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Chávez, el tirano liberal

El Nacional, sábado 21 de agosto de 1999

Artimaña demasiado vista, dirá Ud., esa de titular un suelto de opinión echando mano al título —felicísimo por cierto— de un libro exitoso de un autor célebre. Ojalá no resulte también vana, porque este artículo pretende además trastear con unas cuantas ideas que Manuel Caballero ha propuesto desde hace algún tiempo acerca de nosotros mismos, los venezolanos, y de todo cuanto nos viene ocurriendo desde 1992.

Quien haya leído Las crisis de la Venezuela contemporánea, otro insoslayable trabajo de Caballero, admitirá que su modo de caracterizar las crisis históricas permite como pocos abordar el tema de manera provechosa, rescata para la discusión fructuosa una palabra —«crisis»— a la que siglos de uso y abuso coloquial, periodístico y botiquinero le han robado eficacia argumentativa.

Es sencillamente imposible embutir en mil y pico de palabras la nuez de su primer capítulo, sin duda el más numinoso. Por eso me limito a decir que se trata del capítulo introductorio, dedicado justamente a caracterizar a qué demonios llamaremos crisis, qué condiciones les son necesarias y suficientes.

A él remito al lector antes de quedarme solamente con la idea de que las crisis «modélicas», para serlo en el sentido que Manuel da a la expresión, deben a) expresar un momento crucial b) ser el paso de una situación de normalidad a una de anormalidad, c) es preciso que los cambios se revelen irreversibles y d) ubicables temporalmente, con indiscutible fecha de inicio. Finalmente, deben traer consigo cambios profundos, estructurales.

Retrato hablado, ¿ no es cierto?, de todo lo que ventanas afuera alcanza uno a ver.

Pues bien, ha llegado el momento de delatar también cuánto me mueve comentar las declaraciones que el padre Arturo Sosa, S.J ofreció el lunes pasado a los lectores del otro matutino.

Dijo allí el bronco provincial que, a su modo de ver, «vivimos un momento creativo», que él observa los acontecimientos políticos «sin susto, como algo que ofrece grandes posibilidades en un clima, todavía, de mucha paz». Y abunda: «estamos demostrando que el proceso de cultura democrática que vivimos este siglo es una verdad, que los venezolanos podemos fijar las posiciones más radicales sin irnos a las manos o a las armas y ese ambiente no se vive en Europa ni en otros países de América Latina» (El Universal, 16-8-99, 1-10)

A riesgo de que quien no haya leído la entrevista aludida tenga la impresión de que el padre Sosa ha sido contratado por la OCI, me apresuro a añadir que en sus declaraciones Sosa no muestra inquietud porque el culto a Bolívar suplante al culto católico. Y va tan lejos como para recordarnos que no ha sido Chávez ni con mucho el gobernante más apasionadamente bolivariano de nuestra historia.

Sí le teme a lo que llama «la concepción chavista de Dios», un Dios que a ratos se quiere hacernos ver que está entre los ministros del Gabinete.

Sosa entiende —y nosotros con él— que atribuirle a Chávez la destrucción de los partidos, las organizaciones de la llamada sociedad civil, y los llamados liderazgos regionales es hurtar el cuerpo al hecho de que esos partidos hicieron lo indecible por destruir sus posibilidades de conducir los cambios.

Si lo he entendido cabalmente, Sosa sostiene que las omisiones de los partidos y las élites pesan tanto en lo ocurrido y sus secuelas de hoy día, como la audacia y el sentido de la oportunidad que haya podido mostrar Chávez.

El modo en que la democracia representativa inaugurada en el 58 degeneró, a partir del primer gobierno de Pérez, en dispositivo cada vez más excluyente y clientelar no es cosa achacable a la proterva acción de Chávez y los suyos, a una labor de zapa, a la «prédica de odios sociales» con que suele explicarse la debacle de AD y Copei.

Pero al circunscribir su análisis al desenvolvimiento de la Constituyente es cuando Sosa llama la atención sobre algunos resultados no previstos por la «sabiduría convencional» que viene machacando que vivimos el proemio de una dictadura de masas.

«La discusión sobre la declaración de emergencia demuestra que necesariamente no se marcha por las vías de la venganza. Hubo, pese a los pronósticos, una discusión en la cual las minorías convencieron a las mayorías. No hubo declaración de emergencia, sino de reforma de los poderes públicos», observa Sosa sólo para que su inapiadable entrevistador, el fraterno amigo Roberto Giusti, se le encime una vez más y deflecte este contraejemplo como mera «diferencia semántica».

Sosa sabe negociar sus turnos al bate, y no dejó que lo dieran la base así como así, como a los locos. Insistió:

—No señor. Si se hubiese declarado la emergencia, como lo pidió el Presidente y lo vocean los radicales, en este momento tendríamos las garantías suspendidas y todos los poderes pendientes de la Asamblea, a través del Ejecutivo.

Y más adelante, como le hiciera ver Giusti que siguen pendientes los motivos de la emergencia, Sosa hace notar que «la mayoría reconoció que la Asamblea tiene límites. Se declara originaria, pero sigue vigente la del 61.[…] La Asamblea, se ha visto, no es manipulable».

¿Riesgos ? ¿Peligros? Los hay, sin duda. El futuro revienta de imponderables y de asechanzas son «s». Sosa no deja de verlas, no vaya Ud. a creer que su optimismo es como el de un «right-fielder» soñador:

«Hubiera sido mejor que el vacío lo llenara un liderazgo organizado y no una persona, porque estamos ante el peligro del personalismo, de avanzar hacia una situación autoritaria y no hacia una mayor democracia. […] Y el temor a la militarización lo sigo teniendo porque la Fuerzas Armadas tienen una función no política, y ellas deben integrarse al país como tales y no como agencias de desarrollo o como constructoras de carreteras o administradoras de hospitales».

Ahora bien, creo que interesa compartir igualmente lo que Sosa ve—o mejor dicho, no ve—en la llamada campaña internacional de descrédito de que se queja el Gobierno: « El trabajo de la revista Time, el artículo de Vargas Llosa son de escasísima información, de muy poca investigación sobre el país y son una falta de respeto al proceso [...] Chávez y el proceso son mucho más complejos [que el estereotipo del dictador populista latinoamericano].

Ciertamente, en todo lo que puede leerse en la prensa extranjera falta algo que ojalá no suene a metafísica cuando lo diga: faltan las singularidades venezolanas, lo criollo específico per così dire, que hacen de esto que vivimos un proceso trepidante, riesgoso y, a la vez y por lo mismo, profundamente creativo, como afirma el padre Sosa.

¿Porqué en lugar de una guerra civil tenemos este «zurriburri» constituyentista, este «ventetú», esta tensión entre reformas impostergables, como las del COPP, por mentar un ejemplo, y gobernadores chavistas que se oponen a su implantación con argumentación digna de un positivista de quinta fila, cómo pudo ocurrir que la proposición de limitar el carácter originario partiese de un sector del mismo chavismo, al mismo tiempo que Lewis Pérez redobla sus burocráticos esfuerzos cuando ya no existen motivos para ello, y aplaza las elecciones internas de AD ¡hasta octubre!, cuando si las leyes que rigen la masa crítica no dejan de obrar, acaso no haya nadie en AD a quien postular para cargo alguno, por qué las deliberaciones teledifundidas de la ANC se deslizan cada día más hacia los tecnicismos, discurren con más que adecuado protocolo parlamentario y no nos han brindando casi ninguna efusión de delirante oratoria jacobina?

Al tratar de explicármelo, viene en mi ayuda una caracterización del siglo XX que hace Manuel Caballero, precisamente en el mismo libro que comencé citando.

Dice allí que los accidentes del siglo XX venezolano han amasado un tipo humano que es «pacífico, sano, culto, democrático y definitivamente venezolano». La exégesis de cómo obran esos atributos la hace Caballero mejor que yo pudiera hacerlo y Ud. no debería dejar de echarle un vistazo.

Claro, siempre cabe el recurso de espetarnos: «Claro, pendejo, tú no lo puedes ver porque no entiendes de estas vainas, lo que pasa es que todavía no ha empezado la escabechina, por ahora cuidan los modales porque CNN anda demasiado pendiente de nosotros, ectétera, etcétera».

Igual tengo para mí, que lo de «pacífico, democrático y venezolano» es lo que mejor explica este episodio de cantantes de música criolla que se postularon sin parar mientes en que, una vez electos, tendrían que venir todos los días al trabajo. Pero también de exaltados gritones que, al cabo de los gritos, dejan que los más doctos y prudentes «tiren línea», porque a todas luces lo crucial aquí es hacer viables los cambios.

Suena sin duda paradójico que el juicio que de sus compatriotas y contemporáneos se hace Caballero, uno de los más irreductibles y alarmados adversarios del proceso desencadenado por Chávez, tengan para mí la clave de algo que resulta de lejos tan inexplicable para Vargas Llosa como de cerca debe serlo para Luis Alfaro Ucero o Carlos Andrés Pérez.


Roberto Hernández Montoya, Las crisis de Manuel Caballero
Mario Vargas Llosa, El suicidio de una nación
Ibsen Martínez en La BitBlioteca


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