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El golpista bueno, el golpista malo

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 19 de febrero de 2000

Desde que a los tres comandantes les ha dado por convocar ruedas de prensa, vivo literalmente en vilo, atento al día en que, agotada la paciencia de Savonarola Arias Cárdenas, Saint-Just Urdaneta y Robespierre Acosta Chirinos, irrumpa una mañana en el valle de Caracas, atravesando a baja altura y a toda máquina en el abra de Tacagua, una formación de helicópteros artillados del tipo «Apache», dotados de cohetes «Sidewinder» y una corneta amplificadora en cada trineo de aterrizaje.

Quién sabe si, igual que en Apocalypse Now, los altavoces helitransportados dejarán oír, como si fuesen las trompetas del Juicio Final, una versión de la «Cabalgata de las Valquirias», de Richard Wagner.

Aunque pensándolo dos veces, conocida la vocación zamorista y, en general, telúrica del tan llevado y traído «proyecto original» del Samán de Güere, seguramente pondrán bambucos tachirenses y danzas zulianas, en interpretación de la Orquesta Típica Pequeña Mavare, mucho más acordes con los orígenes andinos del otro máximo jefe de la revolución democrática venezolana: el comandante Arias Cárdenas.

¿Cuál sería el objetivo de esa por ahora imaginaria operación helitáctica? Se me ocurre que, por lo menos, el arresto de Luis Miquilena y José Vicente Rangel, al estilo del Comando Sur estadounidense en trance de arrestar a Noriega.

Cabe contemplar esa posibilidad. Ella se desprende del tono conminatorio de las declaraciones de los tres comandantes decepcionados y del plazo que otorgan a Chávez para que «alguien del Gobierno vaya preso»: veinte días.

A riesgo de aparecer como el propio aguafiestas del general regocijo que han provocado en muchos sectores de «la contra» las declaraciones de los descontentos, propondré al lector que considere por un momento el estilo y el aliento profundamente antidemocráticos de lo que arguyen los comandantes.

Lo primero que destaca en este epistolario a ratos amoroso, a ratos despechado, que los comandantes han entablado en presencia de los venezolanos, es esa propensión a la hipérbole, a la sensiblería y a la exageración autocomplaciente, tan típica del peor militarismo latinoamericano.

Me refiero, desde luego, a la exaltación del 4 de Febrero al rango de conmemorable efeméride emancipadora. Quien no haya tenido televisor en su casa para aquella fecha y escuche hoy a Arias Cárdenas, a Acosta Chirinos o al presidente Chávez evocar «la gesta» puede creer que el 4 de febrero del 92 fue algo así como la batalla de Ayacucho, Austerlitz, la batalla de El Alamein o el desembarco en la playa Omaha, en Normandía.

Es cierto que de los cinco conjurados del samán, uno fracasó en su cometido estrictamente militar, cual era la toma de Miraflores. Los detractores de Chávez no cesan de recordarlo, siempre en plan de disminuir sus capacidades.

Pero en lo que toca al comandante Arias Cárdenas, él sólo podrá ufanarse de haber ejercitado aquella noche, a escala de teatro de operaciones, una tradición del hamponato fronterizo zuliano-tachirense: mantener secuestrada a la familia de Oswaldo Álvarez Paz en pleno luego de irrumpir en su hogar a mano armada, prevalido de nocturnidad y de notable desproporción en los medios.

Para mal de la mitología y del panteón «zamoristabolivarianorrodriguista», la jornada ni siquiera les dejó un mártir que rindiese su vida en acción y en traje de campaña. El único de los cinco conjurados que no los acompaña hoy día falleció, pero de manera asaz anticlimática para un héroe militar: en un accidente de tránsito, algún tiempo después.

El caso es que continuamente se nos muestran profundamente decepcionados los comandantes, cuando todavía no trascurre el Año Dos de la Nueva Era.

El más lírico en esto de ventilar en público su desengaño ha sido el comandante Urdaneta, quien seguramente no se ha detenido a pensar que acaso también haya decepcionado él mismo a más de un venezolano que votó por ellos. Por ejemplo, a mí.

Me explicaré. Una de las funciones específicas de la Disip es la de inteligencia de la actividad delictiva y su prevención; esto es, la seguridad ciudadana, tantas veces reclamada. El comandante Urdaneta no cesa de decir que logró la recuperación profesional y moral del cuerpo, antiguamente usado por Carlos Andrés Pérez para espiar, intimidar, y según muchos alegatos dignos de crédito, hasta ultimar a sus adversarios del 4 de febrero, una vez rendidos y desarmados.

¿Y qué ha hecho Urdaneta después de recuperarlo? Dedicar todo su esfuerzo a espiar a miembros de mismo Gobierno al que pertenece, y esto con fines exclusiva y ostensiblemente políticos, con fines que sólo estirando la goma de la subjetividad pueden describirse como «de seguridad del Estado». Fines que, por cierto, Urdaneta no desmiente al afirmar que lo hizo porque velaba por la pureza primigenia del «proyecto Samán de Güere».

A mí como contribuyente que pagaba su sueldo me repatea sobremanera el hecho de que, al margen de que resulten ciertas las acusaciones de Urdaneta contra el aparentemente insumergible Luis Miquilena, el desencantado sólo haya tenido ojos para los desaguisados, reales o imaginados, de civiles como Miquilena o Rangel, teniendo como tenía a mano el muy «dinerario» universo militar del Proyecto Bolívar 2000 para velar por la pureza del proyecto. Su celo, por cierto, no le ha llevado a detectar un solo militar de dedos largos en el Plan Bolívar 2000.

Y todo ello a costa de que la tasa de muertes en los barriadas caraqueñas y, en general, la actividad delictiva —como los novedosos secuestros express, y los asaltos a bancos— haya repuntado hasta alcanzar cotas prebolivarianas.

De los tres comandantes, el de estilo anfibológico y jesuítico es Arias Cárdenas. No es el caso de Acosta Chirinos quien sencillamente no tiene «superyó» que lo contenga. Eso de «yo seguiré a Chávez mientras esté de acuerdo conmigo» es sin duda una manera bastante desenvuelta de aceptar un liderazgo.

Pero por lo mismo expresa muy bien los móviles primordiales de los tres camaradas: reclamar lo que consideran es suyo y no de la coalición gubernamental.

Una coalición de individualidades y de partidos que forzosamente, mal que le pese a «la contra», incorpora sectores diversos del mundo civil, gente honesta llegada hace poco «al proceso», entre la que hay valiosos gerentes públicos y privados, tecnócratas y académicos, tanto como gente resabiada de esa izquierda que el catire Petkoff llama con tino «izquierda preconciliar y borbónica». Pero sectores de la sociedad civil al fin.

So capa de exigir la salida de Rangel y Miquilena del tren gobernante, es a los sectores civiles —me late que a todos ellos, sin distingo de quién pueda ser corrupto o no— a los que realmente acusan los comandantes de haber «descaminado a Chávez», de marearlo, de conducirlo por el mal camino, de «apartarlo del proyecto original».

El episodio, fariseo e hipócrita como se advierte, podría tener un antecedente remoto en la recusación que Mariño, Briceño Méndez y otros próceres militares de la Independencia hicieron del doctor José María Vargas en 1834: sencillamente «no se lo calaban» como presidente por ser Vargas un civil, un doctor, un hombre de a pie; porque no había roto un cartucho de pólvora con los dientes ni disparado un tiro: ellos habían derrotado a España y querían lo suyo y no iban a compartirlo con civiles.

La retórica artificiosa y cursi de los comandantes —«más cursi que un cadete», reza un dicho— apenas encubre el mismo impulso excluyente de lo civil cada vez que los quejosos señalan que a Chávez lo aconseja mal gente que no estuvo el día que juraron bajo el samán ni quemó cacerinas el 4 de Febrero.

Desde luego, su moralismo, al tiempo que halaga a los medios y a «la contra», hace caso omiso de formalidades republicanas que ellos mismos se han dado: no pueden aguardar a que actúe la Fiscalía, el llamado Poder Moral, la instancia civil y las instituciones bolivarianas y «regeneradas». No; ellos quieren un preso en veinte días. Y redondean el chantaje con el mismo argumento con cara de «no seré yo» que harto hemos escuchado a Chávez en el pasado: «O no respondemos si ocurre un estallido social».

O se regresa al «proyecto original», del cual Arias, Urdaneta y Acosta se erigen veedores, o «no respondemos chipote con sangre», como dirían en México.

Desde esta página quisiera preguntarles a los angélicos comandantes que se dicen decepcionados por la veleidad y debilidad de carácter de Chávez frente a sus presuntos «bajeadores», de cuál «proyecto original» están hablando. El único que llegamos a conocer los venezolanos contemplaba fusilamientos con juicios sumarios, según consta en los decretos que ya habían redactado.

Si en verdad se ha descaminado Chávez de ese proyecto, pues es verdaderamente cosa para regocijarnos: prefiero esta constitucionalidad mostrenca pero teóricamente enmendable a los expedientes por conocer de estos singulares moralistas que le aceptan cargos consulares a Caldera, espían a su propio Gobierno y llaman «puntofijista» a quien les estorbe.

Si Chávez se descaminó del proyecto hasta el punto de designar a un venezolano intachable y dispuesto al diálogo como es Isaías Rodríguez para la Vicepresidencia Ejecutiva de la República, pues me alegro de ese tipo descarrío civilista.

Y termino con una observación que aspiro resulte chocantísima: «La contra», ese conjunto de honestas voluntades oposicionistas que, para decirlo con verso de Darío, «persigue una forma que no encuentra su estilo», está que parte un «lemmon pie» y se da besos de piquito con los tres comandantes.

Y la prensa llamada de opinión televisiva y radial sencillamente se hu-me-de-ce cuando los entrevista. Hasta el general Ochoa Antich ha planteado que se les invite a formar parte de una coalición electoral.

Ello es la expresión más resplandeciente de la insuficiencia de la contra y de su incapacidad para fraguar y poner en la calle una política verosímil antes de mayo. Es una lástima.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca



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