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Las verdades del señor Wolfensohn

Ibsen Martínez

El Nacional, sábado 20 de octubre de 2001

1

Si fuese necesaria una demostración viviente de que la literatura no es una decorativa efusión del espíritu burgués —como ese charlatán de esquina llamado Jean Paul Sartre fingía creer—, sino quizá la más poderosa herramienta de exploración de la realidad con que pueda contar el conocimiento humano, yo citaría a John LeCarré.

El novelista británico, autor de la inolvidable saga de George Smiley, no resultó, como pudo esperarse, una víctima de la Guerra Fría. Transcurrida ya una década desde la demolición del ignominioso Check Point Charlie, en el lado occidental del Muro de Berlín, donde comienza la acción de El espía que regresó del frío, la novela de conradiano realismo sobre la confrontación Este-Oeste que lo lanzó a la fama en 1963, sus libros, que ya no precisan articular ninguna visión sobre la pugna Este-Oeste, continúan iluminando y brindando placer a millones de lectores en todo el mundo.

Como saldo cognitivo de su experiencia en el Foreign Office y el espionaje británicos, de sus muchos viajes y de las muchas percepciones compartidas con él por sus innúmeros informantes de primera mano en cinco continentes, LeCarré ostenta hoy una penetrantísima y envidable visión de la totalidad.

También (y esto lo que encuentro más valioso) una inusual perspicacia ante los falsos dilemas morales con los que los poderes siempre intentan confundirnos.

Recientemente, LeCarré fue invitado por un sindicato de prensa europea a expresar sus opiniones acerca del apoyo británico brindado a la acción estadounidense en Afganistán.

Al criticar acerbamente a Tony Blair, en el contexto de lo que lo que en ambos países (Reino Unido y Estados Unidos) se conoce como «la relación especial», LeCarré afirmó sin ironía que: «La Gran Bretaña que [Blair] lleva a la guerra es un monumento a 60 años de incompetencia administrativa. Nuestros sistemas sanitario, educativo y de transporte están en la ruina. Está de moda describirlos como “tercermundistas”, pero hay lugares del Tercer Mundo que están mucho mejor.

»La Gran Bretaña que Blair gobierna está marchita por un racismo institucionalizado, una dominación del hombre blanco, unas fuerzas policiales caóticamente administradas, un sistema judicial estreñido, una riqueza privada obscena y una vergonzosa e innecesaria riqueza pública.

»En su reelección, caracterizada por una deprimente escasa asistencia a las urnas, Blair reconoció estos males y humildemente admitió que estaba advertido y debía corregirlos. Así que cuando percibimos el noble latido de su voz mientras a regañadientes nos conduce a la guerra, y nuestro corazón se eleva con su incuestionable belleza retórica, vale la pena recordar que quizá también puede estar advirtiéndonos, sotto voce, que su misión ante la humanidad es tan importante que quizá los británicos tengamos que esperar otro año para una urgente operación médica y muchos más para poder subirnos a un tren seguro y puntual.

»¿He dicho guerra? No, se trata de un nuevo orden mundial, aún no, y no es una guerra de Dios: es una acción policial horrible, necesaria y humillante para reparar el fallo de nuestros servicios de inteligencia y nuestra ciega estupidez política de armar y explotar a fanáticos islamitas para que lucharan contra el invasor soviético, y después abandonarlos en un país devastado y sin líderes.

»Por ello es nuestro triste deber buscar y castigar a un puñado de fanáticos religiosos moderno—medievales que, por es misma muerte que nos proponemos asestarles, adquirirán talla de mito. Y cuando acabe, no habrá terminado.

»En las secuelas emocionales de su destrucción, los siniestros ejércitos de Bin Laden, en lugar de desaparecer, reclutarán más gente.

»Con cautela, entre líneas, se nos invita a creer que la conciencia de Occidente se ha vuelto a despertar ante el dilema de los pobres y los desposeídos de la Tierra. Y es posible que del miedo, la necesidad y la retórica haya nacido un nuevo tipo de moralidad política. Pero, cuando callen las armas y se logre una paz aparente, ¿Estados Unidos y sus aliados se mantendrán en sus puestos o, como ocurrió al final de la Guerra Fría, colgarán las botas y volverán a casa, a sus patios traseros? Aunque esos patios traseros nunca vuelvan a ser ese lugar seguro que una vez fueron».

2

El «patio trasero» de que habla LeCarré somos el resto del planeta: un planeta en el que, según cifras expertas, bastante más de un millardo de personas, aproximadamente 20% de la población actual del globo (que es de unos 6 millardos), vive con menos de un dólar al día.

De la totalidad actual, unos 2 millardos, la mitad de los habitantes de los países en vías de desarrollo (incluyendo a todos los profesores de la UCV que, como Yolanda Texera, hacen planes babilónicos para cuando cobren sus pasivos laborales) viven en regiones que no han experimentado crecimiento alguno en las últimas dos décadas.

En los próximos 30 años, la población mundial aumentará de 6 a unos 8 millardos. Y prácticamente la totalidad de esos 2 millardos (en la que no es seguro que podrán contarse todavía los profesores de la UCV en espera de su pasivo laboral porque ya dijo Keynes que, en el largo plazo, todos estaremos muertos) corresponderá a los países pobres del mundo.

La batahola sangrienta que dio inicio el 11 de septiembre pasado y las alarmas ante las cartas del carbunco que los anglófilos siguen llamando ántrax, con su secuela de llamados de apresto para una «guerra de civilizaciones» han oscurecido el hecho capital de que el mayor reto que debe enfrentar la comunidad mundial es la lucha contra la pobreza y promover la integración en todo el mundo.

James Wolfensohn, quien ha dirigido todos estos años el tan abominado Banco Mundial y por eso no es sospechoso de ningún tipo de fundamentalismo, estima que ello es «todavía más imperativo ahora, luego de los sucesos del 11 de septiembre, cuando sabemos que, debido a los ataques terroristas, el crecimiento en los países en desarrollo perderá fuerza, empujará a más millones de personas hacia la pobreza, y hará que cientos de miles de niños mueran debido a la desnutrición, las enfermedades y las privaciones».

Pese a lo que pueda pensar el lector de corazón endurecido por 33 meses de «gobierno» chavista, el señor Wolfensohn no es un cantautor de protesta ni integrante del círculo bolivariano Néstor Francia ni es un right fielder soñador: su trayectoria como funcionario internacional debería avalarlo como vocero acreditado de algo en cuyo advenimiento, y por buenas razones, Jonh LeCarré no acaba de creer: una nueva moralidad política de Occidente ante el dilema de los pobres y los desposeídos del planeta.

Wolfensohn se cuenta entre quienes no prestan oído a las supercherías de Huntington. Su familiaridad con los resultados de minuciosas investigaciones, conducidas por el propio Banco Mundial, lo lleva a señalar algo que es absolutamente cierto: que las guerras civiles —y para el caso, todas las guerras—, son a menudo consecuencia no tanto de la diversidad étnica y cultural —habitual chivo expiatorio— como de una mezcla de factores de los cuales la pobreza es ingrediente básico.

La semana pasada, Wolfensohn ha propuesto y divulgado un programa de cuatro puntos que entraña, en primer lugar, multiplicar la ayuda exterior. «Puede que esto resulte más difícil con una economía internacional en recesión —admite—, pero las necesidades y lo que está en juego nunca han sido mayores. La ayuda a África disminuyó de 36 dólares por persona por año en 1990 a los 20 dólares actuales. Paradójicamente, es posible que sea África la que sea más drásticamente afectada en su pobreza por las repercusiones de los atentados terroristas».

El segundo punto del «programa Wolfensohn» seguramente resulte anatema para algunos promotores del movimiento antiglobalización: la reducción de las barreras comerciales.

Quienes piensan como Wolfensohn estiman que una liberalización considerable del comercio valdría millones para los países pobres. Pero advierten también que las dificultades para esa liberalización no harán sino aumentar de ahora en adelante, pues en tiempos de crisis crecen en todas partes las presiones para imponer el proteccionismo.

Un tercer punto se refiere a la ayuda al desarrollo humano, entendido este último como lo que organismos como el PNUD o el BID dan al término.

El cuarto punto se formula brevemente: «Actuar a escala internacional en cuestiones mundiales».

Es alentador escuchar a Wolfensohn —así sea al conjuro de los atentados, las bombas, los misiles y la guerra biológica— afirmar que esto incluye «no sólo hacer frente al terrorismo, el narcotráfico o el blanqueo de dinero, sino también combatir las enfermedades infecciosas como el sida y la malaria, establecer un sistema de comercio mundial equitativo, salvaguardando la estabilidad financiera para evitar que se produzcan crisis profundas («como las generadas por el llamado ‘efecto tequila’ o por el ‘efecto tango’ que actualmente abate a la Argentina), proteger los recursos naturales y el medio ambiente del que tantos pobres del planeta dependen para su sustento».

Y termina diciendo que «la nuestra debe ser una coalición mundial; para luchar contra el terrorismo, sí, pero también contra la pobreza.» ¿Habrá oídos que, entre las bombas y los clamores de venganza, se detengan a escuchar las verdades del señor Wolfensohn? Ojalá en esto Jonh LeCarré por una vez se equivoque. Pero —¡ay!— hasta ahora nunca lo ha hecho.


Ibsen Martínez en la BitBlioteca



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