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Índice de desempeño de la oposición

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

El Nacional, sábado 21 de abril de 2001
La oposición y su idea de pueblo

1.

La estimativa del país, de sus riesgos y de sus perspectivas futuras, se vería refinada si contásemos con algo digno de llamarse «índice de desempeño de la oposición».

Puede imaginársele como un instrumento destinado a indicarnos de un vistazo «cómo amaneció hoy la oposición», muy semejante a esos iconos de la prensa escrita y virtual que, acompañados de varios dígitos, dan cuenta de la cotización del crudo West Texas, la tasa interbancaria o los índices bursátiles. Un Dow Jones capaz de ponderar esa agitación sin propósito claro ni logros nítidamente comprobables que ha sido la oposición en Venezuela durante estos dos últimos años.

Aun sin ahondar en cómo podría calcularse tal índice, ni mucho menos en qué unidades de magnitud vendría expresado, luce claro que el «índice de desempeño» de un actor cualquiera de la oposición debería poner en relación tanto su capacidad para generar un modelo de la naturaleza y del funcionamiento del adversario, como su disposición para actuar sin ofuscarse por la propia propaganda.

De otro lado, debería ser obvio que un tal índice de desempeño debería tomar en cuenta la idea del pueblo y su papel en todo esto que anima al agente opositor.

«La naturaleza de Chávez y del chavismo»: he ahí un problema cuya solución, todavía a estas alturas, luce como formidable escollo epistemológico para una fracción muy grande de la fracturada oposición venezolana.

De su acertada solución se desprenderá más de una cuestión crucial. Una de ellas, acaso la más importante para todo fin práctico, se refiere a si Chávez es un fenómeno pasajero y reversible o si entraña, para fines de la oposición, una travesía más o menos prolongada por el desierto.

Estas cuestiones han movilizado emocionalmente y por dos largos años a buena parte de la oposición. Y generan en ella una tremenda «ansiedad de ejecución».

Las discrepancias acerca de ellas han provocado rupturas y enfriamientos entre quienes aspiran a hacer oposición. Se acusa de blando y connivente o acomodaticio a quien no vea en Chávez un dictador o intente hacer valer el hecho de que Chávez, gústenos o no, ocupa legítimamente el poder por voluntad electoral de la mayoría. El doctor Carlos Ayala Corao y Arturo Sosa, sj, sin buscar más lejos, seguramente podrían aportar todo un ilustrativo anecdotario al respecto. Así también, Primero Justicia ha sido tachada de «chavista light».

El tema «designios secretos» de Chávez —¿es comunista?, ¿es fascista? ¿un autócrata que toca «de oído»? ¿es un balurdo prescindible? ¿un inepto mamador de gallo?—, aparte de ser insumo favorito de muchas columnas de publicidad redaccional que en Venezuela pasan por «analíticas», ha jugado un papel descaminador en el modo, digamos, alterado en que la oposición infructuosamente ha perseguido una idea que no encuentra forma ni estilo.

2.

Pueden discernirse dos épocas en la poca fortuna política de la oposición. Tengo para mí que el hito que demarca esas dos etapas fue el fin del largo proceso electoral que culminó en el llamado referéndum sindical. Este artículo se referirá tan solo a la primera fase; de la procelosa etapa actual discurriré el sábado que viene, si Dios quiere y la Virgen.

Durante la etapa de los sucesivos e interminables procesos electorales prevaleció entre la oposición la idea poco realista de que era hacedero infligirle a Chávez una derrota que echase atrás, de modo contundente, lo que a todas luces es irreversible.

Pero por aquel entonces, la oposición se trazó inabordables metas electorales y en el camino estuvo dispuesta a atender y propalar como suya todo tipo de afirmación, por descabellada que fuese, proveniente de los medios, en especial de la televisión.

Se trató de campañas encaminadas a influir en el ánimo elector de las mayorías pero que nunca supieron distinguir cuándo predicaban entre conversos y cuándo intentaban chapuceramente «abrirle los ojos» a la masa seguidora de Chávez.

Puede decirse sin exagerar que durante esa etapa fue el medio radioléctrico —junto con Chávez— los que pautaron la agenda y la temática de los contados actores de la oposición. Era como si la dirección política de la oposición la encarnasen a un tiempo Hugo Chávez y Marta Colomina, Luis Miquilena y Alberto Federico Ravell.

3.

Un canal de noticias es, inescapablemente, un canal donde la noticia debe ser un espectáculo y ello condiciona la percepción selectiva de lo que la gerencia de programación del canal considera noticioso.

De acuerdo con la racionalidad competitiva de un canal de «noticias-espectáculo», cualquier disidencia real o imaginaria es exaltada desmedidamente como indicio de una inminente crisis y hasta de la caída estrepitosa del régimen.

Así, por ejemplo, el reciente y bochornoso episodio de Virginia Contreras, funcionaria del servicio exterior renuente a dejar un cargo de libre remoción y el cual, según múltiples testimonios e indicios, se había convertido abusivamente en feudo personal, pudo ser mostrado por Globovisión como el caso de una especie de «disidencia» en materia de política exterior, algo así como una «objetora de consciencia» perseguida por el Gobierno.

Pues bien, en un cierto momento de aquella primera etapa, la oposición política no sólo hizo suya la agenda del gerente de mercadeo de «la noticia espectáculo», sino que llegó a formar parte (deliberadamente o no) del «elenco estable» del canal y no supo en muchos casos disociarse de atracciones estelares tan disparatadas como las del agente cubano, en realidad pagado por la Fundación Cubanoamericana, y presuntamente encargado por Fidel Castro de lavar el cerebro de la población marginal.

Fue también, por cierto, el período más frenético e inconducente de la «resistencia en Internet», que libraba verdaderos torneos de cháchara apocalíptica a despecho de que las cifras de la ONU sobre desarrollo humano para América Latina muestran que, al menos en Venezuela, todavía Internet «no sube cerro».

Y fue durante esta etapa de «urgida oposición urgente» cuando sobrevino un dislocamiento crucial en el discurso opositor convencional respecto de la intentona golpista del 4 de febrero del 92: la aparición en la escena electoral del ex comandante Arias Cárdenas.

4.

Todavía es poco lo que se ha pensado sobre lo que significó el hecho de que una oposición ávida de infligirle derrotas a Chávez, haya decidido desentenderse de su hasta entonces habitual argumentación «constitucionalista» y democrática para hacer una falsa e interesada distinción entre el golpista bueno y el golpista malo, siendo el bueno quien ahora adoptaba la racionalidad del mercado y del Estado mínimo y atraía, mal de su grado, el apoyo de todo lo que antaño contribuyó a borrar del mapa.

Al mismo tiempo, Arias Cárdenas esgrimía incongruentemente su calidad de fundador del movimiento bolivariano y confabulado primigenio del juramento bajo el Samán de Güere.

Esa inconsistencia, expresada en su campaña de cuñas publicitarias, fue sin duda el motivo de sus decepcionantes resultados electorales.

El hecho elocuente es que la desafección de un prócer del 4 de febrero como Arias Cárdenas —y el juicio descalificador que de ella hizo Chávez de cara a su auditorio— no dividió las aguas, no imprimió ningún cambio de calidad a la confrontación, no tuvo efecto electoral alguno en la masa indiferenciada del chavismo desdentado y silvestre, el cual desatendió toda la andanada mediática de advertencias acerca de un encubierto y taimado totalitarismo procastrista de Chávez.

Llamativamente, fue Primero Justicia, incipiente organización de oposición que solitariamente rehusó endosar la candidatura de Arias Cárdenas, la única en recibir un alentador e inequívoco mensaje de un electorado, buena parte del cual es digno de llamarse verdaderamente popular y que, al menos en el caso del doctor Julio Andrés Borges, se intersecta en proporciones más que significativas con el electorado del propio Chávez. Es como si, aún perdiendo, ganasen quienes inequívocamente estén por lo porvenir y no por lo pasado.

Lo que nos lleva de nuevo al problema de las peregrinas ideas que del pueblo y sus expectativas respecto de Chávez se hacen muchos que ambicionan la jefatura de la oposición. Y la valoración que hacen del esfuerzo de largo aliento que reclama el cargo de jefe de la oposición de un fenómeno como el chavismo en mitad de un boom petrolero.

Dos cuestiones relevantes, de cuyo esclarecimiento depende que no sigan dando la cómica quienes convocan por Internet a un acto de masas en protesta por la inseguridad al que había que ir vestido de luto —¡en plenos calores de abril!—, sólo para descubrir a última hora que la fecha en que han pensado sigue al feriado del 19 de abril y tener que volver al frenesí de los «e-mails» dando la contraorden: «el 20 no se puede, ¡el 20 es puente!». ¡Eso es conocer bien poco al soberano!

O para que Claudio Fermín no se inmole en la hoguera del escarnio universal cuando, como en un viaje de regreso del sueño, reingresa trotando al único sitio donde el resto de los 22 millones de venezolanos tiene ya al menos acordado que no se puede regresar jamás.

Impaciencia es el nombre del juego que juega buena parte de la oposición venezolana. Un proverbio turco afirma que el tiempo castiga a quien prescinde de él en sus planes. Y es un hecho probado mil veces por la historia que quien desespera de las mayorías y de la democracia como sujeto y armas de los cambios, tarde o temprano prescinde de ellas y fantasea con un golpe. Pero de ello nos ocuparemos la semana que viene.


Ibsen Martínez en la BitBlioteca
La oposición y su idea de pueblo



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