centenario de la Independencia.

¿Vae victis?


¿Existen las élites?
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