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Mirar tras la ventana. Testimonios de viajeros y legionarios sobre mujeres del siglo XIX
Inés Quintero
Índice
Introducción
En la medida que el interés primordial giraba alrededor de los eventos notables del pasado, del inventario descriptivo de los hitos políticos y militares, de la reconstrucción certera de nuestra cronología y de la posibilidad de cubrir de manera precisa el sentido de las efemérides patrias que nos congregan año a año, es razonable que la ausencia femenina se haya mantenido sin sufrir mayores variaciones. Se trata, pues, de una omisión coherente con una manera de entender y apropiarse del pasado según la cual, la nómina de los actores está completa y no incluye a las damas, a excepción de aquellas convertidas en heroínas, por obra y gracia de esta misma manera de concebir el pasado. El asunto, por lo demás, no nos atañe exclusivamente a nosotros, sino que, por el contrario, es asunto recurrente y generalizado en la mayor parte de la historiografía. Por lo tanto, más que empeñarnos en una denuncia de corte reivindicativo para resarcir a las mujeres venezolanas de esta actitud excluyente, es pertinente reflexionar sobre el tema, con el objetivo de entender el origen y los motivos que han contribuido a ello y, lo que es más importante, actuar para evitar que siga ocurriendo de la misma manera. En este orden de ideas, lo primero que habría que señalar es que las omisiones acerca de la mujer en la historia no obedecen, en absoluto, a una actitud consciente de desconocer y ocultar de manera intencional la acción femenina. El problema está relacionado, mas bien, con el concepto mismo y el sentido del oficio de historiar propio de una orientación historiográfica, ampliamente difundida y aceptada, según la cual los hechos de la historia eran exclusivamente los referidos al universo de la vida pública, a las acciones de los individuos relacionados con la dinámica del poder. La historia iba tras la pista de los sucesos políticos, seguía el rastro de los héroes y daba cuenta de las peripecias de las guerra y las revoluciones. Es así como, desde tiempos bastante remotos, los libros de historia se encargaron preferentemente de ofrecernos la nómina de los reyes y sus colaboradores notables, de los papas, de las batallas, los imperios, de la dominación y también, más recientemente, de la producción material, de la actividad económica, de los movimientos migratorios, de las transformaciones sociales, de los conflictos de clases, de la obra de la civilización, incluso de los grandes hechos de la cultura, quedando fuera de su espectro la vida y actos de las mujeres, salvo aquellas damas «excepcionales» que se destacaron en la política o en la cultura. Durante muchísimo tiempo ni siquiera se planteó la inquietud de si el hecho de que las mujeres no figuraran en el elenco de la historia constituía un problema. Tampoco era materia de discusión si había que escribir una historia en la cual estuviese presente esta otra parte de la población. Sencillamente existían unos linderos claros y definidos dentro de los cuales era posible incluir a ciertos individuos y determinados hechos históricos. El punto, pues, se reduce a un problema de contenido. Si el objeto de la historia era el de la vida pública, difícilmente podía atender a la gran mayoría de las mujeres, cuyos actos y movimientos tenían lugar dentro de sus casas y no como protagonistas estelares de la política. No era su actuación determinante para dilucidar el destino de las naciones, mucho menos actoras de las grandes proezas militares registradas por la historia. Pero además, a esto se añadía otro obstáculo y es que de las mujeres se sabía muy poco, no solamente porque eran muy escasas o totalmente desconocidas las referencias acerca de sí mismas elaboradas por las propias mujeres, sino porque la actividad compilativa, la recuperación de fuentes documentales, la organización de archivos, de la misma manera que había ocurrido con la elaboración historiográfica, se había dedicado exclusivamente a preservar, catalogar y almacenar los testimonios pertenecientes al mundo de la actividad pública, terreno en el cual pasaban inadvertidas las hazañas domésticas y privadas de la totalidad de las féminas. La inferioridad femeninaA esta omisión historiográfica resultado, como ya dijimos, de una forma de entender y concebir la elaboración de la historia, se suman las más diversas valoraciones según las cuales se fijaba de manera inequívoca la condición inferior de la mujer (1) y, como derivación natural de esta máxima absoluta, resultaba obvio el escaso interés que podía despertar cualquier consideración que pretendiese atender la especificidad o relevancia de este conglomerado humano de naturaleza inferior. La totalidad de las religiones establecían de manera explícita el espacio en el cual debía desempeñarse la acción femenina: el de la vida doméstica. Afirmaban categórica y dogmáticamente su inevitable obligatoriedad de estar sujetas a la autoridad masculina; pautaban una moral reguladora de la vida de la mujer fijando los principios y valores normativos de la conducta femenina. Indistintamente, según los decálogos de las diferentes religiones, le corresponde a la mujer conducirse de manera devota ante el Ser Supremo y, por mandato de El mismo, llevar una vida guiada por la moderación, la obediencia, la sumisión, el recato, la castidad, la mesura, la caridad, la bondad, el sacrificio, en síntesis, dentro de la virtud. Pero si la religión construyó un mandato homogéneo, la filosofía no se quedó atrás. Conocidísimas son las obras de filósofos en las cuales se concibe a la mujer como un ser inferior, sin raciocinio, de estrechez mental, de precaria constitución para la reflexión, elemental, superficial, apta sólo para las tareas domésticas y no para las faenas del pensamiento, mucho menos para las de la organización y administración de los asuntos públicos. Las leyes estipularon de manera elocuente y sin ambigüedades lo que el mandato religioso y la argumentación filosófica dejaban asentado; códigos, constituciones y reglamentos sancionaron las pautas legales en las cuales quedaban claramente establecidos los límites de la acción de la mujer y las diferencias que debían separar a los individuos según su sexo. La mujer, por mandato de la ley, no podía gozar de los mismos derechos que los hombres y, de acuerdo a estas mismas leyes, estaba bajo la protección y los designios de su padre, marido o hermanos, como correspondía a su estatuto de inferioridad, a su condición de minoridad (2). Desde el conocimiento científico se elaboró, igualmente, un discurso que dejaba claro lo que la biología evidenciaba: las diferencias naturales entre los sexos, constituían prueba fehaciente de la inferioridad femenina, las explicaciones biologicistas sustentaban el mandato de la naturaleza toda; las especificidades presentes en la conformación de la mujer la colocaban en una situación inferior a la del hombre y, por tanto, sujeta al albedrío y superioridad del macho (3). Todos estos principios, esquemas, argumentaciones, normativas y valores, afianzados y consagrados por la costumbre, han formado parte de la cultura de las sociedades y como tales sirvieron de fundamento e inspiración en la orientación de la educación impartida a las mujeres desde su más tierna infancia. La mujer, educada bajo los preceptos consagrados por la religión y la filosofía y refrendados por la ciencia y las leyes fue educada en correspondencia con estos principios. Estaba claro, entonces, que su destino era el matrimonio, la atención del hogar y la familia o la vida conventual. Sus virtudes más caras: la castidad y la obediencia. Quedaba absolutamente fuera de duda que los contenidos de la educación femenina debían estar circunscritos al aprendizaje de la destrezas propias de su sexo, útiles para la administración de la vida doméstica: la cocina, la costura, la urbanidad y buenas maneras, algo de aritmética y sobre todo un sentido virtuoso de su desenvolvimiento en la sociedad. No estaba contemplado que la mujer se instruyera para adquirir habilidades distintas a las que la sociedad toda estimaba convenientes a su sexo (4) Juan Jacobo Rousseau, autor emblemático del pensamiento ilustrado y teórico del principio de la libertad y la igualdad como bases para el funcionamiento de la sociedad, afirmaba en su Emilio que toda la educación de las mujeres debía estar referida a los hombres; debía, por tanto enseñárseles a «....agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, criarles de pequeños, cuidarles cuando sean mayores, aconsejarles, consolarles, hacerles la vida agradable y dulce: éstos son los deberes de las mujeres de todos los tiempos y lo que ha de enseñárseles desde la infancia» (5). Era ese el espíritu de la época respecto al sentido y orientación de la educación femenina. En defensa de la mujerApenas durante las décadas finales del siglo XVIII, algunos pensadores de la ilustración hicieron señalamientos que pretendían valorar de manera diferente el espacio al cual se reducía la vida de las mujeres y reclamaban una atención diferente para este grupo de la población. Incluso, en estos mismos años, hubo algunas mujeres que manifestaron el derecho que las asistía para que se les reconociera su igualdad de condiciones respecto a los hombres. Sin embargo, no será sino durante el siglo XIX y con mucho más ímpetu, perdurabilidad y consecuencias, en este siglo, que la voz de las mujeres comienza a escucharse y sus luchas a convertirse en un movimiento social con aspiraciones definidas y con logros efectivos e irreversibles en la mayor parte del mundo occidental. Este proceso, cuya contundencia es evidente en la segunda mitad del siglo XX, ha cobrado un espacio significativo en las sociedades contemporáneas; su objetivo fundamental, independientemente de la diversidad de matices y orientaciones, es la lucha por la reivindicación de la mujer, por alcanzar la igualdad de derechos, por impedir su explotación, contribuyendo de manera resuelta a transformar sustancialmente la situación presente de la mujer. Pero, simultáneamente, ha tenido incidencia decisiva en la forma de estudiar y abordar la reflexión sobre sus especificidades. En su empeño por tratar de desmontar el discurso que, como hemos visto por espacio de siglos machacó la inferioridad femenina y la necesidad de su control y sujeción por el hombre, las mujeres empezaron a discutir acerca de los problemas que les eran comunes y de la necesidad de fijar su atención respecto a las peculiaridades de la vida femenina. El rechazo al discurso que las colocaba en abominable desventaja dentro de la sociedad, impuso la necesidad de elaboraciones que pudieran sostener el argumento contrario. De forma tal que, las mujeres, no solamente reivindicaron un lugar más justo para ellas, sino que comenzaron a manifestar y expresar sus puntos de vista a reclamar sus derechos, sus inquietudes, aspiraciones y expectativas y a construir su propia manera de interpretar su ubicación dentro de la sociedad (6). Como parte de esta acción de reconstrucción y reparación fue especialmente importante la recuperación de las huellas de la vida femenina que, hasta ese momento, había quedado inadvertida y relegada por la historia; se rescataron sus objetos, sus testimonios, las fuentes que permitían reconstruir la vida de la mujer. En definitiva, se trataba de un esfuerzo por armar la memoria de la mujer que, hasta ese momento, había sido olvidada y en consecuencia, parecía inexistente (7). La mujer como sujeto históricoA este proceso de rescate de la presencia e importancia de la mujer que pertenece fundamentalmente al universo de las luchas de las mujeres y al desarrollo de los movimientos feministas, hay que sumar otros episodios que, coetáneamente y desde una orientación totalmente diferente, contribuyeron decisivamente a la recuperación de las huellas de la mujer y a la inevitable consideración acerca de su presencia y relevancia en el desenvolvimiento de las sociedades, esto ocurría, además, de manera totalmente ajena y separada del mundo de las reivindicaciones feministas. Nos referimos a los cambios y exigencias provenientes de dos disciplinas, la antropología y la historia, las cuales en las primeras décadas del siglo XX se vieron afectadas por una transformación sustancial en su orientación y fundamentación conceptual y metodológica respecto a los problemas que debían atenderse y la manera en que debía hacerse. En el primer caso, el ingreso de la mujer en el espectro de los intereses de la antropología ocurre como derivación de una corriente que, al plantearse el problema de la familia como célula fundamental y evolutiva de la sociedad, se abocó al estudio sistemático de las estructuras de parentesco y de la sexualidad tropezándose, de manera inevitable, con la mujer como un objeto de estudio de primera importancia a la hora de reconstruir la estructura y funcionamiento de las familias, el parentesco, la sexualidad, y, por tanto, su presencia y su papel determinante en el desenvolvimiento y configuración cultural de las sociedades. En el segundo caso se trata también de un cambio decisivo en el campo de la elaboración historiográfica, surgida en Francia en la segunda y tercera década de este siglo. Nos referimos al impacto de la Escuela de Los Annales en la definición de un espacio absolutamente desestimado y abandonado por la historiografía hasta ese momento: el de las prácticas cotidianas, las conductas ordinarias, los comportamientos colectivos, las mentalidades comunes y la vida privada. Esta nueva manera de enfrentar el estudio del pasado favoreció el ingreso de la gente común a la estatura de actores historiables, comenzaron entonces a aparecer como protagonistas de la historia una serie de personajes olvidados cuyo desempeño ocurría fuera del contexto de la política para manifestarse, de manera rutinaria y relevante, en los quehaceres de la vida cotidiana, entre ellos aparece con entidad especial y significativa la mujer. Aun cuando el objetivo directo de esta nueva orientación historiográfica al igual que de la antropología histórica, no estaba directamente relacionado con la idea de desempolvar la presencia femenina, el tipo de problemas que forman parte de sus intereses, la manera de enfrentarlos y las realidades que busca desentrañar, pusieron de manifiesto la relevancia e inevitabilidad de atender la presencia y la acción de otros personajes que también forman parte de nuestra memoria y que, sin destacarse en el campo de batalla ni en la conducción de la política, son parte esencial y profunda de la historia de cada sociedad. De manera que, la posibilidad de incorporar a la mujer como objeto de la reflexión historiográfica y sujeto de la historia, ha sido un proceso en el cual las luchas feministas y el movimiento reivindicativo de las mujeres, tuvieron directa ingerencia al reflexionar y tratar de responder una serie de interrogantes directamente relacionadas con el proceso mismo de la mujer, determinando que muchas mujeres del medio universitario y académico se involucraran en el estudio de la problemática fenemina. Pero, igualmente, fue decisivo para ello el desarrollo de disciplinas que ofrecían la posibilidad de avanzar en el tratamiento de nuevos temas y problemas con el auxilio de perspectivas metodológicas renovadas y sin la mediación ideológica inspirada en la aspiración reivindicativa que animó la indagación propiamente feminista. Se ha ido construyendo y desarrollando, entonces, un espacio de trabajo especializado acerca del pasado y presente de la mujer, primero en Inglaterra y los Estados Unidos e inmediatamente en Francia, Alemania, Italia y España, para finalmente constituirse en un área de investigación interdisciplinaria que reúne a los más diversos especialistas en diferentes países y cuyo desenvolvimiento ha permitido elaborar, cada vez con mayor rigor y sistematicidad, una serie de herramientas metodológicas y precisiones conceptuales que favorecen la comprensión y peculiaridades de la acción de la mujer en el tiempo. La historia de la mujer, en la actualidad, constituye un campo de elaboración historiográfica mucho más problemático, menos descriptivo y más de relaciones, una de cuyas preocupaciones fundamentales es el problema del género, o lo que es lo mismo, las relaciones entre los sexos como un proceso de construcción social cuyo sentido y orientación es lo que precisamente importa comprender y desconstruir. Tal como señalan George Duby y Michelle Perrot en su introducción a la obra Historia de las mujeres, no se trata ahora de abordar la historia de la mujer en singular sino de las mujeres como actoras sociales diversas en su condición social, étnica o religiosa; tampoco se persigue escribir la historia de la otra parte de la población, evidentemente olvidada en la historia que ya se ha escrito, sino de enfocar el problema desde una perspectiva globalizadora de su sentido y complejidad: la relación entre los sexos, como punto fundamental que permite definir la alteridad y la identidad femeninas. Responder a la pregunta de cuál ha sido a lo largo del tiempo la naturaleza de esta relación; reflexionar acerca de cómo funcionan y evolucionan las diferencias en todos los niveles de la representación, los saberes, los poderes y en las prácticas cotidianas, en el trabajo, en la familia, en lo público en lo privado y como parte de una estrategia en la cual se asientan los roles y se delimitan las esferas (8). Es, pues, dentro de esta orientación que tiene lugar el desarrollo reciente de los estudios acerca de la historia de las mujeres, en donde se reúnen las renovaciones ocurridas en el campo de la historia, el interés por atender problemáticas recurrentemente desatendidas, las necesidades del movimiento femenino, así como un conjunto de inquietudes e interrogantes sobre el pasado y presente de nuestras sociedades frente a los cuales se hace improrrogable comenzar a dar respuestas. Presencia de la mujerDentro de esta campo de relaciones, vínculos e inquietudes a resolver, uno de los aspectos sobre los cuales se ha insistido de manera muy especial ha sido, precisamente, el de intentar recuperar esa memoria oculta, inadvertida, y olvidada de la mujer. Se ha planteado como una necesidad impostergable rescatar y reconstruir lo que ha sido un proceso complejo en el cual pareciera haber quedado borrada para siempre la impronta femenina en la configuración de la sociedad, tal como hoy se nos presenta. En parte, como ya decíamos, como consecuencia de lo que ha sido la manera arraigada y establecida de concebir la historia pero, por otra parte, resultado natural de la carga valorativa que se ha construido sobre la mujer como expresión de los juicios y argumentaciones que han subestimado su acción y por tanto, descartaron por completo la posibilidad de considerarla como parte activa y decisiva de la dinámica social. De allí que, entre las acciones que se han realizado para poder efectivamente incursionar en el campo de la reconstrucción y revisión del problema de la mujer, ha ocupado un lugar fundamental, extraer, recuperar, organizar, sistematizar y repensar las huellas que nos muestran su actuación y su recurrente y activa presencia como protagonistas vivas de la historia de las sociedades. Desentrañar los rastros ocultos de una actuación que ocurre como parte de los hechos cotidianos, de la costumbre, de la rutina doméstica, de la vida sentimental, de la lucha por la sobrevivencia e incluso de formas peculiares y propias de intervenir fuera del ámbito del hogar al incursionar en la vida política de una manera diferente. Ha habido, pues, un esfuerzo por volver la mirada hacia los testimonios y documentos del pasado para reconocer en ellos la presencia femenina, leerlos con la intencionalidad de redescubrir lo que había sido encubierto, de sacar a la luz lo que se había mantenido en la penumbra, de permitirles mostrarnos otros sucesos, otras preocupaciones, otros datos, otros protagonismos que no pasan por la sanción de leyes ni por la maniobra política, ni por el triunfo en la guerra, sino que nos remiten a las prácticas sociales, a los valores, la moral, el acatamiento o la transgresión, la educación, las maneras de divertirse, de vestir, de los oficios y las rutinas del día a día. Son numerosísimas las fuentes que nos ofrecen la posibilidad de reconstruir la presencia femenina en la sociedad. En los mismos documentos con los cuales se construyó el conocimiento convencional sobre el pasado están ellas presentes, en la prensa, en los diarios privados, en los archivos de los protagonistas masculinos, en la correspondencia, en las relaciones de viajes, en las crónicas, en los documentos oficiales, revistas y publicaciones periódicas, en las imágenes, en los sistemas de representación, en los tratados filosóficos, en las obras de teología, en los manuales de urbanidad. Evidencia palpable de la amplitud y diversidad que constituye el tema de la mujer es la abundante información inexplorada, inexplotada, olvidada y disgregada sobre estas supuestas ausentes del pasado. El conjunto nos transporta, con bastante exactitud, a la experiencia de rastrear, conocer y analizar cómo se pensaba acerca de ellas, cuáles eran los valores que determinaban su actuación y comportamiento, qué debía enseñárseles, cuál era la manera apropiada de vestirse, acomodarse y divertirse, las restriciones a las que debían someterse, las virtudes que debían adornarla, sus deberes; en síntesis todo un mandato que, desde tiempos remotos, establecía lo que se esperaba que fuese su desenvolvimiento en la sociedad. Pero, igualmente, han quedado registrados los actos de la mujer, lo que ella hacía en su rutina diaria, su manera de presentarse en la sociedad, su forma de vestirse y agradar, sus atributos, su comportamiento, sus hábitos y costumbres, la sumisión al mandato, pero también el desacato y la desobediencia. Ambas aproximaciones nos permiten apreciar cómo se presenta la mujer en cada tiempo y lugar, en función de sus circunstancias, necesidades, sensibilidad y expectativas. Precisamente, de eso se trata la presente obra. Nuestro propósito no constituye sino un primer intento por dar inicio a lo que ha sido un aspecto considerado de especial relevancia en los estudios sobre el tema femenino y que ya apuntábamos párrafos atrás, nos referimos al esfuerzo sostenido de recuperar, organizar y clasificar las referencias y los rastros olvidados de la actuación de las mujeres que se encuentran dispersos y sumergidos entre los escombros del pasado y que no han sido identificados, seleccionados ni registrados a la hora de reconstruir y ordenar los datos de nuestra memoria. La selección testimonialEn el presente caso, hemos seleccionado una fuente de especial relevancia para este tema en particular por el volumen, variedad y orientación de sus contenidos; nos referimos a las memorias, relaciones y diarios de quienes provenientes de otros territorios estuvieron en Venezuela durante el siglo XIX y se ocuparon de relatar sus vivencias, comentar sus experiencias y al hacerlo narraron sus visiones acerca de la mujer y las maneras en las cuales ellas fueron protagonistas de su propia historia. Son un conjunto de testimonios de primera mano a través de los cuales podemos conocer las expresiones y valoraciones elaboradas por unos extraños acerca de la acción de la mujer en la sociedad de entonces. Cada uno con su particular sensibilidad, sus intereses específicos y sus peculiares maneras de entender o incomprender la realidad y las situaciones propias de la sociedad que estaban conociendo. Un grupo de ellos, el más numeroso, visitó lo que hoy conocemos como Venezuela en tiempos de la guerra de independencia en la época en que Venezuela, Colombia y Ecuador eran una sola entidad y cuando no estaban demarcados con precisión los territorios de lo que hoy constituyen naciones claramente diferenciadas. Eran hombres de armas, oficiales franceses, ingleses, españoles, norteamericanos, irlandeses, con experiencias militares distintas, vínculos políticos diferentes y móviles diversos. Hubo algunos, como es el caso de Daniel Florencio OLeary, colaborador cercano del Libertador, quien luego se mantuvo estrechamente vinculado con la política y la realidad hispanoamericana, incluso se casó con la señora Soledad Soublette, hermana de Carlos Soublette; otros, como el francés Doucodray Holstein o el británico Hippisley, participaron en la guerra y expresaron sus diferencias respecto a la manera como se conducía Bolívar manifestando en más de una oportunidad juicios críticos sobre los sucesos de la emancipación y terminaron por desvincularse del proyecto. Otros, como Charles Brown, John Hawkshaw y Richard Vowell, oficiales británicos o, Richard Bache y William Duane del ejército de los Estados Unidos, sencillamente vinieron a estos territorios a combatir en una causa ajena, bien por la pasión política de incorporarse a un proceso en el cual se pensaba estaba definiéndose el destino del liberalismo o como una manera de ganarse la vida con el único oficio que conocían, el de las armas. Es diferente el caso de José Rafael Sevilla, quien vino a América en 1815 como parte de la oficialidad del ejército expedicionario al mando del General Morillo y cuya vinculación y servicios estaban claramente definidos dentro del proyecto de recuperación de los territorios americanos por parte de la corona española. A este grupo de militares, quienes escribieron sus testimonios cargados fundamentalmente de referencias sobre la guerra y la politica de la época y de manera más breve en relación a los detalles cotidianos, se añaden aquellos elaborados por algunos de los científicos que visitaron América y en particular a Venezuela durante esa centuria. Ellos fueron Karl Appun y Wilhelm Sievers de Alemania, Juan Bautista Boussingault, francés; Pal Rosti de Hungría y Carl Sachs, austríaco. De todos ellos el único que estuvo durante la época de la independencia en territorio grancolombiano fue Boussingault ya que el resto vino más avanzado el siglo. Los relatos de estos científicos son especialmente detallistas, el interés era reunir el mayor número de información acerca de una realidad que les era absolutamente desconocida y para la cual no tenían puntos de referencia que les permitieran interpretar apropiadamente o con juicios certeros su especificidad. No obstante, constituyen una fuente de enormes posibilidades por la cantidad y diversidad de registros que realizan sobre las experiencias que les corresponde vivir en estas sociedades. Además de estos hombres de ciencia, nos visitaron un conjunto de individuos que venían con objetivos precisos, bien en misiones diplomáticas como funcionarios de otras naciones o con fines estrictamente económicos. En el primer caso se encuentran John Williamson y William Eleroy Curtis, ambos cónsules norteamericanos en Venezuela, el primero estuvo en el país entre los años de 1826 y 1832 y luego de 1835 a 1840; el segundo finalizando la década de los ochenta. También como parte del cuerpo diplomático se residenció en Venezuela Miguel María Lisboa, Ministro Consejero del Brasil en los años 1843 y 1844 y luego como Ministro Plenipotenciario desde 1852 hasta 1854. Con la mirada puesta en las posibilidades comerciales que podía ofrecer esta provincia, visitó nuestro país en los mismos días de la definición independentista, el comerciante británico Robert Semple, dejando el testimonio de sus impresiones sobre la sociedad de esos años. Más tarde, luego de la guerra federal y con el propósito estrictamente definido de recabar información precisa acerca de la realidad venezolana y su situación económica vino al país el señor Edward Eastwick, comisionado de la Compañía General de Crédito de Londres, empresa financiera comprometida en el empréstito de 1864. Otro grupo de informantes fueron los escritores y periodistas que realizaron sugerentes y detalladas crónicas de la sociedad de entonces. Constituyen este grupo de testimonios el llamado «anónimo» de 1857, adjudicado a un periodista norteamericano que estuvo en Venezuela en ese año; el relato de Friedrich Gerstäcker, escritor alemán que viajó al país en 1868 y la crónica de Pedro Nuñez Cáceres, oriundo de Santo Domingo quien viajó a Venezuela en 1822, escribió sus impresiones iniciales del encuentro con esta sociedad inmediatamente después de su llegada y luego terminó por residenciarse en el país de manera permanente.
Finalmente se incluyen otros tres testimonios con los cuales cerramos el inventario e identificación de los autores seleccionados. Se trata de tres damas que visitaron el país por motivos ajenos a su voluntad, es decir, vinieron en compañía de hombres a quienes sus intereses, cargos u obligaciones los condujeron a esta geografía remota. Las dos primeras de origen francés, Leontine Perignan de Roncajolo quien vino acompañando a su marido y escribió sus «Recuerdos» de los años vividos entre 1876 y 1892 y Jenny de Tallenay, hija del Cónsul General y Encargado de Negocios de Francia en Venezuela y quien contrajo matrimonio en Caracas con el ministro belga, de su experiencia en este país dejó un libro titulado Recuerdos de Venezuela. Apuntes de viaje. La tercera de las damas, oriunda de Alemania, es Elizabeth Gross, esposa de un comerciante vinculado a los intereses de la Casa Blohm y quien procedente de Hamburgo vino a residenciarse en Maracaibo entre los años de 1883 a 1896. El testimonio de Elizabeth es peculiar porque se trata de un conjunto de cartas editadas posteriormente en forma de Diario Epistolar como recuerdo afectivo para su esposo, cuando ya se encontraban de regreso en Alemania luego de varias décadas de haber dejado para siempre la ciudad del lago, la remitente de las misivas era una alemana amiga suya quien, desde Hamburgo funcionó como depositaria íntima de sus experiencias y vicisitudes. Visiones compartidasTodos estos testimonios tienen en común el hecho de ser escritos por personas procedentes de otras culturas y cuyas apreciaciones acerca de la realidad que visitan están inevitablemente ajustadas a los valores, principios y puntos de referencia que cada uno de ellos poseía como producto de sus propias vivencias y de sus particulares entornos. Todos ellos, en mayor o menor medida hacen alusión a la mujer para destacar sus virtudes y costumbres saludables, para emitir sus opiniones acerca del estado de su educación e instrucción, para detallar sus atributos físicos y sus gustos en el vestir, pero también para criticar sus hábitos cuando consideran que no se ajustan a lo establecido, para rechazar lo que ven como inapropiado y censurar lo que no calza en el mandato que la sociedad impone a las mujeres. De acuerdo a la visión que ofrecen hay, sin lugar a dudas, una nutrida representación femenina que se comporta y es percibida de manera acorde a los patrones que norman la vida femenina, se mantienen dentro de sus casas, salen a la calle en buena compañía, asisten a la Iglesia, son recatadas y virtuosas, se inhiben de asistir a fandangos y fiestas no aptas para las damas, etc. Igual ocurre a la hora de referirnos el estado de la educación femenina; no les asombra o al menos no manifiestan expresiones de disgusto, rechazo o condena cuando exponen el escaso desarrollo intelectual en el cual se encuentra la generalidad de las mujeres y saludan sus buenas maneras y sus habilidades para la música, cuando así es el caso. En la gran mayoría de los testimonios referidos a este aspecto, se evidencia que, en efecto, no era una práctica común que las mujeres tuviesen acceso masivo a la educación, lo cual, además, se corresponde con lo que era un convenimiento bastante generalizado según el cual la mujer más que instruirse debía educarse, aprender religión, las normas de urbanidad y las virtudes y habilidades propias de su sexo y no incursionar en la bachillería (9). En sus descripciones les entusiasma de manera muy especial el atractivo físico de las damas, su belleza, sus diminutos pies, el caminar gracioso y las figuras torneadas. Ofrecen de manera más o menos uniforme un modelo común de lo que se entiende y aprecia como criterio de belleza para la época y como la mujer responde o no en su apariencia a ese esterotipo. Sin embargo, así como pueden apreciarse la identificación y los comentarios respecto a las situaciones que se adaptan sin contratiempos al mandato de la época, nuestros visitantes dejan testimonio igualmente y de manera pormenorizada de las prácticas comunes y cotidianas que no se ajustan con exactitud a la cartilla. Los preceptos dejaban claramente establecido que las jóvenes debían mantenerse del lado adentro de la casa y evitar las ventanas y el callejeo. Fuera del lindero del hogar pulula de su cuenta el pecado, la pérdida irremediable de la virtud, atributo principal de una mujer de bien. No obstante, todos los visitantes advierten de manera reiterada el espectáculo que constituyen las ventanas de las ciudades engalanadas permanentemente con la presencia de las jóvenes, dando pie a los amoríos y galanteos. El mandato que condena a las ventaneras incluye también advertencias precisas respecto a los peligros que encierran el baile, el adorno excesivo, el vestido indecente, el apego a la frivolidad. Los testimonios, en algunos casos de manera velada en otros con el fin claro de censurar, refieren la especial atracción que sienten las criollas por el baile, según comentan la seducción y la lascivia se apoderan con facilidad de las damas al momento de agitar el cuerpo bajo los acordes del vals o la polka; además, en vez de preocuparse de las faenas domésticas y de la oración, están atentas a la moda, se visten como las europeas, se maquillan en exceso, salen a la calle en actitud coqueta, les gusta que las miren, no guardan la debida compostura en la Iglesia, asisten a las procesiones como si se tratara de pasear por un boulevard. En síntesis, la frivolidad y el desacato parecieran estar más presentes de lo conveniente y, por si fuera poco, son dadas al ocio, capaces de fumar y echar el humo por la nariz y sacarse los piojos en público. La relación de estos comportamiento poco apegados a la moderación y el recato, las expresa de manera especialmente severa y crítica Pedro Núñez Cáceres, cuando le corresponde presenciar las fiestas del Carnaval. Escandalizado frente al desorden y la licencia lo describe como un espectáculo donde imperan el desafuero y la orgía. La condena es absoluta y se dirige en primer lugar contra las damas, sobre todo contra aquellas que, luego de semejante espectáculo, pretenden el perdón de Dios el miércoles de ceniza cuando difícilmente pueden reputarse como mujeres de bien por su comportamiento desarreglado de los días precedentes. Oficiales, científicos, escritores, cónsules, comerciantes y damas de sociedad, al presentar sus visiones y juicios acerca de las mujeres, se convierten en observadores y en críticos de una realidad y unas costumbres que contrastan con los patrones sociales provenientes de otras latitudes y que entran en contradicción con la sensibilidad y capacidad de cada uno de ellos para poder apreciar las manifestaciones culturales de una sociedad diferente a la de ellos, con sus propios ritmos, acordes y compases. Pero al mismo tiempo nos permiten aproximarnos de manera directa a lo que fueron diferentes formas de estar presentes las mujeres en el transcurso de todo un siglo en el cual ellas también formaron parte de la historia, de una historia que transcurre en el ámbito de los asuntos cotidianos, que se desenvuelve en la calle, en el mercado, en la iglesia, que nos remite a los valores y sentimientos, a las prácticas colectivas, a los hábitos comunes, las normas, transgresiones, libertades y formas de expresarse la sociedad venezolana de entonces. De allí el interés y las posibilidades que ofrece el conjunto para conocer una parte de la rutina y vivencia de nuestras mujeres a través de la mirada descriptiva, censora o entusiasta de los visitantes foráneos. Pero también nos refieren la vida femenina que transcurre fuera del ámbito cotidiano y de la rutina doméstica para mostrarnos las inquietudes y acciones relacionadas con la vida y escenarios políticos de la mujer en la pasada centuria. Si bien la política se consideraba y en la práctica lo era, un espacio exclusivamente destinado a la actividad masculina, no es menos cierto que muchas mujeres, en su mayoría completamente anónimas, se involucraron a su manera en los hechos políticos de su tiempo, tomaron partido por una causa u otra, participaron junto a sus familiares en la guerra, defendieron los intereses de sus afectos más próximos o se destacaron como notables compañeras de figuras políticas de nuestra historia incidiendo de forma peculiar en el desenlace de los sucesos que les correspondió vivir. Los legionarios, oficiales extranjeros y periodistas que vinieron en tiempos de la independencia son elocuentes y reiterativos en cuanto a la heroicidad de las patriotas durante la guerra de independencia, se narran los episodios emblemáticos de la heroínas y mártires de la emancipación, para destacar sus virtudes, sacrificios, valentía y fortaleza, así como su indoblegable valor a la hora de defender la causa patriótica, independientemente de la procedencia geográfica de estas damas, es así como se incluyen testimonios sobre mujeres que sin ser venezolanas tuvieron participación En todos los casos se trata de un reconocimiento a la acción femenina, su compromiso político y el carácter protagónico que puede desempeñar la mujer cuando ello está asociado a una causa noble y de incuestionable significación política, tal como ocurre con los hechos de la independencia. Forma parte además de un discurso político propio de la época en el cual era necesario, legítimo y pertinente exaltar la voluntad indoblegable de los americanos a favor de la independencia, incluyendo también a las mujeres. El discurso se modifica ostensiblemente cuando se trata de situaciones que no forman parte del entorno épico y emblemático de la gesta emancipadora o, peor aun, cuando a la iniciativa política la acompañan conductas que no entran dentro del marco de lo establecido. En relación con este último aspecto es especialmente revelador el testimonio del francés Boussingault sobre Manuela Sáenz. Resulta incomprensible para el francés y por tanto altamente censurable la actitud de una mujer como Manuela, inquieta, comprometida políticamente, involucrada de manera directa en la lucha de la independencia, pero cuya forma de actuar no se ajustaba a los patrones de la época: adúltera, amante pública y conocida de Bolívar, indiscreta en la expresión de sus opiniones, de gustos excéntricos y hábitos poco convencionales. El juicio, por tanto, termina siendo condenatorio, salvo cuando se trata del hecho que la convierte en heroína indiscutible de su tiempo, en la «libertadora del Libertador» por salvarle la vida la noche del atentado de septiembre; es ello, en todo caso, lo que es digno de rescatar como valedero para la historia, lo demas sirve para demostrar cuan irregular y poco apropiada era su manera de conducirse en sociedad. Es común que se destaque y salude la actuación de algunas de las esposas de los primeros magistrados venezolanos, Dominga Ortiz de Páez, Luisa de Monagas, Ana Teresa Ibarra de Guzmán, Jacinta Parejo de Crespo, bien para referirse a sus cualidades y dotes personales o para emitir comentarios acerca de sus formas de incidir e intervenir en el desenlace de hechos y contingencias del momento. Igual ocurre a la hora de registrar la actuación de la amante de Páez, Barbarita, sin embargo la condición ilegítima del vínculo y las características de su actividad pública son juzgadas negativamente por el censor extranjero. Una visión de conjuntoEstamos, pues, frente a un conjunto de fragmentos, comentarios, juicios, descripciones, valoraciones que nos presentan a la mujer del siglo XIX, en el espacio público, en la dinámica del día a día de la sociedad, con sus gustos, caprichos, atributos, vicios y virtudes, a través de la mirada complaciente, crítica, demoledora o simplemente descriptora del otro acerca de sus vivencias, prácticas y formas de apropiarse de su realidad. El trabajo realizado con los testimonios para la preparación del presente volumen consistió en reunir y ubicar la totalidad de las fuentes que nos permitieran tener un registro amplio de las características y contenido de los diferentes testimonios. Se procedió entonces a leerlos detenidamente para extraer del volumen total de sus relatos la parte en la cual hacen referencia a las damas. Seleccionados estos comentarios provenientes de los diferentes autores se clasificó toda la información, se organizó y se ubicaron los elementos que les eran comunes a fin de establecer los criterios que nos permitieran reunirlos por afinidades temáticas. Se resolvió entonces organizar el libro por temas y no por autores con el propósito de destacar todos aquellos aspectos que están presentes en las diferentes visiones de los visitantes extranjeros y que se encuentran relacionados entre sí. En la primera parte del libro titulada De los quehaceres cotidianos incluimos la selección de testimonios que nos remiten a las virtudes femeninas, costumbres, hábitos, vestimenta y diversiones frecuentes. En la segunda parte titulada De los quehaceres de la política, recogimos los comentarios y relaciones que recrean las peculiaridades de la vida política femenina de esos años. Igualmente clasificada temáticamente de acuerdo a las características de la práctica política que desempeñan las damas. En todos los casos se optó por presentar el fragmento textual de cada uno de los autores identificando al final del texto el nombre y la fecha aproximada de su visita. Siempre que estuvo presente en el original algún texto subrayado se respetó, de manera que todos los subrayados que aparecen transcritos son de los autores. Hubo ocasiones en que la extensión del texto incluido hizo necesario dividirlo con subtítulos para guardar coherencia con la totalidad del libro, en estos casos se colocó el nombre del autor sólo al final del texto para no repetir innecesariamente luego de cada fragmento el mismo nombre. La lista de obras de las cuales fueron extraídos los fragmentos así como una breve noticia sobre cada autor, se incluyeron al final del libro ya que nos parecía igualmente reiterativo presentar en cada caso la información bibliográfica completa. Los criterios de selección, la lectura de los textos, la ubicación y clasificación de los contenidos, su organización temática y su ordenamiento definitivo fueron labor de un equipo que estuvo bajo mi coordinación y en el cual participaron los licenciados en historia, Pedro Calzadilla y Wilmer Avila y la futura licenciada, Sheila Salazar. El primero, profesor de la Escuela de Historia y experimentado en estos temas de viajeros, su tesis de licenciatura y un libro ya publicado en coautoría con Elías Pino Iturrieta, así como otras publicaciones sobre el mismo asunto, son demostración elocuente de su afinidad con el tema y de su capacidad para sistematizar y organizar información de estas características. Wilmer y Sheila han participado conmigo en varios proyectos editoriales y de investigación. En esta oportunidad les correspondió asumir responsabilidades directas en la faena de ubicar, seleccionar, clasificar y dar forma al libro que hoy ofrecemos; la participación de ambos en el equipo constituyó, sin lugar a dudas, la posibilidad de materializar y llevar a feliz término este proyecto. La ejecución de la investigación fue posible gracias al complemento de financiamiento otorgado por el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la Universidad en su programa de «Ayuda menor a la investigación» La edición, no obstante, ha sido posible gracias al entusiasmo y el respaldo que manifestó desde el primer momento Ocarina Castillo quien, desde la Secretaría de la Universidad, ha auspiciado la publicación de este volumen. No solamente porque Ocarina es ella misma investigadora y autora de obras relacionadas con nuestro pasado, sino porque además posee esa particular sensibilidad para apoyar iniciativas que pueden representar el rescate de una parte de nuestra memoria. Esta selección de textos no tiene otro propósito que contribuir a iniciar una labor sistemática y regular de recuperación de los rastros y huellas que han dejado algunos de los personajes anónimos y olvidados de nuestra historia como una manera de avanzar en la comprensión de nuestras herencias y continuidades. Se trató de rescatar la presencia femenina para mostrarnos a través de sus rutinas y quehaceres cotidianos y políticos las maneras de estar presentes en la sociedad de entonces con sus diversidades y contrastes, desde la sumisión y el recato, pero también desde la desobediencia y el desacato convirtiéndose así en protagonistas solventes e inequívocas de nuestra historia. (1) Sobre este punto es ilustrativa la compilación de textos realizada por Tama Starr bajo el título La «inferioridad natural» de la mujer, Barcelona: Alcor, 1993. El libro recoge los más diversos fragmentos y consideraciones en las cuales se plantea el carácter inferior de las damas, en cualquier tiempo y lugar. (2) Véase sobre este tema Noram Basch In The Eyes Of The Law. Women, Marriage And Property In Nineteenth Century, Ithaca, Nueva York: Cornell University Press, 1982. Busi Olateru O. Principales formas de discriminación de la mujer: las leyes, s.p.i., 1982. (3) En la misma obra citada de Tama Starr hay un capítulo completo referido a este aspecto. Puede verse también Anton Nemilow. La tragedia biológica de la mujer, México, Imprenta Modernas, 1953. Ann Oakley. La mujer discriminada: biología y sociedad, Madrid: Debate, 1977. (4) Las similitudes existentes entre los contenidos de la educación femenina se evidencian en los artículos sobre este tema recogidos en la obra de George Duby y Michelle Perrot. La historia de la mujer, Madrid, Taurus, 1995, V Vol. En relación con el período específico del siglo XIX, pueden verse los artículos «El modelo católico», «La mujer protestante» y «La formación de la mujer judía», tomo IV, p. 183-252. (5) Juan Jacobo Rousseau. Emilio, libro V, citado en Alicia H. Puleo (comp). La Ilustración olvidada. La polémica de los sexos en el siglo XVIII, Barcelona: Anthropos, 1993, p. 73. (6) Sobre este aspecto en particular la bibliografía es abundantísima, sobre todo aquella referida al movimiento feminista. Algunos títulos que pueden orientar la lectura al respecto son los siguientes: Michel Andree. El feminismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1983. Aurora Arraiz. Feminismo y femineidad, México, Talleres Daniel Baldo, 1965. Anne Marie Käppeli, «Escenarios del feminismo», en George Duby y Michelle Perrot, ob cit, Tomo IV, pp. 497-532. Juliet Mitchell. La liberación de la mujer. La larga lucha, Barcelona Anagrama, 1975. Mary Wollstonecraft. Vindicación de los derechos de la mujer, Madrid: Debate, 1977. (7) En este aspecto de rescate de la memoria femenina ha sido de primer orden el de la recuperación de memorias, diarios y fuentes directamente escritas por la mujer. Un inventario elocuente de lo que ha representado este esfuerzo puede apreciarse en la obra de referencia preparada por Cheryl Cline. Womens Diaries, Journals and Letters. An Annotated Bibliography, Nueva York, Londres: Garland, 1989. (8) George Duby y Michelle Perrot. «Escribir la Historia de la Mujer» en Historia de la mujer, Tomo I, p. 3. (9) Sobre la educación femenina en Venezuela durante el siglo XIX, puede verse mi artículo «Mujer, educación y sociedad en el siglo XIX venezolano» en Revista venezolana de estudios de la mujer, Caracas: Universidad Central de Venezuela, Centro de Estudios de la Mujer, No. 1, 1996, p. 82-99.
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