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Sección: Bitblioteca
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Usted y la palabra proceso El Nacional, sábado 22 de abril de 2000 1. El lunes debía ir temprano al centro y quise tomar el Metro. Una huelga había suspendido el servicio y un rumor rabioso recorría Sabana Grande. Al parecer, decenas de vagones habían sido objeto de sabotaje por parte de un sindicato que abordaba así destruyendo invalorable propiedad pública con fines de extorsión política sus negociaciones de contrato colectivo con el gobierno. El rumor no se vio confirmado hasta el mediodía, pero a esa hora de la mañana, y caraqueño al fin, me bastó su capitalina fiereza imaginativa para darlo por cierto y cancelar unilateralmente mi cita en el centro. Tomaba café, resignado y de pie en una pastelería del bulevar, cuando me abordó otro cafeinómano, un compatriota con rango más bien mediano en la coalición de gobierno, el tipo de chavista tibio que suele perdonarme la vida alzando una ceja al reconocerme en público diciendo cosas como «todos los sábados te leo, aunque no siempre esté de acuerdo», etcétera, al tiempo que adopta un aire de improbable inevitabilidad histórica que quiere ser también superioridad moral. Estoy acostumbrado: se trata de la misma afectada tolerancia que tiene para conmigo más de un gomoso de la contra «civilista», esa que hoy finge creer que Claudio Fermín es un estadista que ríete de De Gaulle. Encuentro a esos «civilistas» tan previsibles y manidos como los chavistas al uso, iluminados como están de la misma quincalla «modernizadora» y «made in la Copre» con que ayer trataron de vendernos a Miguel «Paquetico» Rodríguez, a Irene Sáez o al doctor Salas Römer. Los chavistas duros y muchos «civilistas» son para mí el haz y el envés de una misma y afilada hoja, a la medida de cualquier pescuezo. Se me antojan ejemplares de una misma temible especie: la de los que lo tienen todo claro y estarían dispuestos a borrarte del mapa para probarlo. Si cree que exagero, considere que en la nómina de civilistas de hoy hay algunos que, para salvarnos del caos, instigaron golpes de derecha durante el interinato del doctor Velásquez. Pero volvamos a mi taza de café en el bulevar. Un sindicato de izquierda destruye los vagones del subterráneo para torcerle el brazo a un gobierno de izquierda. ¿El comentario del chavista adscrito a la dirección general sectorial ante el rumor de un sabotaje al metro de Caracas hasta ahora impensable?: Bueno, mi llave, así es el proceso dijo, pagó y se fue; me figuro que muy contento de sí mismo y de sus opiniones. 2. Así va el mundo: los «modernizadores» tienen al mercado como único gozne de su filosofía moral; los izquierdistas de antiguo cuño tienen al «proceso». Con «el proceso» solo cabe hacer dos cosas, siempre desde la perspectiva «de izquierda»: observarlo con simpatía o participar en él. Los enemigos sencillamente lo «obstaculizan». Tienen tanto abolengo latinoamericano esas locuciones «observar el proceso, impulsar el proceso, oponerse al proceso» que ni siquiera resultaban nuevas en los singularísimos años de la Unidad Popular chilena. Me late que fue el divino Sartre quien las echó a rodar en la escalerilla de un avión en La Habana en 1963: «Vengo a observar el proceso». En el Chile de Allende era cosa de todos los días toparse con gente de todas partes del mundo que afirmaba estar allí «observando el proceso». Observar el proceso vino con el tiempo a ser vecino del consabido «apoyo crítico» con que suelen consolarse los arrimados de todas las coaliciones; confróntese el MAS de Leopoldo Puchi. Por cierto que para el turismo revolucionario venezolano en Chile, observar el proceso estuvo estrechamente relacionado con la cotización del dólar a Bs 4,30 y las posibilidades del mercado negro cambiario. Para más de uno, «observar el proceso» fue cosa de hartar vino y empanadas en La peña de los Parra y regresar de madrugada al hotel cantando ¡A desalambrar! El gobierno ligaba discursivamente sus intenciones, sus avatares, sus inconsistencias, sus éxitos, sus fracasos y sus inhibiciones a un mismo comodín: «Defendamos las conquistas del proceso». Mientras que los voceros de la izquierda comecandela no gubernamental afirmaban que Allende y los suyos, maniatados de buena o mala gana por formulismos constitucionalistas pequeñoburgueses, «entrababan el proceso» cuando de lo que se trataba era de profundizarlo, de «agudizar el proceso». Es sabido que la lengua presta astucias al pensamiento antes de que el pensamiento se las pida, y esta parece ser una de ellas: quien habla en política de «el proceso», lo hace casi siempre como quien remite a algo impersonal, todavía germinal, inconcluso; algo respecto de lo cual no es sabio ni justo pronunciarse. Quien en una discusión recurre a la trápala de que «son vainas del proceso», no hace más que escabullirse por una escotilla retórica. ¡Cómo si un homicidio «en proceso» fuese menos reprensible o repudiable que un homicidio cumplido! La operación se facilita, creo yo, porque la palabra «proceso» tiene solera positivista; rezuma evolucionismo y fatal naturalidad de las cosas. No es casual que suela decirse que un proceso «se da», como cosa del reino natural, organismo silvestre y sin complejos, sin culpas ni remordimientos. De manera que si uno acepta sin chistar que un desarreglo, un trastorno, un caos, un aplique, una agresión, un desbaratamiento, un ruleteo, una coñiza, un desacato, es parte de un «proceso», estará aceptando que en ese trastorno, esa coñiza, ese ruleteo hay algo inevitable y «natural». Si además permite que le encajen la palabra «proceso» como parte de un ofuscador discurso moralista que invita a mirar con tolerancia y benevolencia lo que de todo punto de vista es inaceptable, estará dejando para sí el peor de los papeles en el debate con un ñángara: el del reaccionario. Lo cual agiliza el trámite de trivializar el debate, de reducirlo a términos dilemáticos y excluyentes, de ahogar al adversario condenándolo a estar con cambios que tal vez no quiera para sí esto es: a rendirse ante «el proceso», tal y como lo disponen otros, o a ser un puntofijista de mierda, cosa que no es. La función calculada e insidiosa que tiene esta cínica fullería moral en el discurso político no es otra que hacer imposible el comercio de ideas. Y se deja ver, por ejemplo, en el modo en que lo usa el presidente Chávez cuando fulmina a la Conferencia Episcopal. Se salta a la torera lo esencial del reparo de los obispos al CNE y sus prácticas, prescinde de que ese reparo hace exigencias precisamente a la nueva constitucionalidad que el propio chavismo consiguió instaurar. No acepta ni siquiera que se le recuerden sus propias reglas y presenta el comentario de la Conferencia Episcopal como un intento de oponerse in toto al «proceso revolucionario». Chávez no es el único; lo emula mucha gente en el chavismo, dentro y fuera del gobierno. Gente que al alegar que se vive un proceso «de cambios», a menudo aspira a que aceptemos que vivimos un período de excepción, una suspensión de todas las convenciones, en especial de las jurídicas. Y que esa suspensión de las reglas hallará justificación cuando nos arrase el maremoto de la felicidad, en un plazo quizá remoto pero inexorable. Invocar cínicamente las «especificidades del proceso» como justificación de desafueros que incluso la nueva constitucionalidad chavista proscribe, equivale a un «aquí vale todo: ¿no ven que es un proceso?» que pretende disculpar las arrogancias del poder como desprendidos «actos revolucionarios». Por exigencias del proceso, un organismo interino y accidental procede sin mayor consulta a designar autoridades electorales, o intenta destituir gobernadores y otras potestades debidamente electas. Reclamar equidad en la conformación del CNE y transparencia en su accionar es hacerle el juego al puntofijismo que acecha en las sombras para oponerse al proceso. Recíprocamente, cuando es su propia juridicidad la que actúa, no importa cuán formalmente atenida a lo que son sus funciones, como es el caso de la investigación que la Fiscalía conduce en torno a Miquilena, entonces la «especificidad del proceso revolucionario» venezolano justifica la descalificación de los fiscales por tener ostensibles motivaciones contrarrevolucionarias que se oponen al proceso. Esa despersonalización que endosa todo, lo bueno y lo malo, a un «proceso» que es ciego en su justicia porque es históricamente inevitable se compara en perfidia con la equidad «invisible» que los neoliberales civilistas atribuyen al mercado. En ambos casos se nos pide acceder a designios que nunca tienen responsables de carne y hueso porque jamás es cosa de José Stalin o la General Motors: te agarra el proceso y te manda al basurero de la Historia o te jode el mercado arrojándote al infierno de la no competitividad. Pero lo más inquietante es la vecindad que en el discurso revolucionarista tiene la idea de «proceso» con la de «provisionalidad eterna». Nótese que luego de más de cuarenta años de dictadura castrista todavía hay quien habla macabramente del «proceso cubano» y nos pide comprensión para las «especificidades que lo determinan», nos pide aplazar el juicio histórico y nos pide algo más de tiempo para hacer buenas sus promesas de redención y bienestar.
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