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Julio Borges, la política y los pobres

Ibsen Martínez

El Nacional, sábado 2 de setiembre de 2000

1.

Para la televisión comercial, igual que para las iglesias y los políticos, los pobres y la justicia son asuntos primordiales.

En el órganon no escrito por nadie que rige desde siempre los cánones de la telenovela, la pobreza es el motivo cardinal, la pobreza es esa perra rabiosa que apostrofa el gran Neruda en una de sus Odas elementales y que solo sabe entorpecer el amor. Un sargazo del que solamente se logra escapar gracias al súbito y providencial golpe de viento de una herencia impensada, de un matrimonio justiciero y provechoso.

El programa de concurso, y todas las variantes de la lotería regional televisada, cortejan también al auditorio de los pobres, siempre desde esa premisa del «golpe de dados».

Pero ni siquiera la trapisonda de los departamentos de mercadeo y producción, con todo y su automóvil «cero kilómetros», los millones acumulados en el pote, la entrevista al gimoteante incrédulo favorecido por el número ganador, casi siempre enfundado en una franela que deja ver los efectos de su vitalicia dieta de cerveza y carbohidratos, logran tampoco «abolir el azar», si me es lícito citar el corolario de Mallarmé.

Pues no hay lugar alguno para el azar en la pantalla comercial, como bien sabe quienquiera que haya trabajado en un canal de TV, sino un mezquino cálculo donde la prodigalidad de los hados depende de las cifras del rating.

En cuanto a la justicia, a menudo puesta en relación con el melodrama de intención social, vale también para la televisión el aforismo que se atribuye a un gran autor francés del realismo social del siglo XIX: que el código penal aborda todos los avatares que las pasiones, las miserias y la grandeza y magnanimidad humanas pueden depararnos.

Sé por experiencia que todo argumento de telenovela de horario estelar que se precie desemboca, tarde o temprano, en una audiencia que es remedo risible de una corte americana, en una sentencia injusta, en un calabozo.

Esto, por sí mismo, no debería movernos a rechazo; ¿acaso Alejandro Dumas padre y Dickens no lograron forjar con esa materia obras de perdurable valor? Y en un orden más vasto; ¿no es la justicia el único problema verdaderamente digno de contemplarse?

Pero al estirar y torcer esa elemental observación, los productores de la televisión de acceso público no supieron dar sino con el llamado «docudrama» —reconstrucción de hechos punibles, mas no para fines de instrucción judicial, sino para goce —¿catártico? ¿morboso?— de la teleaudiencia.

Y con el «reportaje de interés social», inaugurado entre nosotros por el celebérrimo Napoleón Bravo y que ha tenido multitud de epígonos, desde Leda Santodomingo hasta Ana Vaccarela, pasando por la inefable Marietta Santana.

El reportaje con «ángulo social» no es más que un avatar radioeléctrico de aquellos circos de la legua que reservaban una carpa para exhibir monstruosidades congénitas, bagazos de quirófano, disecados bebés siameses y contrahechos, fotografías de autopsias de ajusticiados, gibosos fetos formolizados, litografías de enfermedades venéreas; en fin, Lombroso en la feria. Todo ofrecido con el loable pretexto de la «divulgación científica» y de la «osada» denuncia de los males sociales.

2.

Julio Borges
Julio Borges
Mi admiración por el doctor Julio Borges viene de hace unos años atrás, cuando ni él ni nadie podía imaginar el actual escenario y la actual constelación de circunstancias que hacen de Borges uno de los más entusiasmantes nombres de la oposición venezolana.

Supe de Borges por primera vez muy temprano una mañana de un sábado cualquiera de 1997 —pronto hará cuatro años—, mientras yo esperaba que percolara el café y, con el diario en una mano y el control remoto en la otra, hacía zapping frente el receptor de televisión que había en la cocina.

A esa hora, ¡8 de la mañana de un sábado!, y en el segundo canal estatal, el cinco —un canal virtualmente clandestino—, Julio Borges y una colaboradora suya entrevistaban a Juan Navarrete.

En sábados sucesivos pude ver a Borges alternando con su inteligente colaboradora. Ocupaban ambos aquellas horas, habitualmente destinadas por la mayoría de la población a administrarse aspirinas y a restaurar los niveles de electrolitos y de potasio en el torrente sanguíneo, para ventilar y hacer inteligibles diversos tópicos inherentes a la por entonces inminente reforma del Código Orgánico de Procesamiento Penal.

Era aquel un programa de televisión apostólico y enjundioso que no se disipaba en generalidades acerca de la inaplazable necesidad de reformar el sistema judicial, sino que ofrecía un mapa caminero, que orientaba minuciosamente, parada por parada, sobre el cómo hacerlo.

Los animaba tal voluntariosa fe de adelantados en territorio hasta entonces desconocido, que un sábado de esos, mientras restablecía mi equilibrio electrolítico y sorbía el potasio de un vaso de jugo de tomate concentrado, y contagiado de su entusiasmo, me decidí a apuntar el número telefónico de su guarida en el marco de una puerta. Fui a verlos para que me ilustraran.

Por entonces contemplaba yo la idea de escribir una serie de trabajos de prensa acerca de las implicaciones más relevantes del COPP y que a todas luces eran y siguen siendo dignas del apoyo general: la eliminación del protervo «secreto sumarial», la eliminación del juez inquisidor y agente del peor terrorismo judicial, la noción de que un juez debe ser designado en virtud de una evaluación específica, los nuevos modos de entender la casación y el control tribunalicio, el espíritu «garantista» que anima el nuevo Código, el propósito cívico de atraer a una población desencantada y descreída de la administración de justicia a los deberes ciudadanos del escabino y del juez de paz, etcétera.

Hablando con ellos me enteré de un viejo proyecto suyo que todavía por entonces no cristalizaba: el de llevar a la televisión comercial un programa que, haciendo el mínimo de concesiones formales a las necesidades del rating, permitiera familiarizar a las mayorías con las virtudes de la celeridad procesal, de la audiencia pública, del papel del juez de paz en la convivencia municipal y en la descongestión tribunalicia, etcétera.

Un espacio que, andando ese camino, pudiese poco a poco hacerse cada vez más denso en su temática, proponer a la población más desasistida un espectáculo respetuoso para con ella y sus cuitas, y que al mismo tiempo fuese un programa instigador de la lucha por las reformas. Pretendían quitarle a la justicia el cariz de inaccesibilidad de casta que sólo conviene a los oficiantes de la sentencia tarifada. «Justicia para todos» habría de llamarse el show.

3.

Despertó mi simpatía su proyecto, pero debo admitir que me pareció utópico, conociendo como creía conocer yo los medios televisivos. Por entonces, ningún canal se mostraba interesado.

Para mi bien, se salieron con la suya él y sus panas, pues pese a los intentos de RCTV de banalizar el programa y de reducirlo a ser un recurso ocasional para ganar mediciones de audiencia, Borges ha logrado encarnar para vastas mayorías la idea del juez severo y ecuánime que se ciñe a la sabia recomendación que hace el Quijote a Sancho Panza en trance de impartir justicia: «Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico».

4.

Chavez
Hugo Chávez el 4 de febrero de 1992
Gran parte de la fortuna política de Chávez se ha fincado en un uso creativo y oportuno de la televisión, desde aquellos fulgurantes 40 segundos de audiencia total la tarde del 4 de febrero del 92, y ciertamente en haber cambiado las balas por los votos.

La de Julio Borges ha estado ligada también a un uso creativo de la televisión, si bien nos consta que al principio este no estuvo ligado a ningún plan estricta y deliberadamente político.

Sin duda lo más señalable es que últimamente Borges y quienes lo acompañan han optado por devolverle a la política su cariz específico de oficio eminentemente desprendido y riesgoso, un oficio exigente en sus deliberaciones, un quehacer que requiere tiempo completo y la resolución de saber estar en minoría, de discurrir largamente en el desierto.

Borges, y quienes actúan en el mismo sentido desde posiciones del poder público —Dilia Parra, Javier Elechiguerra—, le han tomado la palabra a la letra de la Constitución Bolivariana —no solo al espíritu, como prescribe Miquilena—, con lo que han no han hecho más que poner a prueba la viabilidad de sus provisiones e instituciones y dar pasos en el camino de la convivencia y la institucionalidad.

Gracias a la televisión, el mismo pueblo soberano que por buenas razones ve en Chávez a un esforzado benefactor y en el doctor Julio Borges a un ecuánime y valiente hombre de ley y de las leyes. Por eso a tantos entre el soberano repugna e inquieta el trato desconsiderado que se le «dispensa» desde Miraflores y desde la dirección del MVR.

¿Ramos Allup jefe de la bancada opositora? Creo que a todos, incluso al presidente Chávez, nos convendría que esa jefatura estuviese en manos de otros nuevos hombres, con nuevos procedimientos.


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