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El Partido del Mago de Oz
El Nacional, sábado 9 de octubre de 1999
1. Una de las más pasmosas revelaciones que este fin de siglo venezolano nos hizo en buena hora, fue la de que Luis Alfaro Ucero, el por tantos tan temido Alfaro Ucero, fuese exactamente igual al Mago de Oz. Se recordará que el león sin coraje, junto con el hombre de hojalata y el espantapájaros, luego de vicisitudes sin cuento, escoltaban a Dorothy a presencia del temible Mago de Oz. Trémulos de espanto, entran todos al gran salón del mago, sólo para descubrir por azar que el tremebundo, el pavoroso, no es tal. Que solamente un juego de espejos magnificadores sostiene la engañifa de que el Mago es una entidad suprema y todopoderosa: pero develado el mecanismo de los espejos, el mago resulta no ser más que un viejito cascarrabias. Pronto hará un año que la dirección nacional de AD deparó a los venezolanos una revelación del mismo cariz. «Anagnórisis» lo habría llamado Aristóteles. La imagen teledifundida de un anciano furioso e impotente, sobrepasado por lo que era impensable un día antes, tartajeando incredulidades por entre la indócil dentadura postiza, discurriendo retaliaciones imposibles de ejecutar, amenazando expulsiones en masa a la medida del CEN en rebeldía, y todo esto farfullado para consumo de la prensa, tan estupefacta como sólo el propio Alfaro Ucero podía estarlo al ver su mitológica jerarquía escarnecida por una cadena y un candado adquiridos a la carrera en algún supermercado ferretero con el propósito de impedirle el acceso a la sede de Acción Democrática, merece estar en la antología de la crónica audiovisual de los grandes partidos de masas latinoamericanos. La arrogancia con que llegó Alfaro Ucero junto a aquellas puertas (y el desenlace brutalmente resolutorio que no tardaría en llegar) es equivalente, en valor evocativo, al modo en que Eustoquio Gómez se encaminó una mañana de 1935 a la Gobernación de Caracas, con parecida resolución continuista y persuadido, quizá por las décadas que el gomecismo llevaba ejerciendo un poder incontestado, de que los mecanismos del mundo en que había vivido seguirían siendo los mismos por siempre jamás. Minutos más tarde lo sacaban moribundo de la Gobernación y de la Historia de Venezuela, tan incrédulo del balazo que le habían bombeado en el cuerpo como Alfaro Ucero lo estuvo del candado que mandó poner el CEN para cerrarle el paso. Me pregunto todavía si aquel viejecito de escolaridad incompleta, que llegó a ser discrecional otorgante de contratos y dispensador de cargos en la Judicatura, y en quien llegó a encarnar toda la perversa socarronería de la oligarquía bipartidista, estuvo en condiciones de discernir qué centella lo había fulminado. Pero sin duda hubo justicia poética en aquel episodio: un candado, colocado a las puertas de la casa del partido «del pueblo», sin mayor trámite ni explicación, es tal vez la representación más bruñida y cabal de la suicida vocación excluyente de los cogollos de AD y Copei durante al menos el último cuarto de siglo. Alfaro Ucero quizá era el único venezolano a quien Acción Democrática no había excluido arbitrariamente alguna del goce de un derecho. 2. La estupefacción de Alfaro y, notablemente, la de los reporteros venía subrayada por el hecho de que nadie en AD discutió nunca el poder omnímodo del Mago de Oz. ¿En qué consistía este poder? Tengo para mí que en la capacidad de excluir. Ni más ni menos. Luego de las grandes divisiones de los años sesenta, los «disidentes» adecos lo fueron de un modo singular: ninguno antagonizaba, todos eran cautas y prudentes cajas de resonancia del caudillo. Era a la exclusión a lo que temía el aspirante adeco que pasaba agachado y se reservaba para tiempos mejores. Esa confianza en la regularidad de unas leyes de relevo y sucesión que jamás se manifestaron hizo que a la mayoría de ellos la cincuentena los dejó atrás sin ver ese momento. Recuerdo un desayuno al que fui invitado para conocer a quien, al menos por un rato, llegó a ser tenido como virtual candidato presidencial: era el «tapado» de Alfaro. Se me dijo que no era como me lo imaginaba, que había hecho un esfuerzo por pulirse, que leía lo que se le recomendaba y que asistía a cursos relámpagos de esto y de lo otro, que en modo alguno era como lucía visto de lejos. Visto de cerca era tal y como lo lucía de lejos: rutinario, lleno de ideas recibidas y facilonas, vacuamente retórico, imbuido de la mitología de invencibilidad adeca que a él también, ¡benditos sean los desprevenidos del mundo!, le habían vendido. En un cierto momento quiso disipar la fama de sojuzgado, y para proclamar su autonomía se permitió un chistecito más bien majunche a costa de Alfaro Ucero. Pero lo hizo tomando las debidas precauciones: total no había motivo para arruinar sus posibilidades como delfín sólo por mostrarse independiente delante de un deslenguado desleal como yo. Así que, mirando en torno suyo con suma cautela, bajó la voz y antes de contar de carrerita el chiste, dejó escapar el santo y seña del dirigente medio adeco: «Si me oye Alfaro me mata». Juro a mis lectores que no era histrionismo paródico: Alfaro no podía escucharlo porque estaba ¡en Boston!, ocupado en un práctica ritual de la gerontocracia bipartidista: el chequeo médico, el rito estacional que hizo de Gonzalo Barrios un tópico de la geriatría especulativa y conversacional adeca. De cualquier modo, en aquel momento no puse en duda el poderío de Alfaro, implícito en el hecho de que Lewis Pérez, su protegido, hiciese un chiste tonto a costa del viejo, poniendo en el chiste solamente la mitad del corazón y rogando no haber sido escuchado por ningún chismoso. Otra superchería diferencial, la de que los adecos constituyen una corporación aparte, optimizada por selección natural y regida por leyes de composición interna inaccesibles a un intelectual funcionó en mí como en cualquier otro venezolano de mi generación. Por eso, cuando por fin logré escapar de aquel desayuno me dije: «¿Qué sabes tú?, total no eres adeco: a lo mejor es verdad, debe ser en verdad muy arrecho el fulano caudillo». 3. El caudillo tenía un correlato igualmente mitológico: el de la maquinaria. Al final resultó que ni el Mago de Oz ni el CEN tenían maquinaria porque a ella también la habían excluido de más de un reparto. Y, excluida, la maquinaria no tenía motivos para batirse por el designio de última hora del CEN, mucho menos si ese designio tenía «dientes rubios», como «Troy Donahue» Salas Römer. Esto no resultó evidente para el Mago de Oz ni para el CEN ni para la mayoría de los medios. Tampoco para aquellos a quienes he dado en llamar «gesticuladores de la reforma», esa muy ilustrada panda de compatriotas que llevaba años posando de vocera de la llamada sociedad civil, ¡y de opositora del bipartidismo!, al mismo tiempo que lo cortejaba y contaba con heredarlo. A ellos también descaminó el mito de la maquinaria. Para ellos era sólo cuestión de aguardar hasta que el cogollo de AD abdicara en favor de la sociedad civil. Y pusiera a su servicio la maquinaria. Todavía recuerdo las sonadas jornadas de lipoescultura programática organizadas por Paulina Gamus en sazón de precampaña electoral. Hubo quien se entusiasmó y llegó a creer que estaba cerca el momento en que AD se avendría a apoyar a uno los sedicentes mandarines de la sociedad civil. Aceptan todo: hasta invitaron a Luis Castro Leiva a que se los descargara en un discurso de orden. ¡Son otros, Ibsen; los adecos son otros! me alegaba en su momento un distinguido gesticulador, ilusionado con la posibilidad de que AD apoyase, ¡qué sé yo!, a un candidato salido de alguna ONG. Al cabo, a pesar de la muy efectista jornada de oxigenación ideológica, fue el Mago de Oz el candidato que, según rezaba su propaganda, sí podría contener el derrumbe. Habrá que esperar a que bajen las aguas para saber cuántos adequitos excluidos se miraron al espejo en diciembre pasado y vieron en él a un tipo igual a ellos, a un zambo insurgente y tirador de paradas. Es característico del proceso originalísimo que vivimos el hecho de que la decisión de la Corte Suprema respecto de la calidad originaria de la ANC haga innecesaria una revolución del tipo con que han querido alarmarnos los conservadores, para intervenir la Judicatura o sanear las viciosas asambleas regionales. Entre tanto, AD nos entrega el patetismo de sus últimas operaciones de retaguardia. Asambleas legislativas que amenazan con declarar nuevos avatares de la Comuna de París. Acaso lo logren, puede ser hasta interesante ver cómo lo logran. Pero sin Mago de Oz ni maquinaria, habiendo para colmo desfalcado sus propias finanzas, no parecen ser los adecos de fin de siglo más que un gañote y un carnet del instituto de previsión social del parlamentario. Así, da gusto vivir.
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