Caracas, Miércoles, 23 de abril de 2014

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Se permuta

El Nacional, sábado 16 de setiembre de 2000

ADPienso en un libro, en un libro imaginario; un libro ciertamente posible: propongo una historia de los partidos políticos contemporáneos venezolanos que atienda a la tradición legal de los locales que han ocupado sus organizaciones, un texto monográfico que elabore una prosopografía de los donantes de tal o cual casa o lote baldío.

¡Averiguaríamos tantas cosas acerca de nosotros mismos que quizá de otro modo no lleguemos a saber jamás!

Se entiende que para ser realmente valioso, un tal libro debería ocuparse de la longue durée, como dirían los versados, y pienso en especialistas como Enrique Nóbrega o Luis Felipe Pellicer.

El libro tendría con ello algo que los periodistas gringos llaman «un ángulo». Y podría, tal vez, responder a preguntas de vieja data que han apremiado a generaciones de venezolanos.

Preguntas como, por ejemplo: «¿a quién perteneció originalmente la casa de URD que por años estaba/ estuvo/ está/ sigue estando/ o quizá no está ya al final de la avenida San Martín?».

¿De dónde le vino esa cúpula que le dio siempre un cierto aire de pagoda truncada? ¿Qué tipo de pintura amarilla extraordinaria usaron originalmente, que pudo resistir el paso del tiempo, desde el betancurato y la «amplia base» de Leoni, pasando por dos gobiernos copeyanos y dos gobiernos de Pérez, hasta el fin de la IV República? ¿Se trató del mismo lote de pintura extraordinariamente indeleble que todavía hoy puede verse en innúmeras peñas y brocales de las carreteras del interior del país, con las iniciales del partido de Villalba y Arcaya promoviendo a Jóvito para las elecciones de diciembre del 58?

Esta y otras divagacions parecidas me vienen sugeridas por el suceso que con gran aspaviento recoge la prensa nacional: el aparatoso allanamiento que la Disip ha hecho de un lugar vacío, el llamado «búnker» de Acción Democrática, justamente un 13 de setiembre, día aniversario de la más significativa organización política del siglo pasado.

Llegado aquí, admito que debería latir en mí la vena ecuánime, la vena empática ante el atropello inocultablemente cargado de intencionalidad política. Pero no; nada. No siento un carajo.

O diré, más bien, que no siento nada noble: la inextinguible saña que me infunden los adecos me aparta en este caso de lo que debería ser una indignación democrática. Es un sentimiento bajo y abyecto; lo sé bien: es un sentimiento indigno de un demócrata esto de ver aguada la fecha aniversaria.

No es cosa de cristianos gozarse en la desgracia ajena pero ¿qué puedo hacer?; es más fuerte que yo: así han venido las cosas.

Pienso en los adecos e inmediatamente se forma en mi mente el verso de Joan Manuel Serrat: «entre esos tipos y yo/ hay algo personal»: ¡habría dado lo que no tengo por haber podido acompañar a la comisión que allanó la legendaria casamata de los adecos el día de su aniversario!

Dicen los voceros del Gobierno que hallaron allí unas máquinas electorales correspondientes a la elección de diciembre del 98. ¿Porqué no creerlo?

Pero yo no le atribuiría el cariz delictuoso o inicuo que se sugiere: hallar una máquina electoral hábilmente dispuesta para el chanchullo en la casa matriz de quienes inventaron el fraude sistemático es tan natural como topar con una pieza de Marcel Duchamp en un museo de arte moderno. Como quien dice una pieza de la colección permanente del partido blanco.

Me intriga más bien qué otras cosas pudieron haber encontrado los pacos en ese castillo de Otranto donde en otro tiempo pocos mortales podían penetrar sin antes demostrar ser genuinos iniciados.

Piénsese en la minuta pormenorizada de los hallazgos que, por banales que pudiesen ser en apariencia, un ojo discernidor habría podido allegar a la historiografía del siglo XX.

Pero, ¡ay!, una comisión policial suele ser proverbialmente ciega a lo esencial y, por lo visto, la que visitó el búnker el día aniversario se limitó a romper candados y a decomisar un objeto de culto: una máquina electoral.

Con todo, pude conversar con uno de los funcionarios, quien a cambio de guardar su nombre en la más estricta reserva, me confió algunas de sus observaciones que, lamentablemente, no fueron juzgadas por los superiores del disipol como dignas de integrar el protocolo de autopsia.

Timoteo Zambrano, sedicente albacea testamentario, legatario autoproclamado de Acción Democrática, ha dicho que el búnker llevaba cerrado más de dos años.

Esto vendría a explicar el grado de mineralización en que se halló otro ready made de arte conceptual adeco: el conjunto formado por una reina pepeada y un batido de lechosa, fosilizados hasta el grado de semejar una escultura acrícila hiperrealista, digna de John de Andrea. Una colección de Gaceta Hípica hallada en sitio contribuye a abonar la hipótesis de los arqueólogos forenses de la Disip, quienes entienden que allí pudo estar el despacho de Humberto Celli.

Otro hallazgo significativo, por lo que deja ver de la vida cotidiana en el búnker, es una serie de placas dentales, con sus respectivos prototipos de prótesis, hallados junto con una porción de «contactos» fotográficos y «rushes» de un cuñero electoral, todo abandonado en un clóset.

Al examinarlo con detenimiento, resulta todo ser parte de un fallido intento de mejorar la dicción de Luis Alfaro intervinendo sus prótesis dental y ensayando «doblar» su voz con la de un actor profesional.

Uno de los descubrimientos más relevantes de la incursión ha permitido descifrar el código del dispositivo de terrorismo aleatorio y endocrino con el que Luis Piñerúa elaboraba sus ya olvidadas «listas» de corruptos.

Los borradores de las renuncias de Carlos Canache Mata, con todo y epígrafes espumados de Vargas Vila y Andrés Eloy Blanco, de Gallegos y Mariátegui, deberían por sí solas integrar un cuerpo documental inestimable para la biografía intelectual de este extraordinario político del siglo que termina.

Otro cuerpo testimonial insustituible: los borradores del alegato en favor de tirar a Alfaro del tren en marcha, de puño y letra de David Morales Bello, y que incorporan y desincorporan nerviosamente las marchas y contramarchas, las sumas y restas mentales de última hora que acosaban a sus conmilitones. Harían la fortuna de Óscar Yanes.

Una vieja caja de camisas Manhattan Docoma, color azul celeste, cuello 17 y puño 43, perteneciente a un jerarca adeco no identificado, contenía facturas por pagar. Llamó poderosamente la atención de mi perspicaz informante la rica variedad de esa masa de evidencia.

Una factura del candado que a nombre de Paulina Gamus expidió una ferretería cercana: la fecha coincide con la víspera de la infructuosa rueda de prensa que nunca pudo ofrecer el por entonces candidato adeco Alfaro Ucero. Una factura macabra e impagada durante meses: la del sepelio de Gonzalo Barrios. Su hallazgo confirmaría la especie que Juan Carlos Zapata atribuye a Ramos Allup, en su bestseller Plomo más plomo es guerra: la de que la factura citada anduvo dando vueltas durante meses por Caracas sin encontrar ningún «compañero» dispuesto a cancelarla. Veinte años de facturas de la CANTV sin pagar. Y así.

Aventuro una hipótesis: en realidad no se trató de un allanamiento intimidatorio, sino de una inspección con vistas a ocupar el local de modo permanente. De no ser así, desinteresadamente sugiero al partido de gobierno que considere esa posibilidad.

El carácter aluvional y digamos «eruptivo» que ha mostrado el crecimiento del MVR, sumado a la prolongada «transitoriedad» del proceso de reformas políticas, ha impedido que esta organización logre asentarse físicamente en un local congruente con su significación histórica, en una sede nacional que ofrezca un marco que se compadezca de su estilo de accionar.

¿Y qué mejor lugar que el antiguo búnker de Acción Democrática, verdadero templo que fue del sectarismo alfarista, de la exclusión hegemónica, de la lógica de la camarilla, de la arbitrariedad, de los usos inconstitucionales, del clientelismo desembozado, del socarrón desdén por las minorías?

Después de todo, hay quien afirma que en 1998 ocurrió una cataclísmica emigración del defraudado elector tradicionalmente adeco a favor del MVR.

Mudar la sede nacional del MVR al antiguo búnker de Acción Democrática sería no sólo un gesto cargado de justicica poética, sino también de indiscutible continuidad institucional. Y la operación resultaría notablemente económica : bastaría colgar en la sala capitular un solo retrato. Quizás dos.


Ibsen Martínez en La BitBlioteca

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