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La renuncia del pagapeos

Ibsen Martínez
imartine@reacciun.ve

Viernes 2 de junio de 2000

Emparan era un vasco en modo alguno cogido a lazo. Según entiendo, era hombre muy liberal en política que llevaba algún tiempo entre nosotros.

Cuando sintió la mano de Salias templándolo por el codo y advirtió que el batallón de pardos que debía ofrecerle custodia mostraba más bien la actitud de un pelotón de policía del estado Anzoátegui en trance de comerse unos tostones con suero, rociados con cerveza, a la sombra de un semeruco, seguramente se dijo: «Mejor me voy yendo».

Y aunque haya historiador que diga que Emparan simpatizaba con la vaina, ¡caramba!, se trataba poco menos que del «despido indirecto» de alguien nombrado, no digas tú por Miquilena, sino por el mismísimo Rey de España.

Todo sugiere que, al desandar el camino, rumbo a cabildo y por entre aquella turba de gritones, Emparan iba tramolando mentalmente unas palabras para el bronce, un punch line, como dirían los publicistas políticos de hoy, un recurso retórico que fijara el episodio y lo dejara bien parado.

Pero al asomarse al balcón y ver aquel hatajo de desdentados gritándole cuanta insolencia le soplaban los de la Sociedad Patriótica, bien pudo decir para sí: «¡Recoño! ¿Qué les digo a estos!».

La verdad es que mejor que el de Emparan resultó el discurso de Napoleón al despedirse de la Guardia Imperial, en Versalles. Pero convengamos en que exclamar: «¡Pues yo tampoco quiero mando!», al tiempo que nos daba la espalda en plan de «ahí os dejo vuestra Capitanía de mierda: haced lo que os plazca con ella», don Vicente Emparan se puso a salvo de una mamadera de gallo que ha podido perseguir su memoria por los siglos de los siglos.

No logro imaginar al último Capitán General de Venezuela lloriqueando en falsete «ténganme consideración, yo también soy padre de familia. ¿Con qué cara me le presento yo ahora al Rey si algún día restauran a los Borbones y topo con él en Madrid?».

Aunque lo supongo bastante acriollado para entonces, luego de varios años de contaminante trato con nosotros, no alcanzo tampoco a figurármelo en alguna trapisonda vespertina en casa del Marqués del Toro, en ningún numerito del tipo «Okey, yo renuncio. Pero les renuncio es a Uds., los blancos mantuanos, no a ese pipiolaje enardecido. Y me cuelan aunque sea de vocal en la Junta Suprema: a mí no me van a dejar pedaleando en esta incertidumbre, ¡qué va oh!».

No; Emparan no era de esa estofa. Tampoco se nos puso didáctico; nada de moralinas sobre el derecho divino, el carácter transitorio de la invasión napoléonica y la prisión de Fernando VII.

Desde entonces, desde aquel 19 de abril, calculo que no hemos tenido una renuncia que en verdad merezca el nombre: puro «guaraleo», puro «¡yo no voy a ser el más pendejo!».

Vargas no renunció, como afirman algunos manuales. En rigor le dieron un golpe y cuando Páez le ofreció restituirlo, con toda razón el doctor Vargas repuso: «Vayan todos muy largo al Carujo».

De Monagas ni hablar. Hizo falta una coalición impensable de conservadores y liberales, sumada a un amago de bloqueo con barcos de guerra europeos, para sacarnos a Monagas de encima siquiera un ratico. Pero ¿renunciar? ¿Renunciar Monagas?

¿De dónde nos viene esta aversión tan poco republicana a la idea de renunciar luego de mostrar flagrante incompetencia o de constatar universal repudio? ¿Este asociar siempre la renuncia con la deshonra?

Se entiende que en el orden, digamos «molecular» del aparato del Estado, y aun en la empresa privada, la idea de no renunciar algo tendrá que ver con nuestras leyes de trabajo que prescriben indemnizaciones dobles si quiere el patrono evitar la ordalía de un reclamo por ante la inspectoría del trabajo, esa que «martilla p’a los dos lados».

Es ya un tópico de programa de opinión matutino invocar el ejemplo de hombres públicos de otras latitudes quienes, tocados por el fracaso, renuncian de inmediato: Almunia, el Secretario General y candidato del Psoe español, el premier israelí derrotado por Barak, el Ministro del Interior belga luego de un aparatoso chasco policial, etcétera.

Entre nosotros se renuncia cuando ello no tiene ya ninguna significación ni moral ni política. Cuando renunciar ya no puede preservar ningún activo para el futuro.

Juan Crisóstomo Falcón
Juan Crisóstomo
Falcón
El Mariscal Falcón renunció sólo cuando el país ya era un charquero ingobernable. Antes que renunciar, Luis Alfaro se expuso a que lo captasen las cámaras de TV en un ignominioso forcejeo con un candado a las puertas de su Bunker. Canache Mata se animó a renunciar a Acción Democrática sólo cuando ésta ya se había convertido en apenas el club de comensales de Timoteo Zambrano. Donald Ramírez vino a renunciar mucho después de rubricar una cagada apócrifa (aunque, en realidad, atribuible a Luis Herrera), pero no expresó jamás contrición de sí mismo ni de su desempeño: lo hizo «para facilitar la reorganización de Copei».

Etanislao (¿se acuerdan de «Etanislao, el que nunca ha fracasao»?) renuncia porque le ordenan «renuncia». Y va y obedece, pero con una torsión preceptiva y se dispara entonces un discurso donde traza lo que, según él, debería ser el futuro CNE para no fracasar.

La renuncia «lloraíta», la de Semtei, elabora un poco más el género extrapunitivo criollo y es una trasmutación del tema del chivo expiatorio: la renuncia del pagapeos, con efusión de lágrimas y extorsión sentimental. Yo hubiera, en verdad, esperado de Semtei una actitud congruente con su estilo contumaz, bravucón y prepotente.

Lo recordaríamos mejor si Semtei hubiese hablado a cámara y nos hubiese espetado un característico : «¡Gran vaina!: me equivoqué: a mí solo se me nota lo pirata; seré yo el único chaborro. ¡Ni que fueran a elegir al Presidente de la Galaxia! Me equivoqué, okey, pero me hacen el favor y a mí me liquidan doble porque yo también voté por Chávez y también soy pueblo soberano!».


Ibsen Martínez en La BitBlioteca
Carta de renuncia de miembros del Consejo Nacional Electoral



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