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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR ¿Quién le teme a Carlos Lanz? El Nacional, sábado 23 de diciembre de 2000 La temida «revolución» educativa del camarada Carlos Lanz llegará hasta donde alcancen los viáticos de los famosos «inspectores itinerantes». Antes de gozarme en mi escepticismo, conviene dejar sentado que Carlos Lanz es algo así como el Alfredo Escalante de la insurrección armada. En efecto, Carlos Lanz se las ha arreglado para llegar a ser como esos sesentones que se dejan colita de caballo para sacar a pasear a su vejuca en una Harley Davidson modelo 47 los fines de semana por la carretera del Alto Hatillo. Su «fuerza de venta», los «supervisores itinerantes», tan censurados y temidos por los educadores privados y católicos, seguramente será reclutada entre antiguos militantes de la ultraizquierda universitaria. Los conocemos bien: con Chávez pasaron del multígrafo Gestetner de manivela al laptop, sin parada adaptativa en la Smith-Corona Electric: los hombres del tándem Navarro-Lanz no se enteraron de la invención del chip de silicona porque estaban demasiado ocupados quemando cauchos en la Plaza Venezuela y extorsionando a los rectores de la UCV. Tal vez por ello, por la estrecha geografía de su acción, quienes no los conozcan, en especial lo que he dado en llamar la vanguardia de la contra sifrina, pueden hacerse de ellos una idea exageradamente peligrosa. En realidad, de llegar a salirse Navarro y Lanz con la suya, los inspectores itinerantes ingresarían a la picaresca de la educación superior nacional, pública y privada, tanto como el reglamento de repitientes, la fábrica de abogados de la Universidad Santa María y el gremialismo gangsteril de Fapuv. Pero conviene tener presente que los «ingenieros sociales» de Carlos Lanz, esos Foulcaults del piso 19 del edificio del Ministerio de Educación, no acaban de llegar de San Vicente del Caguán: son emanación del descompuesto y fracasado sistema de universidades públicas venezolanas. Y en esto se asemejan al resto de los niveles directivos de la burocracia de la Quinta República, la cual notablemente proviene de la UCV. No vaya Ud. a creer que se bajaron todos de un tanque AMX 30 la madrugada del 4 de febrero del 92: la mayoría estaba esperando su jubilación, en la mejor tradición ucevista. Este subtipo de burócrata populista no es nuevo: lo heredamos de la Cuarta República. Y, como es sabido, el burócrata ucevista típico suele tener una idea muy halagadora de su propia ética, según la cual las cosas malas ocurren de la Plaza Venezuela para allá. Pero es un corrupto; no nos engañemos. Lo es en el sentido que el profesor Marcelino Bisbal alcanzó a darle al término en el trascurso de una asamblea en la que le escuché decir, por ejemplo, y para irritación de muchos de sus pares, que un profesor universitario que no está al día en sus ascensos es un corrupto. Casi la única inquietud que prospera en el clima universitario público venezolano se asocia a la pregunta «cuándo carajo pagarán los pasivos laborales». ¿Puede extrañar que sea también un mundo perezoso, provinciano y atrasado en el trámite con las ideas? Quizá por ello el documento de los lémures de Carlos Lanz esté tan repleto de antiguallas de los años sesenta, como esas profusas citas ¡de Paulo Freyre! que suenan como los discos de vinil de Led Zeppelin o The Doors que Alfredo Escalante atesora en su discoteca. Como buenos venezolanos ultra-izquierdistas, cómo no, pero venezolanos, rinden culto al igualitarismo en su acepción máxima: odian la jerarquía que entre los humanos otorga el saber y la idoneidad, esto es, la competencia, en el sentido cabalmente universitario de «facultad». Tal vez por ello, los hombres de Navarro y de Lanz son los mismos que se han opuesto siempre a los planes de recompensa diferencial (tales como el PPI o el PEI) al docente o al investigador destacados. Muchos de ellos entraron a la administración chavista luego de escribir artículos en El Globo en los que atacaban a Chávez por ser militar y porque las «fuentes» ideológicas de su populismo les lucían primitivas. Pero fueron bajando el tono y la pugnacidad cuando Navarro, Ciavaldini y Giordani regresaron un día de visitar a Chávez en Yare y cundió la certidumbre de que Navarro, de llegar a ser Ministro, pagaría el ansiado pasivo laboral. Opino que no hay mucho que temer de una corporación cuya expectativa mayor no es lograr «la irreversibilidad de la revolución bolivariana», sino más bien acabar de cobrar el siempre aplazado pasivo con el que comprar un apartamentico de segunda mano en Cumbres de Curumo y esperar la vejez releyendo a Celso Furtado, si es que releen algo. ¿Dónde quiero llegar con todo esto? A compartir con Ud. la noción de que el tren gubernamental y legislativo del chavismo es tan inocuo, en punto a legislar y decretar revoluciones, como cualquier punta de encamburados adecos o copeyanos del pasado. Sólo que quizá muchos compatriotas no se animen a creerlo porque llevan tres años leyendo los titulares de El Universal, o escuchando a las payasitas «Ni Fu Ni Fa» que hacen morisquetas mientras leen los teleprompters de Globovisión y pasan por incisivas analistas políticas cuando entrevistan invariablemente a los mismos alarmados alarmistas de siempre. Sostengo que lo que diferencia al «inspector itinerante» chavista de un fiscal de renta de licores adeco o copeyano, es el hecho de que el desmesurado nivel retórico del jefe máximo se la pone difícil a la hora de matraquear. La impronta «moralista» con que el parloteo incesante de Chávez tiñe todo lo que aborda, hace que el burócrata chavista « de a pie» no pueda manifestarse del mismo modo desenvuelto con que el adeco de antaño te decía : «De verdad te quisiera ayudar, pana, pero esto tiene unos gastos y tú sabes cómo es esta vaina». Por eso el mejor consejo que pueda darse a los amigos de la contra sifrina, del empresariado, de la banca o el mundo de la educación privada, es prescindir del nivel retórico en su trato con las autoridades del Ejecutivo y los personeros de la Asamblea Nacional. La banca, por ejemplo, debería anticiparse al debate sobre los fondos de pensión. Nada cuesta, digo yo, hacer llegar discretamente 120 tarjetas doradas a la Asamblea Nacional. Me atrevería a decir que los revolucionarios las están esperando con ansiedad. Apuesto mi Jaguar KE y mi propiedad veraniega en Marbella, que ningún asambleísta revolucionario la devolverá con una carta que diga «esto debe ser un error». De igual manera, si es Ud. propietario de un colegio privado, no espere a los inspectores con una barricada y una escopeta Winchester Pump calibre 16 de cinco tiros. Los inspectores probablemente no aparezcan nunca debido al «ñemeo» que va a desatarse entre los cincuenta sindicatos corruptos del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes: si no salen a tiempo los viáticos, los inspectores terminarán rindiendo informes falsos a Carlos Lanz sobre colegios que ni siquiera han visitado. Espérelos más bien con una caja de Solera bien fría, tres kilos de solomo de cuerito y dos de yuca sancochada. Eso sí, recuerde que el nivel retórico de Chávez tiene «amarrado» al inspector y al funcionario chavista en general, y que es Ud. quien debe romper el hielo. Así, en lugar de guindarse a discutir con el inspector itinerante chavista como si Ud. fuera Nitu Pérez Osuna, pregúntele abrupta y cortésmente: «¿Dónde paraste el carro?». Seguido de un contundente «¿qué carro cargas tú?» El inspector intinerante, soprendido fuera de balance, responderá maquinalmente : «Un Malibú del 83. Ese que está ahí». Es entonces cuando Ud. debe decir, sin vacilar: «chico, yo creo que podemos conseguirte algo mejor. Tú no puedes seguir rodando en ese catanare». Al retomar la gestión que lo llevó a reunirse con Ud., notará como el tipo se pone más «viabilizador» y hasta llega a deslizar que «el Loco tiene buenas intenciones, pero a veces se le suelta el yoyo y es una vaina que verdaderamente, etcétera ». La regla vale para todos los casos. Pero ¡por favor!, ya deje pensar que un círculo de estudios de harvardianos antiguos egresados del San Ignacio puede decirle algo de provecho acerca de la tomografía moral de un funcionario chavista, menos si el funcionario es uceveco, como el ministro Navarro o el camarada Lanz. A quien hay que consultar para pronosticar cómo ha de funcionar la relojería mental que mueve hoy los escalones elevados de la administración chavista es a maestros del rejoneo y de la trapisonda ucevista, como Roberto Ruiz (que «pegó» en el CNE), como Trino Alcides Díaz, que por algo es quien corta el bacalao en el Seniat, a Nelson Merentes, a quien no por nada en la Facultad de Ciencias llegaron a apodar «Nelson-me-miente» y quien tiene a su cargo la Superintendencia de Bancos, o al jefe de Fogade, Rómulo Henríquez, quien se jubiló de la UCV con rango de instructor sin jamás haber intentado siquiera presentar un trabajo de ascenso. Así pues, durante el año 2001, impóngase como norma no volver a leer las entrevistas a Ceresole que publican en El Universal, convénzase de que Carla Angola no es Hannah Arendt, prescinda del nivel retórico de Chávez y del chavismo y hable de negocios Ud. primero. Verá que estos «jacobinos» justicieros de la Asamblea Nacional y del aparato estatal de la Quinta República no aguantan una caja de Chivas 12 años, ni mucho menos un pasaje en primera a París. ¡Feliz Navidad!
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