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Acabo de ver a Montesinos

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 28 de abril de 2001
Los videos de Montesinos

1.

Esta mañana, como todos los miércoles, me dispuse a escribir la prometida continuación de mi entrega del sábado pasado sobre el desempeño de la oposición.

Encendí mi computador y mientras tomaba un café esperé a que el sistema operativo pasara revista a todas sus memorias y a todos sus cachés y a todos los discos y acabara, en fin, de hacer sus rituales Microsoft.

Suelo ojear la prensa en edición impresa mientras con el rabillo de la mente vigilo la pantalla. Esta vez, Windows se abrió lentamente, con casi imperceptible lentitud relativa, apenas un infinitésimo más lento que lo habitual y supe que debía alarmarme.

En el centro de la pantalla comenzó a formarse una aglomeración de pixels que repentinamente se animó, en el sentido Walt Disney del verbo, y cobró la forma inequívoca de un logotipo publicitario: se trataba de un rostro humano del tamaño de un guisante. El guisante creció hasta devolverme, en «pantalla completa» y alto contraste, las facciones barbadas de Vladimiro Montesinos, tal como las muestra la foto ampliamente difundida por los medios de prensa.

Acto seguido el logotipo se resolvió en un letrero que rezaba: Vladimiro Montesinos’ Blackmail Home Video Productions presenta: Un día en la vida de Ibsen Martínez. En la banda sonora había música de Lalo Schiffrin.

Lo que siguió fueron imágenes de una crudeza hiperrrealista, captadas no sé cómo en video de alta resolución. Son imágenes que fijan para la historia universal del chantaje un momento malhadado de mi vida reciente, un episodio que a toda costa quiero y debo apartar del escrutinio público, una vergüenza sin nombre, decididamente un mal paso que creí sin testigos ni consecuencias, un pecado del que no me queda más remedio que declararme culpable, pero que me niego rotundamente a confesar.

El tipo del vladivideo era yo. Inescapablemente yo.

Tan sorpresivamente como había comenzado, el video terminó. Me restregaba todavía los legañosos ojos atónitos —todo esto ocurría a las seis y cuarto de la mañana— cuando sonó el teléfono.

Nunca atiendo el teléfono cuando estoy en casa pero algo me dijo que esta vez debía alzar la voz por sobre mi hombro y decirle a mi esposa: «está bien, mi amor, yo atiendo». Alcé el auricular y, en efecto, quien llamaba era el mismísimo Vladimiro Montesinos.

—Ahora que se vio a sí mismo en el video, ¿cómo se siente, Martínez?

—Odio admitirlo, Montesinos, pero me tiene en sus manos. ¿Cuánto quiere por el video?

—No sea ridículo, no tiene donde caerse muerto. No se trata de dinero. Quiero una entrevista. Quiero que me haga una entrevista.

—Para eso existen Bocarandas en el mundo. Existe el Gabo también. Gabo estaría encantado de hacerle una entrevista para la revista Número. Lo leería todo el mundo. ¿Por qué yo?

—Porque la mitad de sus lectores todavía lo cree criptochavista y la mitad chavista piensa que es un cínico liberal pequeñoburgués. Precisamente porque nadie le cree del todo Ud. es el entrevistador que me conviene: un interlocutor fifty-fifty para sembrar la insidia de mis medias verdades.

—¿Cómo sé que Ud es quien dice ser?

En realidad no sé por qué dije esa pendejada que solo se escucha en las películas. Todo lo que conseguí fue irritarlo.

—Hay un modo de verificarlo: espere a que el video llegue a manos de Globovisión. Que tenga Ud. buen día señor Martínez.

¡Oiga, no cuelgue, Vladimiro, espere un momento, por supuesto que no hablaba en serio; lo dije jugando!

—Jugando lo mete el perro, decimos en el Perú, y perdone la tristeza. Esta llamada ya está resultando muy larga: hasta un chambón como Eliécer Oteyza podría detectarnos. ¿Qué me dice? ¿Hará lo que le exijo?

Le dije «dónde debo estar y a qué hora» y él dijo «lo veré a las once de la mañana de Bolsa a Padre Sierra».

¿Frente al Capitolio? ¿Hoy a las once de la mañana? Imposible. Habrá una sesión solemne de la Asamblea Nacional. Todo va estar lleno de policías, guardias de honor, reporteros y, ¡ugh!, cientos de diputados del MVR con sus trajes «dos por el precio de uno» comprados en Dorsay.

—Mejor. El lugar más obvio es el mejor escondite.

—¿Cómo podré reconocerlo?

—No puede. Nadie ha podido ni podrá. Lo veré allí a las once. Clic.

2.

Cuando las escaleras del metro me arrojaron a la esquina de La Bolsa miré en torno mío y no vi más que un mar de buhoneros. Me planté frente a un kiosco de revistas de la acera oeste, un kiosco que está justo frente al cine Ayacucho.

Esperé y esperé, mirando hacia la entrada del Capitolio y, pese a la excitación del momento, entretuve la espera reconociendo a los dignatarios del alto gobierno: vi pasar al Fiscal General, que no encuentra motivos para investigar si Montesinos está o no aquí y solo le intriga cómo obtuvo pasaporte venezolano, vi de lejos al diputado Carreño que dice que Montesinos está muerto, y a Miquilena que dice que está vivo y además piensa que el Copp no puede cargar con la culpa de la inseguridad, vi pasar a William Lara quien propone a la Asamblea Nacional congelar el Copp porque es el responsable de la inseguridad, vi pasar al ministro Navarro que repudia a los violentos de la UCV, vi pasar a la Vicepresidenta Bastidas quien apoya a los violentos de la UCV como si fuera una cheerleader de la FCU, vi pasar al gabinete en pleno, un gobierno cuyos discrepantes ministros al parecer se enteran de lo que piensan sus pares cuando leen los periódicos.

Fascinado por el desfile de dignatarios, estuve a punto de olvidar el motivo real de mi presencia allí, hasta que caté a un buhonero panzudito, renegrido, desdentado y greñudo que sostenía un mugriento trozo de anime a manera de muestrario de encendedores desechables. El buhonero llevaba gorra del Magallanes, lentes de sol y voceaba su mercancía en impecable dialecto buhoneril caraqueño, pero no vacilé en dirigirme hacia él y entonces él sonrió, como aprobando mi perspicacia.

—Vladimiro Montesinos, supongo.

—Celebro que haya venido, señor Martínez —me dijo, y me obsequió un encendedor de su muestrario—.Hoy es un día histórico.

—¿En verdad lo cree así? ¿Por qué? ¿Trajo el video comprometedor?

—Todo a su tiempo—repuso—. ¿Le apetece un marroncito?

3.

Nos colamos en una mesita de una arepera que casi hace esquina. Un televisor atronaba desde una colgante jaula de acero. Allí sostuvimos nuestra larga entrevista que ofreceré en breve al semanario Primicia. Escarrá terminó su discurso y Montesinos sugirió que almorzásemos allí mismo. «Es menos conspicuo para mí con este disfraz de dignificado», explicó mientras ordenaba una reina pepeada con poca masa y un batido de zapote.

Entonces el más buscado señaló a Chávez en el receptor:

—De un momento a otro va a anunciar la cesantía del MVR. No va a bajarle solamente el volumen: va a quitarle el rotor al distribuidor del MVR. Se propone relanzar al MBR-200. Es el fin de una etapa.

—Está desvariando, Montesinos. El MBR-200 es la prehistoria, el regreso a las fabulaciones de Yare y al árbol de las tres raíces, al núcleo militarista de conspiradores de hace una década. El MVR es el brazo político de Chávez. Un brazo chucuto y maneto, pero brazo al fin.

—¿Está seguro?

En ese preciso instante Chávez anunció en el receptor que el 17 de diciembre de este año volverá al Samán de Güere y relanzará el MBR-200.

Montesinos me miró con un brillo sardónico en los ojos.

—Ahora dirá que es cosa que consultó con una sola persona —anticipó, al tiempo que ordenaba un quesillo y un negrito corto.

Fue como si Chávez tuviese apuntador electrónico en la oreja: se le oyó decir que era decisión que había consultado con una sola persona.

Al escuchar lo de «una sola persona», las cámaras convergieron sobre Miquilena a quien lo traicionó un rictus sistólico en el rostro. Si para él aquello también caía de sorpresa entonces Dios nos agarre confesados, pensé.

Una sospecha ultrajante comenzó entonces a invadirme. Con Miquilena regañado y en la lista de incapacitados, ¿quién podría ser el consejero solitario de Chávez?¿ Elías Jaua? ¿Pedro Carreño? ¿Sammy Sosa? ¿El ectoplasma de Simón Bolívar? ¿El de Zamora? ¿Fidel Castro vía telefónica? ¿Se habrá reconciliado Chávez con Ceresole como lo hizo con Pablo Medina?

Me negaba a creerlo. La sola idea me sobrepasaba. ¡Montesinos en el puente de mando de la Revolución Bolivariana!

—¿Es usted el consejero incógnito? —le espeté.

Montesinos echó hacia atrás ruidosamente la silla del pantry.

—Debo irme ahora.

Lo retuve aferrando su muñeca.

—No antes de responderme. ¿Es Ud.?

Montesinos miró mi mano y repitió ominosamente: «Debo irme ahora». Lo dijo en un tono que me hizo aflojar la garra.

—Y no intente seguirme. Estaré a atento a la próxima edición de Primicia: está muy buena últimamente. Lo volveré a llamar.

—Espere, Vladimiro. ¿Qué hay de mi video?

Pero se lo había tragado ya el mar de la felicidad de los dignificados que circulaban de Padre Sierra a Muñoz, igual que Hannibal Lecter se pierde entre los turistas al final de El silencio de los inocentes.


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