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Ayacucho

Inés Quintero

Tal Cual, 4 de abril de 2000


Inés Quintero

(foto Andrea Imaginario)
Después de la Batalla de Ayacucho, los derrotados regresaron a España y fueron acusados de traidores y cobardes. Fernando VII y sus consejeros no podían explicarse de otra manera la derrota sino achacando a estos infelices la responsabilidad de la catástrofe. Aun cuando no fueron ellos los que determinaron la caída del imperio español en América, desde ese momento se conoce como «ayacucho» a todo aquel que, en el último momento «arruga» y no enfrenta con gallardía y valentía la batalla crucial.

La airada respuesta de nuestros «ayacuchos», me refiero a los becarios de la Fundación Ayacucho, renuentes a regresar, no hace sino recordarme la utilidad que puede tener, en este caso, el remoto significado de «ayacuchos».

Cuando salieron del país a estudiar, firmaron sin reservas un contrato que los obligaba a regresar para dar la pelea en su país. Hoy, terminada la faena, les toca enfrentar la batalla para la cual se prepararon: asumir con valentía el ineludible regreso a la vida real.

No pueden, en consecuencia, recurrir a toda suerte de argumentaciones que eviten o posterguen la dura realidad, exactamente la misma del momento en que partieron: esta Venezuela de desempleo variable y de exiguos emolumentos para quienes se dedican a la academia y al conocimiento.

No es consecuente con el punto de partida modificar el acuerdo original, mucho menos ofrece credibilidad la oferta que hace un grupo de jóvenes de convertirse ellos, los mismos que no quieren regresar, en los promotores de las excelencias de nuestro país, pero del lado allá.

Si lo que detiene su regreso es precisamente la falta de atractivos para reinsertarse en la vida productiva, ¿cómo se puede confiar en la campaña de exaltación nacional que estos jóvenes pueden desarrollar fronteras afuera? Porque, como señala Boris Muñoz, otro becario renuente a volver, en su entrega a El Nacional del 2 de abril: «cuesta trabajo aceptar que retornar implica incorporarse a ese 25% del subproletariado nacional, volver al pequeño cuarto en casa de la mamá, aterrizar en un país de las maravillas donde todo es al revés del sentido común y las iniciativas individuales suelen atascarse en las espesas telarañas de un Estado ubicuo, todopoderoso e inoperante». Sin percatarse de que ese mismo monstruo es el que lo ha financiado y mantenido mientras disfruta de las excelencias del primer mundo. Tendrán que resignarse, entonces, a aceptar sin reticencias el epíteto de «ayacuchos», pero no por ser beneficiarios de la Fundación Ayacucho, sino porque «arrugaron» en la batalla final: la del regreso, punto inequívoco del compromiso adquirido.


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