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Sección: Bitblioteca
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El Gran Giordani El Nacional, sábado 14 de abril de 2001 Consejos vendo y para mí no tengo (Del refranero castellano) 1. Escribo este artículo sobre el desempeño que el ministro de planificación, doctor Jorge Giordani, ha tenido en los últimos dos años, mientras escucho la Ofrenda musical, composición original del sonero mayor Juan Sebastián Bach, distinguida en el catálogo de sus obras con la cota BWV-1079. Según sabemos hoy, en mayo de 1747, Bach visitó la corte de Federico el Grande de Prusia, en la que un hijo suyo, Carlos Felipe Emanuel, se desempeñaba como clavecinista del rey. Federico, que era un dilettante, se mostró encantado por la visita de Bach porque, como diría Héctor Lavoe, el rey de Prusia «se guillaba de musiquillo». Otro hijo, Guillermo Federico, anduvo con su viejo en aquel viaje y narra en una carta cómo el monarca prusiano «invitó a Bach a darle una probadita a sus fortepianos (así llamaban entonces a los prototipos de lo que luego sería, llanamente, el piano), fabricados por Silbermann, los cuales ocupaban varios salones del palacio. Bach pidió entonces al rey que le proporcionase un tema para una fuga, de manera de ejecutarlo de inmediato en obsequio del monarca, sin ningún tipo de preparación. El rey lo complació y quedó admirado del modo tan cultivado y complejo con que su tema fue desarrollado ex tempore». Federico quiso entonces ver cuán lejos podía el Bach compositor llevar el difícil arte de la fuga y expresó el deseo de escuchar una fuga a seis voces que partiese de un tema obbligato, esto es, de un tema o frase musical fijado por él mismo. Vainas de monarca, caprichos que tienen. Bach aceptó el reto. A su regreso a Leipzig, Juan Sebastián hizo lo que pudo con el «tema» de Federico el Grande. Tal como aparece propuesto por la flauta, al comienzo de la Ofrenda musical, el tema del rey se revela como una lastimosa cataplasma sonora. Pero como Bach no era Ítalo Pizzolante, sino nada menos que el consolidador de la llamada «tonalidad funcional», una especie de sintaxis musical que habría de prevalecer como sistema de composición por más de doscientos años, su composición superó la triste parvedad del tema obligado que le dio el rey de Prusia y resultó una obra maestra. Sin embargo, Bach la hizo imprimir con una dedicatoria a su «inspirador»: Federico el Grande, Federico el sordo. Quienes quieren ver siempre el lado innoble y ruin de todo relato y prefieren acertar pensando mal, han decidido que la Ofrenda Musical es una de las más vergonzosas y preciosistas jaladas de mecate de que tenga noticia la musicología occidental. Yo prefiero pensar que solo el genio de Juan Sebastián Bach podía componer una gran obra a partir de un tema tan decididamente marruñeco. Y que de paso cebó, de modo muy legítimo, el anzuelo que todo artista verdadero tarde o temprano aprende a llevar consigo: el anzuelo de pescar mecenas. 2. El arte, decía Whistler, «ocurre». El arte «es largo y además no importa», añadió Machado. Y desde que existe el yo de los artistas, estos han resultado a menudo igualmente insumisos a las leyes del mercado y a las directrices de la secretaría general del partido. Es un hecho del que han desesperado siempre los opresores de uno u otro signo; los de izquierda y los de derecha. Por ignorarlo fracasaron en el siglo XX todos los intentos de normar la vida cultural de un país según una propuesta programática. Entre nosotros ha sido sin duda la izquierda la que hizo prevalecer la idea de que al arte y los artistas les está vedado «ensimismarse» y que deben servir a una causa, al advenimiento de un nuevo orden de valores, a un proceso revolucionario. De allí arranca mucho del misticismo moral con que cierta izquierda (en especial la izquierda de antes de la regla del bateador designado) ha juzgado siempre a los artistas, sólo para desembocar infaltablemente en su dilemática clasificación de «progesistas» o «decadentes «; buenos los primeros, malos los segundos. El doctor Jorge Giordani no desperdició hace dos semanas la ocasión de ilustrar al público presente en el auditorio del Banco Central con los motivos fósiles que congelan la visión que la izquierda en el gobierno tiene del arte, los artistas y los intelectuales. 3. Ocurrió hace dos semanas, durante una sesión de un seminario de inversión cultural, patrocinado entre otras instituciones, por el Banco Central y la Fundación Polar. El público estaba compuesto de gente interesada en una ley de mecenazgo, tan legítimamente interesada como pudo estarlo en su momento Juan Sebastián Bach. Max Ernst, famoso artista del expresionismo abstracto, resolvió el problema del mecenazgo casándose nada menos que con Peggy Guggenheim, pero el destino no ofrece a todos esa salida. En realidad, para muchas sociedades el tema de la inversión cultural (y el mecenazgo) se ha tornado una exigente cuestión técnica, financiera, legislativa, de un elevado refinamiento en las ideas económicas y éticas que invoca. En la sesión del seminario que aquí comento participó gente como Darío Jaramillo Agudelo, novelista colombiano de mucha valía y vicepresidente del Banco de la República de su país; Saúl Sosnowsky, que dirige el centro de estudios latinoamericanos en la Universidad de Maryland; Fernando Vicario, que gerencia del convenio internacional hispanoamericano «Andrés Bello», la directora jurídica de la afamada fundación brasileña «Roberto Marinho». Escuchar la opinión del ministro de planificación de un país donde hay una revolución cultural en marcha era, pues, relevante. Probablemente Giordani todavía piensa que obró revolucionariamente «vine a provocarlos», dijo en un cierto momento «agitativo» de su intervención cuando en realidad no hizo más que enhebrar una serie de tópicos digna de ser admitida en el purgatorio donde se castigue la trivialidad de izquierda. Entre otros villancicos de protesta entonó aquel que habla de los «poderes creadores del pueblo», y como era previsible, se preguntó si por casualidad conoceríamos a Fruto Vivas y nos lo propuso moralizadoramente como ejemplo, con la consabida fábula de que Fruto Vivas diseña casas con palitos de helado, carretes de hilo y cartones de huevos vacíos. En cierto momento se le oyó increpar: «¿Cuánto necesitan Uds., seres de la cultura? ¿20.000 millones de dólares?». Giordani, en fin, nos enrostró a los pedigüeños la consabida inecuación según la cual «imaginación mata dinero» y, al cabo, sentenció que «pareciera que después de 20 años nuestras cabecitas se fundieron». Dicen los que lo conocen que llamarnos brutos y pedigüeños no fue nada, que apenas sacó a relucir lo más presentable de la afamada misantropía revolucionaria con la que tiraniza a sus subalternos. 4. Buscando conocer mejor a quien nos desahucia, durante la Semana Santa consulté el catálogo «on line» de la biblioteca de la UCV y hurgué en la base de datos del Cendes. Un verdadero cerro de libros y publicaciones ha escrito el doctor Giordani, nada más en los últimos veinte años, casi sin excepción sobre planificación económica. Con títulos que hacen confiar en que Giordani sea un Werner von Braun del despegue económico tercermundista. Ejemplos: La planificación como proceso social, Vadell Hermanos., 1980; Planificación, ideología y estado: el caso venezolano. Vadell Hnos., 1988; Teoría del estado y planificación. Cuestiones básicas de su práctica en Venezuela, Vadell Hnos, 1988; ¿La planificación en la crisis o crisis en la planificación? El caso de Venezuela, 1988; La planificación del futuro o el futuro de la planificación, 1996; La planificación en Venezuela, algunas reflexiones en torno al desarrollo de su teoría, 1988.; Planning in Venezuela, from the national experience to the corporate oil plan, 1994; Sociopolitical feasibility analysis of development plans (the use of specific mathematical models applied to the Venezuelan case), feb 1994; ¿La planificación sin planificadores o la muerte del sujeto?, 1994. Entre todos destaca uno, el único que he leído completo, publicado en Cuadernos Cendes, en 1997: Transición sociopolítica de la Venezuela de fin de siglo bajo una perspectiva socialista. Impresionante masa de trabajo académico, en verdad, concentrada toda ella en una materia insoslayable y acuciante: la planificación. Doblemente impresionante si se piensa que Giordani está en la posición soñada por cualquiera que, como él, haya dedicado treinta años de su vida al estudio de la planificación económica: en cuanto a potestad para planear el desarrollo, Jorge Giordani es a Chávez lo que el «Brujo» López Rega era a Perón. Y con inmensos recursos provenientes del boom de precios del petróleo a su disposición. Y sin embargo en estos dos años, no ha sabido sorprendernos con ningún alarde de la imaginación que nos receta a artistas e intelectuales, ni bajo una perspectiva socialista ni bajo ninguna otra perspectiva. En materia petrolera seguimos esencialmente el mismo plan del 96 que dejó el satanizado Luis Giusti, y en otras áreas, como la cambiaria, sigue encendido el piloto automático que dejaron Teodoro Petkoff y Maritza Izaguirre cuando se fueron de Cordiplan y Hacienda, respectivamente. ¿Y la imaginación creadora? ¿Será la muerte del sujeto? ¿Qué pasó, Giordani? ¿Se secó esa cabecita?
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