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Sección: Bitblioteca
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¿Qué cuento de huelga es ése? El Nacional, sábado 12 de junio de 1999 I En la imaginación de izquierda venezolana pocas representaciones gozan de tanto prestigio como el de una huelga petrolera. Pese al linaje «pequeño burgués» y hasta mantuano de buena parte de la izquierda histórica criolla quizá debido justamente a ello, la izquierda se acostumbró a asociar la idea democrática con la idea sindical y a atribuir el origen de vida política venezolana de este siglo con las luchas del proletariado petrolero, allá por los tardíos años veinte y tempranos treinta. La legendaria huelga petrolera del 37 ofrece todos los tópicos fundacionales: se hizo contra las operadoras extranjeras contra el imperialismo, vamos y contra el gobierno «gomecista sin Gómez», puso en tensión a todas las fuerzas democráticas del país, su emoción y su gesto eran republicanos, demóticos; eran «modernidad» en el sentido que suelen darle ahora a la palabra los señoritos de la politología. II Pero si la historia del siglo XX venezolano es la historia de las relaciones entre nosotros y esta inasible, y para muchos insidiosa forma de riqueza que es la petrolera, entonces luce natural que haya entre nuestros contados mitos de fundación, la noción de una huelga petrolera, conducida denodadamente hasta triunfar sobre gringos y «gomeros». En algún anaquel de Bolívar Films debe andar el trozo de película que muestra un hidroavión amarizando en el lago de Maracaibo y del cual desciende el aborrecido «presidente del estado» Pérez Soto, en gira de inspección, a raíz del incendio de un poblado de aluvión en la Costa Oriental del Lago. Un hidroavión; considérese un hidroavión, seguramente allegado por el departamento de transporte acuático de alguna concesionaria. Al fondo, se puede ver el bosque de torres de perforación que eriza el lago frente a Pueblo Nuevo. Una pervivencia gomecista, viajando en hidroavión, inspecciona el saldo humeante del incendio de un boom town construido sobre palafitos en todo semejantes a los que indujeron a un navegante del siglo XVI a bautizarnos Venezuela: he allí una imagen con la que Luis Pérez Oramas sabría entendérselas mucho mejor que yo. Usted puede decidir que la foto de grupo de los estudiantes de la generación del 28, unánimemente tocados con boína, alegoriza el advenimiento de algo parecido a la modernidad entre nosotros. Yo prefiero el pietaje de Bolívar Films que deja ver a Pérez Soto, con fusta y polainas y bola de paniaguados, bajando la escalerilla de un hidroavión, circa 1937, poco antes o después de la huelga petrolera que los hagiógrafos de la izquierda han dado en llamar «la gran huelga petrolera». III Esta central sindical petrolera que amenaza huelga para pasado mañana ¿qué puede mostrar que la vincule al linaje de los pioneros del 37? Lo pregunto, así, en voz alta, porque recuerdo que por agosto del año pasado, hubo amenaza de paro. En los distritos petroleros de Oriente, Petroleos de Venezuela desplegó, durante un par de días, el plan contingente para casos de huelga que se apoya en lo cuadros ejecutivos medios para cumplir labores en ausencia de la musculatura sindicalizada. Funcionó: el mismísimo Carlos Ortega, pidió cacao oportunamente. Lo que no deja de ser ilustrativo de las singularidades de esta central sindical cuyo líder máximo formaba por entonces parte del directorio de la corporación empleadora. Siempre me he preguntado cómo lo hacen, cómo pueden quitarse el sombrero de miembro del directorio, enteradísimo de los planes de contingencia para casos de huelga y el de Jimmy Hoffa de los afiliados a Fedepetrol. Cómo puedes convocar a un paro a sabiendas de que las cosas van a salir como en una película de Elia Kazan. Esta federación redondea una de las figuras más perversas de nuestro sindicalismo por rama industrial general: agrupa por igual a trabajadores de Pdvsa y a trabajadores de las empresas contratistas. No se necesita ser un asesor de esos a los que la a OIT paga dos mil dólares la hora de consulta para discernir intereses diferenciales entre unos y otros. Y sacar las conclusiones del caso. La voracidad que, por primera vez, mucho antes de lo imaginable hace unos meses, desafía a un presidente cuya campaña tuvo como tema primordial los privilegios de la industria petrolera, de cara al resto de la sociedad venezolana. Es asunto complejísimo, en verdad, y de difícil dictamen. Por lo pronto me interesa llamar la atención sobre el cariz resueltamente hipócrita que entraña satanizar a una determinada cúpula ejecutiva y soslayar esos diez millardos y pico de bolívares que mensualmente le cuestan a la industria uno de los menos conspicuos logros contractuales de Fedepetrol. Me refiero al subsidio que hacen de los economatos una verdadera tierra del nunca jamás, un túnel del tiempo donde prevalece una glacial atmósfera de precios congelados según el índice de 1960 y donde un plátano cuesta todavía un bolívar. IV Volando, a fines del año pasado, de Pedernales a Maturín, en uno de los lentos pero confiabilísimos Grumann de Pdvsa, un alto ejecutivo del área de exploración y producción de la operadora especulaba en voz alta igual que tantos venezolanos por entonces acerca de qué iba a pasar con la industria petrolera una vez Chávez llegase a la presidencia. El ejecutivo miraba por su lente particular y formulaba dudas y aprensiones de todo tipo. Pero, al mismo tiempo, exhalaba un deseo rara vez manifiesto por miembros de esta capa del estamento petrolero: el de meter en cintura a los voraces gremios que asuelan nuestras industrias básicas. Sólo un duro como Chávez puede con ellos. Si lo logra, le estaría haciendo un gran bien a este país recuerdo que me dijo sin torcedura alguna. Escribo esta crónica el jueves, desde Miami, donde leo en titulares a ocho columnas de The Miami Herald, que a Chávez lo amenazan con una huelga general, anunciada para pasado mañana. Me pregunto si el Ejecutivo reaccionará ante el desafío de los sindicatos petroleros con la misma resolución con que ha promovido la revisión del plan de negocios y la sujeción de PDVSA a las directrices del Ministerio de Energía y Minas. Ese «estado dentro del estado» que denunciara durante su campaña, ha entablado, desde sus inicios, relaciones con su propio ámbito sindical en los que las perversiones cetevistas hallan su máxima expresión. Tanto es así, que el proclamado downsizing, que en la jerga se llamó «el cambio», y que debía ser una especie de «liposucción» de la nómina, produjo pocos despidos y un máximo de reasignaciones que alimentan toda una chistología al interior de la operadora. Otra expresión de lo mismo se deja ver en los distritos donde la central trabajadora se reserva, ¡por explícita figura contractual!, cupos de trabajo que se cotizan en centenas de miles de bolívares, como si de puestos en la Bolsa de Caracas se tratara. Chávez ha exigido a la CTV que legitime su relación con los trabajadores. En pocas ramas industriales esto es tan urgente como en la petrolera. Pero hay algo valioso en esta declaración de huelga: el enfrentamiento entre Fedepetrol y el Ejecutivo será la prueba ácida que nos dirá si lo de la regeneración moral de la República, que el chavismo y la Presidencia propugnan por igual, es retórica hueca o contundente recta a los codos.
Ver Petróleo, igualitarismo y resentimiento
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