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Del libro menor en Venezuela El Nacional, sábado 23 de setiembre de 2000
pequeño país en broma donde cada uno cree en su papel y lo juega sin gracia
1. Un editor estadounidense solía decir que publicar un volumen de versos y esperar que pase algo con él es como dejar caer el pétalo de una rosa en el Gran Cañón del Colorado y sentarse a escuchar el eco. Si ello es cierto, el volumen del Vicepresidente se ha salido con la suya: sus pétalos han hecho bastante ruido al caer. Como «suspensión voluntaria del descreimiento» definió Coleridge a la poesía. Al leer una muestra del volumen de Isaías Rodríguez que ofreció el vespertino Tal Cual , francamente, uno sólo se anima a suspender la compra del librito. Hasta ahí todo lo que puedo decir de la calidad de los versos del Vicepresidente: la poesía te visita o no te visita. En cambio, la opinión casi unánime de los intelectuales y creadores se ha condensado en algo que me suena a sectaria ñoñería de ghetto: todos han coincidido en que el Vicepresidente no tiene «trayectoria conocida como poeta» (sic), como si fuese dable hacerse poeta del mismo modo en que un golfista salta del amateur al profesional y va acumulando millaje y mejorando su handicap hasta que gana el Grand Slam. Convenido: sólo por ser Vicepresidente, los versos de Isaías Rodríguez no merecían tanta «celeridad procesal», para usar el giro forense. Pero me escuece que toda la mordacidad de salón a costa del doctor José Ramón Medina, toda la sorna acerca de la prisa del Vicepresidente por ver publicados sus versos, pudiese alentar la idea de que antes del ascenso de Hugo Chávez al poder, la comunidad intelectual venezolana se había habituado a ver publicados sus libros en las editoriales oficiales sólo después de estrictos procesos de arbitraje a cargo de imparciales lectores anónimos, de esos que juzgan ecuánimemente los originales y recomiendan o no su edición. El vocerío que se finge indignado por la aparición del poeta instantáneo no debería distraer la atención del hecho de que muchos de quienes rasgan sus vestiduras lo único que echan de menos es la conexión que antes tuvieron con quienes cortaban el bacalao, los «contactos» que habían cultivado, las redes que habían laboriosamente tejido y que el «deslave» chavista deshizo de un porrazo. Les ha ocurrido lo mismo que a los «dañados» del barrio cuando, en un ajuste de cuentas, una banda se trenza a balazos y «casca» accidentalmente al «jíbaro» proveedor local de bazuko. Durante un tiempo los dañados quedan en el desamparo y la orfandad. Hasta que se restablece la red social y aparece otro jíbaro dispuesto a proveer el «conecte» y todo vuelve a la medianía; esto es, a la normalidad de siempre. Vale la pena preguntarse si en la IV República la solicitud de un Vicepresidente (de haber existido esa figura), o en todo caso, de un kaimakán del Ejecutivo o del CEN de AD, de ver publicados sus versitos habría sido respondida tal como ahora muchos reclaman que ha debido hacerse con los versos satánicos de Isaías: sometiendo escrupulosamente el manuscrito al escrutinio de un comité arbitrado. Si es verdad que la discrecionalidad en las decisiones del funcionario público la convierte indefectiblemente en mercancía, ello nunca ha sido más cierto que en el ámbito de la cultura latinoamericana financiada con recursos públicos. Ya en los años ochenta, un cálculo oficial colocaba en varios millardos el costo de todo lo que, sin escrutinio previo, como estricto favor o como pago de favores, se publicaba en Venezuela con cargo al presupuesto de las direcciones de publicaciones, desde la Secretaría de la Presidencia hasta la más remota y prescindible asamblea legislativa estatal. He escrito «costo» deliberadamente, porque publicar durante décadas todos esos poemarios, monografías, crónicas inéditas, colecciones de artículos, «aproximaciones a», «apuntes para», semblanzas de próceres regionales, plaquettes, memoriales, etcétera, no ha hecho parte de la inversión social en el área de cultura: ha sido, en el mejor de los casos, otro avatar venezolano del tema del peculado. Las publicaciones con cargo al erario público fueron siempre un arbitrio «redistributivo» para que un impresor amigo se ganase un contrato y un poeta se llevase a su casa un bulto con cincuenta ejemplares de cortesía. El resto, lo verdaderamente digno del esfuerzo de imprimir un libro pagado por el Estado, esto es, que sea distribuido , que se vea expuesto, que alcance a tener lectores, indefectiblemente se convertía en silencio, en almacén y olvido, en remate al por mayor de tirajes enteros, con suerte localizables bajo el puente de las Avenida Fuerzas Armadas, ese rancio mercado de los bouquinistes caraqueños, pero no rancio de abolengo librero, sino rancio de odoríficos meados indigentes. 2. Una rara traza en el genoma del intelectual venezolano hace que se dé por satisfecho con que alguien imprima su libro, aunque el hecho jamás se haga público ni el libro circule ni alcance a tener lectores. Esta sencilla observación, que cualquiera puede hacer, la hizo alguna vez también Guillermo Morón. Pero en su caso fue la premisa operativa de una de las más ingeniosas y exitosas operaciones de privatización de fondos públicos que hayan ocurrido en Venezuela. Digo ingeniosa pues se apropió de un blindado pretexto, tan filantrópico e inatacable como es publicar al autor que no encuentra quien le imprima. El Director de la Academia de la Historia, corporación que depende del Ministerio de Educación, obtuvo un subsidio de la Secretaría de la Presidencia de Jaime Lusinchi, con el que se formó un fondo editorial. Una misma imprenta, propiedad de la esposa del magnánimo promotor del autor venezolano desatendido, ganaba impertérritamente todas las licitaciones. La colección se llamaba, con despreciable socarronería, «El libro menor», y rebasaba la temática de las colecciones de la Academia, tradicionalmente ceñidas a temas históricos. Esta ampliación del espectro temático obedecía a que el dispositivo de apropiación de fondos públicos requería alimentarse permanentemente de manuscritos inéditos, de allí su lasitud estructural a la hora de evaluar títulos y autores. Todo cabía en el libro menor. No se ha sabido de un manuscrito que haya sido sometido a consideración de comité alguno: «Aquí no postergamos al talento: tú vales, chico; tu trabajo merece ser conocido». Hay penetración sicológica en ese modus operandi , porque en cuanto escucha eso, cualquier autor hace a un lado toda suspicacia y ve abrir las puertas de la gloria. La gloria consiste en que le imprimen su legajo, le hacen objeto de un coctelito con vino caroreño y le entregan un bulto de cincuenta ejemplares para fines de promoción y obsequio a familiares y amigos. No había gerente de circulación y mercadeo a quien preguntar cómo le iba al libro, porque aquella era justamente el tipo de editorial con que sueña el «intelectual» venezolano promedio: una cruza de linotipo con salón de festejos. La «desprendida» editorial, que se decía «alternativa», funcionaba además con deliberado déficit de impresión. Ahorraban tinta y papel porque el todo estaba en optimizar los réditos del subsidio y de paso hacer feliz al menesteroso. Y todos tan amigos. Un clásico. «El libro menor» fue el trajín perfecto: funcionaba igual al del tipo que vendió dos veces la Torre Eiffel: nadie que participase en él podía denunciarlo sin comprometerse porque o bien era un huevón o estaba en el guiso. Así no hubo en toda la Capitanía General de Venezuela quien recusara jamás la trayectoria de tal o cual autor de la colección, ni reclamó comités de árbitros, lectores independientes, ni hubo siquiera el espectro de un arrebato de misticismo moral semejante al que causa el libro de Isaías Rodríguez. ¡Ah!, porque entonces todos se hacían la ilusión de acceder al entorno del editor y ganar su favor. Cada quien sentía que podía llegar a formar parte del circuito, suficiente título éste para ganar cualquier día la lotería de la discrecionalidad del único editor que podía darse el lujo de no ser exigente en cuanto al material que imprimía pues operaba con dinero del Estado. Ilustra y divierte leer la nómina de autores y la lista de títulos de la colección «El libro menor». Menudean allí , al lado de firmas de mucho tronío (de esas que hoy acusan y se indignan y hacen chistecitos facilones a costa del doctor José Ramón Medina), nombres tan carentes de «trayectoria» como se dice hoy de Isaías Rodríguez. Un consejo al Vicepresidente: restituya la red social en el barrio, instituya un fondo editorial y reedite cada título de «El Libro menor», sin excluir ninguno, aunque cambiándole el ignominioso nombre a la colección. Eso sí: cuide que haya cóctel y bulto de ejemplares de regalo, aunque no circule jamás un solo ejemplar. Y ya verá cómo lo tratan distinto algunos intelectuales.
Ibsen Martínez en La BitBlioteca |
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