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Algunos motivos en favor del «no»

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 17 de julio de 1999

I.

El constituyente Eliécer Otayza, militar en retiro y uno de los más activos patrocinantes del adjetivo «bolivariana» en la nueva denominación oficial de la república, ha tenido la gentileza de intentar hacer inteligibles sus motivos en un par de entrevistas de prensa.

En una de ellas, Otayza afirma ser tributario intelectual del Presidente Hugo Chávez y del extinto filósofo venezolano Luis Castro Leiva. No aclara en qué proporción lo es de cada quien, pero el tono de la declaración autoriza a pensar que el pensamiento de Otayza es «mitad Chávez, mitad Castro Leiva».

Afirmar que uno se ha nutrido del pensar de Chávez y del pensar de Castro Leiva, equivale a decir que se es, al mismo tiempo, algo así como discípulo del Gobernador Grüber Odremán y adepto de Manuel Caballero.

Es como decir : «Soy dodecafónico a la manera de Juan Sebastián Bach» o «soy pitcher de un solo lanzamiento, como Steve Carlton» o «en materia sexual pienso igual que Madonna y la Sra. Christine de Vollmer».

Todo esto debería tan sólo mover una benevolente sonrisa en quien lea sus declaraciones, en la medida en que es un avatar más del viejo aforismo («nada más estrepitoso que un diputado nuevo», etcétera ), si no entrañara también el escarnio de un hombre que, de andar todavía entre los vivos, no dejaría pasar impune semejante infamación de sus ideas y de lo que fue una obra de más de un cuarto de siglo.

Castro Leiva (así lo ha señalado certeramente Manuel Caballero) ha sido quizá el más consistente crítico del culto a Bolívar que haya habido entre nosotros, valga eso lo que pueda valer.

No es el propósito específico de esta líneas glosar las posiciones de Castro Leiva al respecto, como espero se verá más adelante. Pero me apresuro a decir que hoy más que nunca vale la pena remitir a sus libros al lector interesado en el tema bolivariano, y en especial a la muy útil muestra de las contundentes posiciones de Castro Leiva a propósito del proceso constituyente y del propio Chávez que puede leerse en www.analitica.com/bitblioteca/leiva.

Desde luego, cada cual está en el derecho de sentirse heredero de mentores antitéticos, si así lo cree de veras, o piensa que le conviene mostrarse de ese modo.

Más grave me parece afirmar que lo de bolivariano en la denominación oficial de la república expresa el hecho de que la constitución que se nos ofrece es «un proyecto político».

Y digo grave, hasta el punto de que me propongo votar 15 de diciembre a favor del «no», precisamente porque yo no voté el 25 de julio pasado por Escarrá y, por Istúriz, Fermín y Miquilena, para que me impusieran «un proyecto político», ni para que me asignaran un papel y una cuota de producción en un plan quinquenal, por filantrópico y bien intencionado que sea.

Esperaba de este proceso una constitución, nada más, pero tampoco nada menos. Una constitución, no un «proyecto político» ni una «causa» ni un programa para los próximos trece o cien años ni cosa parecida.

Algunos constituyentes, como Aristóbulo Istúriz, han pretendido sosegar las aprensiones de quienes no vemos la necesidad de adjetivos como «bolivariana», ni de cosa tan mostrenca y enigmática como eso de «democracia protagónica», pretendiendo que tan sólo se alude con ello al espíritu anfictiónico e integrador de la nueva era.

De ser cierto esto, y es bastante debatible su conveniencia y viabilidad, ¿no acaso es lo anfictiónico y lo integracionista cosa de cancillerías, de fomento y comercio exterior?

Istúriz, un venezolano por muchas razones estimable, lucía patético en Globovisión tartajeando razones de improviso para ese capricho.

Pero es Otayza quien se mete «pa lo hondo» cuando dice, palabra más o menos, que el propósito, los fines, la realización del Geist de esta «constitución» no podrá todavía ser juzgado por los venezolanos de esta época, no afecta al aquí del 9% del PIB que sumará al déficit actual la seguridad social en manos del Estado, ni atañe al ahora de las competencias regionales, abolidas por completo, sino al proverbial futuro de las utopías, ese que sólo pueden ver los visionarios como Fidel Castro y Muammar Khadaffi.

Por eso los mezquinos contemporáneos que desconfiamos del «proyecto político» de la constitución bolivariana somos fatalmente insuficientes para apreciar su grandeza. El proyecto político que tan patriarcalmente nos imponen sólo podrán justipreciarlo nuestros hijos y nietos, dice el constituyente.

A lo que yo, pequeño burgués y menos trascendente, respondo como el sonero de El Gran Combo: «Lo que me vayan a dar, que me lo den en vida». Una constitución es lo que precisábamos; no el Paso de Los Andes.

II.

Y puestos ya hablar de los efectos letales que en la dicha de las repúblicas tienen las moralismos heroicos y los misticismos éticos, tema por cierto del cual Castro Leiva tuvo siempre mucho y muy provechoso que decir, ¿qué pensar de ese otro misticismo «sinusoidal», de ese moralismo de corriente alterna que permite que un hombre truene como Moisés ante la sola idea de que Pdvsa coloque acciones en la Bolsa de Nueva York y, al mismo tiempo, pueda ser propietario de un casino?

De día, Luis Vallenilla es como Fouquier-Tinville, acusador público en los días del Terror francés, cuya sola palabra decapitaba más al ras que una «Mach 3» de Gillette; de noche, es Mr. Lucky en tuxedo, copropietario de un casino en Margarita cuyo lema es «tanto estado como sea posible en materia petrolera, tanto mercado como sea necesario en materia turística».

III.

Haciendo «zapping» con el control remoto de la televisión, ya fuese uno rumbo al Canal ESPN2 ó de regreso al canal 31 de la BBC World, resultaba inevitable hacer escala en el Canal 33.

Las últimas semanas, las transmisiones de la asamblea, esas en las que Miquilena parecía el Indurain, pero no el Indurain «montañero», despacioso y sabio, sino el Indurain de la prueba del «kilómetro contra reloj», fueron para buena parte de la teleaudiencia una demostración, no sólo de la ignorancia, la incuria y la animosidad resentida de la mayoría de los asambleístas, sino también de su descarado servilismo a los designios del Ejecutivo.

Eso de proponer darle un telefonazo al Presidente Chávez a Cuba para que fuese él quien zanjase un debate que correspondía exclusivamente a los constituyentistas del Polo Patriótico resolver entre ellos, es lo más descarado que se ha visto desde que la enmascarada auxiliar del Dragón Chino, ante las cámaras de televisión y a la vista de los asistentes al hoy demolido Palacio de los Deportes, le pasaba «subrepticiamente» los polvos enceguecedores por entre las cuerdas.

La prisa obsecuente de estas últimas semanas, han hecho algo más que arruinar lo que de bueno pudieron tener los primeros 80 artículos: han logrado cohesionar una voluntad de voto adverso que no pudieron en su momento cohesionar AD, Copei, Proyecto Venezuela, los artículos de Marta Colomina y Manuel Caballero juntos.

La cámara de tv no parpadea: lo mismo sirve para conquistar la imaginación de un pueblo en apenas 45 segundos de alocución y «por ahora» que para dejar ver que una constitución no es cosa del «día D a las 1400 horas».

A menos que de esa constitución solo importen unos cuantos artículos, por ejemplo esos que consagran la reelección, eliminan la doble vuelta electoral y postulan la atribución del Ejecutivo de poder disolver la Asamblea.

El «sí» ganará, quién lo duda. Pero esta vez el voto adverso tendrá una entidad distinta a la histeria «adecopeyanasalasrömerista» de diciembre del 98. Y habrá sido por completo hechura del llamado Polo Patriótico. Quien tenga ojos, verá.


Roger Santodomingo, Al maestro con cariño [entrevista del 7 de abril de 2000 con Eliécer Otaiza, director de la Disip, policía política de Venezuela, y alumno de Luis Castro Leiva]



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