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Elogio e ilustración del PRI El Nacional, sábado 5 de junio de 1999
Asómese, señora ama de casa, a la Encylopaedia Britannica, y cerciórese de que lo mucho o poco que don Francisco Madero pudo contribuir a la Revolución Constitucionalista de 1913, mejor conocida como Revolución Mexicana, comenzó por la publicación de un libro titulado «La sucesión presidencial de 1910». Acaso no salga sobrando lo que, en otro libro, paródico e incandescente, escribiera Jorge Ibargüengoitia cuando quiso sumarizar, en 1963, el proceso que siguió al libro de don Francisco. Corre en una apostilla a su novela Los relámpagos de agosto. La apostilla atiende a los ignorantes en materia de Historia de México y reza como sigue: «Porfirio Díaz forjó, en los treinta años de su tan vituperado reinado, una casta militar y un ejército, tres o cuatro veces más numerosos que el actual, que desfilaba cada 16 de septiembre entre los aplausos del populacho. Los oficiales fueron a Francia para aprender le cran y a Alemania para aprender lo que hayan sabido los prusianos de la época. Cuando terminó la Guerra de los Boeros, Don Porfirio alquiló dos o tres de sus generales para que vinieran a hacer el ridículo aquí en Coahuila. La infantería mexicana fue la primera en adoptar un fusil automático (el Mondragón, fabricado en Suiza), algunos de cuyos ejemplares todavía son usados los domingos en los ejercicios de los jóvenes conscriptos. Todo esto se vino abajo con la Revolución Constitucionalista de 1913. Los oficiales que habían estudiado en Francia y Alemania, los generales boeros y las infanterías dotadas con los flamantes Mondragón fueron literalmente pulverizados por un ejército revolucionario que estaba al mando de Obregón, que era agricultor; de Pancho Villa, que era cuatrero; de Emiliano Zapata, que era peón de campo; de Venustiano Carranza, que era político, y no sé lo que haya sido en su vida real don Pablo González, pero tenía la pinta de un notario público en ejercicio. Estos fueron, como quien dice, los padres de una nueva casta militar cuya principal preocupación, entre 1915 y 1930, fue la de autoaniquilarse. Obregón derrotó en Celaya a Pancho Villa, que todavía creía en las cargas de caballería; don Pablo González mandó a asesinar a Emiliano Zapata; Venustiano Carranza murió acribillado en una choza, cuando iba en plena huida; nunca se ha sabido si por órdenes o con el beneplácito de Obregón, que, a su vez, murió de los siete tiros que le disparó un joven católico profesor de dibujo. Pancho Villa murió en una celada que le tendió un señor con quien tenía cuentas pendientes. En los intestinos del general Benjamín Hill, que era Secretario de Guerra y Marina, se encontraron rastros de arsénico; el cadáver de Lucio Blanco fue encontrado flotando en el Río Bravo; el general Diéguez murió por equivocación en una batalla donde no tenía nada que ver; el general Serrano fue fusilado con su séquito en el camino de Cuernavaca, y el general Arnulfo R. Gómez fue fusilado, con el suyo, en el estado de Veracruz; Fortunato Maycotte, que, según el corrido divisó desde una torre las tropas de Pancho Villa, al lado de Obregón, fue fusilado en Pochutla, por las tropas del mismo Obregón; el general Murguía cruzó la frontera con una tropa y se internó mil kilómetros en el país sin que nadie lo viera; cuando lo vieron, lo fusilaron, etc., etc., etc. 2.Lo que logró poner fin a esos sangrientos lustros de violencia y volatilidad fue un singularísimo artefacto político que supo engastar un partido único el PRI en lo que es justo llamar un estado social de derecho y de inspiración liberal, notorio por haber sido extremadamente viable durante muchas décadas, aunque esa duradera originalidad, hecha a base de equívocos sólidamente fundados y de mejor concebidas exclusiones, le valió también llegar a ser tan vituperado como el porfiriato. Estas notas no van a añadir nada a tanta vituperación, justificada o no. Al contrario, quieren sacar a relucir mi admiración por un dispositivo que en América del Sur y, desde luego, en Venezuela, suele asimilarse al de Acción Democrática y al del desaparecido APRA. Las dicta el advertir que en el México de hoy, las librerías ofrecen mesones enteros de libros que abordan el mismísimo tema que abordaba el señor Madero en 1910: la sucesión presidencial en México. Tres de ellos, insoslayables: uno de Enrique Krauze, otro de Jorge Castañeda y el que juzgo más valioso por su prosa intencionada y por su «método» fisgón, ambulatorio y mayéutico: el de la admirabilísima Alma Guillermoprieto: Los años en que no fuimos felices. Como ya estuvo suave tanta recomendación bibliográfica, dejaré caer la idea que buenamente me he hecho del asunto. Como siempre, en mi caso, y para empezar, no puedo ofrecer a mis lectores más que perplejidades: no entiendo de dónde pudo sacar alguien que Acción Democrática, esa chancleteante antigualla tripulada por una confederación de burócratas y logreros, de ladrones y alcahuetas sin imaginación ni arrestos, puede ofrecer términos de comparación con ese prodigioso Fénix sincrético, decidido a sobrevivirse que es el PRI. 3.Hace apenas un lustro un presidente mexicano, según indica todo un cuerpo de evidencias, presa de una verdadera hybris continuista, se hizo dos veces magnicida. Ordenó asesinar al candidato presidencial llamado a sucederlo y a un importante personero de la nomenclatura de su propio partido. La trasgresión del mexicano contra el principio de no reelección y la vuelta al expediente magnicida, ameritó que Zeus descargara sobre él y el PRI un piélago de calamidades: una crisis financiera que puso en juego la soberanía del país y un alzamiento guerrillero, indígena, mediático en el que muchos quisieron ver otro avatar de un mito prehispánico: el regreso del Che, transmigrado en Marcos. El lector recordará cómo observadores de todos los pelajes vaticinaron para el PRI que «ora sí, ora sí bajaron al toro prieto / que nunca lo había bajado». Que «ora sí» lo iban a ver «revuelto con el ganado». Cantaron: «Ya se cayó el arbolito donde dormía el pavo real: ahora a dormir en el suelo, como cualquier animal». Hasta el oposicionista PRD y el crónico comparsa PAN, se hicieron con algunas gobernaciones estatales, incluyendo la antigua regencia de la Ciudad de México. Pero he aquí que, en menos de un sexenio, el simplicio vástago del general Lázaro Cárdenas sucumbe en un mar de impericia que ha hecho del D.F. una demencial extrapolación de todo lo que se achacaba al PRI. El «dedazo», entre tanto, ha sido proscrito y habrá elecciones primarias en el PRI para escoger al candidato del 2000. Al mismo tiempo, la oposición de izquierda, congregada en torno al PRD, y que denunció como fraudulentas las elecciones que elevaron al magnicida a la presidencia, tienen que suspender sus propias primarias «por fraude». Marcos, aparte Le Monde Diplomatique y demás iconografía izquierdista de franelas y videos, no ha logrado hacerse de un lugar en el entrevero que sus mosquetones ayudaron a propiciar. El principio del «sufragio efectivo y no reelección» ha sido no sólo atendido por el PRI, sino restaurado. Todo indica que el priísta «güero» Labastidas, será el primer presidente mexicano del siglo XXI. ¿Cómo lo han logrado los dinosaurios y los tecnócratas del PRI? No lo sé y no quiero que me apliquen «el 33», provisión constitucional con la que en México se deshacen del extranjero metiche. Pero sospecho, kilo a kilo, que los del PRI son mejores operadores políticos que los adecos que, presas del terror al pueblo, lanzaron del tren a su candidato faltando una semana para las elecciones y se pusieron a la cola de un mantuano errático y echón. Comparado con la debacle del 94 mexicano, lo que le ocurrió aquí al cacareado «sistema de concertación de élites» fue «ñinguita»: apenas un turbión hecho de lo que el inolvidable Cabrujas llamó «totonocracia», de saqueos sofocados a balazos, de megalómanos provincianos «ambilados» por tecnócratas sin «guataca», de trapisonda y trastienda a cargo de un bluff llamado Rafael Caldera y un ignoramus llamado Luis Alfaro, de buscones que se hacían pasar por estadistas para sabanear reinas de belleza y votos. Un sistemita cuyas reglas de sucesión contemplaban, entre otras, la promesa de que si hacías antesala hasta la vejez en la Secretaria General podías aspirar a ser presidente. Con apoltronada soberbia cortejaron la entrada de Chávez en escena. Ahora van todos, lloriqueando y vergonzantemente, a un proceso constituyente que habrá de borrarlos del mapa. Si cuando, a fines de años, mi actual anfitrión mexicano me visite en Caracas y llegase a pedirme que le muestre a un adeco, tendré que hacerlo como le muestran a uno los «escuincles»: contadísimos perros prehispánicos que ambulan por los jardines del Museo de Doña Dolores Olmedo: como una especie en extinción. Que ladra, a veces.
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